La levedad del ser

BOYHOOD- MOMENTOS DE UNA VIDA
(2002/2014; dir: Richard Linklater)

Si Boyhood (Oso de Oro en Berlín y Premio FIPRESCI en San Sebastián) es una película atendible –aunque no brillante– no es porque haya sido realizada a lo largo de doce años con los mismos actores, dejando en evidencia los cambios físicos que impone el paso del tiempo, sino por su calidez y sobriedad. Lo primero indudablemente le imprime realismo, pero debería verse como un recurso en función de lo importante: lo que procura contar o expresar.
Por eso es válido preguntarse qué generaría la película si en vez de apelar a esa curiosa, demorada manera de recorrer la historia de sus personajes, lo hubiera hecho simplemente con un afinado trabajo de casting, trucos y maquillaje. O, lo que es lo mismo, qué puede sentir un espectador que no sepa que los chicos son siempre Ellar Coltrane y Lorelei Linklater (hija del realizador), y no actores de distintas edades físicamente parecidos.
Lo que queda entonces, y lo que vale, es una reflexión sobre el devenir de un pibe (Mason/Coltrane), su hermana y sus padres, sin estridencias ni sorpresas; un cuadro de situaciones más o menos cotidianas en las que el espectador (sobre todo el de clase media ilustrada) puede reconocerse, con los saltos en el tiempo y los elementos representativos de cada época (canciones, juegos, referencias a la vida cultural y política de EEUU) atinadamente presentados sin subrayados. En cierto sentido, puede decirse que Boyhood es una suerte de Forrest Gump (1994, Robert Zemeckis) mucho más sutil y menos manipuladora.
El problema es que el itinerario por la vida de Mason está impregnado de una levedad que, de algún modo, conspira contra las expectativas de quienes entregamos casi tres horas de nuestro tiempo para conocerlo. Siempre será más atractivo el día a día de alguien distinto que de quien se muestra como el prototipo de un chico/adolescente normal. O, en todo caso, lo que interesa es descubrir qué tiene para contarnos un ser humano sobre su existencia que no sea lo que ya sabemos o suponemos.
Aunque algo inquieto en su infancia, Mason crece siendo a todas luces buen hijo, estudiante responsable, trabajador, no adicto a nada, rubio, heterosexual, amable con los adultos, sin amigos peligrosos, algo desapasionado incluso. Lo que lo rodea tampoco escapa al estereotipo: al padre no le gusta mucho el trabajo pero es cordial y amigable, la madre es disciplinada aunque comprensiva, la hermana madura rápidamente. Todos ellos son tolerantes, políticamente correctos y apoyan a Barack Obama; en oposición, parejas y amigos lucen conservadores, frívolos o violentos. Por otra parte, los problemas económicos se superan a fuerza de voluntad y nada –casa, trabajo, estudio– parece inaccesible: aunque se deslizan por ahí comentarios perspicaces sobre los intereses que activaron la guerra en Irak, se plasma una imagen de Estados Unidos bastante idílica, donde quien quiere algo lo logra y el punto de encuentro suele ser la reunión familiar alrededor de una mesa adornada con flores.
Si la intención de Linklater fue representar la vida tal como es, entonces faltan muertes y enfermedades, por ejemplo. Posiblemente el director quiso ser amable y eso podría agradecérsele, pero teniendo en cuenta lo ambicioso de su proyecto, la liviandad de Boyhood resulta improcedente.
“Pensé qué habría algo más” dice la madre hacia el final, en referencia a la sucesión de nacimientos, noviazgos, casamientos, divorcios, graduaciones y mudanzas que ha vivido. Y, en realidad, la vida sí es algo más, salvo que se la restrinja a esos acontecimientos exteriores, como precisamente hace Linklater. En los melodramas la vida de un personaje también es atravesada por esos eventos, pero con una intensidad y un sino trágico que los elevan hacia el terreno de lo excepcional e incluso de lo sobrenatural. En Boyhood la vida de Mason es demasiado previsible y pronto se sospecha que tras las primeras salidas con amigos vendrán la primera novia, la graduación, el primer empleo, etc. Tal vez por eso termina pareciéndose a un simple álbum familiar. Por otra parte, las secuencias en montañas y bosques, más algunos pensamientos dichos en voz alta y al pasar, fuerzan el mensaje que debe recibir el espectador.
No dejan de ser interesantes los intentos de Linklater por discurrir sobre el paso del tiempo: es el mismo que filmó sucesivamente, con la misma pareja protagónica, Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer (experimento considerado original aunque hubo otros casos, como Peter Bogdanovich repitiendo actores y personajes de La última película en Texasville), y ahora mismo está embarcado en una “secuela espiritual” de Rebeldes y confundidos (1993). Igualmente provechosa es su afición por disparar ideas sobre la vida con toda su riqueza, como lo hizo en Despertando a la vida (2001). Sin embargo, como guionista y director evidencia más entusiasmo que madurez. Hay en él un niño-grande, un adolescente eterno, que no por nada para Boyhood prefirió centrarse en una persona que crece desde los 6 hasta los 19 años y no, por ejemplo, de los 30 a los 45.
Sin subestimar sus méritos (los de Boyhood, que los tiene, y los de la obra de Linklater en general), cuesta entender la manera en que ha llegado a ser venerado por tantos críticos y cinéfilos. Quizás sea porque, a través de sus películas, no se lo ve como a un artista inaccesible sino como un amigo medio hippón y progre, con inquietudes e intereses que da gusto compartir.

Por Fernando G. Varea

http://boyhoodmovie.tumblr.com/

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8 pensamientos en “La levedad del ser

  1. Hay cuestiones como una cierta “tibieza”, falta de pasión, que atraviesa el film, que coincido (en parte). Pero hay algo en tu análisis que no comparto. Y es tratar de analizar el mismo “haciendo como si” no se hubiera hecho como se hizo, a lo largo de 12 años, con los mismos actores. Cual es el punto? Es una falacia. Esa forma de encarar la producción del film, es inseparable de su guión, es su columna vertebral, y determina también el relato. Es una valiente decisión artísitica que la acerca a lo experimental, y es la génesis misma de la idea, del relato y de las circunstancias de los personajes. Y es innegable que esa decisión genera un impacto enorme en el espectador, en la forma de vincularse emocionalmente con los personajes al verlos crecer, engordar, cambiar físicamente, sin artificios. Su experimento busca atrapar el tiempo, condensarlo en unas horas, y meter al espectador en esa cápsula. Y lo logra.

  2. Estimado Diego:
    Gracias por tu comentario. La verdad es que no tengo mucho más para agregar que lo que escribí: sigo pensando que el experimento de filmar durante tantos años es interesante en tanto idea o proyecto, pero el resultado final (el film terminado) no me resultó especialmente movilizador. La ficción empleada (como excusa, digamos) para tal experimento, me pareció bastante insípida. Y, en general, me pareció una película sensible pero convencional (a pesar de su forma de producción tan poco convencional).

  3. gracias por tu respuesta, esta bueno el blog, lo descubrí recientemente,

  4. Que tiene de especial Mason como para ocupar tres horas en conocer sobre su vida. Es un niño que llega a la adolescencia como la gran mayoría de todos. Me resultó monótona, como si hubiese ido a una fiesta de 15 años en donde te pasan en una pantalla las fotografías de la quinceañera desde su infancia hasta la época actual; nada relevante, es la vida misma que todos conocemos. Entonces, para que ir a verla al cine?, este era un niño que entró a la primaria, depués a la secundaria, después a la universidad, y tuvo amigos, y su primera novia, y su primer trabajo……¿y?

  5. Exactamente, Mario, es lo que yo también pienso de la película. Buena tu comparación con un video para una fiesta de 15… Pienso que se podría haber hecho una suerte de documental (algo así como TARNATION) o inventar una historia de ficción distinta, y el resultado hubiera sido mejor. Encima el pibe cuando se hace adolescente se convierte en un flaco bastante inexpresivo.

  6. Hola Fernando, la vi anoche y hoy busqué tu crítica porque sabía que iba a coincidir con vos. Me parece que la película se queda en el laburo de haber sido filmada durante 12 años sin mucho más atractivo que ese, y es tal cual lo que vos decís acá arriba!…de nenito el chico como que tiene cierto atractivo, al principio se ve un pequeño actor que va a ir creciendo y nos va a ir metiendo y atrapando en la historia, pero a medida que pasa el tiempo se convierte en un “flaco inexpresivo”. Los actores que hacen de padres están bien, pero tampoco hacen la diferencia, y por su última escena a Patricia Arquette podrían mandarla a la hoguera de los actores y nadie la defendería. Linklater, que en varias de sus películas se ha caraterizado por mostrar reflexiones largas, pero muy interesantes (con gran carga de íronía), sobre determinadas etapas en la vida de los adultos, no puede hacer lo mismo durante las etapas que muestra la película de la vida de este chico, y parecería que ni siquiera lo intenta.
    La duración de la película podría ser perdonada si el resultado fuese otro. Ahora entiendo porqué sólo duró una semana cuando se estrenó en Rosario el año pasado.

  7. Gracias Diego!
    Para mí, la duración de una película no es un problema si ésta me interesa. Tampoco me molesta el medio tono y la falta de estridencias, siempre y cuando lo que se cuenta tenga suficiente riqueza o belleza. Sin negar su sensibilidad, para mí BOYHOOD tuvo sabor a poco.

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