Aquellos años, aquella revista

LA MIRADA CINÉFILA – La modernización de la crítica en la revista Tiempo de Cine
(Daniela Kozak, 28° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, 2013)

En estos tiempos en los que muchos críticos y realizadores no ven más allá de la producción propia y la de sus amigos, resulta positivo rescatar el recuerdo de una revista como Tiempo de cine, en la que, como bien señala la autora de este ensayo, “se debatía y reflexionaba sobre cine con una exhaustividad inédita” en aquellos tempranos años ’60, convirtiéndose en “vocera” de posiciones e ideas que se defendían en torno al cine, la crítica y la censura.
El propósito de Kozak es, desde ya, loable, y el resultado una investigación provechosa, abordada con evidente responsabilidad. Sin embargo, pueden discutirse algunas de sus decisiones.
Ciertas objeciones, tal vez menores, tienen que ver con el hecho de sostener que desde el cierre de Tiempo de cine en 1968 no volvieron a aparecer revistas de cine hasta 1973 (olvidándose por lo menos de una, Cine & Medios), o, al hablar de la nueva generación de cineastas argentinos, considerar que algunos hacían cine “experimental”, o mencionar en algun momento a Emilio Vieyra entre los “directores de la vieja guardia” (su primera película es de 1962) o a Leonardo Favio como parte de la generación del ’60:  no hubiera venido mal una mejor supervisión del material para evitar estas distracciones y las reiteraciones del último capítulo. O contradicciones como la de sostener que con la publicación de Historia del cine argentino, de Domingo Di Núbila, “se instaló la idea de que la protección estatal había logrado aumentar la cantidad de películas pero había llevado a una disminución de la calidad”, lo que podría interpretarse como una crítica a ciertos juicios de valor asumidos como verdades indiscutibles si no fuera que la propia autora repite esa idea instalada en un párrafo anterior.
El propio David Oubiña, en el prólogo, cae en el mismo vicio al señalar que en la crítica de Tiempo de cine pueden rastrearse huellas “del nuevo cine y de la nueva crítica de los años ’90”, haciéndose eco de un concepto que, de tan repetido, ya pocos parecen dispuestos a discutir, por el cual se equipara a los críticos de cine surgidos veinte años atrás con, por ejemplo, Tomás Eloy Martínez o Edgardo Cozarinsky. Mucho más atinada es la apreciación de Oubiña sobre el tono nostálgico de aquel libro que Di Núbila publicó en 1960, como si las películas de las que se ocupaba pertenecieran ya a un pasado irrecuperable.
La idea misma de recorrer la historia de Tiempo de cine sin encontrarle nada cuestionable se corresponde con esa pasiva actitud de mantener la vigencia de lo ya establecido, de repetir lo que antes escribieron otros. Desde ya, no se trata de poner en dudas el valor indiscutible de la revista, ejemplo de la trascendente labor que cumplían los cineclubes y la seriedad con la que se abordaba el periodismo gráfico en aquella época (uno de cuyos méritos, en el que no pone demasiado énfasis Kozak, era precisamente la calidad de los textos). Pero ¿por qué no debatir sobre la manera despectiva con la que los críticos de la revista hablaban del cine de entretenimiento, oponiéndolo tajantemente al cine artístico o con contenido, equívoca apreciación que pudo haber influido y perdurado hasta nuestros días? ¿Por qué no ver en la aclaración de Mahieu de que algunas de sus notas eran “sólo para teóricos” o en la promoción “El espectador exigente debe suscribirse a Tiempo de Cine” un comportamiento elitista? ¿Por qué no reconocer que en el periodismo de espectáculos de décadas anteriores hubo intentos estimables, como la defensa de Calki (Raimundo Calcagno) de La vuelta al nido (1938, Leopoldo Torres Ríos), valientemente hecha no desde una publicación de cineclub sino en un diario como El Mundo? ¿Y acaso el concepto de autenticidad que los críticos de Tiempo de cine defendían no puede ser contraproducente para valorar determinadas producciones animadas o experimentales?
Reseñar los cambios y hechos que atravesaron la historia de la revista, así como detenerse en el tenor de las opiniones allí vertidas, cumplen sobradamente con el propósito de revelar lo que la misma representaba, su carácter de preciado objeto cultural nutrido de expresiones artísticas que circulaban en esa misma época. En ese sentido, no dejan de ser interesantes las referencias a los comienzos del gran Salvador Sammaritano, al origen del término nouvelle vague o a las tendencias e ideas previas a los ’60.
Al mismo tiempo, tal vez por considerarlo irrelevante, Kozak no menciona la tradición de Tiempo de cine de armar listas de películas destacadas a fin de año, en algunos casos con la participación de críticos de otros medios e incluso realizadores, o de armar tablas calificando a los estrenos de cine como obra maestra / excelente / muy buena / de interés / regular / bajo cero / no la vio. El entusiasmo por los nuevos nombres provenientes del cine europeo y del llamado nuevo cine argentino no impedía, por otra parte, que la revista destinara espacio a figuras de Hollywood fallecidas en esos años, como Gary Cooper o Marilyn Monroe, o que ocasionalmente incluyera algun artículo más informal, índice de un tipo de periodismo menos solemne (como el “reportaje frívolo y apresurado” realizado por Carlos del Peral a la escritora y guionista Beatriz Guido en el Nº 9, con dibujos de Copi).
En definitiva, la audacia de La mirada cinéfila es dejar de ver a los costados y echar una mirada hacia atrás, redescubriendo nombres, actitudes, acciones e historias que no deberían olvidarse ni menospreciarse, aunque tampoco venerarse.

Por Fernando G. Varea

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