Alejo Hoijman: “Mi objetivo fue encontrar poesía en lo cotidiano”

Después de su provechoso paso por el Festival Internacional de Cine de Roma (donde recibió el premio Enel Cuore, destinado al cine de resonancia social), el Festival de Cartagena (donde obtuvo el premio a Mejor Director) y el FIDBA (donde consiguió el Premio a Mejor Documental de la Competencia Argentina), El ojo del tiburón (2012) llegó a su estreno comercial. Registro de distintos ritos de aprendizaje de dos adolescentes amigos en un pueblito nicaragüense en medio de la selva, este documental de Alejo Hoijman (1972, Buenos Aires) es una placentera experiencia plena de gestos espontáneos, impregnada de la exuberancia de su marco natural. Acompañando la presentación de su película en el Cine El Cairo, Hojman estuvo en Rosario y aprovechamos para conversar con él.
– Al buscar personas/personajes que lleven adelante la película ¿cómo se hace para dar con chicos simpáticos que generen inmediatamente empatía, como Maicol y Bryan?
– Hay una gran cuota de azar en juego, pero para encontrar uno debe buscar. Esta película se originó a partir de otro proyecto frustrado: fui convocado por un productor español para realizar en Nicaragua un documental televisivo-standard-informativo-periodístico sobre un tipo de tiburón que hay en la zona, y anduve un mes por ahí, sin haber tenido un contacto previo con ese país. Ese proyecto finalmente no se hizo, pero en el viaje conocí este pueblito y algunas de las personas que aparecen en la película. Yo ya venía trabajando en algunas ideas de adolescentes que estuvieran por cruzar a la vida adulta y cuando me encontré con este entorno pensé que podía volcar acá esa búsqueda. El personaje que yo había encontrado era Maicol. Estaba aprendiendo a pescar y pensaba que en un año saldría al mar por primera vez. Cuando reunimos los fondos y armamos los equipos, le dijimos que queríamos filmarlo pero él no quería saber nada. Sospeché que eso podía pasar, entonces fuimos a la escuela del pueblo, preguntando aula por aula qué chicos estaban aprendiendo a pescar. Íbamos viendo quiénes nos interesaban más o estaban dispuestos a que filmáramos su vida cotidiana. Así apareció Bryan, que por esas cuestiones del azar era vecino y amigo de Maicol. Cuando Maicol vio que filmábamos a su compañero todos los días no quiso quedarse afuera. Así pasamos a tener una dupla.
– ¿Cómo hiciste para filmarlos en la intimidad sin que se sintieran incómodos?
– El factor principal es el tiempo: uno para entablar una relación con una persona necesita tiempo. Podía prescindir de ciertos recursos técnicos, gente o comodidades, pero necesitábamos mucho tiempo en ese pueblo. La otra pata importante era que el equipo de trabajo en situación de rodaje estuviera formado por personas sociables, con ganas de construir vínculos y que pudieran adaptarse a condiciones técnicas extremas como las que teníamos para filmar. Tiempo y paciencia eran lo más importante. Y que nos dieran el permiso de participar de su vida cotidiana.
– ¿Qué cosas te parece que marcan la diferencia entre un documental como el tuyo y otros más informativos, como los que se hacen para la televisión?
– En realidad, cuando se habla de cine documental se engloban un montón de películas distintas. Algunos documentales están centrados en la información y otros interesados en lo artístico-experimental. Mi película no está en ninguno de estos dos extremos, pero me alejé deliberadamente de lo informativo y me acerqué a algo más relacionado con lo expresivo. Si algo falta en mi película son datos duros sobre dónde está filmada, qué es ese lugar, de dónde vienen estos chicos: la información que suele darse en una película de ficción.
– La película registra muchas conversaciones ¿cómo trabajaste para evitar que las mismas cargaran a la película de información?
– Era azaroso lo que decían y con qué me iba a encontrar, porque son diálogos capturados de la vida cotidiana, banales y dispersos. Incluso yo no siempre podía escuchar lo que decían, recién en la isla de montaje iba escuchando, tomando nota y encontrando pedacitos con unidad de sentido. Y de tomas de media hora quedaban nada más que dos o tres minutos.
– ¿Por qué decidiste en un momento mostrarlos viéndose filmados, en un televisor?
– Es un documental, y todo lo que se ve es fruto de una enorme paciencia para capturar situaciones mientras estaban ocurriendo, sin dejar de ignorar que la cámara siempre modifica aquello que filma y las cosas no hubieran ocurrido del mismo modo si nosotros no hubiéramos estado allí. Pero no hay una puesta en escena artificial sino una especie de juego entre ellos, con nosotros presentes. Ese ocultamiento de la factura quería convertirlo un poco en un tema, preguntarme –y que el espectador se pregunte– dónde está la diferencia entre el documental y la ficción: ¿tiene que ver con la forma, con requisitos estéticos, o (como pienso yo) con cierto tipo de relación con lo real que debe tener la cámara? Por eso, deliberadamente mostré en un par de momentos a la película siendo hecha. Durante un largo trecho del rodaje evité que los chicos vieran las partes ya filmadas, porque eso podía alterar el devenir de la película, pero ya sobre el final empecé a notar que la filmación había pasado a ser tema de conversación entre ellos. Empezó a ser parte de su cotidianeidad. Mostrarlos viéndose en el televisor sirve para sostener esa idea de que se trataba de una construcción, de la subjetividad de la cámara, del encuentro entre unos personajes, una geografía y el equipo de realización.
– A pesar de algunas alusiones indirectas a problemas como la pobreza o el narcotráfico, en El ojo del tiburón no hay dramatismo y lo que se ve parece una suerte de paraíso, con risas, juegos, aventura, disfrute.
– Yo no tenía claramente ese objetivo de querer mostrarlo así o asá. En realidad era un pueblo gris que le daba la espalda a la naturaleza, en el que hay basura por todas partes, con una relación violenta con plantas y animales, alejado de cualquier mirada idílica. Pero una de las reglas que yo me impuse era contar a partir de lo que los chicos me trajeran, de su mirada. Ejemplo: el tema del narcotráfico me interesó mucho porque estaba muy presente en el pueblo, pero los chicos lo trajeron muy poco. Ese poco está. Si ellos la pasaban bien andando por ahí, es lo que está en la película.  No quería como visitante extranjero imponer temas que me interesaran a mí y no a ellos.
Puede percibirse un propósito poético en algunos momentos, como cuando los chicos juegan con esa rueda gigantesca en el agua.
– Bueno, de hecho, yo hago la película con un propósito poético, no científico o periodístico. A mí también me fascinó esa rueda, que es una boya del mar que se soltó y la pusieron en una pequeña laguna que tienen ahí.
– ¿Cómo se hace para lograr eso sin subrayados, sin música, de esta manera tan contenida?
– La película es sobria, a mí no me gusta usar recursos que suenan como efectos especiales. No estoy en contra de la música en el cine, cuando está bien puesta me fascina, pero suele ser usada como un efecto especial. Mi objetivo era encontrar poesía en lo cotidiano, ojalá lo haya conseguido.
– Me gustaron mucho los planos de las familias de los chicos posando para la cámara y la toma final, de una complejidad que no se ve en el resto, donde de alguna manera se sale de ese pequeño lugar y de esos personajes.
– La idea de las familias posando surgió porque, como la construcción de la película está casi siempre oculta, en un momento, como en un distanciamiento brechtiano quise decir Stop, esto es un juego. Además, como los chicos no me presentaban a sus familias porque pasaban muy poco tiempo con ellas, aproveché para hacerlo de un modo bien artificioso. Y con respecto al final, entre las cosas que pasaban en este pueblo muy particular  (operativos militares, encuentros con narcos, nos secuestraron los equipos), un día un funcionario del gobierno apareció en un helicóptero. Logramos que nos lo prestaran y así hicimos esa toma tan calculada, muy de ficción. La filmé sin saber para qué la iba a usar. Finalmente, para ser riguroso con el tipo de material que había obtenido, me di cuenta que no podía quedar dentro de la película y así la agregué afuera, con el ruido del helicóptero en vez de música. Una manera de seguir jugando con ese diálogo entre el documental y la ficción, entre el encanto y el desencanto de ¿Qué conviene: ver el artificio o sumergirse en la película y olvidarse? Cada uno que lo vea como quiera, yo juego con eso.

Por Fernando Varea

Trailer de El ojo del tiburón aquí

Grises

NEBRASKA
(2013; dir. Alexander Payne)

Hay un punto de contacto entre Nebraska  y La cacería (2012), del danés Thomas Vinterberg:  en ambas –nominadas al premio Oscar, en distintas categorías– se echa a correr un rumor que la desconfianza y la tozudez de algunos va convirtiendo en certeza. Sin embargo, si en Vinterberg eso es pretexto para perturbar al espectador, sometiéndolo a una tensión incómoda, en Alexander Payne (1961, Omaha, EEUU) es una excusa para demostrar cómo el dinero puede alborotar la vida gris de un grupo de personas sencillas: no sólo por la natural tendencia de los seres humanos a la codicia, sino también por la ilusión de poder satisfacer postergadas aspiraciones. Al mismo tiempo, hay aquí una mirada comprensiva hacia los adultos mayores y las relaciones paterno-filiales.
El motor que impulsa la historia es el empecinamiento de un anciano con síntomas de demencia por retirar un premio, resistiéndose a los consejos de su malhumorada mujer y su paciente hijo que intentan hacerle entender que no es más que una promesa vana. Padre e hijo irán, finalmente, en busca de esa supuesta fortuna, encontrándose en el camino con una serie de personajes (parientes, vecinos, viejos amigos), algunos parcos y queribles, otros maliciosos.
Algo de esta road movie recuerda a Una historia sencilla (1999, David Lynch), con más guiños humorísticos y, sobre todo, una exploración plena de sinceridad en la Estados Unidos más marginal o escondida. Esto último Payne lo lleva a cabo con una cámara atenta a la belleza melancólica de viejas casas, cafeterías, calles y carreteras, registradas a veces en silenciosos planos fijos, con una conmovedora fotografía en blanco y negro (valiosa labor de Phedon Papamichaels). Como agridulce retrato pueblerino, Nebraska no llega a la estatura de La última película (1971, Peter Bogdanovich), pero remueve capas sensibles en el espectador sin ahogarlo, cubriendo de ternura lo que podría haber sido mero patetismo.
Por otra parte, así como en sus anteriores Election (1999), Las confesiones del Sr. Schmidt (2002), Entre copas (2004) y Los descendientes (2011) Payne supo exprimir las posibilidades de actores conocidos y no tanto, lo mismo consigue en Nebraska, sacando partido de la cara de bueno y mirada tristona de Will Forte (Saturday Night Live) y aprovechando la autoridad de los veteranos Bruce Dern y June Squibb. Duro en innumerables westerns y películas de acción, Dern es aquí un entrañable anciano bebedor frecuentemente extraviado, conservando algo de su inocencia (“Su problema es que cree lo que le dice la gente”, se lamenta su hijo) como si fuera un raro modo de esperanza.  Squibb, en tanto, actriz de larga trayectoria teatral y televisiva, asoma como una matrona grosera e impaciente para, de a poco, ir dejando entrever sentido común e incluso revelar –en su última escena– inesperada ternura. Salvo algun subrayado aislado, las caracterizaciones de estos y otros personajes están hechas de detalles y matices.
“Son tiempos de depresión, y quizá eso se filtró en la atmósfera del film”, afirmó el director. Ciertamente, la predecible estructura de comedia dramática de Nebraska va siendo ganada (gracias a su estilo y las expresiones de sus actores) por un persistente estado de ánimo, permitiendo percibir sutilmente el paso del tiempo e intuir el discurrir de otras vidas.

Por Fernando G. Varea

http://www.nebraskamovie.co.uk/

Melodrama suavizado

PHILOMENA
(2013; dir. Stephen Frears)

Después de adquirir experiencia en la televisión, Stephen Frears (1941, Leicester, Inglaterra) se ganó con Ropa limpia, negocios sucios (1985), Susurros en tus oídos (1987) y Sammy y Rosie van a la cama (1987) merecida fama de director desafiante, mostrando con causticidad una Inglaterra sucia, marginal, en la que ciertos actos de libertad o desobediencia se escapaban por los resquicios. Unos desmañados y muy jóvenes Daniel Day Lewis, Gary Oldman y Alfred Molina asomaban en estas películas incómodas, que removieron el avispero en los ’80. Al comenzar a trabajar con actores de Hollywood y otros presupuestos, Frears siguió dando muestras de sagacidad, sobre todo en tres producciones espléndidamente dirigidas y actuadas: Relaciones peligrosas (1988), Ambiciones prohibidas (1990) y El secreto de Mary Reilly (1996). El resto de su filmografía es indudablemente menor, incluyendo Alta fidelidad (2000) –aunque los espectadores de edades o gustos musicales similares a los de sus personajes la recuerden razonablemente con cariño y la discreta La reina (2006).
Philomena es un melodrama con todas las de la ley (pulsiones reprimidas, dramáticas separaciones, secretos ocultos, revelaciones al final de la vida) suavizado con pinceladas de comedia.
Su protagonista es una señora sencilla, quien, después de cincuenta años, decide contar la historia de un hijo que tuvo en un convento y del que nada supo después (por qué resuelve revelar sorpresivamente ese misterio tras mantenerlo tanto tiempo escondido es algo que no se aclara). Basado en un caso real, el film permite conocer hechos que, de una u otra manera, tocaron a miembros de la Iglesia Católica, a algunos prominentes políticos estadounidenses e inclusive a una diva de Hollywood. El tono no es de denuncia, sin embargo: se trata, más bien, de una buddy movie, ese tipo de películas en las que dos personas de temperamentos diferentes deben enfrentar juntos diversas peripecias, ya que a Philomena (una querible y graciosa Judy Dench) se le suma un periodista que la acompaña en busca de aquel hijo (Steve Coogan, también co-guionista). No conviene contar aquí lo que irán descubriendo en el camino, pero se puede señalar que los ingredientes son lo suficientemente fuertes como para que, en algún momento, la editora del diario en el que se publicará la historia pueda relamerse.
Las imágenes en espejos deformantes de un parque de diversiones o los entrecortados registros en super 8 son buenas ideas a las que Frears recurre para trasladarnos a otros tiempos, aunque las sorpresas en Philomena son las derivadas de los recodos de la historia y no de su estilo narrativo o visual. Tiene, por otra parte, un final demasiado blando y algo concesivo, donde, al señalar qué fue de la vida de las personas retratadas en el film, se saltea información sobre los victimarios (insensibles monjas y curas irlandeses que parecen algo fuera de época, más por sus desplantes que por su manera de pensar).
Lo mejor y lo peor de Philomena es su falta de ambiciones y su clara intención de emocionar y divertir al espectador evitándole disgustos o complicaciones.

Por Fernando Varea

http://philomenamovie.com/

Yo, un negro

12 AÑOS DE ESCLAVITUD
(12 years a slave, 2013; dir. Steve Mc Queen)

El cuerpo como medio de resistencia, como materia que soporta los embates de nuestros conflictos: de eso parecen ocuparse las películas de Steve Mc Queen (1969, Londres, Inglaterra). Sin embargo, no son exactamente lo mismo Hunger (2008), Shame (2012) y su flamante 12 años de esclavitud (2013). Su ópera prima reconstruía la huelga de hambre de un líder irlandés en una prisión británica con una planificación meticulosa y una precisa estructura narrativa, incluyendo el registro con un plano fijo de un extenso y revelador diálogo que funcionaba como bisagra entre dos partes bien diferenciadas. Otro tipo de cálculo se apreciaba en su segunda película (cuyo protagonista vivía con culpa su tendencia a satisfacer compulsivamente sus deseos sexuales), en la que la provocación parecía un fin y no un medio, y la estética publicitaria un obstáculo para transmitir sentimientos turbios.
12 años de esclavitud es, finalmente, un poco híbrida, con algo de esa frialdad de la que al director le cuesta desprenderse (tal vez por provenir del campo de las instalaciones audiovisuales y la experimentación plástica) interceptada por arrebatos violentos que llevan al espectador a experimentar incomodidad y angustia. Basada en las memorias de un tal Solomon Northup, hombre negro cuya vida apacible en Nueva York, a mediados del siglo XIX, dio un vuelco al viajar engañado a Washington y ser vendido como esclavo a unos traficantes sureños, es una de esas películas que vuelve a poner sobre la mesa la discusión: ¿cómo exponer en el cine la injusticia, el sufrimiento, el dolor?
Decía Jacques Rivette, en su famoso artículo en Cahiers du Cinema sobre la abyección: “Digamos que podría ser que todos los temas nacen libres y en igualdad de derechos. Lo que cuenta es el tono, o el acento, el matiz, no importa cómo lo llamemos: es decir, el punto de vista de un individuo, el autor”. Precisamente, algunas decisiones tomadas por Steve Mc Queen (junto al guionista John Ridley y el fotógrafo Sean Bobbit), resultan discutibles. Los planos de amaneceres, de una luna blanquísima o de ramas de árboles suavemente mecidas por la brisa, apuntan a una visión bucólica que nada tiene que ver con el padecimiento de los personajes. Y si bien, a diferencia de otras películas de época, no hay exuberancia de vestidos y decorados, el acento está puesto más en el detalle formal que en la emoción, por lo cual al encuadrarse un rostro o un gesto parece estar apreciándose parte de una estatua o de una figura retratada en un cuadro. Sólo a veces el director logra transmitir vívidamente sensaciones superando la mera contemplación, como cuando, elipsis mediante, muestra a Solomon (Chiwetel Ejiofor) recostado sobre una almohada dentro de la mansión inmediatamente después de una escena en la que es castigado.
Todo esto no significa que 12 años de esclavitud no sacuda en varios momentos. El problema es que, si lo consigue, no es porque el espectador se identifique anímicamente con los personajes –poco se intuye de sus vidas– sino por la crueldad de las escenas en las que son maltratados los esclavos. Ahora bien, respecto a estas últimas: ¿era necesario regodearse en ese sadismo? ¿Hace falta recordarle al público la desesperación que significa un simulacro de ahorcamiento o el dolor de latigazos sobre la espalda? ¿Acaso esos impactos dramáticos no llevan a relegar los resortes políticos y sociales que permitieron durante tanto tiempo que el racismo y la esclavitud se naturalizaran en Estados Unidos (y no sólo allí)? ¿Representar padecimientos es sólo cuestión de realismo? Por otra parte, que el film se centre en unos pocos personajes desperdigados no ayuda a percibir toda una masa de víctimas y victimarios detrás.
De todos modos, hay que reconocerle a 12 años de esclavitud algunos aciertos. Nunca abandona el punto de vista de los sometidos: de hecho, debe ser una de las pocas películas de ficción sobre el tema cuyo protagonista es un negro que sufre la esclavitud y no un blanco que los defiende. Hay momentos en que ambos mundos (blancos dominadores – negros dominados) colisionan, con algunos enfrentamientos físicos –en los que intervienen los personajes de Paul Dano y Michael Fassbenderque funcionan como liberación para el espectador. Mostrar a la mujer del malvado amo (Sarah Paulson) casi tan cruel como él, ensañándose especialmente con la joven negra a la que su marido continuamente humilla (Lupita Nyong’o, quien, más que actuar, se entrega físicamente a un personaje mortificado hasta lo intolerable), es una buena manera de no redimirla, evitando el lugar común de mostrar compasión en los personajes femeninos. Incluso el hecho de que Brad Pitt asome distraídamente, sin crear previamente expectativas sobre su aparición en cuadro ni permitiéndole tics o gestos temperamentales, se opone saludablemente a la devoción por el divismo de Hollywood.
El planteo de la pasividad, del cuerpo entregado, como peculiar forma de intransigencia (o de supervivencia) recuerda a Hunter. Más interesante es la circunstancia de que quien es esclavizado acá escapa al estereotipo, enfrentándose a una situación de atropello imprevista y al deseo y la posibilidad de escapar (un poco como ocurría en la argentina Crónica de una fuga, de Adrián Caetano), porque, de esa manera, se sale un poco del molde. Otra de las puntas que este film desparejo ofrece para la discusión.

Por Fernando G. Varea

http://www.foxsearchlight.com/12yearsaslave/

Premios Oscar: ¿mucho, poquito o nada?

“¿Pero es que a alguien le importan los Oscars todavía?” disparó en Facebook, apenas se conocieron las nominaciones de este año, el crítico y coleccionista Fernando Martín Peña, agregando más tarde: “No existe más la industria, las tendencias, no existe más Hollywood. Se fueron todos a la TV.” El comentario pareció blanquear un dato indiscutible: la pobreza de ideas y la escasez de buenos directores en el Hollywood de los últimos años, que llevan a que compitan por dichos premios producciones olvidables.
Las dudas en torno a la legitimidad de los Oscar ya no serían consecuencia de las injusticias y olvidos cometidos, o de que películas populares suelen ser más apreciadas que otras más arduas (lo mismo ocurre con los premios entregados por gente del medio cinematográfico en otros países, como los BAFTA, los César o los Goya), sino que, al no estar atravesando un período especialmente creativo el cine proveniente del país del Norte –el único que merece la atención de mucha gente, se terminan alzando como ejemplos de calidad producciones menores e incluso mediocres. Por otra parte, salvo entre los cinéfilos, no se habla de esto, encubriéndose el adocenamiento con brillos, sonrisas y aplausos.
Lejos están las épocas en las que Orson Welles, Howard Hawks, William Wyler y John Ford podían competir en la categoría a mejor director (año 1941), o El halcón maltés, Soberbia, Pacto de sangre o Cuéntame tu vida figurar entre las nominadas a mejor película. O, más cerca en el tiempo, cuando en los ‘70 Hollywood reverdeció esplendores que parecían perdidos y era posible que en 1974 pugnaran por el mismo premio Roman Polanski, John Cassavetes, Bob Fosse, François Truffaut y Francis Ford Coppola (y que el mismo año ganara como mejor película El Padrino II). Precisamente, varios de los directores que siguen apareciendo entre las candidaturas de los últimos años son los que se destacaban en aquella década: Polanski, Allen, Eastwood, Spielberg, Scorsese.
Algunos cosas que cambiaron, no necesariamente para mejor: la manera con la que el Hollywood reciente ha ido deslumbrándose como un chico por las innovaciones técnicas, que se manifiesta en la cantidad de películas que acaparan nominaciones y hasta premios sólo por pericias de efectos y montaje, y el surgimiento de categorías especialmente destinadas al cine de animación, índice del segmento de público que le viene dando tan buenos dividendos últimamente a la industria del cine estadounidense.
A pesar de todo esto, todavía hoy muchos buscan con entusiasmo las películas nominadas en las salas de cine o en las ofertas de los manteros, tal vez sin esperar obras maestras sino exponentes más o menos dignos del cine clásico que están acostumbrados a ver, generalmente protagonizado por actores conocidos. Los medios de comunicación hacen su parte: prácticamente las únicas noticias vinculadas al ámbito cinematográfico que se difunden en los noticiarios son las que tienen que ver con los premios Oscar y, a diferencia de lo que ocurre con otros temas (políticos, sociales, económicos, deportivos), se informa sin opinar ni cuestionar.
En el interés por los Oscar seguramente también influye el espectáculo televisivo de la entrega de premios, transmitido en vivo a todo el mundo desde hace por lo menos tres décadas, prometiendo el tentador combo sorpresas + emoción + humor + canciones + estrellas. La atención dispensada al paso previo de las figuras por la alfombra roja y, posteriormente, el espacio destinado en revistas y programas de TV a los vestidos allí lucidos por las distintas actrices han ido cobrando cada vez más importancia, al punto de que los premios, y el cine mismo, son hoy menos relevantes que esa suerte de circo glamoroso en el que Natalie Portman o Jennifer Lawrence siempre importarán más que Asghar Farhadi (el director iraní de La separación).
¿Tiene sentido, entonces, seguir con interés esta disputa para saber qué y quiénes son considerados los mejores de cada año por la industria de Hollywood? ¿Es una oportunidad de ver lo que baja de allí en términos de cine? ¿Un divertimento? ¿Una tradición estimulada por la publicidad?
Consultamos al respecto no a realizadores, actores o productores (para quienes el Oscar casi siempre es visto como una llave que abre la puerta a invitaciones y propuestas de trabajo) sino a críticos de cine en actividad, de Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mar del Plata. ¿Qué importancia creen ellos que tienen actualmente los premios Oscar? ¿Ver las películas nominadas y la ceremonia de premiación es algo placentero y provechoso, una tediosa obligación o una pérdida de tiempo? A continuación, las respuestas.

HORACIO BERNADES
Página/12
En lo personal, los Oscar me resultan indiferentes. Pero un crítico de cine no puede estar al margen de ellos, aunque lo único que representan es lo que el establishment hollywoodense opina sobre la producción anual. Hay años en que las películas que compiten me parecen horribles y/o indignantes, y desde hace rato que veo la entrega sólo por razones profesionales. Sin embargo, debo decir que este año la entrega se presenta mucho menos deshonrosa de lo que suele ser: prácticamente no está la típica película mainstream y sí hay películas valiosas, como la última de Scorsese o American Hustle. ¡Hasta Spike Jonze se logró colar!

DIEGO BATLLE
La Nación, Otros Cines
Además de crítico, soy periodista y, por lo tanto, informo y opino sobre todo lo que respecta al cine, sea en aspectos ligados a lo más artístico o a lo industrial. Veo las películas nominadas, las comento, veo la ceremonia del Oscar. No tengo ningún tipo de desprecio o prejuicio respecto de esos premios. Tampoco me obsesionan. Lo tomo como un aspecto más de la cobertura anual del cine, como también lo son BAFICI, Cannes o la taquilla del negocio. Obviamente, tengo mis preferencias (me interesa más, por decir algo, ver la nueva película de Apichatpong Weerasethakul que 12 años de esclavitud), pero a esta altura de mi vida ya no dilapido energías en cuestionar cosas como el Oscar. Prefiero ponerlas en otras cosas más creativas.

DIEGO LERER
Micropsia
Los Oscar tienen una importancia comercial, más que nada. Y por más que uno pueda discutirlos, es innegable que tienen un peso histórico (tipo curriculum) para todos los ganadores y los nominados. Veo todas las nominadas que puedo y la ceremonia también. No sé bien para qué, pero lo hago desde que tengo uso de memoria y me divierte. Suelo hacerlo por trabajo, básicamente.

ROGER KOZA
La voz del interior, Con los ojos abiertos
La importancia es estrictamente comercial; se trata de la apoteosis de la cultura del espectáculo. Sinceramente, no entiendo el placer y la preocupación de seguir los pormenores de esa fiesta obscena donde una runfla de multimillonarios se autocelebra como si los premios obtenidos reflejara algún fenómeno tan relevante como un cataclismo cósmico. Eventualmente, si alguna película interesante gana algo puede conseguir distribución, pero, a juzgar por el caso de Nebraska, no es una regla infalible. En la medida que puedo veo todas las películas, no porque estén nominadas sino porque intento cubrir y entender qué cine se ve y se legitima, y esas películas suelen ser materia excluyente en la cartelera argentina. Por otra parte, no todo el cine mainstream es penoso y homogéneo; siempre hay excepciones. Desde que trabajo como programador de Ficunam no puedo ver la Noche del Oscar porque coincide con las fechas del festival. El Dios del cine retratado por Sion Sono en Why Don’t We Play in Hell? ha obrado en mi favor.

LEONARDO D’ESPOSITO
Revista Noticias, El Amante
Los Oscar son importantes como medida de lo que Hollywood cree de sí mismo (no de lo que Hollywood es, necesariamente). Sirve como parámetro para saber qué piensan los académicos no de lo que es el cine sino de lo que ellos desearían que fuera. Si querés, un parámetro más sociológico o político que estético. Veo todas las películas nominadas por razones de diferente tipo. Veo casi todo lo que se estrena por trabajo (escribo semanalmente en Noticias, mensualmente en Brando y El Amante, más en BAE). También veo todo lo que puedo porque soy cinéfilo de verdad. Veo todo Hollywood porque el cine, realmente, fue inventado por Hollywood (y en todo el mundo se hace cine para parecerse o diferenciarse de Hollywood, que sigue siendo el modelo, y habría que discutir cuan estadounidense es Hollywood: el Oscar, en todo caso, representa las películas que Hollywood cree más estadounidenses en el sentido político del término, no así social o espiritual). Y en ese sentido, hasta la peor película de los Oscar me provee una idea para pensar el cine. Que es casi lo único que me sale hacer.

DIEGO TREROTOLA
El Amante, Invencible Vulnavia
La importancia está relacionada con que muchas veces los Oscars permiten ver con más claridad que las películas mismas los caprichos, las glorias, las miserias, la desesperación, las virtudes, la demencia, la sofisticación, el cualquierismo, la pose, la comedia, la sexualidad, la corrección política, el tedio y otras complejidades que orbitan y constituyen al cine industrial (nunca, nunca hay que olvidar que es un premio de la industria). Nominaciones, premios, ceremonia, ausencias, olvidos son parte de un entramado que tiene muchas dimensiones y a veces da para una telenovela muy sofisticada del pensamiento sobre un tipo de cine.  Ver todas las películas de cualquier cosa ya es una ilusión que desapareció de mi vocabulario y mi glotonería cinéfila y cinéfaga. Voy viendo cine de acuerdo a un instinto que se mezcla con mi vida y no con agendas predeterminadas (siempre y cuando mi trabajo me lo permita y no tenga obligaciones de ver las películas para escribir sobre ellas, claro). La entrega trato de verla siempre, y si es en grupo y apostando por ganadores (habiendo visto las películas mejor), tiene otra tensión. Toda experiencia cinematográfica que provoque una comunidad ruidosa en actividad tiene provecho.

DIEGO MATÉ
Cinemarama, Haciendo Cine
La entrega me parece importante como evento que marca un poco la agenda del cine y el periodismo en todo el mundo. No creo que los premios representen nada en términos de calidad estética, pero sí creo que son un hecho periodístico y social importante (en una época donde la gente va poco al cine y se interesa poco por el debate, que todos estén pendientes de los Oscar no me parece menor). No soy de mirar las entregas porque me aburren. Veo las películas nominadas porque son relevantes para la discusión sobre cine, para estar al tanto de qué clase de películas (y qué valores, y qué estéticas) circulan a escala mundial en el cine popular. Y si bien hay premios y nominaciones que parecen injustos, muchas veces resultan más que merecidos, como viene pasando con el reconocimiento a los últimos trabajos de Kathryn Bigelow, muchas veces incomprendidos por la crítica argentina.

MARCOS VIEYTES
Hacerse la crítica, El Amante
No veo todas las películas nominadas, o al menos no las veo porque estén nominadas, y no debo haber visto más de cinco premiaciones en los últimos veinte años. No miré la mayoría de las premiaciones porque no me interesaban las películas y los actores involucrados. Si no es importante para mí difícilmente sepa contestar si los Oscar son objetivamente importantes, más allá de las evidencias más o menos obvias al respecto.

MARCELA GAMBERINI
Con los ojos abiertos, El Amante
Los Oscars tiene una importancia para la industria y seguramente para el mercado de las peliculas. Y también para el publico común: aunque no parezca, sigue siendo entre los espectadores de los jueves una referencia. Trato de ver la peliculas nominadas. Es como tener un mapeo del cine americano actual. Veo la ceremonia a veces, no es algo que me quite el sueño.

ANDRÉS FEVRIER
Cinematófilos
Para mí tienen una importancia relativa. El premio ya no da prestigio (en unos años nadie recordará películas como Vidas cruzadas, El discurso del Rey o El artista) pero debe tener alguna influencia en la taquilla. Trato de ver las películas nominadas, pero no todas: mi olfato cinéfilo, que no deja de ser un poco prejuicioso, me dice que algunas no valen la pena. A veces pongo la ceremonia de entrega, pero sin demasiado interés. Con excepción de alguna película en particular, la cartelera de los jueves ya no marca la agenda; tenemos la historia del cine a un par de clicks de distancia y cada uno puede saciar su apetito cinéfilo a gusto. Quizá lo más interesante de los Oscar sea que durante unas semanas, desde mediados de enero hasta marzo, unifica un poco el debate crítico.

MEX FALIERO
Fancinema
Cinematográficamente está visto que ya no tiene ninguna importancia, si es que alguna vez la tuvo. De todos modos el público parece interesado y algunas películas consiguen más público gracias a las nominaciones. Veo tanto las películas nominadas como la ceremonia de premiación. En primera instancia tiene una importancia periodística, es noticia, y debo estar informado y al tanto. En segunda instancia, tiene un placer deportivo, de tratar de acertar para descubrir cuál es el mapa de la industria de Hollywood en determinado momento histórico.

MATÍAS ORTA
A sala llena
Pasan las décadas, y los premios Oscar nunca pierden vigencia, lo que me parece genial. En las salas de cine o donde sea, la gente no deja de ver películas. Y de por sí, las premiaciones, en toda área, siempre generan expectativa. Así que hay un público que siempre estará allí. En cuanto a las nominadas, recibir premios sigue siendo un logro muy importante, que suma al prestigio. Por supuesto, la mirada de cada uno es subjetiva y no siempre podemos hablar de justicia a la hora de repartir los premios, ya que muchas genialidades se quedan con las manos vacías. Pero, en definitiva, los Oscar todavía generan expectativa. Siempre veo las nominadas (o la mayoría), para poder opinar con propiedad cuando llega la ceremonia. Uno no deja de hacerlo como fanático del cine y porque, más allá de los resultados, y aunque suele tener pasajes densos, la ceremonia conserva su atractivo. En los últimos años contrataron presentadores y shows para darle más punch, así que sigue siendo un evento digno de ver.

MARTÍN IPARRAGUIRRE
La mirada encendida, Hoy Día
La importancia de los Oscar es meramente comercial: como se sabe, es una ceremonia que funciona como un mecanismo de autocelebración y autolegitimación de la gran industria norteamericana, que año a año propone un canon estético y político que pretende erigirse como medida mundial del cine contemporáneo, aunque no sabemos hasta qué punto lo logra. Sospecho que su influencia viene menguando en los últimos años. No veo todas las películas nominadas aunque sí la mayoría, y en cuanto a la ceremonia hace tiempo que no la sigo: cuando la he visto ha sido porque tenía que escribir sobre ella para el diario donde trabajo.

JUAN PABLO RUSSO
Escribiendo Cine
La importancia es puramente económica, todos sabemos que las películas ganadoras van a aumentar su recaudación después de ganar o perder el Oscar aunque esto no siempre quiere decir que sean buenas. Trato de ver todas las películas que puedo, nominadas al Oscar o no. De eso se trata mi trabajo. La ceremonia trato de verla porque también es parte de mi trabajo, pero debo admitir que antes me interesaba más. Últimamente me aburre un poco. Pero si no tengo nada que hacer y estoy en casa, la miro.

LEANDRO ARTEAGA
Rosario/12
La importancia pasa por la tradición que conlleva, por la oportunidad publicitaria que el Oscar significa para hablar de cine en los medios. En sí, no es más (ni menos) que el premio que la empresa Hollywood destina a sí misma. En ese sentido, permite entrever qué es Hollywood hoy, cuáles sus carriles ideológicos. Veo las películas nominadas pero no por el Oscar, sino por ejercicio cinematográfico. Hace bastante que dejé de estar interesado en las nominaciones, las utilizo como nota al pie, suelo enterarme de ellas con retraso. A la entrega de premios la veo, pero sin expectativa ni nada parecido. La sigo como el programa televisivo que es. El cine, lamentablemente, es acá secundario. Todo lo relacionado con la alfombra roja o similares me resulta decadente, es otra de las victorias de la televisión sobre el cine. Es cierto que Hollywood siempre fue mucho de eso, pero también lo es que alguna vez fue sinónimo de buen cine.

MARTÍN FRAIRE
Red TL
Está claro que para cualquier trabajador de medios los Oscar no pueden ser ignorados, por el interés que genera masivamente o a nivel personal. Llegado el momento y casi como un capricho, todos hablan sobre la estatuilla. Del mismo modo, puede servir como excusa para desentrañar la cara oculta detrás del comúnmente llamado cine mainstream y establecer la diferencia con aquel que sí genera otro tipo de atención (temática, estética y hasta política). Los premios de la Academia de Hollywood se sitúan como una catapulta: qué debemos tener en cuenta a la hora de ver una película. Estará en cada uno encontrar –o no– la discrepancia entre objeto artístico y excusa comercial.

Planificación

“Las escenas de Los desesperados y La confrontación están tan terminadas dramáticamente, tan bien compuestas coreográficamente, que es imposible cortarlas. Jancsó planea con una concepción tan madura que después del rodaje no hay necesidad de mejorar el producto en el montaje. En La confrontación el ritmo interno había sido tan pensado y probado, que las escenas filmadas no requirieron cortes.”

(ZOLTÁN FARKAS, montajista, sobre su experiencia de trabajo con MIKLÓS JANCSÓ, director húngaro fallecido ayer)