Riquezas y riesgos de un festival que se agranda

Los altibajos sufridos a lo largo de sus 29 ediciones (en sus 60 años de existencia, con interrupciones) fueron dándole al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata un perfil equívoco, desdibujando el prestigio de sus primeros años. Afortunadamente, desde que fue reflotado en 1996, de a poco fue adquiriendo identidad. Este año se ubicó cómodamente a la altura de los grandes festivales cinematográficos del mundo, lo cual genera confianza a la vez que entraña algunos riesgos.
Reconfortante ha sido la diversidad y calidad de las películas seleccionadas, que llevaron a los cinéfilos que concurrieron (y a los turistas y ciudadanos marplatenses) a tener siempre a mano algo valioso para ver. Igualmente plausibles fueron la elección de jurados competentes y la presencia de los grandes Paul Schrader y Claire Denis, así como los homenajes destinados a directores y escritores latinoamericanos (Lombardi, Hermosillo, Christensen, Tinayre, Roa Bastos y otros), todo lo cual contribuyó a la imagen respetable del festival. La presentación de varias publicaciones, las charlas abiertas y las proyecciones especiales, con apenas algo de frivolidad asomando en módicas grageas, pusieron en claro que la pasión por el cine –y no la vacía devoción por las estrellas– fue lo importante, y vaya si eso no es algo para celebrar.
El problema es que, al agrandarse, el festival ha comenzado a desbordarse un poco y a ponerse, incluso, exigente con la prensa. Algunos inconvenientes con la carga de entradas on line y la desinformación de los colaboradores los primeros días dejaron en evidencia la inquietud provocada por el exceso de invitados, de funciones y de público. En tanto, cierto menosprecio por los medios chicos fue sufrido en persona por quien esto escribe, que (a diferencia del año pasado) no fue beneficiado con alojamiento ni encontró demasiado apoyo al solicitar alguna entrevista: habrá que ver hasta qué punto en Espacio Cine podremos continuar elogiando la calidez del festival –y seguir cubriéndolo– en los próximos años, tras hacerlo sin inconvenientes durante el último lustro. Por otra parte, tal vez por mimetizarse con festivales influyentes, la Competencia Internacional se mostró contaminada de solemnidad y clisés (prácticamente en todas las películas de esta sección había muertes y enfermedades como posibles atajos para la trascendencia, ademas de apreciarse cánones narrativos y estéticos autorizados).
A estas consideraciones podemos sumar otras: está claro que el recorrido que cada uno hace de un festival depende de sus intereses, así como de sus tiempos y de circunstancias algo azarosas, pero vale el intento de mencionar –a título personal, si se quiere– lo positivo y negativo que hemos podido ver durante estos días intensos.

Lo bueno

  • Los cortos mudos argentinos inéditos, con imágenes documentales de Villa María, Morón, Mendoza y Tierra del Fuego, recientemente recuperados por INCAA TV, exhibidos con el título Rutas argentinas y música en vivo de Fernando Kabusacki y Matías Mango. Encontrarse con esos fragmentos del pasado, esos rostros, calles y paisajes sacados a la luz por primera vez (tras mantenerse ocultos ocho décadas) fue un viaje en el tiempo, un auténtico desfile de misteriosos y amigables fantasmas, una experiencia única y fascinante. Seguramente hubo en esta función más sorpresa y encanto que lo que suele ofrecer la exhibición de cualquier film de moda en 3D, aunque pocos críticos se acercaron ese mediodía a la sala de los Cines del Paseo en la que, desde un rincón, los músicos sonorizaban como auténticos magos las imágenes que parecían salidas de un sueño.
  • La sección Cosmos 70, con la exhibición de material original donado por la familia de Isaac Vainikoff (director de Artkino Pictures en Argentina y responsable de la mítica sala porteña). Ver en pantalla grande un Vertov auténtico, por ejemplo (Tres cantos para Lenin), junto a un público de distintas edades expectante y alborozado, fue un lujo.
  • El spot institucional realizado por Esteban Sapir. Delicado y respetuoso con la historia del festival, con la fisonomía de la ciudad y con los sentimientos del público cinéfilo, no por nada era aplaudido en todas las funciones.
  • La presentación de bandas y DJ’s en el Club de Pesca al finalizar cada jornada, con vista al mar, a un paso del Auditorium y con entrada libre.
  • La cordialidad de José Martínez Suárez, presidente del festival, yendo y viniendo con gusto entre la gente, bastón en mano y siempre simpático a sus 89 años.

Lo malo

  • Algunas desprolijidades en el catálogo, como el hecho de ilustrar la película peruana Ojos que no ven (2003), de Francisco Lombardi, con el afiche de la homónima argentina dirigida por Beda Docampo Feijoó en 1999.
  • La insulsa ceremonia de inauguración, en la que la presencia en el escenario de jurados o invitados y la proyección de material audiovisual fueron reemplazadas por una sucesión de largos discursos.
  • La arrogancia de algunos directores y productores argentinos, poco afectos a dialogar con el público (y, menos aún, a recibir preguntas u observaciones de espectadores poco iniciados) tras la exhibición de sus películas en las Competencias Internacional o Latinoamericana.

Schrader

Presidente del Jurado, el guionista y director Paul Schrader ofreció una charla provechosa, durante la cual estuvo muy dispuesto a escuchar inquietudes de los numerosos asistentes. Algunas de sus reflexiones predisponen, indudablemente, a la discusión: “Si Fellini tuviera que hacer hoy La dolce vita seguramente no haría una película de tres horas sino una serie en capítulos para la web (…) Estamos en una época en la que una película de tres horas o 3 minutos valen lo mismo (…) Vivimos una etapa muy estimulante si no se le teme a lo nuevo (…) La rentabilidad de las películas de superhéroes realizadas en EEUU no depende del público de EEUU sino del de Asia y el resto del mundo (…) El cine es movimiento y hoy menos que nunca tiene sentido hacer films contemplativos para espectadores pasivos. El público necesita participar (…) No sé si actualmente EEUU es el mejor lugar del mundo para hacer películas.”

Los más buscados

Algunos de las funciones más codiciadas por cierto público fueron las correspondientes a las producciones más recientes de Abel Ferrara, Alejandro González Iñárritu y Carlos Vermut.

  • Del estadounidense Ferrara se vio en la función de apertura Pasolini, sobre su controvertido par italiano. Esbozo sobre los últimos días en la vida del director de Teorema, el film logra expresar con acierto algo de su intimidad familiar (incluyendo las visitas de Laura Betti, suerte de amiga excéntrica en la caracterización de María de Medeiros) y explota con furia onírica en ciertos momentos, sobre todo gracias a un seductor trabajo de musicalización. Notable el parecido físico de William Dafoe con PPP, irregular su planteo, tremendo el final.
  • Birdman, filmada por el mexicano Iñárritu con elenco estadounidense, es una  tragicomedia sobre el mundo del espectáculo, a partir de las contradicciones de un actor (el siempre bienvenido Michael Keaton) que busca redimirse con una obra teatral. El director de Biutiful apela al humor esta vez, aunque su mirada sobre el ser humano sigue siendo poco compasiva; divierte, de todos modos, con su clima de nerviosismo e inseguridad propio del ambiente y alguna secuencia muy bien resuelta, como la del protagonista saliendo forzosamente a la calle tras un incidente durante la representación de la obra. La escasa sutileza y unos toques fantásticos que la acercan al pastiche se balancean con la energía de sus actores y su buena música.
  • También era muy esperada Magical girl, del español Vermut (uno de los jurados), ajedrez cínico con más humor negro que ternura. Luis Bermejo, José Sacristán y la hermosa Bárbara Lennie se prestan a este juego agrio que pierde algo de gracia en su último tramo, y que recuerda a los primeros films de Javier Rebollo e incluso al Buñuel de Tristana, especialmente por ciertos secretos que se ocultan perversamente al espectador. Encantado de recibir comentarios de la gente, Vermut decía “No me molesta si me dicen que mi película es una mierda”, algo difícil de oír de boca de nuestros realizadores.

Argentinos internacionales

Había razonablemente expectativas por las películas argentinas de la Competencia Internacional, ya que representaban lo nuevo de Lisandro Alonso, José Celestino Campusano y Ezequiel Acuña, y lo mismo ocurría con la que Raúl Perrone presentó en la Competencia Latinoamericana.

  • Jauja, de Alonso, comienza con actores nacionales y extranjeros involucrados en una especie de aquietado western patagónico a fines del Siglo XIX, casi como el Guerreros y cautivas de Cozarinsky. Cierto envaramiento y la dudosa convicción de los intérpretes argentinos hacen que el misterio tarde en adueñarse del film, hasta que la búsqueda que emprende el protagonista (un capitán danés encarnado por Viggo Mortensen) la dispara hacia un terreno fantasmagórico, hacia otra dimensión quizás. Terminada en formato de cuadro pequeño, con secuencias de una belleza lírica desacostumbrada en el cine actual (todos los planos en los que aparece la bella hija del capitán alcanzan singular fulgor), Jauja no deja de ser, sin embargo, algo antojadiza.
  • En El Perro Molina el quilmeño Campusano sigue a un marginal que pretende vanamente olvidar sus problemas del pasado, rodeado de policías y prostitutas de pueblo chico más un adolescente peligrosamente rebelde. En la modesta opinión de quien esto escribe, la simpleza y la sensación de cercanía del cine de Campusano (esas calles de tierra, esas casas de verdad) siguen sin poder ocultar endeblez dramática, como reflotando el espíritu de cierto cine argentino pretendidamente realista y sacudidor pero finalmente ingenuo y acartonado, habitual en los ‘70 y ’80.
  • El nuevo film de Acuña, en tanto, asomó como un alivio en medio de la Competencia por dirigirse a los espectadores con nobleza y sin exceso de ambiciones. Jóvenes que buscan editar un postergado disco mientras extrañan a un amigo y atraviesan situaciones nunca demasiado graves son los personajes de La vida de alguien, esta melancólica obra hecha de gestos y miradas, de música y recuerdos. Casi un limbo en el que no intervienen adultos, sin salirse de un medio tono que se agradece y se disfruta, tanto como la actuación del expresivo Santiago Pedrero y la presencia luminosa de Ailín Salas.
  • Perrone, por su parte, con Favula parece continuar –acentuar, incluso– la línea iniciada en P3nd3jo5, arrojando personajes apenas garabateados y remotos conflictos con un criterio marcadamente estilizado, envolviendo con música la filigrana compuesta en blanco y negro, eludiendo los diálogos (aunque hay algunos grabados al revés) y experimentando con sobreimpresiones y artificios varios. En cierto momento los trucos empiezan a volverse repetitivos, como una espiral de belleza remilgada que no logra tomar otra dirección, pero como ensayo Favula despierta, cuanto menos, curiosidad.

Extranjeros en competencia

Vistas diez de las doce películas de la Competencia Internacional (incluyendo las argentinas ya mencionadas), resulta difícil encontrar una que mereciera claramente el premio mayor.

  • La coproducción turca-francesa-alemana Come to my voice (Sesime gel), dirigida por Hüseyin Karabey, acompaña a una anciana y su nieta en un periplo intentando salvar al padre de la niña, arrestado presuntamente por ocultar armas. Recursos previsibles (como una especie de fábula que alimenta la imaginación de la nena) y el marco colorido de una aldea kurda del este de Turquía, dan forma a este film menor para el que pareció desmedido el Astor de Oro.
  • Cierto pintoresquismo asoma también en Vientos de agosto, del brasileño Gabriel Mascaro, sobre la vida cotidiana de una joven pareja en un pueblo de pescadores, aunque aquí la exuberancia de la naturaleza y la serenidad con la que se vive en un estado semisalvaje brindan oportunidades para el asombro, comunicándose de manera vívida el contacto con la tierra, el sol y el mar. La aparición del propio director como un cazador de sonidos y algun gag casi final desvían un poco el clima ganado por el film.
  • Con Cavalo Dinheiro el portugués Pedro Costa vuelve a Ventura, su personaje de Juventud en marcha (2006), ahora casi un anciano, perdido en sus ensoñaciones y malos recuerdos mientras deambula por la calle o reflexiona detenido en espacios ruinosos e imprecisos. Una creación alucinada y exigente, con ecos de la frustrada Revolución de los Claveles fundiéndose con el estado de locura del viejo, sin sobresalto alguno más que los concedidos por su lúgubre atmósfera. Extrema en su propuesta, en una de las funciones con público hubo récord de deserciones de la sala.
  • Tanto el francés Mathieu Amalric como el coreano Park Jung-bum eran protagonistas de producciones que ellos mismos dirigieron. La chambre bleue, de Amalric, no es un gran film, pero convirtiendo una novela de Simenon en un thriller pasional de final incierto se torna placentero, con la ayuda de encuadres preciosistas y una perturbadora Stéphanie Cléau. Alive, de Jung-bum, es en cambio más seco, registrando las penurias laborales y familiares de un joven empleado de la construcción a lo largo de tres horas. Tampoco supera el mero registro la coproducción española-colombiana No todo es vigilia, del barcelonense Hermes Paralluelo. La soledad de una pareja de ancianos (encarnados por los propios abuelos del director) es lo que lo motivó a inventariar conversaciones y expresiones cotidianas, sin desprenderse de una mirada casi clínica.
  • Finalmente, la iraní Melbourne constituyó, sin dudas, lo más polémico de la sección. Escrita y dirigida por Nima Javidi, no sale del departamento que una pareja está a punto de abandonar para mudarse a Australia, hasta descubrir que el bebé de una vecina que dormía en una de las habitaciones ha dejado de respirar, incidente que no saben cómo resolver. Una vez más el cine iraní desviando una historia hacia algún punto de fuga, haciendo verdad de una mentira o viceversa, jugando con las certezas. El problema es que aquí el guión manipula demasiado las decisiones de los personajes y que lo que se busca ocultar (de manera casi hitchcockiana) es nada menos que la muerte de una criatura, lo cual no sería demasiado cuestionable si el film de Javidi tuviera otro final. Claro que contra la incomodidad o la angustia que pueden provocar películas como ésta, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata ofrece un buen antídoto: al salir de las salas el mar azul está ahí, a un paso, para recomponerse.

Por Fernando G. Varea

Balance sobre el 28º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (2013) aquí
Imágenes:  fotogramas de Rutas argentinas, Jauja y La vida de alguien.

Mar del Plata 2014: películas argentinas para no dejar pasar

Un derroche de películas promisorias anticipa el 29º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, con numerosas secciones (deseables todas) y nombres como los de Manoel de Oliveira, Frederick Wiseman, Claire Denis, Abel Ferrara, Pedro Costa o Johnny To. No menos apreciables son las actividades especiales, encuentros y presentaciones que se sucederán desde este sábado 22 hasta el 30 de noviembre. Habrá que ver si este avance cuantitativo y cualitativo puede afectar el perfil cálido que viene caracterizando al festival en los últimos años, pero lo seguro es que el clima de fiesta cinéfila parece estar garantizado.
En tanto nos disponemos a dar cuenta del evento en Espacio Cine –publicando en los próximos días reseñas y entrevistas realizadas durante el festival–, rescatamos aquí un puñado de films argentinos que serán exhibidos junto a títulos de José Agustín Ferreyra, Daniel Tinayre, Leopoldo Torre Nilsson y otros, incluyendo el tentador combo de cortos mudos Rutas argentinas, con música en vivo de Fernando Kabusacki, más lo nuevo de Ezequiel Acuña, Lisandro Alonso y José Campusano.
SI MUERO ANTES DE DESPERTAR
(1952, Carlos Hugo Christensen)
Irish adaptado admirablemente por uno de los grandes directores del cine argentino de todos los tiempos. Un mundo infantil cargado de morbosa inquietud, donde un manojo de globos, un dulce, una calesita o un camino sinuoso en un parque se vuelven elementos de un bello cuento de terror, pleno de suspenso y presagios. De Christensen se exhibirán también sus poco difundidas películas filmadas en Brasil.
MÁS ALLÁ DEL OLVIDO
(1955, Hugo del Carril)
Sin gritos, ensombreciendo rostros y rincones, el gran actor-director reflexiona sobre la muerte y los recuerdos con lógica cinematográfica irreprochable, anticipándose a Vértigo (A.Hitchcock) y capitalizando la fotogenia de Laura Hidalgo, con Gloria Ferrandiz y Pedro Laxalt admirables. Intenso y ceremonioso melodrama.
SHUNKO
(1960, Lautaro Murúa)
El libro de Jorge W. Ábalos llevado al cine con honestidad y sensibilidad por el gran Murúa, en su ópera prima como director y uno de sus mejores trabajos como actor. Chicos creíbles, conflictos expresados sin sentimentalismo, música de Waldo de los Ríos, y la educación como algo problemático pero, a la vez, liberador. Uno de los films más valiosos –aunque menos recordados– de los realizados por la llamada Generación del ’60.
EL ACTO EN CUESTIÓN
(1993, Alejandro Agresti)
Juguetes, carteles luminosos, maquetas, títeres, calesitas, vidrios decorados, fuegos artificiales, sobreimpresiones, complejos diseños escenográficos, actores confundidos con el texto: todo es posible en este extraño film de Agresti, de su primera, fructífera etapa como realizador. Aunque el argumento es menor que su despliegue plástico (con Carlos Roffé como un porteño prepotente, característico en la obra de este director), el film rebosa de ideas graciosas e ironiza con desprejuicio sobre la desaparición de objetos y personas.
RÉIMON
(2014, Rodrigo Moreno)
Lúcida mirada sobre el mundo del trabajo, recreando/registrando la vida cotidiana de una joven empleada doméstica que hace largos viajes diarios desde el conurbano bonaerense hasta las casas en las que trabaja. Ficción despojada, de una elegancia formal desacostumbrada en nuestro cine, que, según expresó Moreno cuando lo entrevistamos en el último BAFICI,  procura poner en evidencia “la incomodidad de contar la clase baja desde la clase media”.

Por Fernando G. Varea
Balance sobre el 28º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (2013) aquí

Cuando la naturaleza no se puede controlar

FORCE MAJEURE – LA FUERZA DEL INSTINTO
(Turist, dir: Ruben Östlund)

En la vida de las personas a veces ocurre: un hecho fugaz y fortuito dispara los pensamientos hacia alguna verdad hasta entonces semioculta, desviando lo que se tenía por seguro, distrayendo hasta quitar el sueño.
Es lo que les sucede a Ebba y Tomas, dispuestos a pasar junto a sus pequeños hijos unos días de vacaciones en un enorme hotel en los Alpes franceses, hasta que una avalancha que no causa más que un susto pone en evidencia la actitud que ambos adoptan ante el peligro, haciendo tambalear la armonía familiar que, seguramente, venía dañada de antemano. Coproducción entre Francia, Suecia, Noruega y Dinamarca dirigida por Ruben Östlund (Styrsö, Suecia, 1974), ganadora del Premio del Jurado en la sección Un certain regard del último Festival de Cannes, Force majeure se detiene una y otra vez en esa sensación de zozobra con el imponente paisaje nevado como inquietante marco natural, insuflando al melodrama familiar de las tensiones propias de un film de suspenso y aventura.
Película adulta, intensa, discretamente misteriosa, está narrada en forma cronológica y sin flashbacks, siguiendo día a día la estadía del grupo familiar en el lugar en cuestión. Si bien hay dos o tres incidentes en ese centro de esquí (empezando por el ya mencionado desprendimiento de nieve), son los sentimientos en conflicto y las dudas que afloran entre los personajes los elementos que despiertan la atención del espectador. Las miradas de los actores (notables Johannes Kuhnke y Lisa Loven Kongski, además de quienes encarnan a parejas amigas), sus risas nerviosas y sus gestos, son registrados generalmente en planos fijos, a veces con alguno de ellos total o parcialmente fuera de cuadro, alejándose del cómodo plano-contraplano televisivo y poniendo a los espectadores en un rol similar al de un empleado del hotel que suele observar lo que ocurre desde lejos, con curiosidad.
“Tienen todo controlado” se autoconvence Tomas, cuando el desmoronamiento no parece tan inocuo. El film reflexiona, precisamente, acerca de cómo preferimos creer que todo puede estar bajo control hasta que las fuerzas de la naturaleza o del instinto terminan sorprendiéndonos y desestabilizándonos.
Por otra parte, los esquiadores deslizándose silenciosamente o alguna luz lejana en medio de la noche azul aportan una belleza extraña, como si nada allí fuera del todo seguro aunque tampoco demasiado desagradable (tal vez como en el seno de toda familia): por momentos, los personajes parecen muñecos en una enorme maqueta cubierta de telgopor blanco y algodón. Por esa elaborada planificación cubierta con música de Vivaldi podría peligrar la carga emocional del film, pero Östlund sabe cómo lograr verismo e inquietar recurriendo, por ejemplo, a un festejo de cumpleaños en el fondo del cuadro mientras dos parejas dialogan en el bar del hotel, o haciendo aparecer sorpresivamente un juguete volador. Se suman dos o tres situaciones en el tramo final como provechosas codas, agregando piezas al dibujo psicológico de los personajes y, en definitiva, a la discusión. Es que, explorando las relaciones humanas con un dejo irónico pero sin crueldad, Force majeure compromete al debate posterior.
El final recuerda a El discreto encanto de la burguesía (1972, Luis Buñuel), y seguramente no es casual: Force majeure altera con lucidez el espacio confortable del matrimonio burgués y otras certezas.

Por Fernando Varea

El fin justifica la variedad de medios

HACERSE LA CRÍTICA / PAMPA BÁRBARA
(Ediciones Biebel, 2014)

Algunas características de esta publicación dejan al descubierto dos tópicos de nuestra actualidad atravesada por el desacomodo, respecto a la crítica de cine e incluso al estado del periodismo: por un lado cierta desorientación, que lleva a buscar medio a tientas caminos alternativos para exponer el trabajo propio, y, al mismo tiempo, la necesidad de no dejar de escribir y de encontrar, donde sea y como sea, lectores interesados. Es que Pampa bárbara es una revista con formato de libro que reúne textos publicados en un sitio web que antes fue blog, con algo del estilo que identificaba a la publicación gráfica y ahora digital El Amante, de donde proviene su director/editor.
Hay en este equipo algo de calentura por hacer, lo cual deriva en un proyecto que muta sin encontrar una forma estable, con cierta improvisación encontrándose con una fuerte, contagiosa pasión por el cine. Pampa bárbara expone esa condición de búsqueda, desorientando un poco al lector desinformado con el nombre del sitio (Hacerse la crítica) en letras más grandes que el de la revista-libro, que aparece en un ángulo de la portada junto a la fecha Marzo 2014 y una foto que no se indica por qué fue elegida ni de qué película es. La edición es muy buena, sin embargo, y aunque no hubiera estado mal agregar mayor información sobre películas y directores mencionados, la lectura de los textos permite descubrir que –más allá de los detalles señalados– constituye un eficaz medio para pensar y discutir el cine. Tal vez más aún que el propio sitio, que ya desde su nombre hasta el hecho de titular alguna crítica Una película de mierda, no esconde un tono repentino y provocador.
Quienes escriben en la revista-libro son tantos como en el sitio web, y de hecho se extrañan referencias que permitan saber algo de la formación de cada uno de ellos. Lo mejor está en los textos de Marcos Vieytes, Roberto Pagés, Hernán Ballota y Fernando Martín Peña.
Leer los escritos de Vieytes es un placer, por su ecuanimidad y calidad para expresarse. Lo demuestra lo que escribió sobre Bella addormentata (a lo que no le sobra ni le falta una palabra), aunque Vieytes es brillante también cuando señala que un crítico debe “erosionar el culto”, que con Titanes del pacífico “Guillermo del Toro continúa la progresiva deshumanización y desmaterialización de las imágenes” o que Marcelo Piñeyro hace un “cine abiertamente burgués”, cuando examina La noche más oscura, The act of killing, 5 cámaras rotas y Declaración de vida o coteja Argo con Hitchcock y el cine de los ’70. Son muy lúcidos sus análisis de películas argentinas como asimismo del grotesco, que salva del menosprecio de un colega. Incluso films que a quien esto escribe le han inspirado desconfianza, como Django sin cadenas, Diablo o los de Campusano, son defendidos por Vieytes con argumentos esforzados pero atendibles. Sólo podría impugnársele el emparentamiento de Reality con el varieté o con un “viejo programa ómnibus” por el desfile de “números diversos que no articulan un discurso claro y homogéneo”: cabría preguntarse hasta qué punto eso no ocurría, de alguna manera, en la obra de Fellini (inevitable no pensar en Ginger y Fred). Por otra parte, una que otra referencia personal trae el recuerdo de las críticas impresionistas y algo narcisistas que eran habituales en El Amante.
Ballota describe con claridad lo que denomina “los fantasmas líquidos del neoliberalismo”, a propósito del cine de Christian Petzold. Pagés ofrece una notable crítica de Las razones del corazón y perspicaces reflexiones antes y después de describir el argumento de Samurai. De Peña, por su parte, se rescata una crónica de su paso por el Festival de Cine Mudo de Pordenone, escrita con su acostumbrada sapiencia envuelta en informalidad, con una linda referencia a Fabio Manes que sirve de broche para cerrar la revista-libro.
Pero hay más. Fernando Juan Lima aporta buenos datos sobre el apoyo del INCAA al cine argentino durante 2008/2013, aunque “no para avalar a quienes aconsejan dejar de invertir en el cine”, como aclara razonablemente. Gustavo Gros se detiene con agudeza en los conceptos de caída y ciudadanía, a partir de Elysium. Marcos Rodríguez manifiesta sobre el cine de Marcelo Piñeyro dudas que desde acá compartimos. Aunque demasiado generoso con Danny Boyle, Hernán Gómez escribe un buen texto sobre En trance, de la misma manera que Gabriel Orqueda lo hace sobre títulos y directores poco difundidos, y Paula Vázquez Prieto acerca del Hollywood sin censura previo al Código Hays y algunos estrenos, tal vez excediéndose en citas ajenas. En tanto, es muy bueno el examen que Emiliano Oviedo hace de Antes del anochecer, así como pueden objetársele repeticiones a su crítica de El conjuro y discutírsele la idea de que la búsqueda de evidencias para comprender el horror es un problema y no una necesidad ancestral del ser humano.
Al resto pueden rebatírsele más cosas. Las críticas de Eduardo Rojas sobre César debe morir y Reality son tan buenas como la descripción que hace de las caracterizaciones de Perón en el cine (estudiando la voz y el físico del líder con una minuciosidad cercana al delirio); no obstante, flaquea con su innecesaria nota sobre el hábito de ir al baño o al detenerse en las “gomas” de Celine en Antes del anochecer (vocabulario que recuerda al de Nuria Silva y Martín Fernández Cruz al ocuparse de Spring breakers y Motorway respectivamente, en lo que parecen desgrabaciones de charlas con amigos cerveza por medio). En cuanto a su texto sobre La cacería, podría corregírsele que si Aristarain no ha mostrado muertes en alguna de sus películas seguramente no ha sido por pudor.
Josefina García Pullés, además de considerar como defectos de Bella addormentata elementos que podrían considerarse precisamente sus aciertos, demuestra una tendencia a detallar el argumento de las películas y a deslizar consideraciones un poco obvias, como aquello de que la comedia permite sobrellevar hechos cotidianos: lo mismo puede decirse de Luciano Alonso cuando afirma, por ejemplo, que la cuestión de fondo en un film es “quiénes son los buenos y quiénes los malos y por qué.”
El comentario de Gabriela López Zubiría sobre los “villeros”, al hablar de Diagnóstico Esperanza, es tan previsible como anacrónico el hecho que destaque “el mensaje” del documental. Ignacio Izaguirre escribe con imprevisión y enardecimiento, arriesgándose al ubicarnos (a los espectadores de cine, a los lectores de su crítica), como los colonos israelíes, “del lado de la abundancia”. El informe de Nuria Silva sobre los payasos es interesante sin ser exhaustivo, aunque suena afectada su definición de Diablo como “película peronista” (si es que eso significa algo a esta altura de la historia argentina). Paola Menéndez, quien hace un buen repaso de los zombies en el cine a propósito de Guerra Mundial Z, evidencia cierta inclinación a las conclusiones terminantes, sumándose Santiago Martínez Cartier y Raúl Escobar escribiendo sobre películas poco vistas.
El abanico de múltiples y dispersas oportunidades de debate que brinda Pampa bárbara se completa con las opiniones de dos directores reconocidos: Juan José Campusano y Adrián Caetano (cuyo documental NK es objeto de un democrático análisis en la publicación). Si Campusano emplea en un momento la desatinada expresión “las incongruencias del Hollywood de siempre”, no resulta menos provocador o imprudente que Caetano –a quien la gente de Haciendo la crítica vincula al peronismo– sostenga que no hay “nada mejor para un espectador que un cine en silencio”.

Por Fernando G. Varea

La levedad del ser

BOYHOOD- MOMENTOS DE UNA VIDA
(2002/2014; dir: Richard Linklater)

Si Boyhood (Oso de Oro en Berlín y Premio FIPRESCI en San Sebastián) es una película atendible –aunque no brillante– no es porque haya sido realizada a lo largo de doce años con los mismos actores, dejando en evidencia los cambios físicos que impone el paso del tiempo, sino por su calidez y sobriedad. Lo primero indudablemente le imprime realismo, pero debería verse como un recurso en función de lo importante: lo que procura contar o expresar.
Por eso es válido preguntarse qué generaría la película si en vez de apelar a esa curiosa, demorada manera de recorrer la historia de sus personajes, lo hubiera hecho simplemente con un afinado trabajo de casting, trucos y maquillaje. O, lo que es lo mismo, qué puede sentir un espectador que no sepa que los chicos son siempre Ellar Coltrane y Lorelei Linklater (hija del realizador), y no actores de distintas edades físicamente parecidos.
Lo que queda entonces, y lo que vale, es una reflexión sobre el devenir de un pibe (Mason/Coltrane), su hermana y sus padres, sin estridencias ni sorpresas; un cuadro de situaciones más o menos cotidianas en las que el espectador (sobre todo el de clase media ilustrada) puede reconocerse, con los saltos en el tiempo y los elementos representativos de cada época (canciones, juegos, referencias a la vida cultural y política de EEUU) atinadamente presentados sin subrayados. En cierto sentido, puede decirse que Boyhood es una suerte de Forrest Gump (1994, Robert Zemeckis) mucho más sutil y menos manipuladora.
El problema es que el itinerario por la vida de Mason está impregnado de una levedad que, de algún modo, conspira contra las expectativas de quienes entregamos casi tres horas de nuestro tiempo para conocerlo. Siempre será más atractivo el día a día de alguien distinto que de quien se muestra como el prototipo de un chico/adolescente normal. O, en todo caso, lo que interesa es descubrir qué tiene para contarnos un ser humano sobre su existencia que no sea lo que ya sabemos o suponemos.
Aunque algo inquieto en su infancia, Mason crece siendo a todas luces buen hijo, estudiante responsable, trabajador, no adicto a nada, rubio, heterosexual, amable con los adultos, sin amigos peligrosos, algo desapasionado incluso. Lo que lo rodea tampoco escapa al estereotipo: al padre no le gusta mucho el trabajo pero es cordial y amigable, la madre es disciplinada aunque comprensiva, la hermana madura rápidamente. Todos ellos son tolerantes, políticamente correctos y apoyan a Barack Obama; en oposición, parejas y amigos lucen conservadores, frívolos o violentos. Por otra parte, los problemas económicos se superan a fuerza de voluntad y nada –casa, trabajo, estudio– parece inaccesible: aunque se deslizan por ahí comentarios perspicaces sobre los intereses que activaron la guerra en Irak, se plasma una imagen de Estados Unidos bastante idílica, donde quien quiere algo lo logra y el punto de encuentro suele ser la reunión familiar alrededor de una mesa adornada con flores.
Si la intención de Linklater fue representar la vida tal como es, entonces faltan muertes y enfermedades, por ejemplo. Posiblemente el director quiso ser amable y eso podría agradecérsele, pero teniendo en cuenta lo ambicioso de su proyecto, la liviandad de Boyhood resulta improcedente.
“Pensé qué habría algo más” dice la madre hacia el final, en referencia a la sucesión de nacimientos, noviazgos, casamientos, divorcios, graduaciones y mudanzas que ha vivido. Y, en realidad, la vida sí es algo más, salvo que se la restrinja a esos acontecimientos exteriores, como precisamente hace Linklater. En los melodramas la vida de un personaje también es atravesada por esos eventos, pero con una intensidad y un sino trágico que los elevan hacia el terreno de lo excepcional e incluso de lo sobrenatural. En Boyhood la vida de Mason es demasiado previsible y pronto se sospecha que tras las primeras salidas con amigos vendrán la primera novia, la graduación, el primer empleo, etc. Tal vez por eso termina pareciéndose a un simple álbum familiar. Por otra parte, las secuencias en montañas y bosques, más algunos pensamientos dichos en voz alta y al pasar, fuerzan el mensaje que debe recibir el espectador.
No dejan de ser interesantes los intentos de Linklater por discurrir sobre el paso del tiempo: es el mismo que filmó sucesivamente, con la misma pareja protagónica, Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer (experimento considerado original aunque hubo otros casos, como Peter Bogdanovich repitiendo actores y personajes de La última película en Texasville), y ahora mismo está embarcado en una “secuela espiritual” de Rebeldes y confundidos (1993). Igualmente provechosa es su afición por disparar ideas sobre la vida con toda su riqueza, como lo hizo en Despertando a la vida (2001). Sin embargo, como guionista y director evidencia más entusiasmo que madurez. Hay en él un niño-grande, un adolescente eterno, que no por nada para Boyhood prefirió centrarse en una persona que crece desde los 6 hasta los 19 años y no, por ejemplo, de los 30 a los 45.
Sin subestimar sus méritos (los de Boyhood, que los tiene, y los de la obra de Linklater en general), cuesta entender la manera en que ha llegado a ser venerado por tantos críticos y cinéfilos. Quizás sea porque, a través de sus películas, no se lo ve como a un artista inaccesible sino como un amigo medio hippón y progre, con inquietudes e intereses que da gusto compartir.

Por Fernando G. Varea

http://boyhoodmovie.tumblr.com/