Beceyro confesional

ENSAYOS [MEMORIAS]
(Raúl Beceyro, Universidad Nacional del Litoral, 2012)

Tan curioso como el hecho de que en el medio audiovisual santafesino exista interés por lo que se filma en Buenos Aires pero no por lo que producen colegas cordobeses o entrerrianos, es que realizadores, críticos y escuelas de cine de la ciudad de Santa Fe y de Rosario trabajen casi ignorándose unos a otros, como si no formaran parte de una misma provincia. De esta manera, alguien como Raúl Beceyro (1944, Sunchales, pcia. de Santa Fe) resulta desconocido para muchos rosarinos interesados en el cine, a pesar de venir desarrollando, desde hace tiempo, una valiosa obra como docente, realizador y ensayista en la capital provincial. De buena parte de esos trabajos da cuenta, precisamente, su último libro, en el que recuerda anécdotas y comenta hechos vinculados no sólo al cine sino también al periodismo, la literatura y la política de los últimos cincuenta años.
Rescatar textos propios que permanecían inéditos es uno de los propósitos de Beceyro en esta publicación, además de expresar admiración por ciertas figuras públicas (el escritor Juan José Saer, el político y presidente argentino Ricardo Alfonsín, el filósofo Theodor Adorno) y deslizar sin énfasis reflexiones sobre distintas expresiones culturales y momentos de la historia de nuestro país. La lectura de estos Ensayos permite conocer detalles de la gestación de Los inundados (1961, Fernando Birri) y Palo y hueso (1967, Nicolás Sarquís) –sin dudas, dos de las más importantes realizaciones en la historia del cine santafesino, en las que Beceyro intervino, de los vínculos de Saer con el cine y de los avatares de su amistad con Beceyro, cálidamente descriptos, aún haciendo desear mayores detalles para conocer mejor al autor de El entenado.
También plantea –a propósito de Cicatrices (1999, Patricio Coll) la encrucijada que deben atravesar los films de época, ofrece un agudo análisis del cine del georgiano Otar Ioselliani y repara en la dificultad que existe para tomar decisiones en el montaje de un film colectivo. Otras atinadas consideraciones forman parte del libro aunque no es Beceyro quien las sostiene, como la diferencia que marca Saer entre la escritura de una novela y la de un guión:  mientras en el primer caso se escribe sin depender de la opinión de los lectores, en el segundo resulta inevitable hacerlo pensando en lo que dirán el director e incluso el productor de la película por hacerse.
El autor organiza meticulosamente la información y escribe con sobriedad, dejando escapar por ahí comentarios un poco más fuertes (cierta comparación de la Argentina de 1974 con la Alemania nazi, o la referencia a lo insoportable de “filmar al enemigo”), que tal vez resaltan porque allí abandona fugazmente su estilo escrupuloso, evidente en la sutileza con la que logra expresar diferencias entre Alfonsín y Chacho Álvarez (mencionando apenas sus actitudes durante el rodaje de La Convención). Esa delicadeza lo lleva incluso a mantener en el misterio el nombre de un realizador argentino que, según cuenta, alguna vez declaró vivir bastante cómodo en la Argentina de 1977. Sorprenden menos sus referencias a Primarias (1960), documental de Robert Drew de su predilección,  y a la revista Punto de vista, medio que siempre estuvo dispuesto a publicar sus escritos (aunque con algunas dificultades, como él mismo revela aquí).
Ojalá estas memorias no indiquen que Beceyro planea dejar de ayudarnos a pensar, aprender y discutir con textos como éstos, donde sabe volcar sin demagogia sus conocimientos, sus convicciones y sus dudas.

Fernando G. Varea

http://www.unl.edu.ar/editorial/

La música del azar

VIOLA
(2013; dir. Matías Piñeiro)

Lúdico cruce de sentimientos y palabras, delicado periplo en busca de la gracia, ejercicio mundano y al mismo tiempo sofisticado, Viola tiene el mérito de lograr un par de cosas siempre deseables pero inusuales en el cine: el recreo y la sorpresa.
Tras un tramo inicial en el que un grupo de actrices ensaya un texto de Shakespeare (Noche de reyes), el film empieza a seguir a una chica (María Villar) que va en su bicicleta repartiendo DVD a domicilio, atravesando livianas contrariedades y encuentros con otros jóvenes, entre quienes estarán aquellas actrices. Como una abeja en busca del néctar, la cámara de Matías Piñeiro (1982, Buenos Aires) comenzará a desviarse todo el tiempo -sin nerviosismo- hacia donde la lleve el encanto de sus personajes, el brillo de sus miradas o sus sonrisas y la dulzura de ciertos sonidos (incluyendo las voces). Ese devaneo zigzagueante no resulta presuntuoso sino, en todo caso, demasiado frágil: el interés de Viola se agota en el impreciso recorrido, en el espíritu ligero con el que se nos ofrecen acercamientos y conversaciones en torno al amor. En un momento la protagonista ve por la calle a un joven que parece gustarle y, segundos después, lo descubre besándose con su novia, sin que asome en esa situación un nudo a desatar ni conflicto alguno: simplemente la certeza de que el amor anda por allí, dando vueltas, de una forma u otra. De ese material sensible, casi etéreo, hecho de roces y miradas, se vale Piñeiro para plasmar sus inquietudes, sin otros cálculos que los que hacen a la puesta en escena. Lo bueno es que Viola (segundo eslabón de una trilogía sobre los roles femeninos en la obra de Shakespeare) puede desconcertar con su experimentación formal y dramática, pero sin dejar de ser cordial y luminosa.
Entre los referentes del cine de Piñeiro habría que considerar la obra inicial de Manuel Antín, quien también abrevaba en fuentes literarias sabiendo que lo importante de ellas son las figuras retóricas y poéticas que se agitan bajo la cáscara. Antín también sostenía, en la entrevista realizada para este blog (que puede leerse aquí), que la belleza de las formas e incluso de las actrices formaba parte de su manera de entender el cine, algo que bien podría aplicarse a este joven director, que viene despertando interés en festivales internacionales. Como aquellas películas, o como The players vs. ángeles caídos (1969, Alberto Fischerman) –a las que no supera en ambiciones pero sí en frescura– Viola corre varios riesgos, pero lo hace confiadamente.

Por Fernando Varea

Marcelo Panozzo: “El mayor problema de nuestro cine es que muchos directores se conforman con un cine sin público”

Acompañando la muestra itinerante del BAFICI en Rosario, pasó por nuestra ciudad Marcelo Panozzo (1967, Quilmes). Periodista, crítico y editor con una importante trayectoria en distintos medios porteños (Clarín, ADN Cultura, Crítica de la Argentina, Rolling Stone, El Amante) y parte del equipo de programadores del festival durante las gestiones de Quintín y Sergio Wolf antes de asumir como director del mismo este año, Panozzo aceptó amablemente conversar con Espacio Cine sobre distintas cuestiones relacionadas con el BAFICI, el estado actual de la crítica y el cine argentino.
– ¿Cómo empezó tu interés por el cine? ¿dónde y cómo veías películas?
– En la tele, en Sábados de superacción, en las épocas en las que todavía no existía el VHS. Me acuerdo haber visto Tiburón de muy chiquito, aunque creo que el recuerdo tiene más que ver con la proeza de ver una película para adultos que con la película misma. O Star Wars, que vi en Quilmes. Nada muy godardiano en mi iniciación. Por suerte. Más que el cine, lo que me gustaba era el pop en general, ya que tengo el mismo interés por el cine que por la música. Y cerca la literatura.
– ¿Qué es lo que más apreciás en una película?
– No tengo en absoluto manera de responder eso. Por suerte, porque sino tendría como una planilla antes de ir al cine para ir llenando los ítems. Depende de cada película. No tengo una fórmula en absoluto. Además combato mucho ese dogmatismo de ‘Me gusta el cine porque habla sobre el mundo’… y a mí qué me importa, si a veces el cine que más se ve en el mundo es totalmente miserable. Y a veces no. Me acerco a cada película con ganas de que me sorprenda. Me siento en el cine esperando nada y esperando todo al mismo tiempo.
– ¿Considerás importante formar espectadores, enseñar a apreciar cierto tipo de cine?
– No, la idea de enseñarle a alguien a apreciar algo me parece fea. Sí creo en la importancia de ampliar el menú de cine al que se accede. Si cada vez más gente ve más películas, el trabajo que hacemos en el BAFICI está bien hecho. En los últimos años se ve más cine objetivamente en las salas pero hay una concentración tremenda en los títulos. Estoy muy lejos de despreciar el cine de estrenos, porque hay cosas que se estrenan que no me gustan y otras que me gustan mucho, pero no puede ser sólo eso, hay que ver la manera de que haya más. Es como la punta del iceberg: hay que descubrir más de lo que está sumergido.
– Vos decís eso y yo pienso que cuando programás algo o escribís sobre una película que te gusta, o le das un puntaje alto como crítico, estás determinando que le encontrás valor.
– Pero eso es siempre después de verla. No creo en el a priori. El director más venerado por las huestes de la cinefilia es capaz de producir una basura.
– ¿Cuál te parece entonces la función que cumple la crítica?
– No lo tengo claro en este momento. Estoy muy perdido con eso. Tal vez tenga que ver que yo me formé con la crítica de diarios. Y, salvo Página/12, creo que hay un gran bajón en la crítica de los diarios argentinos. Horacio Bernades y Luciano Monteagudo son dos muy buenos críticos, lo mismo que Javier Porta Fouz en La Nación, y ahí un poco se acaba, no tanto por los críticos sino por las decisiones de los medios de recortar el espacio.
– Hoy hubo un problema con una crítica en Página/12 [Se levantó de la edición digital la reseña del film ‘Corazón de león’, cuyo principal productor es el dueño del diario, y se publicó otra más favorable]
– No estoy muy interiorizado, pero ésas son las contradicciones de Página/12. Puede tener los mejores críticos de la Argentina y, al mismo tiempo, motivos económicos espurios pueden llevarlo a un acto de censura torpe y ridículo. Yo creo que la discusión sobre cine es siempre linda y vigorizante. Con lo que estoy perdido ahora es con el soporte o el ámbito donde se da esa discusión. No me doy cuenta lo que pasa con el post-diarios o el post-blogs, ya que los blogs no demostraron ser una herramienta capaz de aglutinar una situación de debate interesante. Tampoco las redes sociales ni Twitter. Tal vez se vuelva a los libros.
– ¿No será que la cosa se ha diversificado y sectorizado, y que los medios gráficos a los que hacías referencia son menos influyentes que años atrás, cuando todos estábamos pendientes de lo que allí se publicaba?
– Es posible. Por eso te decía que estoy un poco perdido y, en todo caso, lo que hago es leer dos o tres revistas que me gustan mucho, a las que estoy suscripto, y seguir algunos críticos que me encantan. Pero no estaría mal algún espacio de discusión de cine franca, interesante, no chicanera. Yo no detecto ninguno que me guste. Desconozco, además, el alcance de lo que se escribe en las redes sociales o de quienes hacen crítica en las radios, por ejemplo. Quizás haya que formar un Frankestein de miles de pedacitos, pero no sé si yo tengo la paciencia para hacerlo.
– Uno de los cambios es que se ha pasado de los textos medianamente largos a un twitt o una cita en Facebook.
– Ahí no sé si estamos yendo hacia el fin del mundo o al comienzo de uno nuevo. Pero no me termino de acomodar. Por esa nostalgia será que me gusta más leer las críticas de Página/12, de cinco mil o seis mil caracteres como hace quince años. Tal vez lo que esté diciendo suene muy conservador pero me da mucho placer sentarme a leer una crítica de cine. Me entusiasma mucho más que ver el zumbido que hay en una red social. Hay mucho debate en los blogs, por el lado de los comments, lo que pasa es que ahí se arma una ensalada de buena fe, mala fe, inteligencia y estupidez, entonces es un trabajo infernal separar un poco las voces. En Otros Cines, el sitio de Diego Batlle, hay cuatro o cinco comentaristas brillantes que ya deberían pasar a escribir ‘arriba’, y después un montón de insultos, pases de factura, internas del gremio, internas del cine argentino. Todo lo que sea interna o mini-vendetta lo empeora.
– A propósito de tu referencia a la crítica chicanera: es una de las objeciones que se le hacían a la revista El Amante.
– Es muy distinto la franqueza o la soberbia, que yo defiendo, a la chicana y el insulto. Sólo nuestra deriva en un mundo en el que cada vez hay menos valores republicanos se puede confundir eso. La franqueza y cierta pedantería son herramientas que existen desde los Cahiers y no hay que resignarlas. Puede haber habido momentos chicaneros en la historia de El Amante, seguro, pero tampoco voy a ser abogado defensor de la revista.
– Tanto en la revista como en el programa de TV que hacían en canal (á) parecían cultivar una aproximación al cine informal, impresionista, lo menos intelectualizada posible.
– No, en absoluto. Menos académica puede ser, pero falta de intelectualidad no había. Además, no creo que un trabajo impresionista desestime la valoración intelectual. En eso no estoy de acuerdo.
– Algunas opiniones despertaban polémica ¿Por qué, por ejemplo, El caballero de la noche asciende te gustó mucho más que Drive?
– Ésa es una típica chicana en la que no tendría que haber caído. Drive me parece una de las películas más tramposas y vacías.
Peor que Drive no puede haber nada. Winding Refn hace cortometrajes estirados con anabólicos a fuerza de una lentitud que intenta transformar en algo importante. A mí me parece un director horrible. Tan malo que hasta lo considero divertido. Su última película, Sólo Dios perdona, es tan mala que en algunos momentos me divertí. El caballero… tiene un director igualmente enfermo de importancia, pero el material que Nolan tiene entre manos es Batman, entonces el cruce entre la cosa camp y ridícula de Batman y el paspado de Nolan genera unas chispas que a mí me parecieron que estaban bien. Además, de la trilogía de Nolan ésta es la que más me gusta.
– ¿Pensás que los críticos y programadores pueden ser amigos de los realizadores o deberían tomar cierta distancia?
– No lo tengo claro (piensa)… Lo que me pasa a mí es que justo soy una persona que, si bien tengo relaciones muy cordiales con bastantes directores, no tengo amigos en el medio. Pero sí, es posible que haya habido mucho amiguismo perdonavidas en los últimos años. De muchas películas argentinas no se ha escuchado una sola palabra mala. De todos modos, el problema más importante del cine argentino para mí es la forma con la que muchos directores se han conformado haciendo un cine sin público. Hacen la película, la mandan a un par de festivales y cobran el subsidio. A mí me gusta mucho más el cine lleno que el cine vacío. El BAFICI, por ejemplo, es un festival muy exitoso, hecho para el público. Yo no quiero que las películas que programamos en el BAFICI no las vaya a ver nadie.
– ¿Qué ejemplo darías de una buena película exitosa?
El estudiante. Trabajaron para convertir el estreno en un acontecimiento y lo lograron. Aunque yo creo que tiene más valores que otras que, en iguales condiciones, no hubieran llevado esa cantidad de gente. Es grave la idea de que las películas difíciles no tienen que llevar público.
– ¿Pero no es algo que suele pasar? ¿Qué película difícil te parece que ha llevado mucho público?
Historias extraordinarias, La libertad.
– En Rosario ninguna de las dos se estrenó comercialmente.
– Esa es otra confusión grave: la idea de que el estreno tiene que ser en una sala comercial. Hay que inventar espacios nuevos, ser más creativos. Alguien tiene que tomar el teléfono, aceptar una apuesta, trabajar… Por eso también me parece que las muestras del BAFICI por el interior son buenas, porque abren el paraguas para esas películas en lugares donde quizás no haya nadie en condiciones de tomar las riendas de esos estrenos.
– ¿Qué significó para vos haber asumido la dirección del BAFICI?
– Sólo me afectó económicamente: gano mucho menos de lo que ganaba cuando trabajaba en una editorial. Hay mucho trabajo, pero para conseguir las cosas hay que trabajar. Lo hacemos con mucha libertad y es muy grato, muy hermoso. No me quejo ni un poco. Incluso los días del festival pensé que estaría más estresado, pero fue muy placentero. Por ahí este año hubo buen clima y el año que viene se vuelva a un sendero más normal de queja y ceño fruncido… Ojalá que no.
– Sin embargo este año hubo algunas quejas, por alguna película que no estuvo y debía haber participado o viceversa, por una mesa redonda que no iba a hacerse aunque finalmente se hizo…
– Es completamente lógico. Que se queje alguien que se queda afuera del BAFICI es lógico. En la mesa a la que te referís había un tipo que no me conoce personalmente y me ha insultado muchísimo en las redes sociales, entonces mi primera reacción fue decir ‘no’. Después me di cuenta que el BAFICI es un espacio de pluralidad que está por encima mío y por lo tanto hubiera sido ridículo que la mesa no se hiciese. Así que finalmente se hizo.

– Algunos discutieron que se hayan programado La República perdida (1983, Miguel Pérez) y las películas de Aristarain de la serie ‘del amor’, que parecen contradecirse con la idea de ‘cine independiente’.
La República perdida se programó porque se cumplían 30 años de la recuperación democrática y es la película emblemática de ese año. Y las películas ‘del amor’ de Aristarain son las más independientes que yo vi en mi vida. Ahí hay una independencia que me interesa mucho más que la del dinero, la de las ideas.

– ¿Hay condicionamientos o sugerencias por parte de las autoridades?
– De ningún tipo. Yo estoy muy impresionado con eso. No tenemos que consultarles absolutamente nada.
– ¿Y qué podés decir respecto a que está más acotado que en sus primeras ediciones?
– Eso es otro camelo de redes sociales. Este año pasamos 470 películas, en el primer BAFICI hubo 120. Además, yo creo que tiene que achicarse un poco: una persona que ve cinco o seis películas por día no puede abarcar el 20 % de lo que se proyecta. Para mí el festival son sus películas más que la alfombra roja, para lo cual trabaja un poco más Mar del Plata, y está bien porque siempre tuvo ese perfil. Cuando vino al BAFICI Francis Ford Coppola fue un golpe de suerte hermoso. A Tom Waitts se lo había contratado para que venga a hacer algo. Yo me niego a pagarle un cachet a un invitado. Pudimos tener a Jerry Lewis, pero pedía 35.000 dólares y yo prefería que esa plata se gaste en pasajes de directores y películas. Rematar el presupuesto para pagarle a una celebrity me parece un signo de decadencia y no estoy dispuesto a darle lugar.
– ¿Cómo ves a los estudiantes de cine de estos últimos años?
– Me parece que la mejora en estos últimos quince o veinte años ha sido extraordinaria. El factor determinante fue la FUC. Si tienen una formación más sólida y profesores más interesantes, hay que darles la derecha porque ahí está pasando algo. El acceso a las herramientas y la formación se retroalimentan. Si en el BAFICI se ven más producciones de la FUC es porque hay más cosas, además de que tal vez fomentan la realización de largometrajes más que otras escuelas de cine. Pero si yo tengo que sacar de la programación a Viola (que no es una película de la FUC sino de Matías Piñeiro) por ese rumor de que el BAFICI favorece a la FUC, prefiero que me pise un colectivo antes.

Por Fernando G. Varea

http://baficirosario.blogspot.com.ar/

El vaso medio lleno o medio vacío

VINO PARA ROBAR
(2013; dir: Ariel Winograd)

Los críticos insisten en sostener que esta nueva película de Ariel Winograd (1977, Buenos Aires) evidencia influencias del cine de Hitchcock y la screwball comedy. Ciertamente, Vino para robar promete un rato de placenteros enredos con chispazos románticos y disputas en torno a objetos de valor, en ámbitos refinados. Pero algo la diferencia de Para atrapar al ladrón (1955), Intriga internacional (1959) u otros clásicos del subgénero: aquellas eran livianas pero no tontas, y estaban realizadas con una sensualidad y sofisticación (lo cual comprende no solamente los decorados y el vestuario, sino también el refinamiento de los encuadres, la intencionalidad de los diálogos y la gracia de los gags) que demostraban que había detrás un auténtico director, alguien con verdadera idea de lo que era el cine. El tercer largometraje de Winograd, en cambio, es casi un producto para chicos, haciendo de las trampas, desventuras y conflictos de sus personajes algo inocuo e inofensivo. Por momentos, parece una de las películas de los superagentes cruzada con Nueve reinas (2000, Fabián Bielinsky), sin el vaho fascistoide de las primeras ni el cinismo de la segunda.
Por otra parte, si bien su primer tramo despierta entusiasmo, con su sucesión de aceitados engaños entre un ladrón demasiado solemne y una rival más lista y espontánea, la película pronto empieza a ser interferida por algunos tics de nuestro cine más ramplón, como si fueran parte ineludible de lo argentino: policías haraganes, violentos sobradores como los que interpretan Mario Alarcón y Juan Leyrado, e incluso cierta fascinación por el dinero obtenido con facilidad (o por el dinero, a secas). Tampoco son muy felices los flashbacks o inserts que explican innecesariamente con imágenes lo que los personajes dicen, los devaneos narrativos, el humor a veces insuficiente o esquivo (problema que ya se detectaba en las películas anteriores de Winograd, Cara de queso y Mi primera boda) y el exceso de música estridente.
Compensan esa medianía la elegancia de ciertos movimientos de cámara, las vueltas de tuerca finales que desvían la moraleja tan temida, un creativo diseño de títulos y, sobre todo, el hecho de haber reunido –por fin– a Daniel Hendler y Valeria Bertucelli, para encarnar a los jóvenes ladronzuelos en cuestión.  Como decíamos no hace mucho, a propósito del estreno de La suerte en tus manos (2012, Daniel Burman), es para celebrar que estos dos comunicativos intérpretes hayan encontrado en el cine el medio ideal para explotar esa gracia tan particular que los distingue, siempre con los gestos justos y las modulaciones de voz adecuadas para deslizar una réplica ocurrente. En gran medida, de ellos depende que podamos ver el vaso medio lleno y no medio vacío.

Por Fernando G. Varea

http://vinopararobar.com/