La Mary otra vez en las revistas

“Si Monzón ganaba la pelea, la película se hacía”. Así cuenta Olga Zubarry –en una entrevista que suele emitir INCAA TV– que fue lo que llevó a los productores de La Mary avanzar en el proyecto: el 4 de marzo de 1974, días después que el boxeador santafesino retuviera el título de Campeón Mundial ganándole a José Mantequilla Nápoles en Mónaco, el veterano Daniel Tinayre dio comienzo al rodaje de la película en la isla Maciel y los estudios San Miguel, situados en Bella Vista. Los primeros pasos se habían dado en enero de ese año, con la selección de niños (aún no se decía casting) en los laboratorios Alex (entre los cuales resultó favorecida Gabriela Toscano para encarnar a la protagonista en su infancia).
La Mary fue una película ambiciosa para su época, no sólo por el dinero invertido (210 millones de pesos de aquél entonces) sino, también, por su reconstrucción de época y la reunión de un nutrido elenco de intérpretes conocidos.  Pero también un fenómeno más ligado al escándalo que al hecho estrictamente cinematográfico: seguramente esos incidentes ruidosos que la rodearon y que en su momento contribuyeron al negocio, más el hecho de que su actriz principal sea hoy una figura mediática, han llevado a que sea remasterizada y vuelta a exhibir en salas de cine antes que otras evidentemente con más méritos para ser rescatadas.
Cuarenta años atrás, las controversias comenzaban con la –nada ingenua– elección de la pareja protagónica: aunque se había pensado en Terence Hill y el mexicano Jorge Rivero para el Cholo, el papel recayó finalmente en Carlos Monzón, de nula experiencia actoral (doblado por el actor Luis Medina Castro), en tanto la Mary sería la modelo-vedette Susana Giménez, que en esos tiempos participó en algunas películas menores pero menos artificiosas que la de Tinayre, como La piel del amor (1973, Mario David, junto a Claudio García Satur y Héctor Alterio) y Mi novia, el… (1974/75, Enrique Cahen Salaberry, con Alberto Olmedo y guión de Oscar Viale), antes de cerrarse en una seguidilla de ramplones y redituables productos picarescos acompañando al capocómico de turno. El previsible amorío que surgió entre ambos, más las escenas de desnudos, erotismo y violencia, ayudaron al éxito: estrenada en simultáneo en 40 cines de Capital y el Gran Buenos Aires, una semana después llegaba a Rosario, Córdoba y Mendoza, sumándose pronto otras salas. A la 4ª semana en cartel ya la habían visto 650.000 espectadores.
La canción principal, en la desgarrada interpretación de Marikena Monti, sonaba insistentemente en las radios, en una época en la que era habitual que se editaran, difundieran y vendieran discos con la música de películas argentinas (Juan Moreira, Los gauchos judíos, Boquitas pintadas, Nazareno Cruz y el lobo). El apoyo del público de entonces al cine nacional era igualmente propicio: la consecuencia del estreno sucesivo y exitoso, desde mayo de ese año 1974, de Quebracho, Boquitas pintadas, La gran aventura, La Patagonia rebelde, La Madre María, Yo tengo fe y La tregua, fue que las salas terminaron copadas por películas argentinas, preocupando a compañías estadounidenses que comenzaron a enviar emisarios para averiguar por qué se retrasaba el estreno de sus tanques (en ese sentido, puede señalarse una diferencia con las películas argentinas exitosas en la actualidad, hechas o distribuidas con el beneplácito de las majors).
Tal era el revuelo que poco importaba que José Martínez Suárez se quejara en La Nación porque su libreto –escrito junto a Alberto Giustozzi– había sufrido supresiones y cambios (“Me siento liberado de toda crítica negativa, como así también no destinatario de cualquier elogio”, decía), o que las criticas no fueran demasiado entusiastas (La Nación hacía referencia a su “tono agresivamente folletinesco”, La Opinión a “algunos trucos añejos”, La Prensa consideraba que la música recordaba a la de Verano del 42).
Por supuesto, no está mal que La Mary se recomponga y se exhiba en óptimas condiciones, al menos para conocer o recordar este melodrama recargado, por momentos ridículo, que en aquellas nutridas plateas de los ’70 despertaba más risas que inquietud o emoción.
Lo discutible es el criterio con el que se elige qué recuperar, dentro del amplio abanico de películas argentinas de distintas épocas. En la filmografía de este director nacido en Francia, de sólida formación y afecto a los policiales morbosos e intensos, hay obras mucho más atractivas (A sangre fría, Danza del fuego, Deshonra, sus dramas efectistas de los ‘60), pero sabemos que es resistida la exhibición comercial de películas en blanco y negro. Al mismo tiempo, y teniendo en cuenta que poco antes de La Mary llegaron remasterizadas Los bañeros más locos del mundo (1987, Carlos Galettini) y Tango feroz (1993, Marcelo Piñeyro), y pronto vendrán La historia oficial (1985, Luis Puenzo) y alguna de las protagonizadas por Sandro, la duda es si el principio empleado para elegirlas es puramente exitista. Es como si un museo optara por restaurar sus piezas más vistosas en vez de hacerlo con las que tienen mayor valor. En tanto, considerar a un film un clásico por su interés nostálgico o porque fue muy visto en su momento, vuelve a plantearse como una cuestión a discutir.
Es una lástima, pero así películas como Soñar soñar (1976, Leonardo Favio), Tiempo de revancha (1981, Adolfo Aristarain) o Los días de junio (1984, Alberto Fischerman) dudosamente sean tenidas en cuenta para estos actos de redención pública, ya que no podrían ostentar la dorada estatuilla del Oscar como amuleto ni generarían un evento social con intervención de figuras de la TV endomingadas y aptas para mostrarse sonrientes en la revista Caras.

Por Fernando Varea

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Liviano y luminoso pasatiempo

MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA
(2014, Magic in the moonlight; dir: Woody Allen)

Es el mismo Woody Allen (1935, New York, EEUU) pero distinto. Aunque siempre hábil para los diálogos cáusticos y el dibujo de personajes graciosamente agitados, su juvenil espíritu burlón de los ’70 (Bananas, Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo…) fue virando hacia homenajes y tragicomedias que conformaron su etapa más rica, con films más depurados (Manhattan, Zelig, Broadway Danny Rose, Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados), para después brindar pasatiempos olvidables, en algunos de los cuales, sin embargo, asomó algo de su brillo (Disparos sobre Broadway, Dulce y melancólico, Blue Jasmine). Magia a la luz de la luna se suma a la lista de estos últimos, módicos pero disfrutables aciertos.
Con el marco esplendoroso de la Costa Azul de los años ’20, sigue los pasos de un mago arrogante que intenta poner en ridículo a una joven médium, aunque la tarea se termina complicando. En el comienzo sobreabundan las palabras, pero tras las primeras apariciones de la chica el film cobra vivacidad. La música y el vestuario de época, los jardines rebosantes de flores, las ventanas permeables a la luz del sol veraniego, llevan al espectador a un estado de confortable bienestar burgués, permitiéndole formar parte de la cotidianeidad de estos hombres y mujeres displicentes (no se ve una sola mucama ni nadie que limpie o cocine en esas deslumbrantes mansiones). Si por momentos Allen parece haberse convertido en un James Ivory sarcástico, el aprovechamiento que hace Darius Khondji de la luz natural y los colores de esos sitios le dan a Magia a la luz de la luna una calidez que se agradece.
Allen evidencia aquí, más que en otras ocasiones –y hasta sus detractores deberían reconocerlo–, una notable delicadeza en la composición de los planos, con la cámara encuadrando y acompañando con precisión y elegancia. Aunque ingenua, la secuencia de la repentina tormenta y el posterior acercamiento de la pareja central en un observatorio, está resuelta con un encanto y un profesionalismo difíciles de encontrar en el cine mainstream actual. Lo mismo puede decirse del plano general de la fiesta nocturna en las afueras de la casona envuelta en un halo glamoroso, en el que el director no se regodea. Puede apreciarse incluso alguna decisión poco convencional, por ejemplo cuando se detiene brevemente en un paisaje antes de desviarse a mostrar el coche que se aproxima y, siguiéndolo, volver al paisaje, como si el camarógrafo (o el espectador) se hubiera distraído mirando las montañas.
Aunque con distintas profesiones, edades y apariencias, Woody Allen suele ubicar en sus películas un alter ego: en manos de Colin Firth, el habitual neurótico con la ironía a flor de labios logra ser, en algún momento, ligeramente conmovedor. Como la joven adivina, la excelente Emma Stone (ojos, cejas, sonrisa y corte de cabello que recuerdan a Olga Zubarry joven) contribuye a restarle solemnidad al asunto. El resto –incluyendo Eileen Atkins, notable como una tía perspicaz– cumple su cometido, dentro de un film en el que Allen se luce más como director que como guionista.
Es que, si algo puede reprochársele a Magia a la luz de la luna, es la puerilidad con la que aborda ciertas cuestiones:  el cambio de posición ante un tema es visto como una claudicación; los antagonismos se resuelven sin demasiado conflicto; romanticismo, optimismo, fe religiosa y magia parecen ser lo mismo. Podría decirse que esa liviandad es otro signo reconocible del cine de Allen, tanto como la manera de conducir a pensamientos estimulantes por los retruécanos y chistes dichos por los personajes antes que por el sedimento dejado por una escena pensada en términos visuales.

Por Fernando Varea

http://www.sonyclassics.com/magicinthemoonlight/

Delicada coreografía con bailarines parcos

DOS DISPAROS
(2014; dir. Martín Rejtman)

Al espectador convencido de que el cine que vale es sólo el que emociona y exalta, el que es capaz de inquietarlo con una intriga detectivesca y tranquilizarlo con una moraleja final, seguramente le costará reconocerle méritos al cuarto largometraje de ficción de Martín Rejtman (1961, Buenos Aires). Es que la propuesta de Dos disparos pasa por otro lado.
El comienzo, con su protagonista adolescente, Mariano (Rafael Federman), bailando envuelto en las luces intermitentes de una discoteca, parece invitarnos: bailemos, juguemos, el movimiento es lo que importa. Después de verlo ingresar solo a su casa, cumplir con una rutina veraniega y hallar un revólver escondido, iremos descubriendo que el crescendo narrativo y el costumbrismo son reemplazados aquí por un delicado movimiento de piezas en cada plano, por la musicalidad con la que son coreografiados pequeños gestos, por el divertido cruce de personajes que se expresan con parquedad e interactúan como alelados. No queda claro –y no debería importar– si estamos ante un drama o una comedia: si es un drama (a eso parecen llevar algunos conflictos que se desatan y la inalterable seriedad de sus actores), es suave y desapasionado; si es una comedia, es de las que están hechas para despertar sorpresa y sonrisas antes que sonoras carcajadas.
El film despliega su gracia a través de un uso inteligente del fuera de campo (los misteriosos e insólitos “dos disparos” que ejecuta Mariano sobre su cuerpo), la minuciosa elección de los encuadres y construcción de los planos fijos (hay sólo dos o tres travellings, uno en la bella escena del coche acelerando a orillas del mar), la elección y caracterización de los actores respondiendo a tipos físicos cercanos a personajes de un comic (los adolescentes con su encanto neutro, los adultos con sus tics algo ridículos), la manera con la que Rejtman entrelaza y relaciona hechos triviales (los aparatos telefónicos que no se encuentran o suenan cuando no deben, los pedidos al delivery, los encuentros en un local de comidas rápidas, la búsqueda del perro), los pudorosos destellos de un humor sutil (Liliana/Daniela Pal, con sus modales bruscos y su físico poco glamoroso, aclarando que sus tres hijos son del mismo padre aunque sabemos que dos de ellos son mellizos; la joven pareja que dice estar “separándose” desde hace años; los módicos problemas que le depara a Mariano el andar por la vida con una bala instalada en su cuerpo; las idas y vueltas del cuarteto de flautas y sus discusiones en medio de los ensayos).
En algunos gestos de Dos disparos pueden encontrarse ecos de Buster Keaton, Robert Bresson o algunos cineastas más cercanos en el tiempo (Hal Hartley, Wes Anderson). Sus personajes de inconfundible clase media –con sus características distracciones y limitaciones económicas– parecen, sin embargo, piezas de una maqueta armada con detalles diversos, elementos de un atemporal cuadro de situaciones. La fotografía de Lucio Bonelli y la música barroca interpretada mansamente por Mariano junto a sus esquivos compañeros y su profesor Peter (Walter Jacob, de Historias extraordinarias y Los paranoicos),  conducen a sensaciones agridulces, lejos del efectismo y la incitación a emociones predigeridas.
Es cierto que podría haber (¿por qué no?) un grado mayor de disparate y una resolución más ingeniosa, cerrando con mayor sagacidad el entramado de enredos. Pero Dos disparos exhibe todo el tiempo esa lógica curiosa, esa frescura, esa belleza límpida y sencilla que son el sello de Rejtman, quien (a diferencia de otros directores de lo que algunos han llamado “nuevo cine argentino”) sigue manteniéndose fiel a su estilo, sin especulaciones.

Por Fernando G. Varea

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