Madre sola no hay una

MI AMIGA DEL PARQUE
(2015; dir: Ana Katz)

Una de las sorpresas –sutiles, inadvertidas frente a otros fenómenos– que ha deparado el intercambio generacional que atravesó nuestro cine en los últimas dos décadas, ha sido la incorporación de nuevas miradas sobre conflictos propios del universo femenino. Rompecabezas (2010, Natalia Smirnoff) y Por tu culpa (2009; dir: Anahí Berneri) son buenos ejemplos, aunque no los únicos, en los que los roles de madre y ama de casa son delicadamente corridos de la vocación idealizada y el altar de la virtud. La nueva película de Ana Katz (1975, Buenos Aires) se suma a esa saludable disposición a sacudir levemente prejuicios instalados, sin cargar las tintas ni descuidar el afecto hacia los personajes, en este caso una insegura madre primeriza y una ocasional amiga algo invasiva y desconcertante.
El guión de Mi amiga del parque, escrito por Katz junto a la escritora uruguaya Inés Bortagaray, sabe acertadamente combinar elementos para mantener intrigado al espectador, desestabilizarlo y ayudarlo a reflexionar sobre determinadas cuestiones. En los avances y retrocesos de la relación entre Liz (Julieta Zylberberg) y Rosa (la propia Katz) se deslizan apuntes sobre maternidad biológica y de hecho, miedos y responsabilidades ante un hijo pequeño (“Es tan… chiquito” se angustia Liz, en un momento), dificultades en el entendimiento cotidiano de/con los otros, temor a transgredir –y, al mismo tiempo, deseos de hacerlo–, soledad, necesidades y apariencias. Mínimos pormenores que parecieran estar sólo por voluntad del guión responden, sin embargo, a una caracterización pulida de las criaturas: las actitudes respecto a los horarios, por ejemplo, o las reacciones que despierta un arma que aparece por ahí.
Palpita, también, aunque a simple vista no parezca, una sorda contienda entre clases sociales: un oficio o profesión (Liz es escritora y su marido realizador de documentales, en tanto Rosa operaria en una fábrica), la posesión de un auto o una prenda de vestir marcan esa diferencia; también la manera de entender la generosidad y la solidaridad en ambas mujeres (y una tercera, Renata, hermana o prima de Rosa, interpretada por Maricel Álvarez). Está claro que, aunque Katz interpreta a Rosa, el punto de vista de su película es el de Liz, y en este sentido Mi amiga del parque podría integrar un interesante doble programa para el debate con El hombre de al lado (2009; Mariano Cohn/Gastón Duprat), si bien el film de Katz-Bortagaray, que recurre igualmente a un tono de asordinada comedia, no es cínico y se reserva un final tranquilizador. Algo del rechazo-fascinación que le despierta a la protagonista lo que hacen sus circunstanciales amigas recuerda, asimismo, a Tan de repente (2002), la película de Diego Lerman, coproductor aquí.
No es sencillo lograr que la inmadura Liz y las descaradas hermanas R. (así las llaman) resulten siempre creíbles, y sin embargo eso ocurre. La forma en que el film mantiene fuera de ese micromundo a parientes y vecinos puede resultar antojadiza, pero el clima es verosímil, con ayuda de las actuaciones: a la eficacia del trío Zylberberg-Katz-Álvarez hay que agregar el desempeño del resto, desde la excelente Mirella Pascual (como una mujer experimentada que se dedica a cuidar al niño) hasta otros que se ven y escuchan medio de soslayo, en conversaciones casuales de milagrosa naturalidad.
Film de pequeños-grandes momentos, de miradas, de frases hirientes disparadas distraídamente y reconfortantes gestos de reconciliación, Mi amiga del parque es, además, un ligero examen sobre la confianza, en sí mismo y en los demás.

Por Fernando G. Varea

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Todos para uno

MISIÓN RESCATE
(2015, The martian; dir: Ridley Scott)

Náufrago, 127 horas, Gravedad: desde hace unos años, al cine de Hollywood le viene atrayendo la epopeya de personas comunes enfrentadas a la soledad y la capacidad para sobrevivir lejos del mundanal ruido y las comodidades de la vida moderna. En este caso, la figura carismática con la que se busca generar empatía no es Tom Hanks, James Franco o Sandra Bullock sino Matt Damon, y el ámbito en el que el protagonista es dado por muerto y abandonado, el planeta Marte. Allí, este Robinson Crusoe con escafandra deberá poner en juego sus conocimientos y habilidades para proveerse alimento suficiente mientras espera que en la Tierra hagan algo por él.
La excusa es aceptable para ofrecer un divertido film de suspenso y aventuras en el espacio, afortunadamente sin agregar flashbacks con recuerdos de la vida previa del joven astronauta ni actitudes de heroísmo exaltado. Salvo las explicaciones y discusiones de rigor entre los entendidos, todo es muy simple –incluso aniñado– en Misión Rescate, con la historia transcurriendo límpidamente y personajes sin pliegues. Durante algo más de dos horas, Ridley Scott (1937, South Shields, Inglaterra) echa mano a un clasicismo narrativo y estético que lo aleja bastante del frío formalismo de sus primeras y más recordadas películas (Los duelistas, Alien, Blade Runner), evitando banales torsiones habituales en colegas suyos interesados en la ciencia ficción, como Christopher Nolan. En un mundo artificioso como el de los viajes espaciales, destinar miradas emocionadas al crecimiento de una planta, o hacer de un tenso encuentro en el espacio una suerte de danza –tal vez la secuencia más bella e inquietante del film–, son aportes que se agradecen. Lástima que parezcan inevitables las canciones decorativas y las bromas entre los personajes (una y otra vez con una taza en la mano), que los actores deban limitarse a tics gestuales registrados en planos breves, que se siga recurriendo a los gritos y aplausos eufóricos ante los éxitos en las gestiones de rigor.  El exitismo en el desenlace es otro lugar común.
Bien puede decirse que Misión Rescate es convencional pero eficaz. Sin embargo, revela un problema nada menor: aunque transcurre casi en su totalidad –montaje paralelo mediante– en dos únicos espacios (Marte y las dependencias de la NASA), no permite advertir demasiado la insondable profundidad y el silencio que, se supone, reinan en el espacio. Grandes extensiones de tiempo y de distancia, así como estados de angustia y reflexión, se diluyen para favorecer el entretenimiento puro y duro. Del mismo modo, aunque la película da a entender que todo el mundo está pendiente del destino del pobre Mark Watney (Dammon), sólo ingleses, chinos y obviamente estadounidenses se muestran en las calles, preocupados por el caso: el resto del mundo permanece olímpicamente fuera de campo.
Esa predisposición a ver lo que hay más allá de las estrellas antes que lo que ocurre en algunas zonas del propio planeta Tierra, conduce a un interrogante que se desprende de películas como ésta o Rescatando al soldado Ryan (1998, Steven Spielberg, en la que Damon también debía ser rescatado): ¿por qué todos para uno y no todos para todos? En Misión Rescate, junto a los seres sujetos por un frágil cordón a esas naves-juguetes en la negra inmensidad, flota la inquietud: por qué en el país del Norte conmoverá tanto la salvación de un hombre, mientras se acepta con indiferencia una vocación por la violencia que trunca la vida de tantos otros, propios y ajenos.

Por Fernando G. Varea

http://www.foxmovies.com/movies/the-martian

Realismo desquiciado en una gran película

CUERPO DE LETRA
(2015; dir: Julián D’Angiolillo)

(Por JAVIER ROSSANIGO)
“Ese” parece decir una voz, fuera de campo, mientras en cuadro los autos siguen pasando a toda velocidad, en un flujo modesto de madrugada, por la vía de una autopista. “¡Ese!”, ahora, más alta, en cuadro, la voz, sobreponiéndose al rumor de los motores, tiene un cuerpo y es el de un joven de unos treinta años, vestido con ropa deportiva, que llama sin desesperación aunque sí con algo de urgencia al tal Eze que yace ¿dormido?  ¿desvanecido? en el cantero central que separa ambos corredores de la autopista. El joven observa por un momento hacia su izquierda y se aventura sobre el asfalto, sorteando el paso de los autos, para rescatar a su compañero. Más o menos precisa en los detalles, la descripción pretende dar cuenta de lo que sucede en una de las primeras escenas de Cuerpo de letra, y si fracasa es por la dificultad de traducir en palabras ese clima ominoso y enrarecido que compone el director como marco de acción de sus personajes en esta escena preliminar que oficia, a su vez, como botón de muestra de lo que será el resto del metraje.
Estrenada en el último BAFICI, Cuerpo de letra, el opus dos de Julián D´Angiolillo, no puede dejar de sindicarse en la brecha abierta por el nuevo cine argentino, aunque más no sea por su decisión de trabajar sobre cierto recorte del universo de los marginados, uno de los campos temáticos dilectos de esta tradición. Sin embargo, quizá su más estrecha filiación convenga rastrearla en el antecedente más inmediato de Mauro, la ópera prima de Hernán Rosselli, vista en la edición 2014 del mismo festival. Ambas películas comparten un evidente desapego por ciertas formas codificadas de narrar la marginalidad (observacionismo moroso, tiempos muertos, esteticismo de la pobreza, etc.) y apuestan a un grado de desquicio del realismo tensándolo hasta un límite que no perturbe el entendimiento de la experiencia que se pretende transmitir. El alumbramiento de una nueva mancha temática solicita una forma original de abordarla, capaz de sobreexigirla en su material. Cuando esto sucede, el resultado suele dar grandes películas como Mauro o Cuerpo de letra.
Así, Rosselli encara la historia de un falsificador de billetes con un montaje vertiginoso que enfatiza las elipsis eliminando todo tiempo muerto de sus personajes para transferir la experiencia de un fatigado hombre de clase media venida a menos que no puede darse el lujo de detener su cuerpo-maquinaria más que para cumplir con sus necesidades fisiológicas, fumar un pucho o echarse un polvo, ni mucho menos permitirse el gesto romántico de “largarlo todo y escapar a la naturaleza” (como le vimos hacer a varios personajes del NCA).
Por su parte, D´Angiolillo encuentra a sus personajes en una experiencia similar a la que atraviesa el Mauro de Rosselli: la del ganapán, la del “ir tirando día a día”; aunque vale destacar que la trabaja con recursos más radicales. En Cuerpo de letra Ezequiel es un joven de unos treinta años que se gana la vida con todo tipo de trabajos, cuyo común denominador diríase que es la publicidad en un sentido amplio: pintar muros con propaganda política, pintar pasacalles con mensajes de ocasión (ya sea una declaración de amor, la publicidad de una gomería o el agradecimiento devoto a algún santo) y hasta oficiar de locutor de propagandas que luego una avioneta se encarga de desperdigar por el aire de la ciudad. D´Angiolillo parece componer la historia de su personaje replicando el método que éste utiliza para pintar los muros con propaganda política: sobre la pintada anterior, un blanqueo con cal y antes de que se seque ya se traza la nueva inscripción. Así, capa sobre capa, la trama va y viene en un contrapunto incesante que desdibuja las referencias temporales del día a día cronológico para componer un presente continuo que encuentra indiferentemente a Ezequiel en una u otra ocupación, pero que no impide que en cada resquicio del film se cuelen las marcas históricas de su tiempo.
En Cuerpo de letra, su director echa mano a un repertorio muy libre de recursos: movimientos de cámara y encuadres algo heterodoxos, montaje por fundidos encadenados, un uso creativísimo del sonido (en algún tramo el del paso periódico de los autos parece querer remedar el del mar, en pleno centro neurálgico de una ciudad); todo ello en dosis contenidas siempre en función de la trama y sus personajes. Hay una genial panorámica de la autopista con las patrullas de pintores de muros en acción, en la que pertinentemente entra en cuadro la parte lindante de la ciudad, que se sostiene el tiempo suficiente para delatar la presencia perturbadora de esa ingeniería de hierros y hormigón hasta convertirla casi en una postal post-apocalíptica (¿una escena salida de la versión de El Eternauta que Martel no llegó a filmar? Podría ser).
Por suerte, esta torsión del realismo que ensayan los directores de Mauro y de Cuerpo de letra no vira hacia la sordidez que en tantos otros films funciona como un gozoso punto de partida y de llegada, y, en cambio, prestan atención a aquellos momentos en que sus personajes desplazados hacia los márgenes por el sistema (más no expulsados, en la medida en que le son necesarios) tienen su momento de redención y no son sólo un cuerpo explotado al servicio de otros, sino individuos en pleno ejercicio de su vitalidad. Así, los personajes de Mauro, en una posible filiación arltiana, pueden pensarse como personajes de clase media en desgracia que, aun en su apocamiento existencial, conservan el deseo siempre renovado de dar el batacazo para “salir de pobres”: los billetes de Rosas son para Mauro lo que la rosa de cobre era para Erdosain. En Cuerpo de letra Ezequiel tiene como capital una técnica artística que, aunque esté al servicio de quienes le contratan, no le impide en cierto grado sentir como propio el fruto de su trabajo. El grupo de cumbia en el que es presentador y músico funciona también como un ambiente para la realización personal del personaje, al igual que las calles del barrio donde todos parecen conocerse, y en las que tiene lugar una de las últimas escenas de la película en la cual vemos a Ezequiel conducir su moto, acompañado por un amigo, mientras, con estilo chancero, va saludando a sus vecinos, hasta llegar a una escuela para votar.
Quizá haya que pensar un buen rato para recordar una secuencia del cine nacional reciente que tenga la potencia de esta última de Cuerpo de letra. Aquí D´Angiolillo se gasta un atrevimiento final y en el más cívico de todos los días del calendario transgrede, mediante un subterfugio, esa decencia ciudadana que los candidatos suelen mentar ante cámara después de votar, para que un último ramalazo de vida vuelva a estallar sobre el final de su film acompañando a su personaje hasta el interior mismo del cuarto oscuro.