Federico Fellini, el gran simulador

Este 20 de enero se cumple un aniversario del nacimiento del gran Federico Fellini. En Espacio Cine aprovechamos la ocasión para rescatar este texto publicado en Rosario/12 años atrás, con autorización del autor.

(Por ALEJANDRO HUGOLINI)
Roma, 29 de octubre de 1944. Un joven muy alto, de piernas flacas y gran cabeza, pasa por Piazza Spagna y advierte demasiado tarde que una Brigata Nera fascista la está cercando y solicita documentaciones. Es dibujante y guionista de radio, y elude como puede su incorporación a las tropas del Eje, como otros 200.000 clandestinos ocultos en iglesias, conventos y monasterios. Muchos sacerdotes habían apoyado al fascismo, pero otros protegieron a los partidarios de la Resistencia. El 4 de abril los alemanes habían fusilado al padre Giuseppe Morosini y el mes anterior Teresa Gullace, madre de cinco hijos, fue ametrallada cuando corría tras el camión que llevaba a su marido a los campos de trabajo. Roma era una ciudad abierta a la impunidad nazi-fascista, que dominaba el centro y norte de Italia. Desde el sur, las tropas del Quinto Ejército Aliado intentaban ocupar el país.
Federico, nuestro artista, fue introducido junto a otros hombres en un camión. Pero antes de que partiera, saltó gritando “¡Fritz!, ¡Fritz!” y corrió hasta un oficial alemán que estaba en la esquina de la vía del Babuino, lo abrazó y logró que la Brigata siguiera adelante sin él. Después, dejando perplejo al militar, siguió corriendo hacia la via Margutta y se refugió en una farmacia.
Al día siguiente, el sábado 30 de octubre, se casó, en un departamento de via Lutezia 11, con la joven actriz Giulia Ana Massina, Giulietta. Roberto Rosellini lo convocó entonces para escribir un guión sobre la muerte de don Morosini, titulada Storie d’ieri (Historia de ayer), que acabó siendo el embrión de Roma cittá aperta.
A Federico le pesaba ser hijo de un viajante y una ama de casa, y haber nacido en circunstancias comunes en Rímini, pueblo que evocó en muchas de sus películas, pero en el que jamás filmó. Decidió construir su propio mito, dibujar un perfil singular sin que se pareciese a las caricaturas con que se ganaba la vida. Y adoptó la sencilla decisión de mentir con sinceridad, de simular a la vista de todos. Como en los escenarios de sus películas.
En 1964, cuando ya había triunfado con La strada, La dolce vita y Fellini 8 ½, un editor alemán le pidió al crítico Gideon Bachmann -en ese momento miembro de su círculo íntimo en Roma- que le hiciera un reportaje sobre su particular método de trabajo: hablar incesantemente en el rodaje descartando el sonido directo, ver miles de candidatos para un papel secundario, construir locaciones costosísimas que no aparecían en el montaje final.
Bachmann lo persiguió, escuchando siempre por respuesta “Mañana, mañana, mañana”, como el Guido Anselmi encarnado por Mastroianni en Fellini 8 ½. Federico le propuso: “¿Por qué no lo escribes, luego me lo dejas leer y yo te diré si estoy de acuerdo?”. Cuando el trabajo estuvo terminado, Fellini se lo guardó en un bolsillo olvidando el tema. Ante los telegramas del editor, el crítico suplicó aprobación para publicarlo. “Eso que me diste –dijo Federico- no lo he leído. ¿Pero contribuye al mito?”. “Me temo que sí”, contestó Bachmann, y escuchó por toda réplica: “Muy bien, puedes publicarlo”.
Fellini fue un fabulador persistente y brillante. Sus películas, que pretenden reflejar su infancia, sueños y obsesiones (la sexualidad, la religión, la muerte, la mujer, el agua, el circo) están a menudo llenas de apropiaciones. El abono fértil del mito lo compuso con una talentosa mixtura de obra, declaraciones y reportajes. Se jactaba de no conservar un solo papel propio, ni un libro escrito sobre él: “Me gusta ser un recién nacido cada día”.
Durante años aseguró que se había escapado con el circo ambulante del payaso Pierino, y que su padre lo recuperó una semana después alcanzándolo en el camino. Pero su hermana Maddalena aclaró que todo se había limitado a ayudar en el lavado de una cebra y que un amigo lo regresó el mismo día. Federico, vencido, declaró años después: “Me hubiese gustado mucho que fuera verdad”.
La reclusión en el colegio salesiano de Fano, a 30 km. por la costa al sur de Rímini, está recreada en Fellini 8 ½, cuando Guido recuerda a los sacerdotes que lo investigan por el episodio de la Saraghina. “Me pasé allí todo el verano. Prácticamente era un prisionero”. Pero Federico nunca estuvo en ese internado, aunque sí su hermano Riccardo, de quien tomó la experiencia.
Estuvo cerca de la muerte en 1966, luego de la aplicación de una inyección contra el catarro. Antes de desmayarse en su departamento, alcanzó a deslizar bajo la puerta un mensaje escrito para Giulietta: “No entres sola”. Creyó que lo encontraría muerto. Tras días de antibióticos, su estado empeoraba. Aldo Moro le envió un telegrama y su habitación desbordó de flores. Las rosas más grandes eran del productor Ángelo Rizzoli, quien lo había demandado judicialmente. Estaban acompañadas por una carta de reconciliación. Cuando pudo hablar, Federico lo llamó por teléfono y le dijo “Tu nota me ha hecho mejor que los antibióticos”. Silencio. Del otro lado de la línea, en Milán, alguien tomó el teléfono de manos de Rizzoli y afirmó “Fellini, está llorando”. El mistificador había triunfado nuevamente. Pero no contra la enfermedad. Empeoraba.
Dino de Laurentiis, desconfiado, le mandó sus propios médicos que regresaron con peor pronóstico. Fellini no respondía a los antibióticos y estaba bajo respiración asistida. También Dino lloró. Tras quinientas radiografías (versión Fellini), drogas que le producían alucinaciones y diversidad de estudios, la salvación llegó a través de un amigo. Ercole Sega, un médico de Rímini observó que los síntomas correspondían a la enfermedad de Sanarelli-Shwartzman. Reemplazaron antibióticos por cortisona. En doce horas respiraba por su cuenta, y en veinticuatro había recuperado el habla.
El empeño fabulador de Federico tuvo su epifanía en un incidente con tres periodistas que lo entrevistaron y publicaron versiones diferentes de un mismo hecho. Todas contenían algo de verdad, eran verosímiles y divertidas, pero ellos se sintieron agraviados. Fellini comentó divertido “Los tres consiguieron una historia en exclusiva. ¿Qué tiene esto de malo? Soy un mentiroso, pero un mentiroso honesto”.
A menudo se sostiene que el nacimiento de las personas es un momento muy especial, ya que cifra su carácter y destino. Al menos era así para él, adepto a la astrología y propenso a guiarse por sueños y presagios. “No sé dónde nací. Quizá no naciera. Quizá fuera en un avión…”, le dijo a John Baxter en 1992.
El gran Fefé optó, sin embargo, por la creíble versión de que nació a bordo de un tren, en un compartimiento de primera clase, en viaje desde Viserba a Riccione, cerca de Rímini. Pero cualquier biógrafo, aún principiante, podría comprobar que el 20 de enero de 1920 una huelga paralizó los trenes de toda Italia.

http://www.federicofellini.it/es/

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