FICIC 2015: tres maneras de abordar lo político

(Por JAVIER ROSSANIGO)
La apretada agenda del FICIC 2015 dejó pocos intervalos de tiempo para contemplar las sierras o detenerse junto al río a llenarse los pulmones del reputado aire coscoíno (todo el mundo quería pronunciar al menos una vez este eufónico gentilicio). Fueron cuatro días de parabienes tanto para el público cinéfilo (compuesto por una fauna que abarca desde distribuidores, periodistas y productores hasta directores debutantes, que aguardaban en la entrada de las salas donde se proyectaban sus cortos con la impaciencia de quien está por jugar el partido de su vida), como para los vecinos de la ciudad que se acercaban a las proyecciones, algunos con experiencia previa en el festival y otros con aire de recién llegados. A pesar de la buena concurrencia, quizás uno de los mayores escollos (y una cuenta pendiente) sea encontrar formas de seducir a un público poco acostumbrado al argot festivalero, que se apropie del evento y deje de verlo como algo privativo de un círculo especializado. No la tiene fácil el FICIC, a sabiendas de las dificultades que existen para atraer a la gente hacia propuestas que las más de las veces no gozan del beneplácito de la difusión de los grandes medios, pero que siguen sobreviviendo por el empeño de personas convencidas de que espacios como éstos cumplen una digna tarea de resistencia y son, a su vez, una indispensable apuesta a futuro.
Una de las líneas fuertes que atravesaron la programación tuvo que ver con el siempre arriesgado entrecruzamiento entre cine y política. Tres películas provenientes de distintas latitudes propusieron modos diversos de abordar lo político, desde la comedia, el retrato realista o el documental en su forma más convencional, acercando al espectador otras visiones de mundo con las que poder dialogar y poner en cuestión la suya propia.
Cuento proletario de invierno, del alemán Julián Radlmaier, se proyectó como parte de la competencia oficial de largometrajes. En esta suerte de comedia díscola en tres actos, un igual número de trabajadores contratados por una empresa de limpieza deben poner en condiciones un castillo centenario donde, por la noche, tendrá lugar un mitin aristocrático entre políticos de primera línea, financistas del capitalismo tardío y artistas modernos ávidos de mecenazgo.
El speech de mercadotecnia que la representante de la empresa arroja a los gritos a sus empleados da un primer indicio del tono irrisorio que campea en el resto del film. Para lograrlo, Radlmaier comete un inteligente pillaje de los más diversos géneros, desde el fantástico al absurdo, dejando en el transcurso algunos ribetes teatrales y varios (quizá demasiados) achaques satíricos en boca de sus personajes. Consigue así una atmósfera libertaria acorde a la apuesta temática del film: cargarse a todos y cada uno de los grandes relatos del siglo XX, tanto los que pretendieron representar y defender los intereses proletarios como aquellos que se perfeccionaron con el propósito de explotarlos. Anarquismo, socialismo y comunismo son sometidos a juicio en breves y entretenidos episodios intercalados que pretenden desmontar aquellas longevas tradiciones a partir del exclusivo señalamiento de sus errores, mientras que las corrientes del liberalismo más ultramontano son satirizadas en la trama principal a través de las conversaciones entre los asistentes a la reunión, quienes con supino egoísmo pretenden hacer pasar sus actos de rapiña financiera como obras de altruismo ecuménico.
Así, esta disfrutable comedia que tiene la valentía de meterse con una temática que es, cuanto menos, complicada, deja finalmente un regusto nihilista al homologar todas estas tradiciones desde un revisionismo petardista que obtura la posibilidad de recuperar parte de las esperanzas en el hombre que motorizaron las tradiciones más dignas de la modernidad.
Con igual libertad formal aunque con otro temple trabaja el cubano Carlos Quintela en la excelente La obra del siglo. El octogenario Otto convive con su hijo Rafael y con su nieto Leo, quien regresa al hogar luego de una pelea con su mujer, en un pequeño departamento de la Ciudad electro-nuclear, un punto en el mapa de la isla que no figura en los itinerarios de las agencias turísticas. Este proyecto de ciudad, que se erigió como la gran promesa modernizadora allá en los años 80 cuando, con el apoyo de la Unión Soviética, comenzó a construirse la primera de las doce centrales nucleares que se tenían proyectadas, representa un trauma en la historia de la Cuba revolucionaria que repercute en el día a día de los habitantes de esta ciudad de improbable nombre. Es que tras el fin de la guerra fría el apoyo cesó repentinamente y a los cubanos no les quedó más que un valioso capital humano, entre los que se cuentan inmigrantes rusos e ingenieros cubanos formados en la ex URSS, que de poca utilidad resultaron ante el dato de una central nuclear a medio construir.
El film trabaja a partir de un inteligente contrapunto entre la intimidad de esta familia sin cupos femeninos, en la que los roces son constantes aunque no menos que las risas y los momentos de encuentro, y fragmentos de archivos audiovisuales que recuperan los rostros y las palabras de aquella comunidad gustosamente embarcada en un proyecto de inusitada magnitud para su realidad isleña. Un soterrado tono elegíaco atraviesa La obra del siglo; sin embargo, su lamentación tiene poco que ver con una crítica abierta al modelo social que Cuba legítimamente se dio con su revolución del 59, sino más bien con la nostalgia por un pasado pletórico de promesas que vuelve a presentarse en el día a día de la comunidad como un fantasma irredento corporeizado en ese edificio todavía en pie de la central nuclear. A diferencia del film alemán Cuento proletario de invierno, en La obra del siglo los infortunios del hombre no están exentos del influjo que ejercen los grandes coletazos de la Historia: por ello, a pesar del gran fracaso que narra, logran colarse en los resquicios del film la confianza en que las construcciones colectivas no son sólo una utopía sino un proyecto posible, más allá de la suerte que corran en su transcurso.
Finalmente, en La hora del lobo la cordobesa Natalia Ferreyra se predispone a recrear los acontecimientos aciagos que tuvieron lugar en diciembre de 2013 cuando, tras la decisión arbitraria de la policía de Córdoba de abandonar sus responsabilidades, la ciudad se convirtió en un coto de delincuencia y cacería humana. El documental se desentiende de las causas y responsabilidades políticas que condujeron a ese estado de acracia, un tema quizá más conveniente para la investigación periodística, y posa su mirada en el testimonio de algunos jóvenes de clase media que fueron testigos y artífices de aquella larga noche. En esos relatos incómodos, trabajados en la memoria por los días que los separan de los acontecimientos, asoman una serie de principios morales que se someten a prueba bajo el rigor de las circunstancias. ¿Cómo reaccionar cuando una horda de personas en motos pasa saqueando locales de todo rubro? ¿Es lícito juzgar como un delincuente a cualquier desprevenido motociclista que pase circulando por las calles para someterlo a un juicio sumario con sentencia de linchamiento? Sobre esas tensiones pivotea el documental, mientras intercala los relatos con escenas filmadas con la urgencia del momento por otros testigos y/o actores que, aunque ya hayan sido repetidas hasta el hartazgo ¿inocentemente? por los canales de noticias, adquieren aquí otra tonalidad.
A pesar de cierto esquematismo formal (poco hubiera costado realizar al menos una entrevista en las propias calles donde ocurrieron los acontecimientos para que el relato tuviera otra densidad), el valor del trabajo de Ferreyra pasa por meterse de lleno con un episodio sombrío de la historia reciente de nuestro país y darle un abordaje comprometido y lo más alejado posible del tratamiento con que el lenguaje televisivo suele narrar estos episodios para aprovecharlos, las más de las veces, con motivos non sanctos.

Imágenes: fotogramas de Cuento proletario de invierno, La obra del siglo y La hora del lobo.

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