De Papas, curas gauchos y niñas santas

Desde que el pasado 13 de marzo se supo que el nuevo Papa era el cardenal argentino Jorge Bergoglio, se sucedieron acaloradas y saludables discusiones que, sin embargo, soslayaron un hecho evidente: el peso de la Iglesia Católica en la historia y la cultura de nuestro país. Si su máxima autoridad surge de entre nosotros es porque –para bien o para mal– la religión católica, con su doctrina, su dogma y sus ritos, innegablemente forma parte de la vida y la identidad de los argentinos (al menos de la mayoría). Una ligera recorrida por nuestro cine revela de manera clara esa influencia, a la vez que permite descubrir algunas singularidades.

  • Se puede comenzar con un dato curioso: el club San Lorenzo de Almagro, del que, según se dice, es hincha el flamante Papa Francisco, mereció en 1954 una película dirigida por Augusto César Vatteone. El cura Lorenzo evocaba al fundador del club, precisamente un sacerdote católico (el padre Lorenzo Massa, encarnado por Ángel Magaña), esforzándose por encarrilar a los revoltosos chicos del barrio.
    No fue el único cura sencillo y voluntarioso que mostró el cine argentino: en la exitosa El cura gaucho (1941) Enrique Muiño encarnaba al padre José Gabriel Brochero luchando contra el cólera, un hacendado explotador y la indiferencia de los habitantes de un pueblo cordobés. “En un cine predominantemente laico y de centroizquierda, influido por el ideario socialista y los pronunciamientos de FORJA, el ala más radicalizada de la Unión Cívica Radical –señalaba Domingo Di Núbila en su Historia del cine argentino-, El cura gaucho introdujo a este precursor criollo de la Doctrina Social de la Iglesia, que solía aplicar a realidades argentinas la visión legada por León XIII en la encíclica Rerum Novarum.” Escrita por Hugo Mac Dougall y rodada parcialmente en Córdoba por Lucas Demare en su último trabajo para Pampa Film antes del surgimiento de Artistas Argentinos Asociados, fue protagonizada por el mismo actor que, más tarde, daría vida al sacrificado sacristán Lucero en La guerra gaucha (1942, también dirigida por Demare). En su libro Cien años de cine argentino Fernando Martín Peña destaca un plano del rostro del protagonista frente al altar mientras detrás suyo, fuera de foco, se adivinan los pobladores que ingresan por primera vez a la capilla: “Define poderosamente a ese personaje que no está allí para exigir sumisión, penitencia o resignación sino, por el contrario, organización e identidad comunitaria”.
    Estas películas se sostenían en base a fórmulas que, de una u otra manera, se repetían en la inconvincente Las manos (2006, Alejandro Doria, con Jorge Marrale como el padre sanador Mario Pantaleo) y otras más pasatistas, destinadas al público familiar: el estilo campechano y paternalista, la protección a madres solteras o jóvenes en problemas, la oposición de funcionarios y gente adinerada. Una tradición que se retroalimentaba con retratos de sacerdotes en obras teatrales y literarias que muchas veces provenían de experiencias personales de los autores, como el padre Agüero evocado por Miguel Cané en Juvenilia, que en la versión cinematográfica de Augusto César Vatteone (1943) interpretó Ernesto Vilches.
  • No hubo otras biopics sobre curas admirados, pero sí se hicieron dos sobre el joven mapuche salesiano beatificado Ceferino Namuncurá (El milagro de Ceferino Namuncurá y Mi hijo Ceferino Namuncurá, ambas a principios de los ’70, época en la que proliferaban las estampitas de este aspirante a sacerdote fallecido de tuberculosis a los 18 años) y otras tantas con protagonistas femeninas: Rosa de América (1946, Alberto de Zavalía, guión de Ulyses Petit de Murat y Homero Manzi) con Delia Garcés como Santa Rosa de Lima, y Yo, la peor de todas (1990, María Luisa Bemberg, sobre obra de Octavio Paz) con Assumpta Serna como Sor Juana Inés de la Cruz, en ambos casos primando los intereses estéticos e ideológicos de sus directores por encima de lo estrictamente religioso.
  • Una peculiaridad que salta a la vista es la forma en que, desde los años ’60 (seguramente como consecuencia de cambios en la sociedad así como en el seno de la propia institución), en el cine argentino la Iglesia Católica comenzó a mostrarse como un organismo bifronte, con religiosos y sacerdotes conservadores, insensibles y cómplices de dictaduras militares (Bajo el signo de la Patria, Los hijos de Fierro, La historia oficial, La cruz invertida, La sagrada familia, Casas de fuego) y, al mismo tiempo, otros ejerciendo su ministerio entre los pobres y enfrentando a los poderosos (Los dueños del silencio, Cerca de la frontera, Valentín, Elefante blanco).
    En el primer grupo aparecen también curas responsables de frustraciones y miedos (Las venganzas de Beto Sánchez, Adiós, Roberto…, El amor es una mujer gorda, En el nombre del hijo, El faro) o demasiado atentos al dinero para su iglesia (El hijo de la novia). Del lado de los buenos, en tanto, pueden ubicarse desde el padre Ladislao Gutiérrez –asesinado en 1848 por huir con Camila O’Gorman para vivir un amor clandestino, encarnado por Lautaro Murúa en El destino (1971) y por Imanol Arias en Camila (1984)– hasta los curas de dos películas olvidadas: Los traidores de San Angel (1966, Leopoldo Torre Nilsson, cuya acción transcurre en un convento donde se refugia un rebelde enfrentado al dictador de un país latinoamericano no identificado) y Tercer Mundo (Pedro y Pablo) (1961, Ángel Acciaresi, con Jardel Filho y José María Langlais como jóvenes sacerdotes arremangando sus sotanas blancas para ayudar a los habitantes de una favela brasileña). En esta última –estrenada en nuestro país en agosto de 1973–, para dejar en claro que los protagonistas están del lado de la gente se los muestra fumando, jugando al fútbol, hablando de cine e intentando llevarse bien con jóvenes de estereotipada agresividad. En ninguna de las dos falta la inevitable prostituta que se les acerca (Graciela Borges en el film de Nilsson, Élida Gay Palmer –bajo el previsible nombre de Magdalena– en el otro). En estos religiosos las ideas progresistas no generaban el temor que manifestaba, por ejemplo, el matrimonio de Así es la vida (la obra de Malfatti y De las Llanderas llevada al cine por Francisco Mugica en 1939 y por Enrique Carreras en 1977), según se percibe en el diálogo que el hombre mantiene con su mujer después de haber conversado con el novio de su hija: “Mirá, vieja –le previene Don Ernesto–, si el socialismo es lo que él me acaba de decir, andá con cuidado. No sea cosa que yo también me haga socialista”, a lo que Doña Felisa exclama “¡Jesús, María y José!”
    A veces, evitando dar una opinión definida sobre la Iglesia ante asuntos espinosos, la figura del sacerdote es ideológicamente ambigua (La noche de los lápices, Bajo bandera). O, a la luz de las orientaciones impuestas por el Concilio Vaticano II, se muestra a la institución visiblemente aggiornada aunque en relación a situaciones domésticas, procurando despertar más la simpatía que la reflexión (Al diablo con este cura, Operación San Antonio, El profesor patagónico, Pájaro loco). Excepcionalmente podía verse al sacerdote como un amigo más, como el cura de pueblo representado por Leo Masliah en Qué absurdo es haber crecido (2000, Rolando Santos).
  • Si hablamos de mujeres, la conducta admonitoria y moralista podía encontrarse en Madres Superioras como la Mecha Ortiz de Bajo un mismo rostro (1962, Daniel Tinayre, con las mellizas Mirtha y Silvia Legrand encarnando respectivamente a una prostituta y una religiosa) o en señoras de la oligarquía como la Nacha Guevara de Miss Mary (1986, María Luisa Bemberg). Pero también hubo monjas idealistas o de rasgos heroicos, en Un lugar en el mundo, Golpes a mi puerta o El caso María Soledad, donde Juana Hidalgo encarnó a la hermana Martha Pelloni. Asimismo, abonando la idea de la vida en el convento como opuesto natural a los placeres mundanos, una actriz de cine y cantante como Ada Falcón podía abrazar la vocación religiosa tras un desengaño amoroso, tal como pudieron demostrarlo Lorena Muñoz y Sergio Wolf en su documental Yo no sé qué me han hecho tus ojos (2003).
  • El peso de la religión católica es revelado también -o mejor- en los detalles de los que se componen diversas historias. Procesiones (Con el sudor de tu frente, El curandero, La Quintrala, La flor de la maffia, La cola), apariciones angelicales (Malambo, La pandilla inolvidable), oraciones a la Virgen María (Boquitas pintadas), miradas a un crucifijo en busca de identificación o protección (Desde el abismo, La deuda interna), asistencia a misas (Dios se lo pague, …Y mañana serán hombres, Los chicos de la guerra), alusiones al Papa (Los días de junio, El abrazo partido), años de infancia transcurridos en colegios confesionales (Kamchatka), bautismos, primeras comuniones y casamientos por iglesia (Historia del 900, La Mary) hablan de un universo cotidiano permanentemente atravesado por celebraciones, tradiciones y referencias a la liturgia católica. Y si en algunas películas éstas eran satirizadas (como, notoriamente, lo hacía Puntos suspensivos de Edgardo Cozarinsky, no por nada largamente prohibida), la reacción no es más que otra señal de su influjo en la sociedad argentina.
  • Las citas podían también ser indirectas, como la seductora mujer interpretada por Laura Hidalgo en María Magdalena (1954, Carlos Hugo Christensen) quien, tras años de excesos y egoísmo, es asaltada por el debido sufrimiento, dona sus bienes, abraza la vocación religiosa y confiesa “No sabía lo que hacía”. O el Ramtés (Hugo Soto) de Hombre mirando al Sudeste (1987, Eliseo Subiela), suerte de extraterrestre solidario cuyas actitudes y reflexiones podían aludir al amor cristiano. En su posterior Últimas imágenes del naufragio (1989), Subiela ya incorporó la figura de un Cristo (Alfredo Stuart, con la voz de Alfredo Alcón) que baja de la cruz para sentarse a charlar en la iglesia con una chica que lo visita y le lleva un sandwich, casi como si se tratara de un preso (el interés de este director por las alegorías religiosas continuó en otros títulos, pero desmoronándose progresivamente hacia una difusa concepción new age). No hace mucho se lo vio a Mike Amigorena encarnando a un Jesucristo que baila y canta en un parque temático religioso en Miss Tacuarembó (2010, Martín Sastre), película que satiriza la intolerancia de ciertos católicos pero celebra la frivolidad.
  • Algunas devociones muy arraigadas entre los argentinos han sido bastante eludidas por el cine. Es el caso de la Virgen de Luján, con algunas solitarias excepciones como La procesión (1960, Francis Lauric), donde distintos personajes cruzan sus historias en medio de una peregrinación a Luján –incluyendo un socialista que abandona milagrosamente su ateísmo, interpretado por Santiago Gómez Cou–, y la anacrónica La Virgen gaucha (1987, Abel Beltrami), sobre guión escrito por Víctor Proncet –el co-guionista y protagonista del film de Raymundo Gleyzer Los traidores–, con Cristina Lemercier como una violinista ciega que recupera la vista gracias a la visita a nuestro país de Juan Pablo II.
  • Hay que señalar, también, que la obra de algunos directores no tendría razón de ser sin la gravitación de la religión católica detrás. El morboso miedo al pecado, la culpa y la hipocresía rondan todo el tiempo a los personajes de las películas de Torre Nilsson-Beatriz Guido (La casa del ángel, El secuestrador, Fin de fiesta, La mano en la trampa, Piedra libre), donde nunca nadie comulga o se casa con felicidad. El sufrimiento como signo inapelable del destino y la exaltación de ideales nobles (el amor, la justicia, la solidaridad) forman parte del cine de Hugo del Carril, así como varios largometrajes dirigidos por Manuel Romero elevan el esfuerzo de trabajadores humildes ante la indolencia de los ricos. Por su mirada sensible y comprensiva sobre la condición humana, varias películas de Leopoldo Torres Ríos traslucen un aliento evangélico mucho más auténtico que, por ejemplo, las de Enrique Carreras y Palito Ortega, en las que solían aparecer curas confundidos con policías y militares (sobre todo, y no por casualidad, en tiempos de dictadura). Jorge Prelorán –según su viuda, hombre de comunión diaria hasta que empezó a rebelarse contra la estructura católica– siempre estuvo atento a documentar la vida de gente sencilla del interior profundo de nuestro país, haciendo suyo el mensaje del Sermón de la Montaña. Hasta el erotismo plagado de referencias moralistas del cine de Armando Bo no hubiera sido posible sin mediar temores impuestos por la educación religiosa, como lo demuestra, entre varios ejemplos, la escena de Embrujada (1969) en la que Isabel Sarli escucha los consejos en off de un sacerdote frente a una iglesia.
  • Seguramente los exponentes cinematográficos que expresan de manera más acabada los valores de la fe católica se encuentran en algunos documentales más o menos recientes, no tanto los destinados al padre Carlos Mugica (interesados más en los entretelones de su militancia política que en su labor pastoral) como en Rerum Novarum (2001, Sebastián Schindle/Fernando Molnar/Nicolás Batlle), que toma su nombre de una Encíclica y recuerda el solidario vínculo de un grupo de obreros con el fundador de una empresa textil en los años ’30; 4 de Julio: La masacre de San Patricio (2007, Juan Pablo Young/Pablo Zubizarreta) y Yo, Sor Alice (1999, Alberto Marquardt), sobre religiosos asesinados durante la última dictadura militar; o la emocionante Jaime de Nevares, último viaje (1995, Marcelo Céspedes/Carmen Guarini), que registra tramos finales de la vida del obispo neuquino, ejemplar defensor de los derechos humanos.
  • Finalmente, cabe hacerse la pregunta: ¿tuvimos equivalentes vernáculos a un Dreyer, un Bresson o un Pasolini, directores ansiosos por apresar la esencia de la religiosidad y transmitir en imágenes la inquietud por la existencia de Dios? Difícil precisarlo. Uno podría ser Leonardo Favio, cuya obra aparece regada de rezos, cristos anónimos y un franciscano apego a la vida. O también Lucrecia Martel, en cuyo cine la religiosidad popular se funde con miedos y cotidianas perversiones, y donde lo extraordinario asoma detrás de cada gesto (como dice Tali/Mercedes Morán, fascinada por la presunta aparición de la Virgen en medio del clima pueblerino de La ciénaga: “Cada uno ve lo que puede”). Cuando una paloma levanta vuelo tras un momento de angustia en Crónica de un niño solo (1964), cuando alguien se sobresalta al percibir una misteriosa presencia en La niña santa (2004), cuando en Intimidad de los parques (1965) Manuel Antín registra una procesión religiosa dentro del clima extrañamente mágico del Macchu Picchu, o en Standard (1989) Jorge Acha funde imágenes de la bandera, estampitas religiosas, trabajadores y próceres con extrañas letanías de fondo, nuestro cine logra expresar –aunque sea fugazmente– el misterio y la perplejidad que suponen la presencia de Dios en los actos cotidianos, convalidando la expresión de San Agustín: “Si lo pudiéramos comprender no sería Él. Y si es Él, no lo podemos comprender.”

   Por Fernando Varea

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4 pensamientos en “De Papas, curas gauchos y niñas santas

  1. Si esto no es la base de un libro, yo todavía no aprendí a leer… extraordinario!!!!

  2. Ideas para libros nunca faltan, lo que no hay son editoriales o instituciones que se muestren interesadas en publicarlos. Muchas gracias Alejandro, por leer e incentivar siempre.

  3. Creo que pocos periodistas expertos en cine nacional pueden escribir en la Argentina un ensayo tan completo y minucioso como mi colega y amigo: Fernando Varea. Felicitaciones!

  4. Muchas gracias, Guillermo. Me alegro que te haya gustado lo que escribí, aunque yo no lo llamaría ensayo (en todo caso, una serie de reflexiones sobre un tema que da para más).

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