El milagro es el misterio

LA HELADA NEGRA
(2016; dir: Maximiliano Schonfeld)

Su sencillismo pastoral y su intérprete principal pueden confundir: La helada negra no es una arbitrariedad desapasionada con una actriz de moda, sino un film maduro, de ideas claras, con un director sensible detrás.
La historia de Alejandra, una joven que es vista por los habitantes de una comunidad de descendientes europeos como hacedora de milagros –y al mismo tiempo, tal vez por el mismo motivo, como alguien en quien no confiar demasiado–, es narrada por Maximiliano Schonfeld (1982, Crespo, Entre Ríos) sin sobresaltos. La belleza de los encuadres y la ajustada disposición de cada travelling responden a una planificación que se intuye paciente, sin que el resultado final se alce como una creación de frialdad milimétrica: hay calidez en La helada negra, con un tibio enigma rondándola.
Aunque podría ligarse a películas con personaje dudosamente angelical que sacude un estado de cosas –como Teorema (1968, Pasolini)– o con supersticiones del Litoral argentino encarnadas en una muchacha con fluctuantes actitudes de debilidad y fortaleza –como La hora de María y el pájaro de oro (1975, Kuhn)–, la distinguen una templanza provinciana, un tono delicado y ambiciones que no abruman. Las imágenes iniciales (una mancha deforme que parece ser la helada del título o un dibujo en el espacio, en cualquier caso una forma que induce al misterio) llevan a pensar en Tarkovski o en las inquietudes ecológicas de algunas películas de Peter Weir, así como cuando la cámara merodea a unas niñas rubias asoma el recuerdo de Luz silenciosa (2007, Reygadas). Y aunque el film nunca traspone una sensación de serena inquietud, se acerca a los espejismos de Favio al detener su mirada en los bordes (miradas y gestos son lo que importa, como cuando se habla de un parabrisas que permanece fuera de campo), al permitir que la tensión dramática sea atravesada por una ráfaga de humor, o al integrar espontáneamente a la trama bailes, música y costumbres que entretienen a gente del interior de las provincias.
Rodada en la localidad entrerriana de Villa María con personas del lugar –salvo la protagonista–, La helada negra orilla la fantasía con pudor, con la ayuda de una música amenazante que altera el fondo sonoro hecho de mugidos de vacas y murmullos de pájaros. No menos sutiles resultan otras señales de alarma en ese apacible espacio cruzado de árboles y fardos dorados: una mano que aprieta una fruta, por ejemplo.
El rigor plástico (gran trabajo de la directora de fotografía Soledad Rodríguez y los camarógrafos Gustavo Triviño y Nicolás Mayer) encuentra su cauce en la depurada dirección: resulta difícil encontrar una película argentina reciente que exhiba esta calidad, con una secuencia filmada de manera tan envolvente como la que revela ciertos datos sobre la protagonista culminando con un beso, para luego prolongarse en las imágenes de un baile en el pueblo.
El film de Schonfeld deriva de una historia que él mismo vivió de cerca: el revuelo que generó en Crespo un niño que decía haber visto a Jesús; ese punto de partida revela la sinceridad del trabajo. No deja de ser reconfortante, por otra parte, que por sobre esos límpidos horizontes que traen ecos de John Ford se recorten necesidades y conflictos ciertos. Los personajes trabajan y se preocupan por el estado de sus cosechas, y el milagro mismo (la desaparición de la helada perjudicial, supuestamente por obra de la joven forastera) puede ser visto como solución a un infortunio de la Naturaleza pero también una manera de remediar la indiferencia o inacción de quienes deberían ocuparse del bienestar de esta gente. La fe en alguien superior o distinto, que viene de afuera (no surge del seno de la comunidad) para resolver problemas, enfrentando algunas sospechas y resistencias, posibilita diversas interpretaciones. ¿Alejandra los ayuda o los engaña? ¿En los pueblerinos hay excesiva confianza o simplemente aprovechamiento de un prodigio del destino? ¿Lo de ellos es serenidad, ingenuidad o un modo de vivir sin hacerse demasiadas preguntas?
La tonada de Lucas, el pibe cuyos sentimientos se ven sacudidos por la presencia de la joven sanadora (Lucas Schell, a quien Schonfeld había dirigido ya en Germania), y su presencia no intoxicada de vicios televisivos, son demostración de la verdad que el director logra extraer de este grupo de no actores convocados para jugar personajes no muy distintos a sí mismos. Junto a ellos, Ailín Salas compensa largamente cierta falta de matices al hablar con esa mezcla de fragilidad y madurez que suele imprimir a sus seres de ficción. Con sus sonrisas pícaras, el brillo de sus miradas asustadas y su discreta carnalidad, hace de esa “chica vestida de vieja” una criatura recordable, seductoramente sinuosa.

Por Fernando G. Varea

http://pastocine.com.ar/

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El desafío de documentar

LA ARQUITECTURA DEL CRIMEN
(2016; dir. Federico Actis)
EL PERRO DE ITUZAINGO
(2016; dir. Patricio Carroggio)

Registrar con la cámara, y con mirada propia, historias semiescondidas, escrutando sitios y rostros, examinando sucesos trágicos o amables. Tarea nada fácil, si lo que se busca es explotar las posibilidades que tiene el cine para pulir ese diamante en bruto que es la realidad que nos rodea. La producción audiovisual rosarina viene intentándolo con resultados satisfactorios, en los últimos años, de la mano de Mario Piazza, Rubén Plataneo, Diego Fidalgo, Arturo Marinho, Pablo Romano, Francisco Matiozzi Molinas, Juan Diego Kantor, Fernando Herrera y otros.
Federico Actis (Rosario, 1981) y Patricio Carroggio (1979, Barcelona, España, afincado en Rosario desde hace casi una década) sumaron este año dos nuevos documentales. No es que Actis y Carroggio le escapen a la ficción: el primero se mostró ingenioso y meticuloso en cortos como El otro (2003) y Shhh!! (2007), o en Los teleféricos (parte de Historias breves 6); el segundo, a su vez, ganó algunos premios con Sábado hawaiano (2010) y French y Beruti (2011), trabajos poco solemnes y ligeramente excéntricos. Esta vez, sin embargo, enfrentaron el desafío de documentar.
En La arquitectura del crimen, Actis recorre el edificio de la Jefatura de Policía (hoy Centro Cívico) en busca de pliegues y recuerdos. Con una voz en off que –sin excederse– aporta datos de manera didáctica, desplegando planos del lugar (cuyas formas pueden mutar gracias a ocasionales toques animados), recogiendo testimonios y rastreando huellas en esas paredes y rincones que encierran tantas experiencias dolorosas, transita momentos de la historia del último siglo en Rosario de manera provechosamente abarcadora, como pocos films locales lo han hecho. Comienza de manera inquietante, con material de archivo en el que el militar santafesino Omar Graffigna –miembro de la segunda Junta Militar de Gobierno durante la última dictadura– justifica sus planes, animado por un conocido periodista rosarino, movilero de Canal 3 durante décadas. Hay varios momentos como ese, en los que La arquitectura del crimen crece en tensión e interés, con un pico en el perturbador capítulo destinado al Jefe de la Policía de Santa Fe durante el terrorismo de Estado, Agustín Feced.
Las imágenes que recuerdan el secuestro del gerente del frigorífico Swift por parte de miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo, solicitando para su liberación frazadas y comida para los obreros, refrescan la intensidad de los años ’70. Los comentarios de arquitectos y estudiosos ayudan a conocer los cambios a los que fue sometido el inmueble. La información sobre los distintos intendentes y las declaraciones de un antiguo policía, una vecina o los trabajadores encargados de una de las tantas remodelaciones, sugieren distintos grados de indiferencia, sorpresa, complicidad o cobardía. La secuencia en la que ex detenidos deben derribar una pared de la ex Jefatura, finalmente, permite una descarga de emoción.
Algunos testimonios son más interesantes o concisos que otros (seguramente hay más vecinos o ciudadanos rosarinos que atesoran anécdotas en torno al lugar en cuestión), pero lo que La arquitectura del crimen exhibe, a lo largo de dos horas, resulta sustancioso. Producida por Ricardo Robins, Vanina Cánepa y Gabriel Zuzeck, con la producción general de Cecilia Vallina (directora de Industrias Culturales del Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe), es el resultado de un laborioso y paciente trabajo de búsqueda, selección y disposición de materiales, afortunadamente sin subrayados oficialistas, que encuentra sus méritos mayores en el hecho de sacar a la luz archivos eludidos por los canales de TV, así como las reflexiones que estimula deteniéndose en desteñidas marcas en el tiempo, con la ayuda de la expresiva, apropiadísima música de Alexis Perepelycia.
Aunque lo que propone el film de Carroggio es distinto, tiene algo en común con el de Actis: el director se hace a un lado, no es protagonista él sino su mirada. El perro de Ituzaingo –exhibida en la sección Panorama del último BAFICI– indaga en la forma de trabajo de Raúl Perrone, director que probablemente haya cobrado notoriedad más por su individualismo e independencia (con más de treinta cortos, medio y largometrajes rodados únicamente en la ciudad bonaerense del título, de forma casi artesanal junto a amigos o alumnos) que por su obra en sí (que va desde los distendidas viñetas juveniles de Labios de churrasco o Graciadió hasta las más recientes y estilizadas P3nd3jo5 Favula). Valiosa por ocuparse de un realizador poco afecto a la exposición pública, El perro de Utuzaingo resulta una suerte de backstage de uno de los últimos films de Perrone, con la personalidad del director asomando sin vueltas. “Odio la plata, a los que tienen plata, los que buscan la plata y los que pelean por la plata” dice en un momento este auténtico personaje del cine vernáculo, quien, cuando se lo ve con polera y sombrero, recuerda físicamente al Pino Solanas de los ’80.
El film va al grano: con un movimiento descriptivo de la cámara nos ubica en el lugar de trabajo de Perrone, regado de estampitas religiosas, fotos de rock stars y papeles. En seguida lo vemos en plena actividad, junto a un reducido equipo con el que intercambia bromas y discusiones. Sólo en contadas ocasiones el documental sale de ese espacio, y cuando lo hace es para agregar apuntes sobre el mismo tema. La visión positiva que los jóvenes actores tienen de RP afloja la tensión que sobrevuela en algunos ensayos o al dispararse una que otra broma sobradora. “Me siento un dibujito animado suyo” dice en un momento la joven actriz que lo trata de usted, siendo inevitable recordar la larga trayectoria de Perrone como ilustrador e historietista. Los breves toques musicales de Carlos Masinger y graciosos equívocos que se suceden durante el rodaje aligeran la presentación de esta seguidilla de esfuerzos.
Cuando eventualmente la cámara de Carroggio se desvía y se detiene en el brillo de alguna mirada, dejando fuera de campo lo que Perrone filma –por ejemplo al mostrar una nena que mira sorprendida la labor de los actores–, su film gana en comunicatividad. En cuanto a su objeto de estudio, debe reconocerse que logra exponer a Perrone sin condicionamientos, compartiendo el modo en que convierte a su quehacer en un juego, con apasionamiento y contradicciones, sencillez y libertad.

Por Fernando Varea

https://www.youtube.com/user/fgactis
http://www.patriciocarroggio.com/