Altibajos del cine argentino en Cannes

Aunque el Festival Cinematográfico Internacional de Cannes viene desarrollándose desde 1939 (año en que surgió como reacción al Festival de Venecia, que se enturbiaba premiando Olimpya, de Leni Riefenstahl), nuestro cine puso pie allí por primera vez a fines de la década del ’50. Desde entonces, la participación de películas argentinas en el festival atravesó intermitencias, obteniendo en contados casos reconocimientos. Aprovechando la nutrida delegación que participará este año –y sin intenciones de emprender una reseña exhaustiva–, a continuación exploramos esa historia.

  • Si bien desde fines de los ’40 algunas películas de Soffici, Amadori, Demare o Tinayre tuvieron su exhibición en el marco del festival, el debut en la competencia fue en 1957, con La casa del ángel. El film de Leopoldo Torre Nilsson no obtuvo premios pero después de la proyección fue aplaudido durante varios minutos, incluso por André Bazin y Eric Rohmer, que se acercaron al director para felicitarlo. Los años siguientes nos representaron Rosaura a las diez (Mario Soffici), Zafra (Lucas Demare) y El centroforward murió al amanecer (René Mugica), pero fue Torre Nilsson quien logró, en 1961 y con La mano en la trampa, la primera gratificación: el Gran Premio de la Crítica Internacional (FIPRESCI). En esa oportunidad hubo críticos extranjeros que protestaron porque el film de Torre Nilsson no había recibido una recompensa mayor, aunque seguramente nadie discutía que la Palma de Oro a Mejor Película fuera entregada a Viridiana, de Luis Buñuel. Por su estilo y creciente prestigio, Torre Nilsson comenzó a ser una figura habitual en Cannes: integraron la Competencia Oficial sus películas Setenta veces siete (en 1962) y La chica del lunes (en 1967), e incluso recibió un premio especial en 1966, año en que se exhibió fuera de concurso El ojo que espía. Otras tres películas argentinas formaron parte de la competencia en esos años: Los venerables todos (Manuel Antín, nunca estrenada comercialmente entre nosotros) en 1963, Primero yo (Fernando Ayala) en 1964 y El reñidero (René Mugica) en 1965. Esta última fue primero rechazada –se decía que como represalia a medidas proteccionistas adoptadas por el INC en ese momento–, pero la medida fue reconsiderada y la película finalmente aceptada. En 1969 se exhibió también, en la Quincena de Realizadores (sección paralela que se inauguraba ese año), Invasión (Hugo Santiago). Asimismo, varios cortos participaron exitosamente en Cannes en esos tiempos.
  • Es notable cómo las escasas películas argentinas exhibidas en Cannes durante los ’70 fueron obras resistidas o censuradas: Ni vencedores ni vencidos (Cabado/Spoliansky), Puntos suspensivos (Edgardo Cozarinsky), Alianza para el progreso y La civilización está haciendo masa y no deja oír (ambas de Julio Ludueña), y Los hijos de Fierro (Fernando Pino Solanas) estuvieron en la sección Quincena de Realizadores. También se presentaron fuera de concurso Piedra libre (Torre Nilsson) y La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro (Nicolás Sarquís). En 1979 el INC manejado por los militares de la dictadura se empecinó en hacer participar a La nona (Héctor Olivera), pero fue rechazada. Olivera, haciendo propias expresiones dichas por Jorge Rafael Videla en otro contexto, declaraba al diario Clarín: “Suponemos que la no inclusión de la película en la Muestra Competitiva es una decisión absolutamente política, pero como dijo el presidente Videla en Roma, iremos a dar la cara por el país”. La película terminó exhibiéndose fuera de concurso, junto al mediometraje Nunca dejes de empujar, Antonio (Eduardo Calcagno), para lo cual viajaron a Francia los directores Olivera y Calcagno y los intérpretes Pepe Soriano y Graciela Alfano, junto a los uniformados que dirigían el Instituto de Cine.
  • Con el retorno a la democracia y bajo la gestión de Manuel Antín en el INC, el cine argentino volvió a estar en competencia. Tras el fracasado intento de Gracias por el fuego (Sergio Renán), que como consuelo debió exhibirse fuera de concurso, en 1985 entró en la selección oficial La historia oficial (Luis Puenzo), por la cual por única vez una actriz argentina (Norma Aleandro) fue premiada en el festival. El premio fue compartido con Cher (por su interpretación en Máscara, de Peter Bogdanovich) y el film de Puenzo obtuvo, además, el Premio del Jurado Ecuménico, “por abordar con coraje, a través de hechos contemporáneos, el tema de la responsabilidad personal ante un estado de injusticia colectiva”. El año siguiente fue enviada y milagrosamente aceptada Pobre mariposa (Raúl de la Torre), que terminó compitiendo en pie de igualdad con películas como El sacrificio (Andrei Tarkovsky), Thèrése (Alain Cavalier) y Después de hora (Martin Scorsese). Las crónicas de la época cuentan que el director argentino y su estrella (Graciela Borges) volvieron molestos de Cannes no sólo por no haber ganado premio alguno, sino también por las objeciones de los críticos argentinos a la película, estrenada aquí mientras transcurría el certamen. No fue mejor la elección el año siguiente de Sofía (Alejandro Doria) para Un Certain Regard. Pero llegó otro premio en 1988, cuando el jurado integrado, entre otros, por el argentino Héctor Olivera y presidido por Ettore Scola, distinguió a Fernando Pino Solanas como Mejor Director por Sur. En ese jurado estaba también el escritor y guionista estadounidense William Goldman, que se opuso firmemente a esa decisión, no sólo porque Sur no le gustaba sino porque, además, estaba convencido que merecía ese premio Clint Eastwood, que competía con Bird.
  • Solanas volvió a participar de la Competencia Internacional en 1992 con El viaje, que ganó dos premios menores (de la OCIC y de la Comisión Superior Técnica). Tenaces opositores al menemismo, Solanas y su productor Envar El Kadri desairaron entonces al director del INC, Guido Parisier, cuando quiso agasajarlos. Ese año fueron exhibidas en Un Certain Regard  La memoria del agua, de Héctor faver, y Crímenes modernos, de Alejandro Agresti, quien volvió a participar en esa misma sección cuatro años después con Buenos Aires Viceversa. En 1998 hubo dos producciones en competencia que involucraban a actores y técnicos argentinos (Corazón iluminado, de Héctor Babenco, y Tango, de Carlos Saura), así como Solo contra todos, exhibida en la Semana de la Crítica, había sido realizada en Francia por el argentino Gaspar Noé (que cuatro años después integraría la Competencia Internacional con Irreversible, uno de esos films polémicos que Cannes suele acoger con entusiasmo). En 1999 Garage Olimpo (Marco Becchis) participó en Un Certain Regard.
  • Por fin, con el nuevo siglo comenzaron a representarnos en Cannes directores nuevos: en 2001 Lisandro Alonso estuvo en Un Certain Regard con La libertad y Adrián Caetano en la Semana de la Crítica con Bolivia, obteniendo esta última un Galardón de la Crítica Joven. Al año siguiente, Caetano volvió a estar presente con Un oso rojo en la Quincena de Realizadores, en tanto Pablo Trapero debutaba en el festival exhibiendo El bonaerense en Un Certain Regard, sección en la que en 2003 se presentaron Hoy y mañana (Alejandro Chomski) y La cruz del sur (Pablo Reyero). En 2004 volvió a participar de la Competencia Internacional una película argentina: La niña santa (Lucrecia Martel). “Lucrecia tiene su lugar en el nuevo cine mundial. Es argentina (¡y cuánto!), pero su estilo, su originalidad, su universo la convierten en autora. Ella es argentina y es la Argentina, pero inventando formas y universos que le son propios”: así elogiaba a la joven directora salteña Thierry Frémaux, director artístico del certamen. El mismo año Los muertos (Lisandro Alonso) era exhibida en la Quinzaine mientras Whisky, dirigida por los uruguayos Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll con participación en la producción de los argentinos Hernán Mussaluppi y Martín Rejtman, iba a Un Certain Regard. En esas mismas secciones mostraban sus trabajos, el año siguiente, Juan Solanas (Nordeste) y Albertina Carri (Géminis). En 2006, una vez más, una película nuestra compitió con dignidad aunque sin traer nada a cambio: Crónica de una fuga (Adrián Caetano). En esa ocasión integraba el jurado de la Competencia Internacional Lucrecia Martel, para entonces ya buscada y mimada por la crítica internacional y los festivales tanto como Lisandro Alonso, que presentó Fantasma en la Quincena de Realizadores. Y así como el hijo de Pino Solanas había participado en Cannes unos años atrás, la hija de Luis Puenzo, Lucía, estuvo presente en la edición 2007 con su XXY, exhibida fuera de concurso y con la que ganó el Premio de la Semana de la Crítica. En 2008 dos films argentinos concursaron por la Palma de Oro: La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel, y Leonera, de Pablo Trapero, aunque, a la hora de los premios, el jurado (integrado por Sean Penn, Apichatpong Weerasethakul, Alfonso Cuarón y otros) prefirió ignorarlas. En la Quincena de Realizadores volvió a figurar Alonso, ahora con Liverpool, sumándose dos coproducciones de la compañía local Rizoma Films: Salamandra (Pablo Agüero) y Acné (Federico Veiroj), en la Semana de la Crítica se vio La sangre brota (Pablo Fendrik) y en Cinémas du Sud La extranjera (Fernando Díaz).
  • Tras un 2009 sin películas argentinas en Cannes, en 2010 el largometraje codirigido por el cordobés Santiago Loza y el santafesino Iván Fund Los labios obtuvo la distinción a la Mejor Interpretación de Un Certain Régard, por el trabajo de sus protagonistas (Adela Sánchez, Eva Bianco y Victoria Raposo). En esa sección estuvo también Carancho, de Pablo Trapero. Al año siguiente puso pie en el festival Diego Lerman con La mirada invisible, en Quinzaine des Réalisateurs. En 2011 fue una auténtica sorpresa la Cámara de Oro a la Mejor Ópera Prima que obtuvo Las Acacias, de Pablo Giorgelli, con la que el cine argentino volvió a ganar otro premio significativo. En 2012 Frémaux, seguido por muchos como una suerte de oráculo, armó revuelo al hablar en un encuentro con periodistas en México del “suicidio” del cine argentino; sin embargo, ese año estuvieron Elefante blanco (Pablo Trapero) en Un Certain Regard, Los salvajes (Alejandro Fadel) en la Semana de la Crítica, Infancia clandestina (Benjamín Ávila) en la Quincena de Realizadores, y Villegas (Gonzalo Tobal) fuera de concurso en una función especial. Tras nuevas participaciones en secciones paralelas el año pasado (Los dueños, de Agustín Toscano y Ezequiel Radusky, en la Semana de la Crítica, y Wakolda, de Lucía Puenzo, en Un Certain Regard), en 2014 el cine argentino vuelve a estar presente en la Competencia Internacional con Relatos salvajes (Damián Szifron), que deberá someterse a las opiniones del jurado que integrarán Jane Campion, Sofía Coppola, Jia Zhang Ke, Nicolas Winding Refn, William Dafoe, Carole Bouquet, Gael García Bernal, Leila Hatami y Jeon Do-yeon. Se suman Jauja (Lisandro Alonso) en Un Certain Regard, Refugiado (Diego Lerman) en la Quincena de Realizadores, y El ardor (Pablo Fendrik), que se exhibirá fuera de concurso. Indudablemente, en los últimos años nuestro cine ha sabido exhibir un nivel de calidad que le permite ser invitado con frecuencia al histórico festival, pero es cierto también que viene haciéndolo recibiendo más palmadas en la espalda que Palmas de Oro. De todos modos, como suele decirse, no deja de ser importante competir.

Por Fernando Varea

http://www.festival-cannes.com/es.html

 

El crítico en su laberinto

EL CRÍTICO
(2012/13; dir: Hernán Guerschuny)

El film comienza con una estética que remite a Jean-Luc Godard y al estilo de cierto cine europeo de los ’60: textos que aparecen de manera entrecortada, imágenes registradas medio a los tumbos, la voz en off de un personaje solitario reflexionando sobre el cine y sobre sí mismo. Es una adecuada presentación del meditabundo Víctor Téllez, que piensa en francés porque es de esos críticos cinematográficos que veneran el cine con un aura refinada o prestigio intelectual.
Tal vez Téllez sea demasiado joven para el arquetipo –muchos críticos de su edad suelen estar más atentos al cine independiente estadounidense y a series de TV–, pero en él se compendia, de alguna manera, el desdén de buena parte de sus colegas por quienes consumen cine impulsados sólo por la moda o la costumbre.
El hecho de mostrarlo sintiendo que sus actos cotidianos forman parte de un film es uno de los aciertos de El crítico: ¿acaso no nos pasa un poco a todos los que acompañamos el discurrir de nuestras vidas con películas que, ineludiblemente, terminan ocupando un espacio privilegiado en nuestras fantasías y nuestra memoria? Claro que Téllez no sabe capitalizar lo que le ofrece el cine y ni siquiera parece disfrutarlo demasiado, hasta que –como en las comedias románticas que desprecia– conoce a una joven que logra sacarlo de su frialdad e individualismo.
El guión, escrito por el propio director, Hernán Guerschuny (Buenos Aires, 1973), está muy bien trabajado, con situaciones hábilmente planteadas y diálogos precisos, sin cargar las tintas al ironizar sobre unos u otros. Evita,  incluso, el costumbrismo subrayado al que nuestro cine nos tiene mal acostumbrados, que apenas asoma en la escena del hombre de al lado rompiendo la pared. Secuencias como la del teatro o la cena en la que ella extraña a su padre permiten, con pocos elementos y sentido del humor, conocer mejor las virtudes y defectos de ambos personajes. Aunque es su primer largometraje, se nota que en Guerschuny hay conocimiento del tema y una formación detrás (estudios de cine y comunicación social, trabajos en el periodismo especializado y la realización de comerciales, programas televisivos y cortos como La cita, con el que El crítico tiene puntos de contacto).
Cuesta encontrar una película argentina con tantos guiños y referencias cinéfilas. Y pocas, de cualquier origen, que pongan el foco sobre la figura de un crítico: una excepción reciente es Un autre homme (del director suizo Lionel Baier, exhibida en el BAFICI 2009), en la que, provocativamente, la crítica cinematográfica se vinculaba a lo oscuro y lo insensible. La relación de la pareja de aquella era, sin dudas, más enfermiza que la de El crítico, que no pretende mucho más que jugar con ciertos tópicos de la comedia romántica aleándolos con las mencionadas alusiones al universo cinematográfico, tomando como eje uno de esos personajes que, aunque algo odiosos, terminan ganándose nuestro afecto o compasión.
Cabe destacar que en nuestro país la figura del crítico influyente se limita casi exclusivamente a la ciudad de Buenos Aires (en Rosario casi nunca hay funciones privadas para la prensa, son muy pocos quienes ejercen la crítica profesionalmente y, entre éstos, menos aún los que evidencian la cinefilia de Téllez). Pero la mayoría de los pormenores de El crítico son reconocibles y habituales, aquí y en todas partes, como el enojo de quienes se ven afectados por comentarios adversos dichos o escritos por comentaristas que tampoco se salvan de ser juzgados: es un hallazgo la expresión con la que un joven director los descalifica, diciéndoles no cineastas frustrados sino críticos frustrados.
Es cierto que en la ópera prima de Guerschuny la relación sentimental avanza demasiado fácilmente (como en las películas que Téllez repudia), que un ocasional desvío hacia el género policial lleva la historia a un terreno arriesgado (el castigo a la sobrina del protagonista, por ejemplo, es un hecho grave que finalmente se diluye), que la aparición de flores y veladores encendidos para sugerir un cambio anímico resulta poco sutil, y que el final (que se corresponde graciosamente con los códigos genéricos que Téllez menciona en forma despectiva) parece repetirse o desdoblarse. Pero el conjunto es estimulante y divertido, luciendo igualmente funcionales los sobrios gags, los certeros comentarios musicales, la luz penumbrosa de una Buenos Aires invernal y la verosimilitud de las actuaciones, no sólo del notable Rafael Spregelburd (con su conocida capacidad para jugar con los personajes, haciendo cómplices a los espectadores), sino también de una Dolores Fonzi más suelta que en otras ocasiones, Ana Katz, Ignacio Rogers y el resto de los secundarios.
Finalmente: es curioso cómo El crítico, aún tratándose claramente de una comedia sentimental ceñida a las reglas del género, tiene, al mismo tiempo, algo de la nouvelle vague tan admirada por su protagonista, con sus personajes afligidos deambulando por la ciudad envueltos en disquisiciones intelectuales, sus amoríos melancólicos, el universo del cine formando parte de la vida cotidiana. Otro rasgo que distingue a este film lúcido, retrato de uno de esos tipos dispuestos a cuestionar todo menos su forma de trabajo y su propia vida.

Por Fernando G. Varea

Trailer de El crítico aquí