Mar del Plata 2012: algunas consideraciones

Nadie debería quejarse por la excesiva cantidad de propuestas –proyecciones, presentaciones, encuentros– de un festival de cine, sobre todo si se trata de uno clase A y con 27 ediciones en su haber, como es el de Mar del Plata. Esa especie de dilema permanente que se le presenta a los asistentes, que deben optar entre tres o cuatro actividades apetecibles al mismo tiempo, es, de alguna manera, el espíritu de todo festival, lo que lo transforma en una suerte de festín.
Sin embargo, este ajedrez debería armarse con el suficiente cuidado para que ninguna producción digna de atención quede marginada y para que la travesía por el evento nunca deje de ser placentera.
El hecho de superponer los horarios de películas de las tres competencias principales (internacional, latinoamericana y argentina), por ejemplo, sumado a otras treinta secciones y a una mayor oferta de actividades especiales que años anteriores, llevó a que este año el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata resultara inabarcable.
Un remedio posible a esta dispersión sería establecer con claridad las características distintivas de cada sección: por qué Post Tenebras Lux integró la Competencia Latinoamericana y no la Internacional, o por qué El impenetrable sí formó parte de la Internacional y no de la Latinoamericana o la Argentina, son algunos de los misterios que ofreció la frondosa programación. No sólo frondosa, en realidad: también heterogénea.
No está nada mal que entre los títulos en competencia se crucen obras de distintos géneros y estilos, que en medio de las novedades sea posible descubrir o redescubrir antiguas películas de Peter Medak o Hugo del Carril, que Jonas Mekas se roce con Narciso Ibáñez Menta, que la exhibición en el Ambassador del clásico de Stanley Kubrick El resplandor valga tanto como la del entrañable corto de Cynthia Sabat Fuego eterno en una sala más chica, que queridos viejos como Manoel de Oliveira y Fernando Birri puedan mostrar sus últimos trabajos al mismo tiempo que ilusionados veinteañeros. Lo cuestionable es que, removiendo el conjunto, aparezcan algunos títulos desafortunados.
Puede discutirse la importancia otorgada a Ralph, el demoledor (descripta en el diario del festival como “el nuevo gran estreno animado de Disney”, así como la charla con su director Rich Moore “una verdadera cita obligatoria”), pero resulta francamente desatinada la inclusión de tres mediocres películas de los superagentes en la sección Mar del Plata para chicos, así como la realización de spots publicitarios con módicas celebridades haciendo mohínes, que parecían promocionar el consumo de pochoclo antes que el gusto por el cine (“¡Yo no tengo nada que ver!” bramó en una de las funciones, desde su butaca, el presidente del festival José Martínez Suárez).
Es indudable que se trata de un festival amable, que trasunta calidez en el trato a periodistas, realizadores, estudiantes y público en general. Pero la falta de celo, la postura abierta y relajada para elegir material, planificar actividades y convocar a jurados e invitados, también puede ser un riesgo.
Esto puede relacionarse con un hecho del que ningún medio se ocupó. En el concurso de ensayos sobre el realismo en el cine argentino organizado como parte del festival (cuyo jurado estuvo integrado por Gonzalo Aguilar, Ana Lusnich y Elina Tranchini), de los diez trabajos que se publicarían sólo se dieron a conocer dos, uno de los cuales (escrito por María Noelia Ibáñez) aborda de manera acrítica y tibia la filmografía de Enrique Carreras de 1963 a 1973. En el mismo la autora sostiene, entre otras cosas, que en las películas de este director “no se hacen juicios morales”, destaca su versión de Los muchachos de antes no usaban gomina (1969) como “una de las mejores películas del cine nacional” y reprocha –con una redacción bastante errática, como puede apreciarse– que “ha sido poco valorado por la crítica, que más allá de tener en cuenta o no los premios, se han centrado en el otro cine argentino (que es por supuesto excelente) desvalorizando la masividad, al creer que en la masividad o en la masificación del arte en general se pierde la comprensión del mundo.” En una parte de su ensayo Ibáñez lamenta que Adolfo Aristarain haya criticado tiempo atrás a Juan José Campanella, afirmando que no le parece saludable que “esas opiniones trasciendan más allá de los círculos profesionales o amistosos”.
Está claro que esta nueva edición del evento marplatense volvió a ser valiosa y disfrutable. Pero entre sus innegables aciertos asoma –confundida con una apelación a la concordia– cierta falta de rigor en algunas decisiones, con las que el festival olvida un poco su obligación de ser un espacio de formación y auténtica discusión, una garantía contra la puerilidad y la demagogia.

Por Fernando G. Varea

Imagen: Martínez Suárez, presidente del festival, durante el acto de apertura.

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Un pensamiento en “Mar del Plata 2012: algunas consideraciones

  1. El trabajo de la periodista y amiga Cynthia Sabat, en torno a la figura de Raymundo Gleyzer, merece unas palabras más.
    FUEGO ETERNO cruza viajes (de la directora a N.York, de la mujer de Raymundo a dar testimonio en los juicios en Bs As) así como palabras que hablan de dolorosas idas y regresos, e incluso de distintas posturas ante los responsables de la muerte y desaparición del director de LOS TRAIDORES: su mujer Juana (puro sentido común) busca justicia con razonable enojo, su hijo Diego (de bonhomía casi hippie) dice estar dispuesto a perdonarlos. Cuando la mujer habla de cine y el joven de injusticias el legado de Raymundo pareciera estar a salvo.
    Todo lo relativo a la militancia política de RG y a sus valiosas películas está eludido o se da por supuesto: FUEGO ETERNO prefiere ser un rompecabezas hecho de recuerdos, modestas confesiones y agridulces sensaciones a flor de piel, agregando algunas piezas importantes a investigaciones previas y con una apelación a la ternura como broche.
    http://fuegoeternofilm.wordpress.com/

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