El buen amigo gigante de la industria

El estreno de una nueva película de Steven Spielberg (Cincinnati, EEUU, 1946) –uno de esos pocos nombres que suenan popularmente como equivalente a cineasta autorizado y exitoso– puede servir para echar una mirada sobre su obra, separándola en posibles etapas o pliegues. Lejos de pretender un análisis exhaustivo (otros lo han hecho o lo harán mejor), la intención es repasar brevemente una filmografía que va desde la vitalidad del cine de géneros de los ’70 hasta la obstinación en ciertos rasgos del clacisismo en la actualidad, atravesando algunos fiascos y grandes momentos.

ENERGÍA JUVENIL. Entre los primeros trabajos de Spielberg figura Firelight (1964), ensayo que filmó a los 16 años después de haber ganado un concurso de cine aficionado y que pudo exhibir en un local comercial de Arizona. Hubo también varios cortos y telefilms, entre ellos Reto a muerte (Duel, 1971), magistral como pieza de suspenso sostenida en escasos elementos: un camión conducido por alguien de origen y fines inciertos, una persecución pertinaz, la polvorienta soledad de los caminos. Su eficacia la llevó, años después, a ser rescatada y estrenada comercialmente en salas de cine en varios países, incluyendo Argentina. El mismo aliento lúdico y gusto por la adrenalina mostró posteriormente en Tiburón (1975), suceso de taquilla en pleno auge del llamado cine catástrofe y nominada al Oscar por mejor película cuando Spielberg tenía apenas 29 años. Poco antes había hecho Loca evasión (The sugarland express, 1974), sobre la fuga de una pareja de lunáticos, que (merced a sus complejas corridas automovilísticas, chispazos derivados del encuentro entre distintas modalidades de actuación y situaciones tragicómicas) resultó algo desconcertante. Algo similar ocurrió con la curiosa 1941 (1979), en torno a la locura que gana a los habitantes de las costas de California tras el ataque japonés a Pearl Harbor. Plena de incidentes reales surgidos del propio rodaje –incluyendo cambios del director de fotografía y de la empresa productora–, considerada antipatriótica por John Wayne (quien rechazó el rol principal), con Samuel Fuller y John Landis en papeles secundarios, bien puede verse como el resultado de un Spielberg ya ambicioso pero en estado de libertad.

SENTIMENTALISMO CELESTIAL. Encuentros cercanos del tercer tipo (1977) y E.T. (1982) revisten de ternura algunas formulaciones propias del cine de ciencia ficción. Con estos productos destinados al consumo familiar, el realizador fue dejando de lado cierta provocación, prefiriendo el subrayado de gestos comprensivos y una estética más almibarada. El éxito de público y las nominaciones al Oscar que recibió por ambas películas como mejor director, lo ubicaron en poco tiempo en un sitio importante de la industria de Hollywood.

EL DISFRUTE DE LA AVENTURA. En busca del arca perdida (1981), Indiana Jones y el templo de la perdición (1984), Indiana Jones y la última cruzada (1989) y la rezagada Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008) son variaciones en torno al juego que mejor juega Spielberg: divertidos homenajes al cine de aventuras, con el arqueólogo Jones (Harrison Ford) enfrentando diversos riesgos a través de viajes, búsqueda de reliquias y enfrentamiento con un surtido número de imprevisibles oponentes. Con espíritu de comic, estos encadenamientos de peripecias supieron rodear las hazañas del icónico héroe –de características nunca extraordinarias, salvo por su capacidad para sortear peligros– de saludables dosis de humor y terror, sin abrumar con efectos especiales. A partir de los ’80, y siempre apoyando sólidos entretenimientos destinados a un público infantil y adolescente, intervino también como realizador de algunos films en episodios y en la producción de otros (Gremlins, Volver al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabitt? y varios más).

EN BUSCA DE PRESTIGIO. Cuando su obra viró hacia el film con mensaje, los resultados fueron más discutibles. El color púrpura (1985), Imperio del sol (1987), La lista de Schindler (1993) y también, aunque en menor medida, Amistad (1997), contienen arrebatos dramáticos e ideas visuales de poderoso efecto, pero no dejan de ser aniñadas, superficiales, manipuladoras. El racismo, la infancia en tiempos de guerra y el nazismo fueron problemáticas que –sin el tratamiento adulto y cauteloso que siempre merecen– se le escurrieron de las manos. Echando mano a destellos fotográficos y musicales a veces gratuitos, y a intérpretes jugándose su lugar en la industria (incluyendo la entrañable Whoppi Goldberg y un preadolescente y exaltado Christian Bale pre-Batman), estos dramas de eficacia intermitente dejaban entrever, además, cierta laxitud moral: homenajear a las víctimas del Holocausto alzando el ejemplo de un empresario alemán arrepentido, por ejemplo, nunca pareció una iniciativa razonable.

PASOS EN FALSO. Ni la remake de un film de Víctor Fleming que se propuso para Siempre (1989) ni el homenaje a Peter Pan y sus personajes que intentó ser Hook (1991) estuvieron a la altura de las expectativas generadas. Extensas, plagadas de actores conocidos (desde Robin Williams y Dustin Hoffman hasta Audrey Hepburn), saturadas de un colorido chirriante, narrativamente endebles, fueron producciones cerradas en su aparatosidad.

REGRESOS AL CINE DE GÉNERO. Si algo sabe Spielberg es crear tensión por la cercanía de una criatura amenazante o encadenando obstáculos que ponen en riesgo la vida de personajes que generan empatía: por suerte, volvió a desplegar esa capacidad para divertir con sobresaltos en Jurassik Park (1993) y su inevitable continuación El mundo perdido (1997), Inteligencia artificial (2001), Minority Report (2002) y La guerra de los mundos (2005). Más allá de que en este último caso podía irritar el final triunfalista, y de que Inteligencia artificial debía bastante de su planificación a la concepción que de la misma había hecho Stanley Kubrick, los cinco casos son ejemplos de entretenimientos confeccionados con astucia, partiendo de las fórmulas del cine de terror y ciencia ficción.

OFICIO Y VIOLENCIA. Como si su deseo de ser reconocido como realizador de cine adulto se encontrara con su afición por el morbo, en Rescatando al soldado Ryan (1998) y Münich (2005) dolorosos hechos de la Historia –la invasión de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial y el asesinato de los presuntos autores intelectuales de los atentados a la delegación israelí durante los Juegos Olímpicos de 1972– son convertidos en un drama bélico y un thriller cargados de suspenso y violencia. En el primer caso, la belleza clásica de algunos planos y su estremecedor tramo inicial son desbalanceados por una mirada conservadora sobre la guerra y sus consecuencias. Del mismo modo, Münich tiene secuencias brillantemente resueltas (como la toma subjetiva que acompaña al protagonista en su extraño encuentro con un contacto francés, entre otras tantas) pero la lectura que hace del personaje central y su contexto resulta ambigua y trivial.

COMEDIAS MENORES. En Atrápame si puedes (Catch me if you can, 2002) y La terminal (2004) Spielberg intentó la comedia sentimental o con toques de intriga. Confiando tal vez demasiado en el carisma y popularidad de sus protagonistas (Hanks, Di Caprio, Zeta-Jones), puso su profesionalismo al servicio de historias que van desenvolviéndose sin sorprender demasiado. Los homenajes (a Frank Capra, a James Bond, a la elegancia con la que se hacían ciertas farsas de enredos en los ’60) asoman sólo de a ratos.

CIERTO CLASICISMO. Los motivos por los que Caballo de guerra (2011), Lincoln (2012) y Puente de espías (2015) no fueron demasiado exitosas tal vez haya que buscarlos en sus méritos y no en sus defectos: son dramas elaborados con los tópicos del cine clásico, en tiempos en los que la historia de cariño de dos jóvenes hacia un caballo, una biopic sobre una figura histórica o las confabulaciones derivadas de la Guerra Fría sólo son digeridas si aparecen cruzadas por la sorna o el frenesí audiovisual. Nada de eso hay en estas tres obras, en las que (por encima de entrelíneas sospechosas) emergen una sobriedad fuera de época, ecos fordianos, madurez formal.

CORRERÍAS ANIMADAS. Suerte de relecturas de Indiana Jones y E.T. respectivamente, Las aventuras de Tintín (2011) y El buen amigo gigante (BFG [Big Friendly Giant], 2016) coinciden en un comienzo prometedor que va desviándose hacia un vertiginoso encadenamiento de acciones incidentales. Filmada una con la técnica de captura de movimiento y la otra con animación digital, se parecen por abrevar en fuentes nobles y, a partir de allí, armar movidos divertimentos. Ambas historias tienen niños bienintencionados y decididos como protagonistas, dentro de un ámbito atemporal en el que se despliegan eventos sin demasiada lógica, permitiendo disfrutar de un universo ficticio sembrado de peligros que se irán sorteando. Pero si Las aventuras de Tintín en algún momento se enfebrecía innecesariamente, El buen amigo gigante es invadida por una puesta en escena inarmónica, abigarrada, con un convencional enfrentamiento final ogros vs. soldados. Lo mejor de este Roald Dahl pasado por Spielberg está en las iniciales escenas nocturnas en la calle y la aparición del gigante, más un último tramo que –aunque hubiera sido mejor sin banderas reconocibles ni encandilamiento por lujos monárquicos– resulta incuestionablemente gracioso.

Por Fernando Varea

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