BAFICI 2016: de noches, viajes y búsquedas

A continuación, las críticas de Espacio Cine de algunas películas exhibidas en distintas secciones del 18º Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, incluyendo dos visiones sobre la más polémica de las premiadas. (Por FERNANDO VAREA y JAVIER ROSSANIGO)

“La noche”

LA NOCHE (dir. Edgardo Castro).
1. (Por J.Rossanigo) El debut como director del actor Edgardo Castro fue la película que en esta edición del BAFICI más polémicas suscitó. Es que La noche, una de las tres películas argentinas que participaron de la Competencia Internacional, es un film-experiencia extremo que, en su apuesta radical, no deja a nadie indiferente. El propio Castro protagoniza su película poniéndose en la piel de un porteño cuarentañero que se aventura noche a noche por bares de mala muerte en busca de alguna compañía, con preferencia por otros hombres o travestis. Drogas, alcohol y encuentros fugaces en baños públicos suelen ser el primer acto de la larga noche que el protagonista acostumbra finalizar en el cuarto de algun hotel de alojamiento, con la compañía ocasional que haya logrado rescatar en su incursión nocturna. El revuelo mayor de la ópera prima de Castro fue convocado, sin dudas, por la seguidilla de escenas de sexo explícito narradas sin ninguna mediación formal que imponga una distancia para dejar al resguardo el pudor del espectador. En esa apuesta sería apresurado leer una intención del director por escandalizar; antes bien, parece haber allí el modo que esta película encontró para ingresar de lleno a un universo complejo y así mejor transmitir la experiencia por la que atraviesan sus personajes, que tiene que ver menos con la consecución del placer inmediato, como a primera vista pareciera ser, que con la búsqueda de una compañía que los ayude a salir de esa espiral autodestructiva en que se ha convertido su vida. Una compañía que les ayude, por ejemplo, en algo tan cotidiano como elegir una camisa en una tienda de Once, uno de los mejores episodios de La noche, donde queda en claro la forma en que la película comprende a sus personajes.

2. (Por F.Varea) Un hombre de mediana edad y clase media va encontrándose con distintas personas a lo largo de una noche en la que se suceden encuentros sexuales, periplo que lleva adelante con más desapego que placer. La cámara en mano, el sonido real y cierta desprolijidad deliberada permiten que el espectador se involucre emocionalmente con el personaje, de quien nada se sabe: los universos de la familia y el trabajo permanecen olímpicamente fuera de campo. Su realismo semidocumental (el propio Castro encarna al protagonista) parece reversionar el estilo que cierto cine argentino viene desplegando desde Pizza, birra, faso (1998) en adelante, transmitiendo sensaciones contradictorias e imponiendo -por entre el morbo y la incomodidad- una persistente atmósfera de abatimiento y desolación. Mostrar a una travesti comiendo una pizza sobre la cama de una pensión mientras el televisor desprende su habitual griterío artificioso, o a una pareja pasando el rato en un bar sin nada importante de qué hablar, llevan a ese efecto de melancolía, esbozando las coordenadas de un micromundo desangelado, desprovisto del glamour con el que suele adornarse a personajes noctámbulos. Las recurrentes escenas explícitas de sexo oral y desnudos (más algún aditamento escatológico), sin la mediación de cuerpos esbeltos, transcurren de la misma desentendida manera con la que hombres y mujeres se mueven por este círculo vicioso: no habría por qué ver un mérito en esto, y al respecto vale la pena recordar el inteligente uso que han hecho de escenas de sexo explícito, por ejemplo, los franceses Patrice Chéreau (en Intimidad, 2001) o Alain Guiraudie (en El desconocido del lago, 2013). Aunque válido como experiencia, La noche resulta un film tan indeciso, marginal y falto de magia como su protagonista.

“La larga noche de Francisco Sanctis”

LA LARGA NOCHE DE FRANCISCO SANCTIS (dir: Andrea Testa/Francisco Márquez).
(Por J.Rossanigo) La correcta ópera prima de Márquez y Testa se llevó el premio mayor de la Competencia Internacional. Basada en la novela homónima de Humberto Constantini, la película comete un acto de justicia con este libro olvidado que, esperemos, a la luz de los hechos, goce de su merecida reedición. El Francisco del título, interpretado por Diego Velázquez, es un porteño oficinista, que en plena dictadura militar parece responder con creces al estereotipo del ciudadano trabajador sin ningún vínculo gregario que lo torne sospechoso. Por los días en que Sanctis aguarda con resignación un prometido y siempre demorado ascenso jerárquico, su rutinaria vida  se ve alterada por el llamado telefónico de una vieja compañera de facultad con la que hace años no se encuentran. El aparente motivo del reencuentro: charlar sobre la posibilidad de reeditar un breve poema de barricada que publicó en una revista universitaria en los lejanos y combativos años sesenta. El verdadero: servir de intermediario para dar aviso a dos personas de que esa misma noche los milicos los van a ir a buscar. Dos nombres y una dirección que no deben ser escritos, sino memorizados, ponen a Sanctis en el ojo de un gran dilema moral. A partir de entonces, la película registra el periplo del protagonista por las calles de una Buenos Aires desierta y laberíntica que replica con ribetes expresionistas la confusa contienda que se libra al interior del personaje, entre asumir el riesgo del encargo o permanecer en su zona de confort. Un mérito de La larga noche… es que en su compacto metraje logra desarrollar el conflicto psicológico del protagonista con la ayuda de diálogos que, sin redundar, saben dosificar la información para crear el clima de suspenso que acompaña al personaje en las diferentes etapas de su conflicto hasta su decisión final. Puede señalarse, de todos modos, un error del que no se exime por más que no sea privativo de ella: es usual, y no sólo en el cine argentino, que el puntilloso trabajo de recreación de época vaya en detrimento del efecto de real que se pretende generar. En La larga noche… todos los utensilios, desde los muebles y la vestimenta de los personajes hasta los automóviles, parecen haber sido recién sacados de su envoltura, todo parece ser utilizado por primera vez; esos aires prístinos que nimban a los objetos generan una atmósfera costumbrista que, aún a su pesar, evidencian demasiado el componente artificioso del film.

“Primero enero”

PRIMERO ENERO (dir: Darío Mascambroni).
(Por J.Rossanigo) Otra ópera prima fue la gran ganadora de la Competencia Argentina. La breve película de Mascambroni tiene como escenario exclusivo las sierras cordobesas, un recorte geográfico bastante frecuentado por el cine argentino reciente, y no sólo por los directores oriundos de aquella provincia. A diferencia de películas como La laguna, La araña vampiro o Los salvajes, en Primero enero la serranía no es retratada como paisaje portador de un significado metafísico a descubrir por sus protagonistas. Y ésta, en vistas de los resultados confusos de aquellos films, es una decisión acertada en el debut de Mascambroni, cuya película interpreta al paisaje como un espacio constitutivo de la subjetividad de sus personajes, cargado de experiencias y recuerdos familiares. Un padre joven viaja con su hijo de unos ocho años a la casa que conservan hasta el momento en las mencionadas sierras cordobesas, pero de la que ahora deberán desprenderse para comprar un departamento de soltero a raíz del reciente divorcio del hombre. Mascambroni sigue de cerca esos días finales que comparten padre e hijo en la vieja casona familiar: una jornada de pesca, una zambullida al río, una caminata por el terreno accidentado del lugar. En estos episodios asoman tanto el compañerismo entre la pareja de hijo y padre, como las rispideces que muchas veces este último no sabe bien cómo sortear. El mandato paterno siempre celoso respecto de la formación del niño para que éste siga las guías de la educación que el mayor recibió durante su infancia es, quizá, la línea mejor trabajada en la película.  Así, ante la negativa del niño de comer un cordero a cuya muerte y faena asistió horas antes, el padre lo alecciona al recordarle que él mismo de chico asistía a su propio padre para carnear a los animales. En esa dialéctica de posiciones asimétricas se juegan los mejores momentos de esta película que en otros parece demasiado pequeña y contenida en la estrechez de sus límites. El resultado se acerca entonces más a un ejercicio de realización donde el director va en busca de lo que ya tiene en mente que a una obra que asuma algún riesgo, mínimo al menos, que le permita correrse de un naturalismo demasiado transitado en ediciones anteriores de un festival que, aun así, decide premiarla.

“Inmortal”

INMORTAL (dir. Homer Etminani).
(Por J.Rossanigo) La película de este director iraní radicado en Colombia fue la ganadora de la Competencia Latinoamericana, una de las nuevas secciones competitivas del último BAFICI. El cruce inusitado de nacionalidades que se dan cita en la realización puede ayudar a dar con el tono extraño que recorre esta película de estructura algo enclenque pero resultado orgánico. El tiroteo en la frondosidad de la selva entre guerrilleros y fuerzas armadas nacionales con que abre el film es el marco que le da su carnadura política. Estos combates arrojan su saldo en cadáveres al río y éste los deposita en el mar, para que finalmente sus olas los arrojen a las orillas. Allí aparece Cosme con su peregrino oficio y la cámara de Etminani se encargará en lo sucesivo de seguir. Cosme es un baqueano que vive en un humilde asentamiento junto al mar, su trabajo es el eslabón final en esta cadena fúnebre, y consiste nada menos que en rescatar los cuerpos que regurgita el mar y servir de contacto con los posibles familiares de las víctimas para que puedan dar sepultura al cuerpo. Las imágenes, que asumen su desprolijidad como un tributo a pagar por la urgencia del registro, muestran a un Cosme querible en el seno de su comunidad, donde parece adquirir el estatuto de personaje por su excéntrica tarea y la dedicación con que la realiza. Etminani registra en paralelo el periplo de Hellens, una joven que viaja a través de riachos y montañas al encuentro de Cosme, para cerciorarse de que un brazo encontrado por él sea o no el de su novio desaparecido. El encuentro no podrá concretarse, y no conviene relatar aquí la causa. El inmortal es una película cruda e inteligente que comete el acto justiciero de dimensionar las tragedias personales que suelen quedar opacadas por el sensacionalismo de las cifras; puñados de muertos innominados que el cine siempre debe ingeniárselas para rescatar del ostracismo del olvido, si es que aún persiste en su deseo ser el discurso otro capaz de pronunciar la palabra sepultada entre los pliegues de las Historias Oficiales.

HIERBA (dir. Raúl Perrone).
(Por F.Varea) A fines de los ’70, un programa televisivo de Nicolás Pipo Mancera recurría semanalmente a la novedad del croma haciendo aparecer bellas modelos en medio de célebres pinturas: sobre esa idea se mueve este nuevo film de Perrone. Con cuadros de fondo, actores llevan adelante una historia ligeramente policial apelando a gestos propios del cine mudo, tarea que busca sostenerse con una diversa banda sonora (que acude tanto a Vivaldi como a rock y cumbia pop). Dividida en actos tal vez por homenaje a aquel cine primigenio, a Hierba la afecta una caracterización de los personajes (maquillaje, vestuario, iluminación) demasiado ramplona o pueril, lo que choca con la altura artística de los paisajes que, detrás, dulcifican cada plano. Un posible referente de este ejercicio en el cine argentino podría hallarse en la obra de Leonardo Favio (en Perón, sinfonía del sentimiento asomaban algunas ideas de este tipo), aunque en Hierba el prolífico Perrone se acerca al gran director mendocino sólo en su desprejuicio e ingenuidad.

“Hierba”

JESS Y JAMES (dir. Santiago Giralt).
(Por F.Varea) Esta película dirigida por Giralt (una de las dos que presentó en el BAFICI, la otra –Primavera– formó parte de la Competencia Argentina) es lo más parecido a una fantasía gay: dos jóvenes glamorosamente informales e incomprendidos viven juntos una serie de experiencias vitales (viajes, sexo, confesiones, contemplación de la naturaleza), sin mayores preocupaciones ni necesidad de trabajar (les van apareciendo oportunidades de comida y alojamiento de la nada). No faltan la madre frívola, ni una amiga trans cuya casa enmarcada de flores parece salida de un cuento, ni un simpático amigo de rulos que durante algún tramo comparte la intimidad de la pareja en cuestión. Hay referencias cinéfilas (James Dean, Pasolini, Van Sant) exhibidas con poco disimulo, diálogos y monólogos de cursilería casi paródica, erotismo soft y actuaciones desparejas. Es evidente la capacidad de Giralt para componer buenos encuadres y encontrar locaciones adecuadas, pero su road movie -innecesariamente dividida en capítulos- no excede el posible atractivo que puede deparar una serie de postales ingenuamente transgresoras. La redime, en parte, su buena música.

(Balance del BAFICI 2015 aquí)

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