El sabor de Kiarostami

ABBAS KIAROSTAMI
(Jonathan Rosenbaum/Mehrnaz Saeed-Vafa, Los Ríos Editorial, 2013)

Quien esto escribe no olvidará nunca la maravillosa experiencia de haber visto tiempo atrás en una sala de cine rosarina, en el transcurso de una misma semana, ¿Dónde queda la casa de mi amigo? (1987), La vida continúa (1991) y Primer plano (1990), películas de Abbas Kiarostami estratégicamente reunidas para su estreno en nuestro país. Hubo, de todas maneras, otras películas del director iraní vistas antes y después, en las que también es posible encontrar esa pureza, esa belleza extraída de elementos simples, esa complejidad formal y dramática tras una apariencia afable, que llevó a Godard a sostener “El cine comienza con Griffith y termina con Kiarostami”.
Por eso es un placer leer un libro como éste (de la editorial cordobesa Los Ríos y parte de una colección dirigida por el crítico y programador Roger Koza), que permite conocer mejor a este realizador impar desmenuzando su obra y estimulando reflexiones sobre cine, arte, política, tradiciones y miradas diferentes sobre el mundo.
La publicación incluye un análisis del crítico estadounidense Jonathan Rosenbaum, otro de la cineasta y crítica iraní Mehrnaz Saeed-Vafa, el registro de una conversación entre ambos y, finalmente, la transcripción de entrevistas al propio Kiarostami.
Como es de esperar, Rosenbaum desliza lúcidas consideraciones, como cuando define a ¿Dónde queda la casa…? como “una película sobre lo difícil que es ser ético” o cuando sostiene que AK parece querer emular las convenciones narrativas del cine clásico socavándolas y deconstruyéndolas constantemente, de distintas maneras. También descubre su tendencia a hacer interactuar personajes que ostentan cierto poder con otros que, comparativamente, carecen del mismo, al tiempo que reconoce que (como Tati) no es un director cinéfilo y encuentra curiosos puntos de contacto de algunas de sus obras con Godard, Pasolini y los musicales de Hollywood. Por otra parte –dando un ejemplo del que colegas menos prestigiosos deberían aprender– se muestra autocrítico al reconocer no haber apreciado adecuadamente ¿Dónde queda la casa…? en una primera visión, admitiendo que “la agenda del momento puede afectar los juicios críticos”.
Gracias a Saeed-Vafa nos enteramos del pasado de AK como carpintero y de varios aspectos de la cultura iraní, desde la censura en el cine hasta la importancia de los símbolos y alegorías en la religión. Pueblo sufrido y singular, mayormente integrado por jóvenes, donde los poemas forman parte del habla cotidiana. “Uno de los pueblos más demonizados del planeta”, como se señala en algun momento en el libro, con un cine reconocido como “uno de los más éticos y humanistas”.
Respecto a las palabras de Kiarostami ante las preguntas que le hacen, que responde con seriedad y serenidad, cada lector sabrá qué destacar: para el autor de esta nota, resultan significativos su comentario acerca de la necesidad de la gente de creer en rumores, así como su interés por lograr que el espectador quiera siempre ver más y no menos de lo que se muestra en pantalla.
El conjunto ofrece, además, información valiosa para los cinéfilos, por ejemplo sobre los primeros cortos de AK, los cambios posibles en la transposición de textos, los pormenores que rodearon la supresión del epílogo de El sabor de la cereza (1997) en Italia, e inclusive una visión general sobre la historia del cine en Irán. La publicación termina con una filmografía (que abarca hasta 2002) y una bibliografía muy completas, datos de esos que algunos todavía piensan que pueden conseguirse fácilmente en la web.
No es exagerado sostener que Abbas Kiarostami es uno de los mejores libros de cine publicados en nuestro país en los últimos años, una selección rigurosa de material delicado que, sin embargo, se brinda al lector de manera cordial, sin rebuscamientos intelectuales, con una agradable presentación.
Lo único para lamentar es que –como inevitablemente ocurre en publicaciones de este tipo, sobre todo si no contienen fotografías– las numerosas referencias y disquisiciones no permiten intuir demasiado la calidez y luminosidad de las expresiones artísticas que se examinan. Sin embargo, puede respirarse algo de ese aire mágico y bienhechor de los films de Kiarostami a través de sus pensamientos, de la reproducción de diálogos de sus personajes, y, sobre todo, de dos poemas breves pero cautivantes, uno de de Sohrab (que sirvió de inspiración a ¿Dónde queda la casa de mi amigo?) y otro de Farrokhzad (de El viento nos llevará), que termina diciendo Verde de pies a cabeza / pon tus manos en mis tiernas manos / como un recuerdo ardiente / y entrega tus labios / a las caricias de mis tiernos labios / como una cálida sensación de ser. / El viento nos llevará. / El viento nos llevará.

Por Fernando G. Varea

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