Corto rosarino y largas expectativas, a Cannes

“Jim Jarmusch, con su manera de narrar y de construir personajes, es una de las razones conscientes que me llevaron a meterme en el cine”. Así me escribía no hace mucho Máximo Maxi Huerta recomendándome que viera Only Lovers Left Alive, cuando todavía no imaginaba que un corto suyo llegaría a una de las secciones (Short Film Corner) del 68º Festival Internacional de Cine de Cannes, que comienza en pocos días.
Además de entusiasta y ansioso por aprender, como los jóvenes que lo acompañaron en la realización de este trabajo (entre otros Lucía Goñi, Luis Valiente, Manuel Arce Molino, Emilio Taffarel y María Elisa Cassinera, que se conocieron en las aulas de la Escuela Provincial de Cine y TV de Rosario), Huerta tiene la singularidad de haber sido un estudiante cinéfilo –capaz de, por ejemplo, ir al cine cuatro veces a ver Ida (Pawel Pawlikowski)– e interesado en la lectura de críticas y textos sobre cine.
Más allá de la palabra (2015) no tiene mucho del estilo exquisito y lacónico del film polaco sino, en todo caso, de la obra de algunos directores mencionados en la lista final de “agradecimientos”: Sergio Corbucci, Gaspar Noé, Robert Rodriguez, la argentina Albertina Carri. Realizado para una asignatura del último año de la EPCTV dictada por Lucrecia Mastrángelo, es la historia de un engaño con estética de spaghetti western. El astuto guión, escrito por el propio Huerta, plantea enfrentamientos y venganzas de rasgos casi caricaturescos, con un empresario rural desalmado, un peón aparentemente inocente, su vengativa mujer y otros personajes igualmente turbios, incluyendo uno temiblemente apellidado Varea. Sangrienta y violenta, la película recurre ocasionalmente a la pantalla partida y a sobreimpresiones, con una luz terrosa que tiende a acentuar las tonalidades rojizas, acorde al tono del film tanto como la música, también compuesta por Maxi Huerta. Por ahí asoma la matanza de un animal (ingrediente salvaje de esos que suelen ser bien recibidos en festivales como Cannes, que aprecian las emociones fuertes) y, de fondo en los créditos finales, una pared de ladrillos blancos que recuerda aquélla a la que intentaba subirse Juan Moreira en los arrebatados minutos finales del film de Leonardo Favio.
Los atributos de Más allá de la palabra, por supuesto, pueden discutirse, pero no deja de ser una excelente noticia la participación de Huerta y su prometedor equipo en un evento tan prestigioso. Precisamente, el año pasado (en una nota que puede leerse aquí) recorríamos la participación del cine argentino en el Festival de Cannes a lo largo de su historia: es para celebrar que a esa nómina podamos agregar ahora, y por primera vez, a realizadores rosarinos.

Por Fernando G. Varea

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