Tango que me hiciste mal

A propósito del reestreno de Tango feroz (1993, Marcelo Piñeyro) y procurando, como siempre, reunir aquí textos valiosos sobre cine, rescatamos una lúcida nota escrita cuando se estrenó el film, con la autorización de su autor, el excelente periodista rosarino Daniel Briguet. Viene bien recuperarla y compartirla en estos días en que aquella love story con ropaje hippie, estética publicitaria y modernizadas canciones vuelve a ser celebrada.

(Por DANIEL BRIGUET)
¿Quién fue Tanguito? ¿Quién fue José Alberto Iglesias o Donovan o Ramsés VII? ¿Un lumpen que componía canciones en los baños de los bares? ¿Un profeta escondido en la piel de un muñeco extravagante? ¿Un borderline que nunca debió salir del hospicio en el que alguna vez recaló? Tanguito es un mito, como gustan decir hoy todas las gacetillas de prensa, y con los mitos nunca se sabe. Algo es seguro, cualquiera sea la respuesta puede afirmarse que Tanguito nunca soñó con convocar a la multitud de teenagers que hoy se agolpa a las puertas del Monumental, ni tampoco soñó con tener una noviecita como Cecilia Dopazo ni –mucho menos– salir en la tapa de la revista Gente. Si tuvo sueños –y nada indica lo contrario– es de suponer que estuvieron poblados de otros íconos.
Tango feroz, la película de Marcelo Piñeyro que bate récords de taquilla, juega con la idea del mito y el sueño y propone una sublime paradoja: contar la vida de Tanguito pero no contarla. No se confundan –parecen decir sus hacedores–, lo que aquí se muestra no es una historia real, puede ser Tanguito o cualquier otro. Inversión genuina, después de todo: si Tanguito –el mito– pudo ser muchos, muchos pueden ser él mismo. Eso, claro, en el terreno de los silogismos. Porque no bien se ve la película, e incluso antes, no bien se percibe el olor que despiden las imágenes montadas a su alrededor, se advierte que el mito Tanguito es un componente insustituible de la oferta que plantea Tango feroz. Un componente –nueva paradoja– que brilla por su ausencia.
Puede pensarse que esta ausencia tiene que ver con las libertades propias de la ficción. No es así. Favio propone una historia legendaria de Gatica y, sin embargo, es difícil negar la vívida presencia del Mono en cada pliegue de su film. Con el film de Piñeyro ocurre otra cosa: no es en la invención del relato donde se despliega la distancia con el personaje real sino más bien en el espíritu que impregna el conjunto de la obra. El Tanguito ficticio es un héroe romántico, un outsider redentor que por momentos recuerda al personaje de Nicholson en Atrapado sin salida. El tanguito que transitó las calles de Buenos Aires era la antítesis del romanticismo. Tenía la impronta de los rockers de entonces. Su tono era cool, como dicen los norteamericanos; era esporádico e intermitente, atravesado por las ráfagas de oscuridad o de lucidez que signaban su vida. Si hubo un romanticismo en los pioneros del rock fue menos estético que existencial. Aquello, al fin y al cabo, fue una gesta pero una gesta que no admite ser nombrada como tal.
Más aún: el eje narrativo de Tango feroz es el romance entre Tanguito y Mariana. Una historia erótica y pasional, con algunos pasos de telenovela moderna y otros de film de Adrian Lyne. Ahora bien ¿cómo imaginar una historia así en medio del ambiente misógino y antisensual que caracterizaba el mundo de los rockers pioneros? ¿Cómo encajar los dulces e inasibles compases de Amor de primavera contra el rostro rubicundo y extasiado de la Dopazo? No hay modo o sí lo hay pero para ello es necesario desprenderse de la propia experiencia, despegarse de los años vividos y convertirse en un espectador virgen. ¿Un símil teenager, tal vez? Este esfuerzo sobrehumano nos conduce a otra ausencia: poco o nada del espíritu que caracterizó a aquella época asoma en las imágenes de Tango feroz, un film sobre rockeros pero, en absoluto, una película que merezca esa adjetivación.
La Cueva y La Perla del Once –lugares mitológicos– son meros fondos de escenas que pueden transcurrir en cualquier parte. El tenue resplandor que marcó los balbuceos de un lenguaje nuevo apenas asoma en alguna escena con la policía, en algún pasaje con fondo de azulejos y water closet. Piñeyro usa la marca del mito pero la vuelca en una visión moderna que redime a sus criaturas hasta despojarlas de todo vínculo con el paisaje original. El resultado es una estatización extrema, impiadosa: si el mito de Tanguito encarnó la intransigencia del rock primitivo, su presunta pureza, frente a las tentaciones del establishment, este rasgo se potencia con los gestos libertarios de un mesías salvaje capaz de echar a los mercaderes del templo con el mismo desparpajo con el que desparrama sentencias luminosas. Si Tanguito encarnó en su propia vida la condición inequívocamente marginal y perseguida de un sistema intolerante, Fernán Mirás echa todo el rédito a su favor al despojar a su personaje de rasgos contradictorios.
Tanguito, si se atiende al relato de los que lo conocieron, fue un loco con algún talento y también un quía difícil de bancar. Una cosa es celebrar la ficción del lumpen y otra compartir con él un bote de salvamento. La mirada ilustrada tiene cierta tentación a celebrar su opuesto, sobre todo cuando éste se encuentra en óptimas condiciones de rescate. La ambigua muerte de Tanguito, su pintoresca vida, hicieron de él un grácil motivo de gratuitas redenciones, un óptimo disparador de sandeces y paparruchadas. De ahí la leyenda negra sobre el robo de La balsa que Litto Nebbia habría perpetrado, como si una canción fuesen sólo sus acordes originales y no el tema que finalmente llega al disco. De allí también –obvio– la infranqueable ausencia de este himno en Tango feroz.
¿Qué queda entonces? La leyenda de Tanguito –ni más ni menos– pero una leyenda nueva, la que acuñaron Piñeyro y asociados. Aunque para ser justos, debiera decirse: la que esta época sustrajo de la anterior. A fines de los sesenta el rock era un hálito que soplaba en pequeños reductos, una palabra apartada del repertorio de los medios y del código del show business. Hoy los acordes de Ayer nomás suenan en la cortina de Amigos son los amigos, cualquier banda tiene un demo a mano y los suplementos jóvenes de los grandes diarios cuentan con lujo de detalles las proezas de los héroes del pasado. Mucha agua ha corrido y toda no ha sido mala. ¿Celebra también Tango feroz esta conversión?
La celebran, en todo caso, los críticos que elogian la perfección del sonido Dolby, los claroscuros de la iluminación y las precisiones escenográficas, como si la versión prolija y confortable de un tema naturalmente desprolijo fuese otro mérito. Por lo demás, no hay que cargar las tintas. La ficción que irrita a los jóvenes de ayer tal vez tenga alguna utilidad para la gente del futuro. Algo es claro: Tango feroz no es un film recomendable para veteranos que sostengan su condición de tales. Para ellos y contra toda prevención del sentido común, lo mejor es en estos casos repetir el breve adagio del flaco Luis: Mañana es mejor, mañana es mejor, mañana…

(Publicado en Rosario/12 el 2/7/1993)

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2 pensamientos en “Tango que me hiciste mal

  1. Excelente nota de Briguet, excelente rescate. Lo de Tango Feroz es lo mismo que hace Andrew Lloyd Webber con Evita, el Che o Jesucristo: meter el mito en la picadora de carne y fabricar una estetizada hamburguesa para un público masivo. Clin caja!

  2. Gracias Alejandro por leer y apreciar el rescate de la nota.
    La publicidad de la película de M.Piñeyro decía “Todo no se compra, todo no se vende”; TANGO FEROZ se compra, se vende, se remasteriza y se vuelve a vender.

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