Desplegando el tiempo

FRANCOFONÍA
(2015; dir: Aleksandr Sokurov)
LEJOS DE ELLA
(2015, Shan he gu ren/Mountains May Depart; dir: Jia Zhang-Ke)

En octubre de 1988, Alan Pauls consideraba en la revista Humor que El sacrificio (Andrei Tarkovski), Desde ahora y para siempre (John Huston) y Las alas del deseo (Win Wenders), estrenadas en esos días, eran “nubes de otro cielo, que atraviesan la atmósfera cinematográfica con la grandeza solitaria de los grandes fantasmas, espectros errantes y únicos que contemplan la escena en la que transitan sin ninguna familiaridad”, y se preguntaba: “¿Qué hace que esas obras merezcan la contemplación perpleja, a veces un poco sarcástica, que merece un OVNI lujoso y excesivo, procedente de alguna región olvidada o encaminado hacia ella? La época. O, mejor dicho, la relación asincrónica que mantienen con ella. Ni la tragicidad, ni la experiencia religiosa, ni la seriedad con que esas imágenes se piensan a sí mismas son valores que la Bolsa de la contemporaneidad cotice generosamente.”
Tarkovski y Huston nos dejaron (ya habían fallecido cuando estas películas se conocieron en Argentina), en tanto Wenders continuó su filmografía de manera algo despareja. Pero, afortunadamente, fueron surgiendo después otros realizadores, de esos que van tallando un estilo propio mientras discurren sobre los temas que han desvelado a artistas de todas las épocas.
Esta semana, la casi milagrosa reunión en la cartelera rosarina de los largometrajes más recientes del ruso Aleksandr Sokurov (en una de las salas digitalizadas de Cines del Centro) y del chino Jia Zhang-Ke (en el cine El Cairo, tras un raudo paso por Cines del Centro) lleva a pensar que, aunque aquellos augurios de Pauls no eran desatinados, ese modo de entender el cine aún sobrevive. En tanto el lenguaje audiovisual muta hacia formatos breves, recortados, livianos y efectistas –fenómeno de implicancias por ahora imprevisibles y, por otra parte, inevitable–, el hecho de que entre las opciones posibles asomen películas como Francofonía y Lejos de ella, resulta alentador.
Estamos hablando de obras que le permiten al espectador enfrentarse a ideas sobre temas no asignados por la agenda periodística (el valor del arte, las agitaciones de la Historia, el devenir del destino de personas públicas o anónimas), atravesar una variada escala de emociones, internarse en adormecidas zonas de la comprensión y el conocimiento. Apreciándolas en una buena sala, la fuerza atronadora de un avión o la imponencia de un paisaje se perciben próximas y enigmáticas. Aunque hay diferencias entre ellas, ambas comparten la misma visión del cine como medio para descubrir otras vidas y comprender la nuestra, valiéndose de la experimentación con los géneros y las texturas, convenientemente lejos del acartonado qualité.
Francofonía es un ensayo semidocumental que va y viene por la historia del museo del Louvre, de algunos personajes responsables de su patrimonio, de Francia y del arte en general. La fascinación por la cultura francesa y por lo museístico es su mayor riesgo (en Madre e hijoPadre e hijo y otras, Sokurov desplegaba abismos de belleza plástica sin escudarse en nombres de grandes pintores); también cierta tendencia de la voz en off a suavizar o diluir procesos históricos. Pero es abundante su riqueza, con reveladoras imágenes de archivo, recreación de seres de fuerte carga simbólica recorriendo el museo como fantasmas o desafiando presagios, un navegante que traslada contenedores con obras de arte en medio de un mar tan embravecido como la propia Historia, e incluso pormenores del rodaje. Cuando Francofonía se detiene, en un momento, en unas monumentales esculturas egipcias, uno se pregunta cuántos films actuales nos conducen a reflexionar sobre antiguas civilizaciones y sobre la humanidad, en definitiva, con esta seriedad y falta de solemnidad.
Zhang-Ke, por su parte, ofrece un melodrama sin adornos que sigue a una mujer y dos hombres, demorándose en distintos momentos de sus historias personales. Dividido en tres partes, que transcurren sucesivamente en 1999, 2014 y 2025 (la última de convicción desigual, aunque con excelentes actuaciones y algunas frases que pegan fuerte), en Lejos de ella hay amores no correspondidos, padres y madres que aman como pueden, gozos, pérdidas, enojos, soledades, y problemas económicos y ecológicos que no son mero telón de fondo. El mundo del trabajo está presente, condicionando la salud, las alegrías y tristezas de estas personas marcadas por sus sentimientos, sus decisiones y la ineludible fatalidad. Mientras el astuto guión va vinculando elementos de una época con otra, la vida pasa, y con ella hábitos y afectos que se mantienen. Todos sabemos que una canción trivial puede acompañarnos –concientemente o no– a lo largo de los años, o que una tarjeta olvidada puede remitirnos a momentos felices, pero Lejos de ella nos recuerda la emoción que deparan esos encuentros fugaces. A menudo, ligeras premoniciones y recuerdos sorprenden a los personajes, como nos ocurre a diario a los espectadores. “Vamos en tren porque así tengo más tiempo para estar con vos”, le dice en un momento una madre a su hijo, y de la misma manera transcurre el film, atravesado de benéficas elipsis, simple y complejo a la vez.
Puzzle a desmenuzar el primero, relato clásico de admirable sencillez el segundo, los dos son representantes de ese cine –estimulante, provechoso, generoso– que todavía resiste.

Por Fernando G. Varea

Un encuentro con algunas buenas jugadas

HIJOS NUESTROS
(2015; dir. Juan Fernández Gebauer/Nicolás Suárez)

Pocas palabras, señales de cansancio, un oportuno programa radial de fondo, un oficio y una afición a la vista, un piropo a una mujer al pasar: la presentación de Hugo, el protagonista de esta ópera prima de Juan Fernández Gebauer y Nicolás Suárez, es brillantemente ajustada, sin redundancias. De entrada, y sin que nadie nos lo diga, descubrimos en él a un taxista fanático de San Lorenzo, porteño, trabajador, pensativo y solitario. Apenas sube al coche una mujer con su hijo vestido con ropa deportiva, un brevísimo diálogo sobre el fútbol describe, de manera igualmente concisa, a los personajes: “Eso es falta” dice ella, ante un comentario de Hugo, y él responde “Es fútbol”.
De a poco seguimos conociendo a los tres, sin que ninguno se detenga a desplegar un monólogo sobre su vida pasada. Tampoco hay discusiones a los gritos ni gestos innobles: él, ella y el pibe son, simplemente, personas que viven como pueden, lidiando entre lo que les gusta, lo que desean y lo que deben hacer (el trabajo, el colegio). Esto último no deja de ser relevante, en un cine argentino que últimamente se caracteriza por eludir a hombres y mujeres de clase media ganándose el pan. Hugo no es publicista ni director de cine sino tachero, su circunstancial amiga prepara viandas y “desayunos a domicilio”, y ambos deben trabajar más de la cuenta para subsistir. Estrenada en octubre pasado en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y exhibida ahora en salas comerciales –con un cambio de gobierno en el medio–, Hijos nuestros parece hablar de un estado de situación (ecónomica, social) particular, sin vociferar nombres propios.
Otro mérito indudable del film es haber recurrido a seres prototípicos y sitios icónicos (el club, el bar, el taller mecánico) sin campanellizarlos. Sentimentalismo y comicidad apenas asoman: un costumbrismo medido recorre la historia, y basta pensar lo que hubieran hecho otros con la escena en la que Hugo se excita confirmando la importancia que tiene para él un pie, o los momentos en los que se juega el destino del chico probándose en la novena de San Lorenzo.
Los personajes pueden tener buenas intenciones y falencias al mismo tiempo, la indiferencia ante ciertas infracciones y el tono ligeramente agresivo de algunos diálogos discurren sin énfasis, la decoración de los ambientes es adecuada sin lucir recargada. Y aunque la mirada sobre el fenómeno del fútbol es algo ambigua o complaciente, Hijos nuestros bien puede situarse en la lista de ficciones argentinas que han abordado el tema con honestidad (desde las apasionadas El hincha y Pelota de trapo hasta la crítica El crack, la sesentosa Paula contra la mitad más uno, el retrato de la célebre hincha La Raulito, y alguna otra). El universo del protagonista parece girar en torno al popular deporte (“Ando con la cancha inclinada” dice en un momento, y le responden “Sí, te faltan algunos jugadores”), pero el film no se deja contaminar por la exaltación futbolera. Hugo es un ser humano a pesar de su fanatismo, no una caricatura.
Contribuyen en ese clima anímico general el Hugo de Carlos Portaluppi (con su mirada triste que no esconde cierta dureza y desconfianza en los demás, o quizás en sí mismo) y los trabajos interpretativos de Ana Katz (de un naturalismo ajustadísimo, con el gesto preciso siempre), el adolescente Valentín Greco (excelente) y algunos de esos actores secundarios siempre eficaces (Germán De Silva, Gabo Correa).
Si Hijos nuestros no logra un nivel mayor de calidad no es por algunos pequeños descuidos (a Hugo no se lo ve comer mucho a pesar de su problema de obesidad, en la celebración de la Confirmación debería verse un obispo), sino por un par de irrupciones surrealistas, en las que la obsesión de Hugo con su querido equipo de fútbol se entromete en un programa de TV y en la iglesia misma a la que asiste en un momento. Son secuencias en las que el film falla en la dosificación y preparación de los ingredientes, y en las que, antes que un soplo a lo Buñuel, se manifiesta el fantasma de cierto grotesco característico del cine argentino de los ’80. Como si a Hijos nuestros (buen título, que además de connotaciones futboleras y familiares puede tener resonancias místicas) le costara, igual que a su protagonista, dejar lo raso y rutinario y dar forma a algo más arriesgado.

Por Fernando G. Varea

Homenaje sin solemnidad

SALVE, CÉSAR!
(Hail, Caesar!, 2015; dir. Ethan Coen y Joel Coen)

Hollywood, años ’50. El encargado de un estudio de cine lidiando con las exigencias de los popes de la industria y los problemas de sus estrellas y directores, más algunos incidentes casi surrealistas que se interponen en los planes de trabajo, como el secuestro de un actor por un enigmático grupo con fines ideológicos, o la molesta aparición de dos periodistas de espectáculos mellizas en busca de revelaciones.
Con este punto de partida, los hermanos Joel Coen (1954) & Ethan Coen (1957) despliegan una mezcla de homenaje y crítica al cine fulgurante de aquellos tiempos. Y lo hacen a su manera: sin hondura pero con sentido del humor, sin un guión extraordinario pero con una calidad técnica y formal desacostumbrada en el cine actual, sin pretender algo excelso pero consiguiendo un film altamente disfrutable.
No es fácil explicar la obra de los hermanos Coen. Su ya extensa filmografía incluye notables ejercicios de estilo con elementos del cine negro (Simplemente sangre, De paseo a la muerte, Barton Fink, El hombre que nunca estuvo) junto a disparates inocentones y pródigos en proezas visuales y actores maravillosamente entregados a una veta graciosa (Educando a Arizona, El gran salto, Fargo, El gran Lebowski). Sus últimos trabajos no estuvieron a la altura de las expectativas que generaban.
Con ¡Salve, César! recobran energía y se muestran menos crueles con sus personajes y con los espectadores. Nadie es demasiado malo en este film, y aunque circulan todo el tiempo –en medio de los fastuosos decorados y las oficinas de los estudios– hipocresías, rencores y mezquindades, se mira con piedad a esos hombres y mujeres que funcionaban como engranajes de la enorme maquinaria del cine.
La star forzada a repetir una escena que frustra, una y otra vez, ya se ha visto en La noche americana (1974; François Truffaut), aunque aquí no se trata de una actriz veterana sino de un joven dando el díficil paso de silencioso cowboy a galán romántico (enfrentado, además, a un director poco paciente). Tampoco es original la manera con la que una dama rubia provoca, con palabras de sinuoso significado, a un interlocutor demasiado correcto: el film noir ha brindado muchos ejemplos de conversaciones como ésta. Y sin embargo, en el conjunto esos elementos divierten  una vez más.
Si bien en ¡Salve, César! hay caricaturas demasiado fugaces (como la proyectorista de Frances Mc Dormand) o desaprovechadas (las periodistas inquisidoras, encarnadas ambas por Tilda Swinton), y algunos gags demasiado cándidos, vale su homenaje al cine de Hollywood de la época de los estudios, esmeradísimo en la reproducción de decorados, rebosante de guiños y radiante en su colorido despliegue.
Uno de los puntos fuertes del film es la cadena de situaciones en torno a la realización de una superproducción sobre la historia bíblica: la discusión entre representantes de distintos credos no tiene desperdicio, como tampoco las alternativas que debe atravesar el actor principal, encarnado por un George Clooney a quien se ve muy cómodo en el juego propuesto por los Coen. Cada palabra del diálogo entre dicho actor (después de haber tomado conciencia sobre la función de su trabajo gracias a la intervención de personajes de los que resulta mejor no adelantar demasiado aquí) con el ejecutivo del estudio (Josh Brolin), cerca del desenlace, es otro estimulante momento de Salve, César!, en el que la estrella es reprendida sin que a Clooney (estrella también, del Hollywood actual) le moleste que aparezca humillada su hombría. No deja de ser un acierto, a su vez, que nunca se vea el rostro de quien hace de Cristo, ése a quien alguien le pregunta, en un momento de confusión, si es extra o protagonista.
Finalmente, las recreaciones del western y el musical (hay uno rebosante de sonrientes bailarinas en el agua y otro con marineros bailando prodigiosamente en un bar) reflotan algo de la belleza plástica y felicidad encantadoramente artificiosa de aquellos films de sesenta o setenta años atrás. Ayudan mucho, en esos segmentos, la gracia de Scarlett Johansson, Alden Ehrenreich y Channing Tatum: si bien la destreza de los dos primeros, a diferencia de sus pares de antaño, depende de los efectos especiales, los tres aportan simpatía y agregan nuevas piezas a este fresco liviano y amablemente capcioso.

Por Fernando G. Varea

http://www.avecesar-lefilm.com/