Los fantasmas de El Cairo

Este sábado 21/9 celebra su cuarto año de (nueva) vida el cine El Cairo, la histórica sala rosarina restaurada y administrada por el gobierno de la provincia. El aniversario viene acompañado de la promesa de una nueva pantalla y la presentación del tríptico de Raúl Perrone Luján, Los actos cotidianos y La vida sigue igual, como comienzo de una programación que anticipa sorpresas. Desde acá celebramos la buena noticia y aprovechamos para rescatar este texto que escribimos hace unos años, cuando la sala cerraba y una de las iniciativas para defenderla fue publicar un libro (Cine El Cairo, 2007, Editorial Ciudad Gótica) con el aporte desinteresado de varios escritores y críticos locales.

MANIFESTÁNDOSE
Los rumores de cierre llegaron a sus oídos. Con fantasmales, imperceptibles movimientos, comenzaron a salir de las hojas de las palmeras erigidas a los costados de la sala, de los pliegues de los telones y de las sombras debajo de las butacas. Remanentes de sueños y emociones de tantos espectadores, en el transcurso de tantas funciones de cine en los últimos años, consideraron justo dejar por un momento su cómoda función de frágiles objetos de nostalgia y de deseo, y unirse para luchar por la estabilidad de ese recinto, que les permitió cobrar vida, mediando entre los autores y directores y el público.
Blandiendo escudos y espadas, Enrique V y Ricardo III vociferaban consignas beligerantes, seguidos por Cyrano de Bergerac, habituado a perseverar contra el fracaso. Los acompañaban heroínas decididas: Rosa Luxemburgo, Camille Claudel, Sofie, Kika, las mujeres de La lección de piano, de Las horas, de Esposas y concubinas, de Sensatez y sentimiento, incluso la agente de policía sonriente y distraída de Fargo. Una señora de pañuelo blanco en su cabeza dejaba las pancartas que había alzado en La historia oficial para integrarse a esta lucha.
La vanidosa periodista de Todo por un sueño comenzó a leer adhesiones: “Sostiene Pereira…”, afirmó, transmitiendo las ideas de un veterano colega, calurosamente celebradas por otro, más joven y obeso, quien insistía en afirmar que el materialismo y la indiferencia que hacían peligrar la supervivencia del cine El Cairo son semejantes a los que ponen en juego vidas, como él denunció –allí mismo– en Farenheit 11/9. Las cámaras de Quiz Show y los micrófonos de La radio ataca registraban los pormenores de la protesta. Los personajes de La fiesta de Babette confiaban en conmover a los responsables con perseverancia y paciencia, e incluso con la preparación de una mesa rociada de buenas comidas, idea que recibió el apoyo de la forastera de Chocolate.
Los protagonistas de La insoportable levedad del ser y de Ararat sumaban su compromiso, cuestionando la pasividad del sirviente de Lo que queda del día.  El ama de casa de Un día muy particular y el carpintero de El hijo no sabían cómo expresar con palabras su angustia, mientras que, a un lado, confundidos con piqueteros, esgrimían carteles algunos Feos, sucios y malos. Seducidos por la vitalidad del reclamo, los adolescentes de ElefanteLa niña santa valoraban haber encontrado, tiempo atrás, algo de comprensión entre quienes ocuparon esas butacas.
Brasco, el engañoso señor Ripley, el desempleado desesperado de La corporación, las chicas de Criaturas celestiales y otros, proponían medios de lucha más drásticos. Hanna y sus hermanas, el gran Lebowski, Barton Fink, Gilbert Grape, Maurice, Kolya, Jerry Maguire, Chihiro, Amélie, Jean de Florette y Manon del Manantial entonaban cánticos en distintos idiomas, recordando con nostalgia los momentos en los que se lucieron en esa gran pantalla. En medio del tumulto, asomaban invocaciones a Jesucristo Superstar, y quienes fantaseaban con soluciones mágicas le consultaban una y otra vez a E.T., experto en la materia. Las insólitas soluciones que proponía un muchacho torpe tenían una explicación: estaba Embriagado de amor.
Hubo quien, irónico, se burló del perfil sobrio y elegante del inmueble, propenso a recibir películas como Un amor en Florencia o La casa de los espíritus, aprobadas por señoras ociosas, pero en seguida el argumento fue rebatido: en esa sala oscura asomaron también, perturbadoras e incitantes, Terciopelo azul, La ley del deseo, Susurros en tus oídos, Crash, Noches salvajes.
Otros, con su expresiva presencia, permitían recordar cómo una sala de cine puede ser también un espacio donde afloran misterios, fantasías, evocaciones y sentimientos nobles: los angélicos seres de Las alas del deseo, los chicos de Adiós a los niños y Las reglas de la vida, las jóvenes de El rayo verde y La doble vida de Verónica, el terco solitario de Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera. Ya de noche, fue llegando la gente de Cotton Club, y con las luces se encendieron recuerdos de arremolinamientos en torno a funciones especiales, celebradas visitas y trasnoches con clima de fiesta.
Sólo uno de los presentes era mirado con desconfianza, como si condujera a malos recuerdos: el proyectorista de Cinema Paradiso no sabía qué hacer para conjurar esa suerte de presagio que significó su historia, aquella que dio a conocer a  los rosarinos precisamente allí, en el cine El Cairo. Hasta que, en un momento, la mujer de pañuelo blanco se le acercó, repitiéndole la frase que había dirigido a la protagonista de su película: “Llorar no sirve, yo sé por qué se lo digo”. Y le propuso desentenderse de la melancólica música de Ennio Morricone que resonaba en su cabeza, unirse al resto y cambiar lágrimas por iniciativas y lucha. Y coincidieron: las buenas causas merecen algo mejor que la resignación.

Por Fernando G. Varea

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2 pensamientos en “Los fantasmas de El Cairo

  1. Fernando:

    Gracias por los recuerdos! Cuántos años viví, desperté y caminé frente al cine El Cairo. Cuántas películas de esas vi, desde adentro o desde afuera. Todavía paso por allí y lo siento como “casa”, es una de las esquinas de mi vida, seguramente, y sin el cine no hubiera sido igual.
    Leyendo el blog acudió a mí un recuerdo medio olvidado: la primera vez que mentimos la edad con una amiga para que nos dejaran entrar solas a una para mayores de 13. El papá de mi amiga era poeta y nos hacía leer libros y ver películas difíciles. ¿Qué hacíamos allí? Aún no lo sé. Una película de Europa del Este creo, podrá ser “Papá está en viaje de negocios”? o algo así. Nada que ver con lo que solíamos ver, tengo un recuerdo vago de la película y supongo que tanto no nos gustó, pero de la aventura de ir al cine y mentirle al boletero no me olvido…

    Sí, Cinema Paradiso estuvo allí, tengo el afiche grabado en mis ojos, y también Cyrano y las de Woody Allen que veíamos en familia, y muchas otras de las que allí nombra… muy lindo el artículo,

    y agradecida siempre de que el cine siga abierto,

    los domingos, la función gratis, suele llenarse, los otros días somos poquitos los que vamos, al menos a las películas o a los horarios que voy yo, siempre somos una decena de solitarios en la inmensidad del cine de las palmeras… pero en fin: ahí está, en pie, y vivo. Y haciéndonos llegar películas del pasado y del presente y de todo el mundo que el capitalismo no podría hacernos llegar.

    Otra vez gracias por los recuerdos,

    Mariana, Facultad Libre

  2. Hola
    Qué bueno que te haya gustado lo que escribí, y que te haya traído recuerdos… La película que nombrás puede haber sido PAPÁ SALIÓ EN VIAJE DE NEGOCIOS. Y en cuanto a que ahora va poca gente, por suerte yo he estado en varias funciones en las que somos muchos.
    Gracias por leerme.

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