Bañeros que no nos salvan

Medio millón de espectadores: la cifra inquieta razonablemente a críticos y cinéfilos que han sido testigos del nulo valor estético y narrativo de Bañeros 4, los rompeolas (2014, Rodolfo Ledo). Efectivamente, hay motivos suficientes para indignarse cuando ante películas como ésta  se usan erróneamente expresiones como cine popular, cine familiar o cine de entretenimiento, mientras, al mismo tiempo, otras realizadas con mayor respeto hacia el público son ignoradas. Sin embargo, en estas discusiones suele eludirse una cuestión: la falta de un cine argentino de calidad para público preadolescente, carencia que se hace especialmente notable en las vacaciones de invierno, cuando chicos de distintas edades buscan en los cines propuestas que les atraigan.
Si bien durante los ’60 hubo algunas películas con José Marrone y Carlos Balá estrenadas en julio, fue en la década posterior que se impuso la costumbre de estrenar producciones nacionales durante el receso escolar de mediados de año: los dos films basados en el programa televisivo Los Campanelli (que tienen más de un punto en común con los Bañeros), por ejemplo, se estrenaron en julio de 1971 y 1972. En esos años el concepto de cine infantil estaba más claro: films con los payasos españoles Gaby, Fofó y Miliki o con el animador-cantante Pipo Pescador y largometrajes animados de Manuel García Ferré eran los que convocaban a miles de chicos en las vacaciones invernales. Una vez instaurada la dictadura 1976/1983, las alternativas comenzaron a ser más mediocres: Palito Ortega, superagentes, Los Parchís.
Del cine argentino posterior a la recuperación de la democracia suelen destacarse varias cosas, como su éxito en festivales internacionales o la libertad con la que abordó temas urticantes, pero nunca se habla de lo poco que le preocupó el público infantil. La realidad es que en estos últimos treinta años se siguieron repitiendo las fórmulas perezosas y rígidas de los films para chicos que se hacían durante la dictadura: Porcel, Olmedo, Mingo, Aníbal, superagentes, brigadas explosivas, extermineitors. Las únicas diferencias radican en que los protagonistas dejaron de ser parapoliciales y que sus decorativas colegas u objetos de deseo pudieron empezar a exponer sus curvas sin tanto recato. Continuaron los productos sobre personajes de García Ferré (Ico, Manuelita, Pantriste, Larguirucho), sumándose algunos de Dante Quinterno (Patoruzito, Isidoro) y similares (El Ratón Pérez), derivados de éxitos televisivos (Dibu, Los Pintín, Chiquititas) y algunos modestos intentos de rescatar el universo de María Elena Walsh (S.O.S. Gulubú) o algún otro autor (Cuentos de la selva), pero los destinatarios han sido siempre los más pequeños. Una y otra vez, cuando adolescentes y preadolescentes buscan en la cartelera películas habladas en su idioma, sólo encuentran parientes pobres del cine de aventuras hollywoodense (Cóndor Crux, El secreto de los Andes), frívolas manufacturas promocionadas por la TV (Erreway: 4 caminos, High School Musical: el desafío) y la trillada fórmula del film con cantantes (La edad del sol) o luchadores (100% lucha, la película).
Las excepciones han sido pocas: El verano del potro, en los ’90, en torno a la amistad y livianos conflictos entre pibes durante unas vacaciones en el campo (paradójicamente dirigida por un realizador extranjero, el canadiense André Melançon), o la misma Metegol (2013, Juan José Campanella), que podía entusiasmar a chicos de distintas edades sin partir de un suceso televisivo previo y exhibiendo un irreprochable despliegue técnico, aunque con conservadurismo y moralejas.
¿Podrían hacerse películas más dignas que Bañeros 4 con sus mismos recursos, actores y ambiciones comerciales? Seguramente que sí: Adolfo Aristarain lo logró en sus comienzos, cuando aceptó filmar para Aries dos de la serie del amor. Deberían contribuir también los medios de comunicación, tan susceptibles ante distintos hechos del mundo de la política, la economía o el deporte, pero poco molestos frente al éxito de estos engendros (“No son películas que gustan ni a los críticos ni a los especialistas en cine”, reconocía hace poco el actor Emilio Disi, pero ¿quiénes leen esas opiniones? ¿cuántos “especialistas en cine” hay en los programas de radio y canales de TV más vistos o escuchados?). El INCAA, asimismo, podría estimular, de distintas formas, la realización de un cine infantil-juvenil más creativo.
¿Qué pasaría si hubiera que elegir películas argentinas para un festival sobre problemática adolescente? Y si se tuviera que exhibir material local para alumnos de los últimos años de la escuela primaria y estudiantes secundarios ¿la única opción sería seleccionar películas de temática histórica o ecológica, con fines didácticos? ¿Acaso el juego, la aventura, la belleza, la magia de los buenos relatos y la identificación con héroes comprometidos con alguna causa (y no con bañeros torpes o vedettes tontas), no son ingredientes de los que nuestros chicos necesitan nutrirse para ser más perspicaces y más felices?
Ojalá alguna vez las vacaciones de invierno dejen como balance para el cine argentino algo mejor que el fastidio de los críticos y las suculentas ganancias de quienes lo abordan de manera desmañada y deshonesta.

Por Fernando Varea

Anuncios