Un mar de cine

Afortunadamente menguados ya los riesgos de indefinición y frivolidad que lo sobrevuelan prácticamente desde su resurrección en 1996, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata demostró este año –en el que a José Martínez Suárez como director se le sumó Fernando Spiner como productor general–  ser un espacio de regocijo cinéfilo y divulgación de provechoso material audiovisual (de diferentes épocas y procedencias) vivo, estimulante, mejorable pero definitivamente deseable. Que Bong Joon-ho, Pierre Etaix y John Landis hayan sido los invitados extranjeros que generaban más expectativa, miradas de los curiosos y pedidos de autógrafos, habla de la saludable idea del cine alentada desde las autoridades y programadores con la aprobación del público, más allá de que la charla abierta de Ricardo Darín haya sido, probablemente, el evento más concurrido.
Esto no significa que no haya habido dificultades o momentos tensos, como los discursos de Liliana Mazure (presidenta del INCAA) y Jorge Telerman (Presidente del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires) en la ceremonia de apertura, en los que parecían arrojarse amablemente pequeños dardos, o los comentarios de pasillo en torno a la falta de apoyo del INCAA a un libro sobre la historia del festival, al parecer por no darle a la edición inaugural del mismo en 1954 la importancia que al peronismo le interesa destacar (como lo demuestran los fragmentos del noticiero Sucesos Argentinos exhibidos antes de cada función). A esto habría que sumar problemas técnicos en algunas funciones, que hicieron que La laguna se exhibiera para la prensa virada al amarillo, que la repentina interrupción de los subtítulos durante la primera exhibición de The eternal return of Antonis Paraskevas generara gritos y silbidos, o que el mexicano Emilio Maillé hiciera malabares para dar su charla sobre el director de fotografía Gabriel Figueroa en una sala del Teatro Auditorium al no poder exponer las imágenes previstas por problemas con una computadora.
Pormenores que apenas obstaculizaron la continuidad de una verdadera fiesta, que a la variedad de proyecciones, charlas, homenajes y presentaciones de libros (incluyendo uno de Jonathan Rosenbaum y Mehmaz Saeed-Vafa sobre Abbas Kiarostami) suma el plus de su calidez, con estudiantes de cine, realizadores y periodistas de distintas partes del país (a quienes, a diferencia de otros festivales, se les ofrece alojamiento) y del extranjero, encontrándose en las colas de los cines con señoras y jubilados marplatenses.

MIKLÓS JANCSÓ Y LOS DEMÁS

Una de las satisfacciones que brindó el festival fue poder apreciar Los rojos y los blancos, Los desesperados y otras películas de Micklós Jancsó en 35 mm. No sólo por el virtuosismo nunca gratuito y la sabia combinación de furor dramático y rigor en la puesta en escena que caracterizan la obra del gran director húngaro, sino por la posibilidad de ver cine en esas condiciones, lamentablemente en extinción.
La sección Autores incluyó, entre otros, a un Jia Zhangke impecable pero extrañamente cercano al universo de la violencia y las artes marciales (Un toque de pecado) y a una Claire Denis que con Los bastardos cosechó comentarios dispares, incómodos, casi el reverso de la simpatía despertada por Ettore Scola con su ¡Qué extraño llamarse Federico!, sobre su amigo Fellini. También fue programada en este apartado El desconocido del lago (L’Inconnu du lac), del francés Alain Guiraudie, sobre homosexuales solitarios que se encuentran azarosamente en una plácida playa aislada, en la que, sorpresivamente, uno de ellos demuestra ser un sigiloso asesino. Con un prodigioso empleo de la luz y la composición de los planos, sin salirse de esa especie de paraíso perdido en el que palpitan todo el tiempo el placer y el peligro, Guiraudie (que priva a su film de música pero no de algunas escenas sexuales explícitas) explora con inquietante belleza la confrontación de la pureza de los sentimientos con la tentación de lo prohibido.
En la competencia internacional, en la que predominaban realizadores noveles, hubo títulos interesantes. La alemana El extraño gatito (The strange little cat), del joven suizo Ramon Zürcher, juega con las posibilidades absurdas y hasta fantásticas que pueden desprenderse de meros actos cotidianos durante el quehacer diario en una casa, con algo de la capacidad de Lucrecia Martel para enrarecer lo trivial. Gestos, movimientos, exclamaciones y miradas se cruzan en una coreografía que insinúa lo enfermizo latente en el ámbito familiar. Día brillante (Bright day, de Hossein Shahabi, en torno al esforzado peregrinaje de una maestra jardinera y un remisero en busca de testigos que pueden evitar una condena) es otra notable muestra del cine iraní para entrecruzar visiones distintas sobre un hecho que puede ser real, exagerado, cambiado o manipulado, según quien sea el que lo cuenta y cuáles los motivos que lo impulsan. La fuerza de las mujeres y el sentido profundo de las palabras que van y vienen como los personajes, rigen este ejercicio dramático y narrativo con algo de La separación (2011, Asghar Farhadi) pero también –aunque con menos vuelo– del Primer plano (1990) de Kiarostami.
Los estadounidenses Joe Swanberg y Alexander Rockwell aportaron frescura cassavetiana –no exenta de algunos convencionalismos del cine indie– con Compañeros de juerga (Drinking buddies) y Pies pequeños (Little feet), la primera un relato sobre los rodeos sentimentales de dos jóvenes parejas que beben y viven bastante despreocupadamente, y la otra una road movie casi toda en blanco y negro con las digresiones y la gracia que le imponen su trío de pequeños protagonistas (dos de ellos hijos del propio Rockwell). En esta última fue posible encontrar una libertad formal que se hizo desear en los títulos en competencia. La griega The eternal return of Antonis Paraskevas (Elina Psykou) resultó algo contradictoria al seguir las alternativas de un conductor televisivo que se recluye en un gigantesco hotel para simular un secuestro y mejorar el rating: su visión sobre los estragos del exitismo en TV no es original, aunque sí interesante la tragicómica manera con la que conduce a su protagonista del rol de celebridad ensimismada a sujeto anónimo progresivamente desprovisto de bienestar y de cordura.
La película española y las latinoamericanas de la competencia internacional no se apartaron demasiado de lo que (al menos, en los circuitos internacionales) se espera de ellas. En La herida, la cámara de Fernando Franco no se aparta ni un momento de su actriz (la bella Marian Álvarez) para retratar a una médica víctima de un trastorno nervioso que la lleva a consumir drogas y angustiarse sin salida, dando como resultado uno de esos films realistas sobre problemáticas de interés social tan habituales en el cine español.
La chilena Las analfabetas (Moisés Sepúlveda), que fue exhibida en la ceremonia de apertura, al margen del buen desempeño de sus actrices Paulina García y Valentina Muhr, deja demasiado en evidencia su origen teatral con la remanida idea de confrontar a dos personajes diferentes, trayendo a la memoria el cine argentino de los ’80. La boliviana Yvy Marley–Tierra sin mal (Juan Carlos Valdivia) es más ambiciosa, la venezolana Pelo malo (Mariana Rondón) tiene pequeños actores simpáticos y algo de humor (incluyendo ligeras ironías sobre el gobierno de Chávez), y la mexicana La jaula de oro (Diego Quemado-Diez) una solidez narrativa y técnica a toda prueba, pero, en los tres casos, el regodeo con injusticias y miserias termina siendo discutible, primando la denuncia con recursos disímiles. Distinto es el caso de la también mexicana Club sándwich (Fernando Eimbcke), sobre la estadía de una joven madre y su hijo adolescente en un hotel en el que una chica que aparece pone en riesgo el apacible Edipo: con planos largos y diálogos precisos –como si Eimbcke buscara emular a Martín Rejtman–, es gracioso el modo con que cierto grado de perversión va metiéndose en su sucesión de viñetas soleadas. Hay algo demasiado calculado, con una que otra nota falsa, en este film de todas maneras disfrutable.

CHICOS, GRILLOS, CONEJOS Y LAGUNAS

Respecto al cine argentino, se exhibió mucho en las distintas competencias y fuera de ellas: desde cortos hasta Fantasmas de la ruta de José Campusano, al que –con sus tres horas y media de duración– algunos se atrevieron, y desde clásicos o tesoros semiocultos (ver, por ejemplo, dentro de la retrospectiva destinada a Jorge Cedrón y en óptimas condiciones, El habilitado, con su aire arltiano y su belicosidad setentista, fue otra de las recompensas que deparó el festival) hasta numerosas óperas primas, incluyendo las de actores ahora también directores como Esther Goris y Luis Ziembrowski. Pero no hubo muchas sorpresas.
El amor a veces (Eduardo Milewicz), sobre una jovencita (la inexpresiva Malena Villa) que se enamora de un treintañero (Gonzalo Valenzuela mostrando más tatuajes que convicción), fue una frustración: puro repentismo televisivo y lugar común. Choele, de Juan Pablo Sasiaín (co-director de La Tigra, Chaco), también en concurso en la competencia latinoamericana, es en algún punto de su argumento similar al film de Milewicz: un adolescente deslumbrado con la novia de su padre (Leonardo Sbaraglia), con la belleza campestre y el valor de los afectos algo subrayados, más cerca del poster que del cine. Si el film de Sasiaín cobra interés es, más que nada, por la excelente actuación de su joven protagonista, Lautaro Murray. Del mismo modo, es para destacar la naturalidad y el encanto conseguidos por el director debutante Matías Rojo en varios momentos de Algunos días sin música, en torno a tres pibes amigos: sus ocurrencias, sus pequeños-grandes problemas, sus padres que lidian con ellos como pueden. Si ésta asoma como una querible y luminosa Cuenta conmigo mendocina, El grillo, de Matías Herrera Córdoba, fusiona el costumbrismo cordobés (no desprovisto de humor) con cierto aliento bergmaniano, con dos mujeres y el novio de una de ellas compartiendo charlas en una casa de verano. La tensión generada por los diálogos imprevisibles, que fluyen –sobre todo gracias al buen trabajo de los actrices María Pessacq y Galia Kohan– con relajada naturalidad en un logrado clima de intimidad, desbarranca en un tramo final en el que irrumpen la solemnidad y referencias innecesariamente explícitas a la enfermedad y la muerte. El grillo que se menciona y la gata que se pierde en el film de Herrera son, desde ya, más amables que los conejos de Mujer conejo (Verónica Chen), curiosidad que incluye a una joven china que no habla chino, ingredientes de policial de denuncia, dibujos animados y asomos de cine de terror. Como en sus anteriores Vagón fumador y Agua, la directora ofrece momentos inspirados, pero lo que al comienzo prometen la historia, la protagonista y la música, van desdibujándose con poca lógica.
Y a propósito de El grillo: hubo varias películas cordobesas en el festival, en las tres competencias, generalmente anunciadas por los presentadores con vehemencia. Pero la visión de la más esperada de ellas, La laguna, de Gastón Bottaro y Luciano Juncos (sobre un hombre que, en busca de una fuente de agua para curar sus males, es llevado por un baqueano a una excursión por escarpadas sierras que parece no tener final ni sentido), dejó la sensación de que su participación en la competencia principal fue excesiva. Más aún: que la repercusión de algunas películas realizadas por cordobeses en el último tiempo puede tener su explicación en el forzado consenso de programadores, críticos, realizadores y espectadores, por aquello (que tantas veces suele ocurrir en el mundo del cine) de exaltar películas más por moda o por prejuicio que por sus auténticos méritos. Sin ir más lejos, el año pasado la rosarina Buscando al huemul hacía, con un registro documental, un planteo parecido al de La laguna, pero había sido incluida sólo en la competencia argentina.
Por lo demás, y más allá de estas u otras observaciones que puedan hacérsele, el festival cumplió largamente con su cometido: difundir el buen cine en sus distintas variantes y reunir por unos días a quienes necesitamos de ese oxígeno para conocer y vivir otros mundos, tanto como para sobrellevar y comprender mejor el nuestro.

Por Fernando G. Varea

(Publicado el 24/11/13 en el diario El Ciudadano)
Imágenes: fotogramas de El desconocido del lago, El extraño gatito, Día brillante y (debajo) Los rojos y los blancos.

Balance del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2012 aquí

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