BAFICI 2015: todos los cines, el cine

Si Paul Schrader consideraba, en el último Festival de Mar del Plata, que el cine perdura en estos tiempos por su carácter de “evento”, hay que decir que este año el BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) volvió a ser un irresistible imán para cinéfilos precisamente por reunir –como ocurre o debiera ocurrir con todo buen festival cinematográfico– una serie de eventos afortunados, deseables, excepcionales. Hechos que, aislados y en cualquier otra época del año, provocarían expectativa y entusiasmo entre amantes del cine, se sucedieron en apenas diez días, a veces al mismo tiempo, provocando esa gozosa incertidumbre de tener a mano varias opciones provechosas para elegir.
La presencia de una figura internacional como Isabelle Huppert (algo que no venía ocurriendo en los últimos años), la proyección con música en vivo en el Teatro Colón del clásico mudo Amalia (1919, Enrique García Velloso, referente del cine entendido como algo elitista, aunque de indiscutible valor histórico), proyecciones gratuitas de películas de Miyazaki, Carpenter, Jarmusch y Rejtman, muestras de afiches de cine realizados por diversos diseñadores y de juguetes creados por Federico Ransenberg, una exposición de tapas y recortes de la revista Haciendo Cine por su 20º aniversario, la presentación de Javier Malosetti y otros músicos previa al estreno de un documental sobre Jaco Pastorius, la exhibición en óptimas condiciones de clásicos de distinto tipo (desde El color de las granadas de Sergei Parajanov y La dama de Shangai de Orson Welles hasta La tregua de Sergio Renán, películas descubiertas por mucha gente que se acercaba a verlas por primera vez), son sólo algunas de las actividades que se desplegaron en ámbitos diversos –a veces bastante distantes unos de otros– dentro de un festival que dio muestras de buena salud.
La escasez de textos disponibles y encuentros para la discusión (hubo sólo dos libros, uno de entrevistas de una revista francesa y otro sobre el español José Val del Omar, que pueden descargarse gratis aquí, más algunas mesas de debate que tuvieron dispar repercusión) podrían figurar entre las debilidades de esta 17ª edición del BAFICI. Podría sumársele la necesidad de abrir posibilidades para que quienes no vivimos en la ciudad de Buenos Aires, y no pertenecemos a medios de prensa prósperos (si es que aún queda alguno), podamos asistir sin afrontar tantos gastos (vendría muy bien algún tipo de descuento en viajes y alojamiento, por ejemplo); esto, claro, si hay interés en que el festival no sea sólo para porteños y extranjeros. Déficits tal vez menores, pero que pueden influir en la pérdida de calidez y de acercamiento entre realizadores, periodistas y estudiantes que no sean los que ya se conocen y se cruzan habitualmente.

COURT, CON JUSTICIA

Court

Court

Entre los méritos del 17º BAFICI está, claro, la heterogeneidad y calidad de muchas (hubo más de 400) películas exhibidas. Y vale la aclaración: el placer resulta, también, de poder apreciarlas en óptimas condiciones: ¿cuántas veces al año podemos ver en la sala de un shopping, con calidad de imagen y sonido, una buena película india o israelí?
La ganadora de la Competencia Internacional fue, razonablemente, Court (Chaitanya Tamhane), notable retrato de la India actual, con su modo de impartir justicia y sus tradiciones y costumbres, a partir de la detención de un viejo juglar acusado de incitación al suicidio. Narrada con prodigiosa concisión, inteligentemente planificada, con planos generales maravillosamente coreografiados e iluminados, lúcidos paralelismos sin subrayados (exponiendo, por ejemplo, los diferentes hábitos sociales e ideas de los fiscales) y la cámara casi siempre fija o desplazándose suavemente, Court  logra un efecto perturbador no sólo por sus implicancias testimoniales sino también por su sobria belleza y su simpleza no exenta de sutilezas. Sin música extradiegética, yendo de un personaje a otro sin confundir al espectador, su brillante epílogo cierra con un guiño casi humorístico, perfecto para una película que se toma las cosas (incluyendo el cine) en serio.
Aunque no ganó premios, igualmente estimulante fue Above and below (Nicolas Steiner), documental estadounidense sobre un grupo de personas que viven de espaldas a la sociedad, con códigos propios. Posibles referentes de un curioso estado de libertad, el film nos permite conocerlos despertándonos, sacudiéndonos. A través de sus confesiones, sus reflexiones sobre la vida y sus decisiones personales, redescubrimos al ser humano y al planeta que habitamos. Visualmente suntuosa, regodeándose ocasionalmente en fulgores y costándole clausurar su historia (en realidad, tres historias entrelazadas), interferida por canciones diversas, la película de Steiner es tan melancólica como ambiciosa.
De la Competencia Internacional participó también Ben Zaken (Efrat Corem), sobre la conflictiva vida de una familia en un humilde suburbio de una ciudad del sur de Israel. De un realismo barrial seco, gris como la existencia de sus personajes, interesa por plasmar las contradicciones de esos seres que se agreden y expresan cariño casi al mismo tiempo, mereciendo atención la afectuosa relación del protagonista con su díscola hija preadolescente. Con una iluminación acorde a la propuesta y acertados desempeños actorales, el film resulta verosímil en la descripción de sus ambientes.

CHICOS COMPLICADOS

Goodnight mommy

Goodnight mommy

Aunque muy poco dócil, la chica israelí es menos turbadora que sus pares de otras películas de la misma Competencia. En la austríaca Goodnight Mommy (Veronika Franz/Severin Fiala), dos gemelos sospechan que la mujer con quien viven no es su madre y empiezan a acosarla. Como si estos pibes (icónicamente bellos) fueran una suerte de Hansel y Gretel maltratando a su madre-bruja, inocencia y perversión se interponen, con el marco de una moderna casa rodeada de un bosque casi de cuento. El film es prolijo y divertido, aunque su salvajismo in crescendo es atenuado por la fría elegancia de la morada en cuestión y las formas mismas elegidas para desarrollar el relato. Hacia el final, el sadismo va convirtiendo el misterio en un estado de locura algo desproporcionada, haciendo suyos gestos del cine gore.
Otro chico difícil es el de The kindergarten teacher (Nadav Lapid), aunque aquí es su maestra quien va entrando en una espiral de alienación, al descubrir que aquél escribe espontáneamente poesías con la sensibilidad de un adulto. Si bien recurre por momentos a inquietos movimientos o ángulos de cámara, el film del israelí Lapid adopta un estilo tan lacónico y exento de adornos como su actriz protagónica, una Sarit Larry enjuta, de sonrisa ambigua, que hace de esa mujer alguien más impredecible que enigmático. El hecho de desestimar un tono menos realista lleva a un terreno algo híbrido a este film ligeramente provocador (el final sugiere la oposición vulgaridad vs. poesía), curioso y discutible.

RELATOS MÁS O MENOS SALVAJES

La mujer de los perros

La mujer de los perros

Los motivos por los cuales La mujer de los perros (Laura Citarella/Verónica Llinás) y Días extraños (Juan Sebastián Quebrada), ambas argentinas (la segunda en coproducción con Colombia), estuvieron en la Competencia Internacional y recibieron comentarios generosos de algunos críticos, tal vez haya que encontrarlos en el hecho de que las mismas involucraron (como guionistas o productores) a reconocidos realizadores porteños ligados a la FUC. Es que, sin ser desdeñables, parecen caricaturas de lo que algunos temen encontrar en una película argentina bendecida por el BAFICI.
La de Citarella/Llinás parece remitir a Lisandro Alonso, siguiendo –casi como si se tratara de un documental– los silenciosos y solitarios días de una mujer que vive rodeada de perros en el campo. Con no más de dos o tres personajes y casi sin diálogos, acompañándose de una música que no parece la adecuada, es una obra decorosa pero decididamente menor. A las sensaciones que depara la contemplación de cielos surcados de rayos de sol o la escucha de gotas de lluvia cayendo sobre desvencijados utensilios, le opone el vagabundeo de su protagonista indiferente (sin desestimar su entrega física, Verónica Llinás no es una actriz de rostro expresivo ni se la reviste aquí de una presencia seductora). Para bien o para mal, el film no deja de tener un aire a divague, a capricho sin demasiado sustento.
El film de Quebrada, en tanto, acompaña a una pareja de colombianos residentes en Buenos Aires con mucho de ese look marginal-transgresor impostado al que nos tiene acostumbrado cierto cine, desde Los soñadores de Bertolucci hasta la exitosa Tango feroz. Quebrada no es, claro, Marcelo Piñeyro, y en su film despuntan (con el aporte de una comunicativa iluminación en blanco y negro) rincones y ambientes de la ciudad poco explorados, o nunca mirados de esta manera; la línea argumental, además, va deslizándose hacia puntos inesperados, con liviandad y un par de personajes (un joven japonés que atiende una lavandería y una chica uruguaya que agrega una dosis de tensión, no sólo sexual) que aparecen y desaparecen despreocupadamente. Pero los raptos de erotismo, violencia y ¿rebeldía? de la pareja protagónica suenan falsos, como si se buscara espantar al burgués antes que hacer de esas marionetas personas auténticas, creíbles. Andan sin dinero ni trabajo a la vista pero viven en un departamento no muy modesto y rompen porque sí un televisor o una computadora: así, el artificio le gana a la complicidad o la simpatía que podrían generar en el espectador.
También hay agresiones, sexo, un arma y algo de droga al paso en El incendio, de Juan Schnitman, otra argentina de la Competencia principal. Aquí, una pareja a punto de hacer una operación inmobiliaria y de mudarse, al enfrentar diversos contratiempos va entrando en una situación de nerviosismo y violencia cada vez mayor. El director alerta sobre el desorden al que llevan los compromisos, la falta de confianza en el otro y la dependencia del dinero en las grandes ciudades (aunque el estrés de esta pareja parece inconfundiblemente porteño), con sarcasmos como la discusión entre dos políticos oyéndose distraídamente desde un televisor o las arrebatadas reacciones que despierta la posibilidad de que un profesor le haya pegado a un estudiante. Pero carga las tintas y no permite que nadie (un amigo, un familiar, un padre o una madre) se interese sinceramente por los protagonistas e imponga algo de serenidad. Tampoco se entiende cómo ambos no descubrieron antes que lo que sentían uno por el otro estaba más cerca de la rabia que del amor. Como si Aire libre (Anahí Berneri) se cruzara con Relatos salvajes (Damián Szifrón), el film de Schnitman termina siendo una catarsis dramática, con cámara en mano y los protagonistas (Pilar Gamboa, Juan Barberini) poniéndole el cuerpo a una sucesión de discusiones, gritos y maltratos. Es curioso cómo quienes recuerdan con ironía el cine que solía hacer, por ejemplo, Alejandro Doria, en la actualidad hagan algo muy parecido.

LO ARTIFICIAL Y LO NATURAL

Generación artificial

Generación artificial

Hubo films nacionales probablemente más palpitantes en la Competencia Argentina, por ejemplo Cuerpo de letra (Julián D’Angiolillo), documental sin explicaciones que logra extraer lo misterioso y lo bello de ciertas tribus urbanas que cobran vida sobre todo de noche, pintando muros y aceptando trabajos aparentemente intrascendentes (ver aparte). Por su parte, Generación artificial (Federico Pintos), menos una película que un ensayo o un experimento documental, recorre algunos de los cambios tecnológicos acaecidos en las últimas décadas a partir de recuerdos personales y acudiendo al más diverso material audiovisual. Pintos reflexiona en voz alta, suma voces de algunos especialistas y plantea preguntas ciertamente inquietantes. Frunciéndose y abriéndose en capas y más capas, su film es como un animal extraño que va mutando en su travesía. Aunque puedan cuestionársele excesivos guiños autoreferenciales (“Ya está terminando la película ¿quedó bien, no?” dice hacia el final la voz en off), fue una de los trabajos más excitantes, modernos incluso, vistos durante los primeros días del festival.
En la vereda opuesta aunque igualmente atrayente, la cordobesa Todo el tiempo del mundo, de Rosendo Ruiz (De caravana), se centra en tres adolescentes que deciden alejarse por unos días de su familia refugiándose en las Sierras de Córdoba. De estructura clásica, con puntas para discutir respecto a la convivencia en sociedad, es límpida, sencilla y trata con cariño a sus personajes y a los espectadores. Su falta de pedantería, su modalidad de producción (contó con el importante apoyo de un colegio secundario cordobés) y la sensación misma de dejarse llevar por lo que implica pasar unos días al aire libre en las sierras, llevan a reconocerla como un producto relajado, alejado de modas, cálculos y presiones.

LUCES Y SOMBRAS DE LA MEMORIA

La sombra

La sombra

Hubo dos producciones nacionales que despertaban curiosidad y comentarios, por descubrir aspectos de la intimidad de figuras legendarias de nuestro cine.
En La sombra, Javier Olivera comparte reflexiones sobre su padre (el veterano realizador Héctor Olivera) y su familia, rescatando viejas imágenes en Super 8 y revelando algunos secretos. Al mismo tiempo, al evocar la construcción de la casona familiar en los años ’70 y la reciente demolición de la misma, pareciera señalar el apogeo y caída de una época, de una manera de entender el cine. En muchos tramos su película se torna melancólica, con delicados planos fijos (que traen ecos de la obra de Gustavo Fontán), raros efectos musicales, distorsiones y disrupciones. El gesto de exponer matices desconocidos de una personalidad relevante del cine argentino es algo desacostumbrado que se agradece, sobre todo porque Olivera hijo lo hace con un tono confesional, calidez y hasta cierto vuelo poético, buscando expresar lo que atesora la memoria. De todos modos, es mejor cuando plantea dudas o misterios (“¿dónde está el trineo?” se pregunta, a propósito de una comparación con Citizen Kane) que cuando instala juicios terminantes y generosos sobre su padre y la productora Aries: así como es cierto que el director de La Patagonia rebelde sufrió amenazas de la Triple A y tuvo “amigos revolucionarios”, se mostró acomodaticio y oportunista en varias oportunidades (como cuando, molesto por el rechazo de La nona en Cannes en 1979, criticó públicamente la “campaña antiargentina”, haciendo suyas palabras de Videla).
Similar es el planteo de Merello x Carreras, en la que Victoria Carreras cuenta su convivencia con una Tita Merello crepuscular, recobrando filmaciones caseras en las que se la ve interviniendo en conversaciones de entrecasa con los Carreras y en una de sus últimas presentaciones frente al público. El film es modesto pero sincero, si bien suena forzada la espontaneidad con la que muestra a Mercedes (actriz y madre de Victoria) contando recuerdos mientras cocina, o a la hija adolescente levantándose de su cama. Remonta cuando la lectura de un guión se funde con el diálogo reproducido en el correspondiente film, o cuando se extraen de una caja regalos legados por Tita, objetos que tal vez hablan más de ella (y de modo más sugerente) que los testimonios a cámara de los ancianos Ben Molar y Jacinto Pérez Heredia. Merello x Carreras tiene, finalmente, dos visibles problemas: desdibuja la impresionante carrera de Merello como cantante y actriz (dejando a la vista sólo la imagen algo decadente de sus últimos años) y, por otra parte, se ocupa tanto de ella como de la familia Carreras, al punto que el recuerdo de Tita parece, por momentos, una excusa de Victoria para hablar de su hija y sus padres (es hasta gracioso ver cómo en los créditos finales se repite el apellido Carreras). Esto no sería objetable si la visión no fuera tan llana y complaciente: como en el documental de Javier Olivera, aquí también se echa un manto de piedad sobre padres famosos con aristas para discutir.
Como la película de Carreras, también formó parte de la sección Panorama y puso su mirada en lo que permanece oculto tras las películas que conocemos o descubrimos descuidadamente en televisión Canción perdida en la nieve (Francisco D’Eufemia), cuyo objeto de análisis es un raro exponente nacional del llamado Cine de montaña, que asomó en los ’50. Sin rasgos especialmente creativos o audaces como documental, es una investigación de indudable atractivo histórico, que permite deshacer el ovillo de dudas que nos surgen como espectadores cuando nos enfrentamos con un producto como Canción de la nieve (1954, Guzzi Lantschner), vertiendo eventualmente apuntes sobre deporte y contactos de sectores de la sociedad argentina con el nazismo. Demuestra, en definitiva, cómo las historias que hay detrás de una película pueden ser, muchas veces, más apasionantes que la película misma.
Éstas son ejemplos de las muchas películas sobre figuras de la historia del cine que hubo en esta edición del BAFICI: trambién hubo otras que indagaron en la vida y obra de Eisenstein, Dreyer, Altman, Fassbinder, Monicelli, Zhang-ke, Jarmusch, Narcisa Hirsch y varios más, un plus en la programación que significó un valioso aporte al conocimiento.
Aunque el opulento ámbito del Teatro Colón (donde se llevaron a cabo algunas actividades y la entrega de premios) y la menor concurrencia de invitados extranjeros hayan enfriado el fervor que supo caracterizar al festival, este año todo estuvo muy bien dispuesto para que muchos pudiéramos disfrutar de la diversidad de propuestas y la riqueza del cine en todas sus formas y posibilidades. Ojalá decisiones de funcionarios y vaivenes políticos y económicos lleven a un crecimiento y mejora del BAFICI, y que este oasis anual nunca deje de desplegar su seductor abanico de alternativas para viajar con la mirada a otros mundos, imaginar otras vidas, conocer el pasado e intuir el futuro.

Por Fernando G. Varea

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