Paz Alicia Garciadiego: “Se le tiene demasiado respeto a la tragedia”

Profesora, ensayista, guionista y esposa de Arturo Ripstein –seguramente uno de los  directores más importantes del cine latinoamericano de las últimas décadas– Paz Alicia Garciadiego Ojeda (México, 1949) estuvo como invitada especial en el 20º Festival Latinoamericano de Video Rosario, donde dictó un seminario y presentó películas como El lugar sin límites (1978), Profundo carmesí (1996) y Las razones del corazón (2011), esta última –sobre una suerte de Madame Bovary sanguínea y contemporánea que serpentea por el interior del oscuro edificio que habita sin saber qué hacer con su vida– estrenada en estos días en la ciudad de Buenos Aires y exhibida en una única función en el Teatro La Comedia ante un público numeroso y atento, que celebró con risas algunos pasajes. Cordial, muy dispuesta al diálogo, sorprendida porque el Consejo Municipal de Rosario la declaró Visitante Distinguida y por la timidez de los argentinos para discutir o preguntar en público, Garciadiego nos brindó generosamente un rato de su tiempo para hablar de Las razones del corazón y de sus experiencias como guionista.
– ¿Hasta qué punto las reglas del melodrama no lo llevan a convertirse, por momentos, en una parodia de sí mismo? ¿Dónde estaría el límite?
– El melodrama es un género muy flexible, acepta más o menos todo. En Las razones del corazón hay humor voluntario, pensado y calculado. Incluso en los momentos que uno siente que la curva de la tensión dramática es muy fuerte, meto humor. Es el caso de la amiga, del segundo amante, de la portera. A mí me gusta el humor y tal vez no se nota mucho, pero en todas mis películas hay humor. En otra instancia, si te fijas bien, esta película no es melodrama sino tragedia. La lucha de ella es contra ella misma, y se resuelve a través del enfrentamiento con su propio destino. Cuando dice “Mamita, que no me duela” estamos en el terreno de la tragedia. Pocas cosas menos posibles en el campo del melodrama que el marido y el amante dialogando civilizadamente. Lo que pasa es que hoy día se le tiene demasiado respeto a la tragedia, como si fuera algo que ocurrió nada más que en la época de los griegos.
– ¿Cómo se hace para que frases como “Me duele la vida” se digan y se escuchen con naturalidad, sin que suenen impostadas?
– Impones el ritmo del diálogo desde el primer momento, juegas con eso. Me interesa no sólo que se digan las cosas sino que se digan bien. Hay una intencionalidad en el ritmo con el que están armados los diálogos que, inscriptos en el contexto, cuando dices “Me duele la vida” adelante y atrás hay algo, está dentro de un discurso. Y sabes que estás trabajando con diálogos barrocos, que no reproducen la realidad de ninguna manera. Además, yo podría escribir los mejores diálogos del mundo pero sin buenos actores y un buen director, sería fatal.  La amiga, por ejemplo, tiene un diálogo muy difícil de mantener, porque va arriba y abajo, pero Pilar Padilla es una excelente intérprete que tiene un ritmo fantástico, entonces de esa manera los diálogos caen en la intención que les corresponde.
– ¿Es fácil trabajar con los actores con esos planos secuencia tan extensos y elaborados?
– A los actores les encanta. La mayoría ha tenido entrenamiento teatral y un plano largo se parece más al teatro y les permite tomar aire. Lo que hace Ripstein es coreografiar muy meticulosamente antes, subordinando los actores a la cámara. Lo hace desde los ensayos, ya que el video te permite filmar muchas tomas. En Así es la vida (2000) estaban esta misma actriz (Arcelia Ramírez) y Patricia Reyes Espíndola: en la toma 7 Ripstein nos comentó que seguiría experimentando, para la toma 22 estaban absolutamente mecanizadas y para la 34, usando la frase que dice Ripstein, ya se habían convertido en el personaje… Además, trabajamos casi siempre con el mismo equipo. Antes de empezar a escribir, Ripstein y yo hablamos de quién puede hacer cada personaje. Idílicamente, claro: por ejemplo en Las razones del corazón a quien haría el marido le dio hepatitis y debimos remplazarlo. Yo tengo muy buena memoria sonora y los diálogos los escribo con la voz de los actores en la cabeza, sé cómo los van a decir. Uno de los juegos que hacíamos con una asistente cubana que tuvo Ripstein, con la que nos hicimos muy amigas, era darle el guión y que ella dijera qué actriz lo haría, sin leer siquiera la descripción, nada más que por el ritmo de los diálogos.
– En Las razones del corazón me llamó la atención la mirada positiva sobre los personajes masculinos más que sobre los femeninos. El amante, e incluso el marido, parecen tener más calma y sentido común.
– El marido mucho más que el amante. El marido es el personaje más rescatable de la película. Eso está desde la novela: en un primer momento, yo pensé en enfocarme en Monsieur Bovary.  A mí siempre me cautivó mucho la figura del doctor, que en la novela, cuando la niña está por casarse con un joven rico de la zona después que pasaron mil años, creo que le miente y le dice que no se suicidó, recuperando la imagen de Ema. Aquí quise rescatar su figura porque la realidad es que ella no tiene un mal marido. No es que ella quiere irse porque tiene un magnífico amante y un pésimo marido, lo que pasa es que a ella no le gusta la vida, la vida real. Por eso cuidamos mucho que fueron los dos actores de la misma edad, que uno no sea más alto o más viejo que el otro. Era importante remarcar que ninguno de los dos sea un hijo de puta. Que la inadecuación de ella viene de sus tripas. Es la idea de bovarismo ¿no? de querer algo que no tengo y nunca voy a tener. A mí siempre me han interesado las utopías, y mis películas, de una u otra manera, lo reflejan. La más marcada es El Evangelio de las maravillas (1998).  El horizonte de Ema termina en la ventana de su casa, pero si tuviera un poco más de perspectiva sería una utopista.
– En la película hay una alusión a Libertad Lamarque, que despertó risas cuando se exhibió en Rosario.
– En realidad ella es más mexicana que argentina, de hecho hay muchos mexicanos que ni saben que es argentina, así como algunos creen que Arturo De Córdova era argentino. Libertad Lamarque es la madre sollozante de toda la vida. No sé para las nuevas generaciones, pero para la mía es un punto de referencia de la maternidad gimiente. En México eso es claramente entendido.
– Por el trabajo conjunto guionista-director y la visión corrosiva sobre la familia y las convenciones sociales, tus películas con Ripstein podrían relacionarse  con las de Beatriz Guido-Torre Nilsson. ¿Conocés su obra?
– No. Es posible lo que dices, porque no es la primera vez que me lo preguntan. Y sé que a Ripstein le gusta mucho Torre Nilsson.
– Se dice que cuando Buñuel empezó a filmar en México por primera vez se mostraba en el cine el país real. ¿Quiénes muestran el México real en la actualidad?
– Todos. El cine, hoy por hoy, está contaminado de realidad. El problema es que la realidad a la larga corta las alas. La película de Amat Escalante que ganó en Cannes (Helí) es muy realista, no así la de Carlos Reygadas, aunque reflejan México igual que las de Ripstein. El color obligó a la inclusión de la realidad en el cine, lo cual no es necesariamente afortunado. Todo el cine de John Ford, cineasta excelso, es irreal. Todo el cine en blanco y negro habla de un mundo ficticio. El mundo real, teórico, conceptual, tiene color. Los diálogos de Humprey Bogart y Lauren Bacall en blanco y negro son irreales. Nadie habla en la vida real con esa rapidez y precisión. El cine en blanco y negro responde a la intención de crear un universo, está menos supeditado a la realidad, puede darse el lujo de tener las alas de la construcción quimérica.
– La mayoría del público suele resistirse a películas pesimistas, sin concesiones ni finales felices, como las de Ripstein. ¿Cómo viven eso ustedes?
– Hombre, si pensáramos en el público no las haríamos así. Es un problema difícil. No es que yo desdeñe al público, yo escribo siempre pensando en un espectador imaginario que tiene que entenderla. Me gustaría que fueran más masivas, ahora bien: si para eso debo supeditarme a las demandas del mercado prefiero no hacerlas. Cuando Faulkner escribió El ruido y la furia imaginaba que no la leerían las señoras que tenemos en la mesa de al lado. Uno hace la elección. Además, algunas cosas que el público ve son buenas, hay series norteamericanas que son fantásticas. Al ver algunos episodios de Los Sopranos uno dice “¡Dios mío, quién escribió esto!”. Los respeto y los admiro. Las series tienen menos problema de costo, por eso tienen más libertad y son más arriesgadas. Hoy en el cine convencional ya no puedes decir la palabra gordo, porque estás ofendiendo a los gordos, y de ahí pa’abajo y pa’arriba. Entonces en la TV puedes darte ciertos lujos, porque es más barata. La diferencia está en que en una película gringa pueden trabajar 11 guionistas y en una serie 32. Yo estoy más acostumbrada a ser autora, tener control y dar la cara.
– Te escuché decir que te gusta cuando toda una sala de cine se conmueve y llora mirando una película.
– Sí, pero ya casi no se da. Ese público ya no existe más. Hoy las salas están muy vacías, el público es frívolo y ya no le gusta llorar en voz alta.
– El cine de Ripstein requiere atención y paciencia, para apreciar sus diálogos y silencios, para dejarse llevar por los estados de ánimo cambiantes de los personajes, ¿cómo ves el hecho de que se vea cine cada vez en pantallas más chicas, sin silencio, sin compañía?
– Me gustaría que fuera como antes. Aunque prefiero que sea vea así a que no se vea. Cuando descubro que mis películas están, como dicen en España, en las mantas, digo “Ay qué bueno, la va a ver alguien”. Por supuesto que preferiría que se vea en pantalla grande y con sonido excelente, no sentada en la cama y probablemente a punto de dormirse, pero lo importante es que se vean.
– ¿Te gusta el humor en el cine?
– Sí, el humor negro… (risas) Una de nuestras películas, La perdición de los hombres (2000), es una comedia muy negra. Y todas tienen algo de humor. En Las razones del corazón cuando el segundo amante le dice “Pobrecita criatura, le quitaron la tele”, vamos, es un detalle de humor. Marisa Paredes asesinada con una Virgen de Lourdes en Profundo carmesí es humor. Fuera de mi cine, me gustan mucho los Monty Python. Con La vida de Brian (1979) he llorado de risa gran cantidad de veces.

Por Fernando G. Varea

Gracias por la foto Cynthia Sabat

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Un pensamiento en “Paz Alicia Garciadiego: “Se le tiene demasiado respeto a la tragedia”

  1. No sonreía. Pero no estaba serio. Quizá un poco cansado. No lo dijo en ese momento, pero Arturo Ripstein llevaba varios días en España hablando sobre su nueva película, Las Razones del Corazón, sobre su forma de hacer cine y sobre su participación en el Festival de San Sebastián, de donde se fue sin ningún premio. Vino a Madrid, acompañado por la guionista Paz Alicia Garciadiego, la actriz Arcelia Ramírez y el actor Vladimir Cruz, para seguir explicando su más reciente trabajo. Ya era otoño, pero las temperaturas veraniegas no acababan de irse y por eso Ripstein secaba con un pañuelo las gotas de sudor que brotaban en su frente. Estaba sentado en una banca del jardín de la Casa de América, situada en una esquina de la Plaza de Cibeles. Así que había ruido y antes de comenzar la entrevista el director de cine modulaba el pequeño aparato que traía en el oído. “Tiene tres programas. Para espacios cerrados y abiertos. Es finlandés y es una maravilla. En Finlandia todos deben ser sordos y por eso inventan estas cosas. Ya está”, dijo.Ripstein –el cuerpo grueso, el pantalón de mezclilla y el saco azul marino, los zapatos marrón, la camisa de rayas coloradas, la barba y el pelo blanco, la mirada de la experiencia detrás de unos finos lentes– me lo dijo sin rodeos: “acabo de hacer mi mejor película.”-¿O sea que… usted no ejerce la autocrítica?-Para valorar lo que hago están los demás. Cada película trato de hacerla lo mejor posible. Hace unos años, cuando hice unos anuncios para el gobierno mexicano, me decían lo mismo: “¿y la autocrítica?” Yo respondí que eran los mejores anuncios de México, los mejores. Cuando presento algo al público es porque estoy seguro de que está bien hecho. Pero cada quien tendrá su opinión, desde luego.

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