El fin justifica la variedad de medios

HACERSE LA CRÍTICA / PAMPA BÁRBARA
(Ediciones Biebel, 2014)

Algunas características de esta publicación dejan al descubierto dos tópicos de nuestra actualidad atravesada por el desacomodo, respecto a la crítica de cine e incluso al estado del periodismo: por un lado cierta desorientación, que lleva a buscar medio a tientas caminos alternativos para exponer el trabajo propio, y, al mismo tiempo, la necesidad de no dejar de escribir y de encontrar, donde sea y como sea, lectores interesados. Es que Pampa bárbara es una revista con formato de libro que reúne textos publicados en un sitio web que antes fue blog, con algo del estilo que identificaba a la publicación gráfica y ahora digital El Amante, de donde proviene su director/editor.
Hay en este equipo algo de calentura por hacer, lo cual deriva en un proyecto que muta sin encontrar una forma estable, con cierta improvisación encontrándose con una fuerte, contagiosa pasión por el cine. Pampa bárbara expone esa condición de búsqueda, desorientando un poco al lector desinformado con el nombre del sitio (Hacerse la crítica) en letras más grandes que el de la revista-libro, que aparece en un ángulo de la portada junto a la fecha Marzo 2014 y una foto que no se indica por qué fue elegida ni de qué película es. La edición es muy buena, sin embargo, y aunque no hubiera estado mal agregar mayor información sobre películas y directores mencionados, la lectura de los textos permite descubrir que –más allá de los detalles señalados– constituye un eficaz medio para pensar y discutir el cine. Tal vez más aún que el propio sitio, que ya desde su nombre hasta el hecho de titular alguna crítica Una película de mierda, no esconde un tono repentino y provocador.
Quienes escriben en la revista-libro son tantos como en el sitio web, y de hecho se extrañan referencias que permitan saber algo de la formación de cada uno de ellos. Lo mejor está en los textos de Marcos Vieytes, Roberto Pagés, Hernán Ballota y Fernando Martín Peña.
Leer los escritos de Vieytes es un placer, por su ecuanimidad y calidad para expresarse. Lo demuestra lo que escribió sobre Bella addormentata (a lo que no le sobra ni le falta una palabra), aunque Vieytes es brillante también cuando señala que un crítico debe “erosionar el culto”, que con Titanes del pacífico “Guillermo del Toro continúa la progresiva deshumanización y desmaterialización de las imágenes” o que Marcelo Piñeyro hace un “cine abiertamente burgués”, cuando examina La noche más oscura, The act of killing, 5 cámaras rotas y Declaración de vida o coteja Argo con Hitchcock y el cine de los ’70. Son muy lúcidos sus análisis de películas argentinas como asimismo del grotesco, que salva del menosprecio de un colega. Incluso films que a quien esto escribe le han inspirado desconfianza, como Django sin cadenas, Diablo o los de Campusano, son defendidos por Vieytes con argumentos esforzados pero atendibles. Sólo podría impugnársele el emparentamiento de Reality con el varieté o con un “viejo programa ómnibus” por el desfile de “números diversos que no articulan un discurso claro y homogéneo”: cabría preguntarse hasta qué punto eso no ocurría, de alguna manera, en la obra de Fellini (inevitable no pensar en Ginger y Fred). Por otra parte, una que otra referencia personal trae el recuerdo de las críticas impresionistas y algo narcisistas que eran habituales en El Amante.
Ballota describe con claridad lo que denomina “los fantasmas líquidos del neoliberalismo”, a propósito del cine de Christian Petzold. Pagés ofrece una notable crítica de Las razones del corazón y perspicaces reflexiones antes y después de describir el argumento de Samurai. De Peña, por su parte, se rescata una crónica de su paso por el Festival de Cine Mudo de Pordenone, escrita con su acostumbrada sapiencia envuelta en informalidad, con una linda referencia a Fabio Manes que sirve de broche para cerrar la revista-libro.
Pero hay más. Fernando Juan Lima aporta buenos datos sobre el apoyo del INCAA al cine argentino durante 2008/2013, aunque “no para avalar a quienes aconsejan dejar de invertir en el cine”, como aclara razonablemente. Gustavo Gros se detiene con agudeza en los conceptos de caída y ciudadanía, a partir de Elysium. Marcos Rodríguez manifiesta sobre el cine de Marcelo Piñeyro dudas que desde acá compartimos. Aunque demasiado generoso con Danny Boyle, Hernán Gómez escribe un buen texto sobre En trance, de la misma manera que Gabriel Orqueda lo hace sobre títulos y directores poco difundidos, y Paula Vázquez Prieto acerca del Hollywood sin censura previo al Código Hays y algunos estrenos, tal vez excediéndose en citas ajenas. En tanto, es muy bueno el examen que Emiliano Oviedo hace de Antes del anochecer, así como pueden objetársele repeticiones a su crítica de El conjuro y discutírsele la idea de que la búsqueda de evidencias para comprender el horror es un problema y no una necesidad ancestral del ser humano.
Al resto pueden rebatírsele más cosas. Las críticas de Eduardo Rojas sobre César debe morir y Reality son tan buenas como la descripción que hace de las caracterizaciones de Perón en el cine (estudiando la voz y el físico del líder con una minuciosidad cercana al delirio); no obstante, flaquea con su innecesaria nota sobre el hábito de ir al baño o al detenerse en las “gomas” de Celine en Antes del anochecer (vocabulario que recuerda al de Nuria Silva y Martín Fernández Cruz al ocuparse de Spring breakers y Motorway respectivamente, en lo que parecen desgrabaciones de charlas con amigos cerveza por medio). En cuanto a su texto sobre La cacería, podría corregírsele que si Aristarain no ha mostrado muertes en alguna de sus películas seguramente no ha sido por pudor.
Josefina García Pullés, además de considerar como defectos de Bella addormentata elementos que podrían considerarse precisamente sus aciertos, demuestra una tendencia a detallar el argumento de las películas y a deslizar consideraciones un poco obvias, como aquello de que la comedia permite sobrellevar hechos cotidianos: lo mismo puede decirse de Luciano Alonso cuando afirma, por ejemplo, que la cuestión de fondo en un film es “quiénes son los buenos y quiénes los malos y por qué.”
El comentario de Gabriela López Zubiría sobre los “villeros”, al hablar de Diagnóstico Esperanza, es tan previsible como anacrónico el hecho que destaque “el mensaje” del documental. Ignacio Izaguirre escribe con imprevisión y enardecimiento, arriesgándose al ubicarnos (a los espectadores de cine, a los lectores de su crítica), como los colonos israelíes, “del lado de la abundancia”. El informe de Nuria Silva sobre los payasos es interesante sin ser exhaustivo, aunque suena afectada su definición de Diablo como “película peronista” (si es que eso significa algo a esta altura de la historia argentina). Paola Menéndez, quien hace un buen repaso de los zombies en el cine a propósito de Guerra Mundial Z, evidencia cierta inclinación a las conclusiones terminantes, sumándose Santiago Martínez Cartier y Raúl Escobar escribiendo sobre películas poco vistas.
El abanico de múltiples y dispersas oportunidades de debate que brinda Pampa bárbara se completa con las opiniones de dos directores reconocidos: Juan José Campusano y Adrián Caetano (cuyo documental NK es objeto de un democrático análisis en la publicación). Si Campusano emplea en un momento la desatinada expresión “las incongruencias del Hollywood de siempre”, no resulta menos provocador o imprudente que Caetano –a quien la gente de Haciendo la crítica vincula al peronismo– sostenga que no hay “nada mejor para un espectador que un cine en silencio”.

Por Fernando G. Varea

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