El vértigo de reencontrarse

AVE FÉNIX
(2014, Phoenix; dir: Christian Petzold)

Desde el inquietante comienzo hasta el tenso, extraordinario final, Ave Fénix desarrolla su melodramática historia con rigor, concisión dramática e interés por oír los ecos de la Historia.
En torno a Nelly Lenz, judía alemana sobreviviente de un campo de concentración que vuelve a su ciudad para someterse a una cirugía estética y buscar al hombre que amó, Christian Petzold (Hilden, Alemania, 1960) introduce al espectador en la Alemania de postguerra hecha de sombras y niebla, calles sembradas de escombros, turbios cabarets despertando en la noche y fríos hospitales y moradas por donde hombres y mujeres deambulan –mezquinos, cómplices, desorientados– durante el día. El cuadro de época y lugar se intuye cercano, con sus olores y sensaciones: saborear una comida o escuchar un disco pueden servirle a Nelly para reencontrarse consigo misma.
Dentro de una estructura propia del cine clásico, el guión escrito por Petzold (Yella, Bárbara) con la colaboración del gran Harun Farocki, es perfecto, sin pasos en falso. Podría parecer desatinado en otras manos, pero la delicadeza con la que la cámara capta cada mirada de soslayo y cada gesto, más las actuaciones sin exabruptos de Ronald Zehrfeld (el hombre amado por Nelly), Nina Kunzendorf (la amiga que la protege y le transmite razonable desconfianza en ese hombre) y, sobre todo, la protagonista Nina Hoss (admirable con sus ojos asustados, su fragilidad a flor de piel, su encanto y dignidad asomando temerosamente), hacen de Ave Fénix un derrotero apasionante. Un poco como en Ida (Pawel Pawlikowski), se detiene en heridas abiertas de la Europa sacudida por el nazismo a partir de una de las tantas historias laterales, posibles, derivadas de la tragedia.
En la película de Petzold (premio FIPRESCI en la última edición del Festival de San Sebastián) hay, también, una reflexión nada desdeñable sobre la puja entre el amor por una persona y las convicciones personales, y sobrias evocaciones a la memoria cinéfila, desde aquellos antros y siluetas espectrales del expresionismo alemán hasta la misteriosa encarnación de la mujer deseada que recuerda a Vértigo (1958, Alfred Hitchcock), demostrando que esas piezas ya son parte de la Historia tanto como las culpas en la Alemania postnazi o el rescate a tientas de la propia identidad en los sobrevivientes de las guerras y la violencia que –en distintas latitudes– atravesaron el siglo XX.

Por Fernando G. Varea

Jugando a reconstruir el pasado

SERÉ MILLONES
(2013; dir: Omar Neri / Fernando Krichmar / Mónica Simoncini)

Es saludable que nuestro cine siga sumando abordajes más informales y elásticos de los tiempos de ardorosa militancia política y conatos revolucionarios en nuestro país, que –es esencial recordarlo– en aquellos convulsionados años ’60 y ’70 reflejaban y refractaban otros países de Latinoamérica y el resto del mundo.
Sin énfasis ni solemnidad, y sin poder (o sin querer) eludir cierta mitificación del período, Seré millones, el mayor golpe a las finanzas de una dictadura juega a reconstruir un singular episodio de ese pasado. Dirigida, escrita y editada por Omar Neri, Fernando Krichmar y Mónica Simoncini, la película intenta recrear la historia de un robo delirante con final feliz y propósitos que hoy parecen insólitos: sin un plan demasiado complejo ni recurrir a la violencia, seis jóvenes militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores lograron alzarse (en la madrugada del 29 de enero de 1972) de diez millones de dólares depositados en el Banco Nacional de Desarrollo, muy cercano a la Casa Rosada, como una manera de confiscar dineros mal habidos por la dictadura militar de entonces y destinarlos a la causa. Tal vez lo más asombroso sea que lo hicieron evadiendo a la Policía, que no pudo encontrarlos ni castigarlos después.
Seré millones recurre a dos de los protagonistas de aquél hecho, Oscar Serrano y Ángel Abus, hoy hombres mayores de apariencia humilde aunque entusiasmados por recordar y contar su aventura. El film los hace interactuar con jóvenes actores que deben interpretarlos, recorrer los lugares de entonces, e incluso opinar sobre los resultados provisorios del proceso de pre-producción y rodaje. Allí se encuentra el mayor atractivo de este divertido semi-documental: Serrano y Abus caminan por el mismo banco (situación que recuerda a los ancianos recorriendo el mercado devenido shopping en Abasto, el documental de Néstor Frenkel), reconociendo y rememorando sitios del pasado, buscando junto a los directores soluciones adecuadas para escenificar situaciones, o desempeñándose casi como directores de casting.
Es notable cómo ese juego hecho de desdoblamientos, imitaciones, pruebas y disfraces consigue que esos hechos perdidos en la memoria se materialicen, y que el espectador pueda percibirlos cercanos, más allá de que suenen desatinados y que tanta agua haya pasado bajo el puente. Las mismas discusiones permiten intuir el acaloramiento de aquellos momentos, junto a la mirada sorprendida o fascinada (si es o no auténtica no importa demasiado, por las características del film) de los actores que no vivieron la época.
La cámara en mano siguiendo los pasos de los testigos-actores-personajes provoca que, circunstancialmente, asomen el micrófono o los propios directores, con repentismo televisivo. Asimismo, la emoción de algún reencuentro y los chispazos de humor barrial (asado incluido) demuestran la falta de ambiciones intelectuales del film y de sus retratados. Estimulante como experiencia antes que brillante como película, Seré millones tiene por ahí algo de ejercicio teatral y hasta de reality show. Escenas de Espartaco (1960, Stanley Kubrick) y de cortos de Raymundo Gleyzer (1941/1976) le dan valor simbólico e ideológico a lo que, por momentos, parece una simple travesura que terminó milagrosamente bien.
Los testimonios y la historia –que se muestran algo recortados– de Serrano, Abus y sus compañeros de militancia (incluyendo el propio Mario Santucho), llevan a repetir alguna terminología discutible, como cuando en un texto sobreimpreso se menciona el “ajusticiamiento” de alguien (no importa quién) en “un acto heroico”. Al mismo tiempo, al revelar que el robo contó con la colaboración de empleados del banco que eran militantes del ERP, sumamente respetados y queridos por sus compañeros, Seré millones devuelve la sensación extraña de una época de menos individualismo e ideales colectivistas.
El film de Neri, Krichmar y Simoncini rescata elementos que incentivan el debate,  sacude con habilidad la memoria y ayuda a que vuelva a cobrar vida aquella historia increíble pero real.

Por Fernando Varea

http://www.seremillones.com.ar/

Universo proletario recortado para un panfleto

PELO MALO
(2013, dir: Mariana Rondón)

(Por JAVIER ROSSANIGO)
Las dictaduras ya no son lo que eran. De lo contrario, no se explica cómo a los censores bolivarianos se les puede haber pasado por alto una película como Pelo malo en vez de haberla mandado directo a la quema tras rubricarla con un matasellos con la leyenda basura contrarrevolucionaria. Bien al sur de Sudamérica somos algo más incrédulos respecto a las posibilidades de una revolución (de los trabajadores, al menos), vista la buena salud que gozan nuestras burguesías, que suele ser directamente proporcional a su habilidad de teñir con su propio descontento el humor de una nación; por lo tanto, preferimos catalogar a Pelo malo simplemente como panfleto reaccionario. Panfleto sofisticado, sí, teniendo en cuenta que se toma el trabajo de ocultar sagazmente sus marcas de enunciación en los pliegues de una sinuosa historia, narrada en un convencional registro realista, de una trabajadora venezolana desempleada y su hijo de unos ocho años, banco de pruebas de las miserias más bajas de su sociedad; pero panfleto al fin.
Es que Rondón, su directora, comete la ¿torpeza? que cineastas de talla reconocen como un riesgo imposible de tomar y salir airoso a su vez: expresar el descontento de su propia clase ante un trauma político utilizando vicariamente para ello a una clase subalterna. En el caso de Pelo malo, este hecho tiene el agravante de que,  nada casualmente, su directora posa su mirada implacable sobre la misma clase que el poder político a cargo del gobierno de su país se arroga representar y con el cual a su vez no pocos se sienten legítimamente representados. La sinopsis es mínima y no conviene recomponerla, en tanto ese drama íntimo no parece ser otra cosa que la coartada de Rondón para que se luzcan sus desmerecidos personajes. Así, lo único que parece tener claro Marta, la trabajadora desempleada en cuestión, es la necesidad de recuperar como sea su trabajo como vigilante privada. Por lo demás, detenta una conciencia casi premoderna, un repertorio donde no faltan dosis de homofobia, de obscenidad y de desaprensión hacia sus hijos, al punto tal de no poder llamar al más pequeño por su nombre propio (en caso de que lo tuviera) porque al parecer en el enrevesado universo proletario alla Rondón las personas pueden carecer hasta de ese gesto primigenio que consiste en darles un nombre a quienes se incorporan al mundo. Pero la cifra de su ignorancia la da el episodio en que Marta acompaña a su hijo al médico y el niño le pide a éste que le revise el coxis para despejar las dudas de su madre, quien sospecha que allí podría estar creciéndole una “cola”, hecho que a su vez explicaría los comportamientos “raros” de su hijo. Curiosa regresión al universo temático del realismo mágico cuando ya se lo consideraba superado, a menos que se la entienda como un guiño a pedir de boca del gusto europeo.
La política se presenta como lo ominoso por antonomasia. Lo invade todo, imposible escapar de ella, sobre todo mientras se transita la calle o mientras en la privacidad del hogar está encendida laTV. Y aquí se libra, a pesar de su directora, una interesante contienda entre la capacidad documental del cine para registrar en este caso la información de la calle, un espacio donde parece sentirse más cómodo el oficialismo político con murales que buscan asentar la imagen de una revolución triunfante, y, del otro lado, la capacidad de la TV de indiciar lo real a partir de un hecho particular que se anuncia con la neutralidad de un dato duro. Por esta parcialidad parece pronunciarse Rondón, si se lee con detenimiento el episodio en el que Marta, en un último intento por recuperar su trabajo, recibe en casa a su jefe con la excusa de una cena. Ante la indiferencia de los personajes, para quienes la cosa política parece ser algo incomprensible que pasa por el costado de sus vidas (a propósito, toda una declaración de principios de la propia directora), la TV sintonizada en un noticiero da la primicia de un hombre que mató salvajemente a su madre, como sacrificio para la mejora de la salud de Hugo Chávez,  a pedido de Dios, luego de que éste se le presentara en un sueño. Curiosa defección del cine por parte de la propia directora, quien ante la inminente derrota por no lograr con sus herramientas aprehender esa escalada irracional que pretende retratar, decide entonces sin contemplaciones ceder a la TV la representación de lo real, aceptando en ese desplazamiento que una noticia sensacionalista no sometida a réplica se presente poco menos que como verdad revelada y funcione como sinécdoque de una supuesta realidad nacional.
¿Qué nos dice entonces Pelo malo acerca de esa Venezuela contemporánea que su directora quiere retratar? Desafortunadamente, nada muy diferente a lo que desde un buen tiempo a esta parte nos llega a través de medios como la CNN y sus satélites nacionales, quienes, con una impostada preocupación por lo latinoamericano, insisten en la manifiesta polarización política venezolana ocultando sus matices y su devenir histórico, no solo para confundir acerca de la realidad de ese país sino para que en esa misma jugada se midan en ese espejo deformado los demás populismos del subcontinente. Entonces es por demás comprensible que como espectadores, ante películas como ésta, nos quedemos con las ganas de conocer en qué consistiría esa pretendida lucidez de las clases medias en base a la cual se arrogan una autoridad moral que no vacila a la hora de utilizar a las clases menos favorecidas de la sociedad para defender sus propios y velados intereses.
Seguiremos entonces aguardando por esa película de Rondón en la que su implacable mirada se deslice esta vez hacia su propia clase que, vale recordarlo, en Pelo malo permanece en un estricto y nada inocente fuera de campo.

http://www.pelomalofilm.com/

Provocando sin ira

JOVEN Y BELLA
(2013, Jeune & jolie; dir. François Ozon)

Desde Brigitte Bardot y Jane Birkin hasta Emmanuel Beart, desde Niña bonita (1978, Louis Malle) y Una adolescente en mi vida (1981, Bertrand Blier) hasta La vida de Adèle (2013, Abdellatif Kechiche), el cine francés ha sido desde siempre proveedor de muchachas despreocupadamente sensuales e historias de erotismo equívoco, haciendo un culto de la gracia femenina y del desafío a tabúes sexuales. Se suma a la lista Joven y bella, sobre una adolescente de diecisiete años de nombre Isabelle, que comienza a ejercer la prostitución a escondidas de su familia y aparentemente sólo llevada por el atractivo que le despierta ese tránsito por cuartos de hotel y clientes inesperados.
El film abarca un año en la vida de Isabelle, arbitrariamente dividido en cuatro estaciones y jugando con la provocación que supone imaginar a una jovencita de familia acomodada vendiéndose sin demasiado conflicto. Incitación que encuentra dos notorios escollos: por un lado, la actriz protagónica, Marine Vacth (de 22 años cuando realizó la película), aunque ocasionalmente –con su agria sonrisa o sus húmedos ojos celestes– deja entrever algo parecido a un sentimiento, presta al personaje su magro físico de modelo con actitud impertérrita, como una bella esfinge; por otro, toda la película aparece barnizada con una elegancia y una liviandad por las que termina siendo inofensiva, incluso superficial.
Por aquí y por allá se deslizan referencias a diversas cuestiones vinculadas a las relaciones de pareja o la sexualidad y sus variantes (adulterio, masturbación, pornografía), asomando puntas interesantes para la discusión (la prostitución como fantasía, los caminos a los que puede llevar la belleza en una mujer o la vida demasiado cómoda en un adolescente), pero casi sin salirse de cierta indiferencia burguesa.
Salvo una vehemente discusión madre-hija, todo es excesivamente civilizado en Joven y bella. Los personajes hojean distraídamente libros en la cama o en la playa (sería interesante saber qué leen y por qué), comparten comidas en ambientes luminosos, se bañan en un envidiable mar azul: hasta cuando se desatan algunos conflictos –que por razones obvias no adelantaremos aquí– nadie levanta demasiado la voz ni parece sufrir demasiado. Las canciones de Françoise Hardy empleadas como separadores contribuyen a la sensación de estar ante un film convencional; lo mismo ocurre con el repetido recurso de la inoportuna aparición de alguien abriendo intempestivamente una puerta, propio de los teleteatros.
De los personajes que rodean a Isabelle algunos despiertan interés pero son desaprovechados: el hermano, el padrastro, la esposa de un cliente maduro. Otros, como la madre o los novios de Isabelle, no la conmueven ni a ella ni a nadie.
Cabe señalar que en Joven y bella no faltan dos rasgos típicos del cine de François Ozon (1967, París, Francia): el desarrollo de una idea curiosa o, si se quiere, transgresora (su último film es sobre un joven que se viste de mujer para sentirse cerca de la esposa que ha muerto), y cierto deslumbramiento por la belleza femenina. Pero aquí no consigue el encanto o la madurez dramática de, por ejemplo, Gotas que caen sobre rocas calientes (2000) o Bajo la arena (2000).
Hay quienes relacionan Joven y bella con Belle de jour (1967), pero si el film de Luis Buñuel era realmente cáustico e inquietante, con raptos surrealistas, el de Ozon es apenas un pasatiempo adulto que sólo puede incomodar un poco a espectadores con hijas adolescentes.

Por Fernando G. Varea

http://www.francois-ozon.com/fr/filmo-jeune-et-jolie

Todo sobre el cine, en su justa medida

TODO LO QUE NECESITÁS SABER SOBRE CINE
(Leonardo D’Esposito, Editorial Paidós, 2014)

En sus intenciones, Todo lo que… recuerda a Así se mira el cine, que en los ’90 publicó Jorge Carnevale también con sentido didáctico, explicando conceptos vinculados a la historia y el lenguaje del cine. Con una diferencia sustancial: el libro de D’Esposito es bueno.
En principio, porque su estilo es amable, ameno y generoso: sin situarse por arriba del lector, se refiere a su trabajo como “un juego” y expresa su interés por “generar curiosidad”. La misma estructura de la publicación ayuda, con apartados con aclaraciones y sugerencias para buscar ejemplos o completar la información buscando en la web. “Usted pensará…” o “Ya hablaremos de eso, no desespere” le habla D’Esposito al lector, como si se tratara de un profesor paciente (curiosamente sólo tuteándolo en el título del libro).
Es interesante ver, además, cómo reemplaza contrastes forzados o comentarios indignados por sentido común, por ejemplo al referirse al star system, considerándolo una consecuencia “necesaria” y agregando al respecto una precisa acotación sobre la muerte de Marilyn Monroe. En ese sentido, hay que decir que el autor elude saludablemente esa tendencia a espantar al (cinéfilo) burgués usualmente ejercida por sus pares de la revista El Amante (y que él mismo a veces emplea en las redes sociales), manipulando con equilibrio el material, sin pasarse de listo ni descuidar referencias valiosas: al hablar de actuación no se olvida de mencionar a Robert Bresson, al ocuparse del guión aclara que puede haber películas que no tengan (y ejemplifica con Jonas Mekas y David Lynch), cuando analiza el cine de autor cita a Howard Hawks, si reflexiona que “el cine siempre es narrativo” se apura a hacer la salvedad de que tal noción puede ponerse en discusión (recordando grandes obras del cine experimental), y si al hablar de “la crisis del realismo” se detiene en el artificioso y aniñado clásico de Robert Zemeckis Forrest Gump (1994) encuentra allí mismo la oportunidad de destacar un plano secuencia del admirable film rumano Aquel martes después de Navidad (2010, Radu Muntean).
Otras virtudes del apretado manual: la iniciativa de mencionar los films con los títulos con los que se conocieron en América Latina, así como el hecho de dedicar subcapítulos al cine japonés y a la “generación cinéfila estadounidense” (Spielberg, Coppola, etc.), este último muy bien fundamentado. Por otra parte, su afabilidad no le impide dejar de señalar dudas sobre la existencia del expresionismo, en un capítulo graciosamente titulado Algunas escuelas que quizás no existan.
Aprovechable para estudiantes y personas en general que quieran iniciarse –o recordar, o confirmar– nociones básicas del universo audiovisual, Todo lo que… puede tornarse discutible apenas en referencias algo condescendientes sobre Disney o Tarantino. Asimismo (tal vez por haber quedado afuera un capítulo dedicado al cine argentino y mexicano), se extrañan nombres como los de Favio y Torre Nilsson. Pero, más allá de esos detalles, se trata de un libro útil y placentero, que de cada tema relacionado al cine ofrece información clara y en su justa medida.

Por Fernando G. Varea