Benjamín Naishtat: “En ‘El movimiento’ hay una idea anarquista de hablar sobre la clase política a lo largo del tiempo”

Tras varios cortometrajes y el largo Historia del miedo (2014), Benjamín Naishtat (1986, nacido en Buenos Aires y formado en la FUC y en el Estudio Nacional de Artes Contemporáneas de Fresnoy, Francia) sorprendió el año pasado al mostrar su segundo opus en algunos festivales (incluido el de Mar del Plata, en el que ganó el Premio a Mejor Película de la competencia argentina). En El movimiento se advierte un interés por remover tópicos de la Historia argentina de manera inquietante, milagrosamente ambigua, hablando de nadie y de todos.
Hace poco se estrenó comercialmente en algunas salas de nuestro país, cosechando críticas entusiastas y algunas muestras de desconcierto. Los planos del caudillo internándose en el agua con una antorcha en medio de la tormenta, la admirable actuación de Pablo Cedrón y el alucinado salto en el tiempo del final, bastarían para valorar El movimiento, pero las virtudes de este film curioso y perturbador no son pocas. Aprovechando su paso por Rosario para presentarlo en el cine El Cairo, dialogamos con este joven de modales respetuosos, ideas claras e inquietudes estimuladas por la militancia política de sus padres en los años ’70.
– En la película echás mano a recursos muy diversos: hay cámara en mano y planos generales fijos, actores mirando a cámara, cortes dentro de una misma secuencia ¿A qué responden?
– Quise que uno como espectador esté medio a la deriva, igual que los personajes perdidos en esa pampa gigante. Que no se sepa bien cuánto espacio están recorriendo, ni cuánto tiempo está pasando. Los cortes a negro y la estructura del montaje tienen que ver con eso. La cámara en mano, para darle libertad a los actores, sobre todo a Cedrón, estar atentos a ellos en su uso del espacio. Y acercarme a la subjetividad y el delirio de los personajes.
– ¿El blanco y negro es para suavizar la fuerza de la violencia y la sangre?
– Está bueno eso que decís, las películas en blanco y negro tienen el efecto de anular la sangre. Pero eso y el formato cuadrado también tienen que ver con pensar los aspectos más primitivos del cine. Relacionar el relato fundacional del cine con la fundación de una nación.
– La película tiene, imprevistamente, rasgos de humor.
– Hay cosas que en los papeles no eran de humor pero se fueron transformando. Y parecía justo que la película, que es bastante oscura y densa, tuviera su respiro.
– Es muy interesante la música de Pedro Irusta. Parece sugerir bombardeos lejanos.
– Va un poco a contrapelo de la historia porque es música moderna, con sintetizadores. Ese uso del sintetizador como algo electrificante, que marca tensión, está un poco inspirado en la música de las películas de John Carpenter. Y para generar un efecto de fantasía, de ciencia ficción. Lo de los bombardeos no lo había pensado así, pero es interesante.
– También me pareció que la película expresa, en algunos momentos, la necesidad de aquellos hombres de recurrir a cualquier pasatiempo para sobrellevar la soledad en esos parajes inhóspitos.
– Se trabajó mucho en recrear esa sensación. Yo leí mucha literatura, ficción y no ficción, para saber lo que era vivir en la pampa en esa época, y hay dos sensaciones que conviven, muy fuertes. Por un lado, evitar que el frío y la intemperie te consuman. La naturaleza no es amiga del hombre, como hoy pensamos: nosotros luchamos contra ella. Y al mismo tiempo, el aburrimiento, las esperas eternas que implicaban esas distancias.
– ¿Cuál fue tu intención de hacer intervenir a esos dos ministros religiosos algo extraños?
– Esa especie de chamán que aparece en un momento es una de las notas más fantasiosas de la película. Está puesto para generar sorpresa y extrañamiento. Además, la pampa era tan libre y anárquica en esa época… Hoy mismo vas por ahí y encontrás rusos del Volga que hablan alemán arcaico. Hay cosas raras todavía en la Argentina, que vienen de ese tiempo. Por otra parte, el pensamiento mágico estaba muy presente en esa época. El pastor evangelista responde más al poder que tenía la Iglesia, con una idea de magia muy presente.
– Los personajes usan expresiones que resuenan mucho entre los argentinos, y que parecen atravesar distintas épocas: traidores, movimiento, innombrable, agentes del caos… ¿Por qué te interesó jugar o provocar con eso?
– La película tuvo desde siempre la intención de anclarse en la época pero abrir las posibilidades de una resonancia histórica no muy precisa. Hay elementos de los ’70, de lo que fue la fractura del peronismo y la ortodoxia cuando vuelve Perón, la idea de dos bandos que se pelean por monopolizar un movimiento y por su pureza. Ezequiel Martínez Estrada dice que el peronismo, de alguna manera, existe desde Rosas. Pero la película trata de no cerrarse a esa mirada porque también el personaje de Cedrón habla de luz, de barbarie, de luchar contra la anarquía. En definitiva, hay una idea un poco anarquista de hablar sobre la clase política a lo largo del tiempo.
– Parece importarte la cuestión de los buenos modos o una aparente intención pacifista que encubren violencia.
– Es imposible abstraerse de la violencia en la Historia argentina. Y tiene que ver con las dos caras, hemos visto mucho eso también. El cinismo. El propio Rosas, restaurador de las leyes, mandaba a clavar cabezas en picas. Lavalle fusilaba a Dorrego negándose a recibirlo cinco minutos antes. Es mi mirada sobre nuestra Historia, en la que hay también personajes muy reivindicables, aunque no son los que están abordados alegóricamente en la película.
– Me pareció curioso que el personaje de Cedrón hace referencia a todo lo que se había vivido o sufrido en el pasado cuando, en realidad, no habían ocurrido todavía muchas cosas. La Historia argentina casi ni había empezado.
– Está muy bien esa reflexión, ya me la habían marcado (se ríe)… Un historiador me lo señaló, que se habla de Historia en una época en la que no se hablaba de Historia. Son esas cosas que están ahí para establecer esta especie de puente en el tiempo. De hecho, hay varios fragmentos de discursos de él que están tomados de discursos reales de Perón, de Rucci… Algunos lo captan, otros menos, pero está ahí.
– He leído varias lecturas sobre el final. Algunos lo vieron antipopulista y antipolítico. A mí me pareció que lo que El movimiento pone en tela de juicio es el caudillismo. Y los testimonios del desenlace me parecieron eso: testimonios. Los personajes cuentan lo que vieron y escucharon, simplemente, lo cual no significa que hayan sido fácilmente cooptados por el caudillo. 
– Me parece muy noble tu lectura. Uno la obra no la controla, pero entiendo por qué algunos pueden verla como antipopulista, porque la figura del caudillo está muy vinculada al populismo. Pero el populismo es una expresión reaccionaria. Que el populismo es algo malo es una idea totalmente liberal. Ya la propia palabra implica una posición ideológica. Yo no hablaría en esos términos. La película, en todo caso, expone lo que es el mesianismo. En Argentina aparecen, una tras otras, figuras que quieren encarnar todo en su persona. Y yo no creo que eso sea la salida para nada. Yo me crié políticamente en 2001, iba a los recitales de rock y cantábamos Que se vayan todos… Soy de adherir a una idea más horizontalista y anarquista de lo que puede ser una organización política. La película expresa eso. Llevamos mucho tiempo atravesados por esta idea de las purezas dentro del peronismo, ya me parece un debate rancio .
– ¿Cómo creés que se ubica la película en el contexto actual? Porque se conoció el año pasado y se estrenó ahora, con elecciones presidenciales en el medio y un cambio de signo político en el gobierno. Más allá de que algunas cosas ahora sean mejores o peores…
– Son peores (interrumpe)… Eminentemente peores. Y uno tiene que tomar posición. Pero el cine es algo muy diferido, uno no toma el diario del día para ver qué hacer, aunque, al mismo tiempo, hay una voluntad de tomar la palabra. El movimiento no fue pensada para un contexto inmediato. En el momento que se filmó parecía una evidencia que vendría Scioli, después pasó lo que pasó y ahora estamos como estamos. Creo que el ejercicio del pensamiento es bueno. Es una pequeña película que tiene un pequeño recorrido, pero estoy contento porque genera debate de ideas. Este país es mucho acción-reacción, acción-reacción… Que podamos parar un poco e interpelar para preguntarnos dónde estamos parados históricamente, de dónde venimos, creo que es algo bueno.

Por Fernando G. Varea

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s