Nostalgias entre el ensueño y el misterio

TABÚ

(2012;  dir. Miguel Gomes)

(Por JUAN AGUZZI)
Hay en Tabú un claro objetivo que comanda el derrotero de una historia dentro de otra sobre ese amor condenado del pasado, que es también como están condenados hoy los que cuentan y escuchan esas historias; en el film de Miguel Gomes (1972, Lisboa, Portugal) prevalece lo que brillaba con luz propia en Aquel querido mes de agosto (que había resultado mejor película del BAFICI 2009), luminoso relato que se servía del documental y la ficción en un pase eficaz que lo volvía innovador en esta práctica discursiva: la saudade lusitana, que es también la del propio Portugal como cultura, y que aquí fluye dándole el sentido que moviliza el recuerdo y hasta las propias acciones de los personajes, presos de algo que se intuye imposible de un final ideal.
Tristeza y melancolía entonces, que son las formas posibles de la saudade, por una época perdida en África donde un amor clandestino se enciende inagotable; y también en el modo en como tiene lugar la relación entre Pilar y Aurora y su doméstica, que en la Lisboa actual van sumergiéndose en ese relato que envuelve el presente con intempestivo fuego vivo; que ocurre como una práctica de ritual con una conversación que acaece porque sí, incluyendo al narrador contemporáneo y osado seductor que fue en esa colonia portuguesa en África, situación que Gómes, en un gesto político a lo Antonioni, no deja de poner en evidencia –el Portugal colonial que en los sesenta insistía en sostener los territorios de ultramar avasallados– con esos personajes de clase acomodada dispuestos a gastar sus días en ese sitio remoto pero apasionante, misterioso, que comienza a evocarse a través de una emanación vaporosa que resplandece en el blanco y negro del film y en la prescindencia de diálogo. El pasado anuncia la tempestad amorosa en hermosas imágenes mudas conformadas con encuadres osados y modernos, captadas con frescura y una levedad maravillosa como había en cierto cine mudo, pero al que Gomes le otorga fisonomía propia. Se parece estar viendo un film del periodo mudo pero articulado desde alguien afianzado en su oficio que se vale de artificios que vendrían con el cine sonoro.
La voz en off que atraviesa esta parte del relato fija como una filigrana esa evocación: es una voz inclinada al repaso de ese tiempo apoyada en el reflejo de sus sombras, en un juego de intervención sobre el pasado extinguido que proyecta esas sombras sobre el presente, tal como hace el mejor cine mudo sobre el contemporáneo. Es inevitable hablar de Friedrich Wilhelm Murnau si se piensa en el film del mismo nombre con el que el director alemán se alejaba del expresionismo y se volcaba a transmitir su amor innato por el paisaje, incapaz de reconciliarse con el empleo de sucedáneos que ofrecían los estudios y harto de las bajezas mercantilistas de Hollywood que cortaban sus aspiraciones artísticas. Algo del Tabú de Murnau subyace en el de Gomes; cierta exuberancia, un país extraño, el amor prohibido que se proyecta como una amenaza tangible, ese acelerado trayecto del final; pero en Gomes esa arquitectura tiene a la nostalgia de ese tiempo ido como fuerza creadora del presente en un montaje lleno de sensibilidad, que invade la pantalla con frescura nueva. El destino de esa Aurora que hoy está acercándose al fin de su memoria la forjó perturbadora y desafiante en su juventud; pero ahora ni siquiera puede contar la propia historia. Lo hará su amante desdichado que queda fijo en la elaboración del pasado tras el que acechan recuerdos dolorosos, todo aquello que fue sin pensamientos.
Film intenso y cautivante, deudor de las líneas estéticas planteadas en Aquel querido mes de agosto pero más refinado y con una expansión más dinámica y menos dudosa, Tabú confirma a Gomes como un autor que encuentra en el misterio y el ensueño la inspiración para su credo artístico.

Trailer de Tabú aquí
Entrevista a Miguel Gómes para Espacio Cine aquí

El azar como aliado

EL GRAN SIMULADOR
(2013; dir. Néstor Frenkel)

De un documental sobre el veterano ilusionista René Lavand –conocido por su talento para engañar con elegancia manipulando naipes con su única mano– tal vez podían esperarse imágenes de casinos, clubes nocturnos y glamorosas fiestas, con el alcohol, el  dinero y las anécdotas oscuras en primer plano. Pero (aunque vino e historias no faltan) nada más lejos que eso en este entrañable retrato del artista, en el que Las Vegas es reemplazada por Tandil y el exitismo por las reflexiones y expresiones de un hombre sabio.
La presentación del film, con letras que se dan vuelta como cartas y una graciosa música de fondo, ya deja en claro que el tono no será ceremonioso. Después iremos conociendo de a poco a Lavand en su idílico refugio tandilense junto a su mujer, mientras revisan fotografías y antiguas grabaciones, recuerdan viajes, reciben a algún amigo y a un discípulo, o, simplemente, desarrollan sus actividades cotidianas. En tanto, en distintas circunstancias, afloran confesiones que lo muestran más que hábil como narrador, jovial a sus ochenta y pico de años, culto (nombrando al pasar a Miguel Angel, Picasso, Manzi, Yupanki, Homero Expósito) y, como siempre ha sido, seductor en la conversación y el trato con sus interlocutores (salvo cuando insisten en llamarlo por teléfono confundiendo su casa con una empresa de remises). Rasgos que, seguramente, le permitieron ganar fama y prestigio mientras iba buscando, como él mismo dice, “un estilo, una personalidad”.
El gran simulador va entregando dosificadamente algunos datos, prefiriendo dejar afuera otros (nada se dice sobre su familia, por ejemplo). Entonces, el artista refinado que muestra su colección de bastones o se aprecia en las incontables presentaciones televisivas en distintos países y épocas, se encuentra con el hombre sencillo que visita al médico o se fastidia por las demoras del correo en traerle una encomienda. En este sentido, el director es respetuoso y fiel a la figura pública, sabiendo que Lavand es un digno exponente de cierto tipo de argentino (caballeresco, cordial, experimentado, pícaro) en extinción. “Las cartas son rituales antiguos y misteriosos” sostiene el maestro, y lo enigmático de su profesión asoma sin que ese halo que lo rodea sea remarcado por la música o alguna toma fuera de lugar.
Otra de las posibilidades que brinda este documento es la valoración del esfuerzo personal ante la adversidad o, mejor aún, el aprovechamiento de lo que el destino puede depararle a una persona: “Yo tenía la ventaja de tener una sola mano”, dice Lavand en un momento, tranquilo, despertando naturalmente admiración. La última pregunta que se le hace, que por razones obvias no develaremos aquí, deja planteada la inquietud ante el azar, no ya en el juego sino en el rumbo de la vida de una persona.
El gran simulador es, sin dudas, el mejor trabajo de Néstor Frenkel (1967, Buenos Aires) hasta el momento. Como en Construcción de una ciudad (2007) y Amateur (2011), vuelve a encontrar ficción en personas y hechos reales, en este caso excluyendo guiños cancheros. Incluso se beneficia con la capacidad natural de Lavand como actor (recordemos su participación en la película de Adrián Caetano Un oso rojo, donde en una escena le clavaban un cuchillo en la mano), haciéndole leer textos elocuentes e incluso dramatizando uno de esos relatos. En el director sigue habiendo, además, un sincero interés por las construcciones (por algo se detiene tanto en la casa que habita Lavand en pleno bosque, con ascensor incluido) y por el rescate de personajes curiosos que pueden encontrarse en el mal llamado interior de nuestro país, sobre todo por aquéllos que saben reinventarse, escapar de las convenciones y abordar la vida de otra manera, como un juego o un desafío.

Por Fernando Varea

Trailer de El gran simulador aquí

Dios de la adolescencia

P3ND3JO5
(2013; dir. Raúl Perrone)

Gus Van Sant es un caso paradigmático, aunque no el único: directores cautivados por el universo agridulce de los adolescentes, su estado de fragilidad e inquietud constante, su fotogenia y su singular manera de sobrellevar arduas eventualidades sin dejar de disfrutar de modas y juegos que parecen mantener todavía viva la inocencia de la infancia. Entre nosotros, realizadores como Ezequiel Acuña y Celina Murga expresan, a través de su obra, ansiedad por comprender esa etapa de la vida. En Raúl Perrone (1952, Ituzaingó, pcia. de Buenos Aires) también hay una suerte de fascinación por los adolescentes, aunque la suya es una mirada diferente, cómplice, con los pies en la tierra y el espíritu del barrio en diálogos, gestos y actitudes.
Desde su mismo título, su última película -premiada en la última edición del BAFICI- manifiesta un propósito ligeramente ambicioso (con una sola palabra sugiriendo un retrato generacional) y, al mismo tiempo, afectuoso y lúdico (como puede indicarlo la combinación de letras con números, algo que también lleva al lenguaje utilizado en la escritura informal en computadoras y teléfonos celulares). El hecho de agregar a dicho título el apellido del director habla, por otra parte, de un interés -más enfatizado que modesto- por dejar clara una marca autoral.
A lo largo de tres actos y una coda, P3nd3jo5 registra momentos en las vidas de distintos jóvenes de ambos sexos atravesadas por la incertidumbre o la angustia ante situaciones que no saben cómo resolver, mientras fuman, deambulan con sus skates y comparten su tiempo en taciturnos parques o clubes. Hay algo de desdén o despreocupación por lo material, evidente en detalles como el de ese chico que prefiere arreglar su skate a comprar el celular que le ofrecen. Los adultos son pocos pero no están mostrados como adversarios; por el contrario, suelen poner una dosis de sentido común y aconsejar con cariño (en algún momento uno de ellos parece extrañar la frescura de los jóvenes que lo rodean, subiéndose a un skate mientras se escucha la Cumbia en Do Menor).
A años luz del cine de Larry Clark y otros, no hay morbo en esta exposición de hechos a veces ciertamente dramáticos: un embarazo inesperado, la posibilidad de un aborto, el tuteo con la droga y con el delito asoman sin sensacionalismo, como parte de problemáticas que exceden a los personajes. Incluso los momentos que podrían resultar sórdidos son eludidos, tal vez porque Perrone no busca provocar incomodidad en el espectador sino identificación, comprensión o piedad. La sensación de desamparo que recorre la película permite indudablemente inferir un contexto político-económico-cultural-educativo que lleva a ese estado de insatisfacción personal y social, aunque el director podría haber añadido algunas referencias precisas sobre instituciones o hábitos responsables de esa suerte de decadencia.
De todos modos, la  propuesta es abiertamente lírica y su mayor valor consiste, precisamente, en convertir espacios cotidianos en oníricos, haciendo del anodino paisaje urbano de todos los días algo casi mágico o fantasmal. Una búsqueda de trascendencia que puede remitir no sólo a Leonardo Favio (hay planos de lugares despojados con personajes parcos que traen inmediatamente a la memoria a las primeras películas del director fallecido el año pasado) sino también, de manera más manifiesta, a maestros como Carl Dreyer y Pier Paolo Pasolini (a quienes Perrone alude explícitamente en ciertos momentos).
Uno de los puntos altos de P3nd3jo5 es su musicalización y su admirable trabajo con el sonido. Haendel y Puccini se mezclan –literalmente– con cumbia electrónica (con Nomenombressway al frente) y esa masa musical fluye blandamente, completando los estados de soledad o de compañía de los personajes, su introspección o su vuelo. La banda sonora ignora deliberadamente las voces (al punto de agregar intertítulos, como en épocas del cine mudo), pero lo que se oye a veces no se corresponde con lo que se ve sino con condiciones anímicas, pudiendo, de pronto, irrumpir un disparo o escucharse como lánguido fondo lo que parece ser el ruido de una púa sobre un disco gastado. Es difícil encontrar un grado de experimentación similar no sólo en la filmografía de Perrone sino en el cine argentino de ficción de los últimos años: apenas Picado fino (1993, Esteban Sapir) y El nadador inmóvil (1998, Fernán Rudnik) se le acercan.
Apoyado en una expresiva fotografía en blanco y negro, Perrone logra conmover cuando se demora en la mirada de una chica pensativa, en los travellings de seguimiento de alguno de los pibes por caminos rodeados de árboles, o en el hermoso plano en el que el ocio compartido en una plaza exhibe como fondo misteriosos nubarrones y una calesita iluminada. Ocasionalmente recurre a la cámara lenta y a cortes y fundidos dentro del mismo plano, evitando filmar con cámara en mano, por lo que P3nd3jo5 invita todo el tiempo a la contemplación y a la reflexión antes que al sobresalto. Las imágenes de nubes en el cielo o de jóvenes en sus skates recuerdan a Gus Van Sant así como los travellings laterales por las calles devuelven el eco del primer Jim Jarmusch, pero Perrone logra correrse bastante de esas y otras influencias para plasmar algo propio, impregnado del tono húmedo, desgastado y a la vez refulgente de ámbitos y rostros que los argentinos conocemos de cerca.
Y es que Perrone no intenta copiar a nadie. Las características de P3nd3jo5  (su ausencia de actores conocidos, la elección del blanco y negro, incluso su duración) dejan en claro que no hubo cálculo sino simplemente necesidad de expresarse. Con virtudes y defectos tal vez, pero, sobre todo, con honestidad y una protectora sensibilidad, algo que siempre se agradece.

Por Fernando Varea

http://perronependejos.tumblr.com/