Juan Villegas: “Filmo pensando qué me pide cada película”

Juan Villegas (1971, Buenos Aires) estudió en la Universidad del Cine, donde actualmente da clases, es guionista, productor y realizador. Su primer largometraje fue Sábado (2001, sobre guión propio) , al que siguieron Los suicidas (2005, basado en la novela homónima de Antonio Di Benedetto) y Ocio (2010, codirigido con Alejandro Lingenti, sobre novela de Fabián Casas). También ha ejercido la crítica en distintos medios (El Amante, Revista de cine). Sus dos últimos trabajos son documentales y formaron parte de la programación del reciente BAFICIVictoria (2015), espontáneo registro de la vida cotidiana y ensayos de la cantante independiente Victoria Morán, y Adán Buenosayres – La película (2015), producido por Canal Encuentro, INCAA TV y TV Pública, breve pero delicado sondeo por la novela de Leopoldo Marechal, en la que se alternan entrevistas, reflexiones personales, detalles de un guión que Manuel Antín intentó filmar en los años ’70 y recreaciones con actores de ciertos fragmentos del libro. De paso por Rosario –ciudad que suele visitar por razones familiares–, para presentar una función especial de estos dos documentales en cine El Cairo, se mostró muy dispuesto a charlar con Espacio Cine.
– Entre los realizadores de tu generación no suele haber mucho interés en hacer cine partiendo de textos previos. ¿Por qué te gusta a vos?
Tal vez haya una necesidad de tomar un discurso previo, del que el cine se apropia. Además me gusta leer y, si supiera hacerlo bien, me gustaría ser escritor. No me parece que hacer cine y escribir sean cosas tan distintas. Una vez se lo escuché decir a Mariano Llinás –que posiblemente se lo escuchó a Godard–, que el cine es la literatura del siglo XX. Me gusta esa idea. Por eso nunca sentí como un problema la cuestión de convertir un lenguaje en otro, me resulta natural esa transposición. En mi caso, el deseo de ser escritor es una especie de fantasía previa a la de hacer películas. Encontré en el cine un medio para escribir películas filmándolas, una cosa así. Es una tendencia de la que quería empezar a escapar: en Victoria la literatura ya no existe, está hecha a partir de la música.
– De todos modos, allí se analizan y discuten las letras de las canciones. Hay también un interés por lo escrito.
– Es verdad. Lo primero que me interesó de Victoria antes de hacer la película, cuando la escuché por primera vez en un recital, aparte de que es una cantante extraordinaria, fue su repertorio. Las canciones que elegía cantar eran las que a mí me gustaba escuchar. Eso me impresionó mucho y se lo dije. Después, durante el trabajo de montaje, fui eligiendo qué canciones dejar. Algunas funcionaban muy bien en determinados momentos de la película. Ella está cantando todo el tiempo, entonces había un repertorio amplísimo. De todas formas, ahora que lo pienso, con las canciones puede ser similar a algo que pasa con el cine: es el texto en un contexto concreto. No sé si te pasa a vos, pero cuando yo leo la letra de una canción se produce una desilusión muy fuerte. Parece mucho menos interesante que cuando se la escucha.
– Aunque no partía de un texto previo, Sábado tenía también algo literario. Sus diálogos no son costumbristas.
– No son costumbristas pero para mí era importante que suenen naturales, tenía que sentir que eso era fluido, creíble, verosímil. No era repetir artificialmente un texto, como podría parecer. Hubo mucho trabajo para llegar a eso.
– Algo similar puede decirse que ocurre en los momentos de ficción de Adán Buenosayres.
– Es cierto, porque de alguna manera también son textos no naturalistas. En general, tiendo a buscar eso. Recuerdo que cuando escribí Sábado no surgió esa idea de cierto artificio del lenguaje, sino de pensar qué dirían los personajes en esas situaciones y después llevarlo más allá. Generalmente, en las películas se llega a una especie de costumbrismo-naturalismo a partir de una simplificación. Los diálogos de la realidad suelen ser más complejos e intrincados. Por ejemplo, en una película cuando dos personas se despiden dicen Chau y se van, mientras que en la realidad se despiden varias veces, se saludan y vuelven a saludar, se acuerdan de algo que se tenían que decir… Quería llevar eso un poco al extremo, para generar cierto efecto cómico y hasta incómodo.
– ¿Cómo fue tu experiencia con los autores de los textos sobre los que trabajaste?
– Adapté textos de dos escritores fallecidos, así que mi experiencia fue con las hijas. Con la hija de Di Benedetto casi no tuve trato, ella vivía en México y fue bastante rápido el acuerdo por mail, ni siquiera estaba interesada en leer el guión. Se complicó un poco porque fue antes de la devaluación del 2001 y después fue difícil pagar, tuvimos que ajustarnos y adaptarla un poco a las circunstancias. En el caso de Ocio, nace de Ale Lingenti, él me invita a sumarme al proyecto, es muy amigo de Fabián Casas. Filmamos incluso en la casa donde vive el padre, fue muy generoso con nosotros y quedó contento porque la película no se parecía mucho a la novela.
– El caso de Marechal queda un poco plasmado en la película.
– A diferencia de Di Benedetto, las hijas tienen una fundación y hacen una acción permanente de reivindicación de la obra de su padre. Estaban contentas con que se hiciera un documental y me ayudaron a contactar entrevistados y a dar información, sobre todo María de los Ángeles, que es la que más se ocupa. Coincidíamos mucho en querer escapar del mito del Marechal prohibido y olvidado, vinculado con la resistencia peronista. Aunque es cierto que eso existió, el recorrido de Marechal es mucho más complejo. Por otra parte, esa recurrencia en convertirlo en una víctima del antiperonismo no permitió que se lo reconozca como escritor en toda su complejidad. La película intenta eso y a ella le interesó.
– Es curioso que ningún realizador peronista se haya interesado en Marechal y sí, en cambio, Manuel Antín.
– A mí me pareció interesante que un director no asociado al peronismo sea el que más se obsesionó en querer adaptar una novela de Marechal. Se vincula con lo que dice Martín Prieto en la entrevista inicial, de que era un escritor difícil de encasillar, tanto dentro del peronismo como del antiperonismo. El problema no es sólo que lo ignoraron los antiperonistas sino que no supieron leerlo los propios peronistas. Que Manuel haya querido adaptarlo no me parece casual, para nada.
– Antín parece más interesado en el valor literario de Adán Buenosayres que en la figura de Marechal. 
– Sí, pero no sólo eso. Habla de Marechal como un patriota. Le encuentra un valor político a la novela y a su obra, y no siente como un conflicto el hecho de que el autor sea peronista, a pesar de que él no lo es. Le pregunté una vez si hablaban con Marechal del peronismo y me dijo que no. Pero sí siente una identificación con él respecto al destino del país, que no había alcanzado las alturas que merecía, veía una crisis espiritual que lo hacía sufrir. Compartían eso sin coincidir en lo partidario. Me parece que es un problema cuando la reivindicación política, en éste o en cualquier caso, se hace desde lo partidario y no desde lo político. Son dos cosas distintas, que en Argentina se están confundiendo mucho desde hace tiempo.
– A propósito de cuando Antín dice de Marechal que era un patriota, pensaba cuánta fuerza puede tener una palabra en una película como la tuya que, aunque esté hecha para TV, tiene un ritmo y un clima reflexivo particular, digamos cinematográfico.
– Es verdad. A mí la idea de patria y de lo nacional siempre me hace un poco de ruido, por ejemplo me gusta decir cine argentino y no cine nacional. Estoy en contra de cualquier idea de nacionalismo. Cuando Manuel, en el contexto de la película, desarrolla la idea, se entiende un poco más. Por eso me interesó incluir el texto que abre y cierra, el mismo que abre la novela y cierra la parte más narrativa de la misma, antes de esa especie de viaje a los infiernos, textos bastante poéticos en los que hay un despertar de la ciudad y el deseo de un país mejor, de un mundo mejor. Desde una posición poética hay como un manifiesto político en esos textos. Se los hice leer a Manuel porque coinciden con el sentido que le da al concepto de patriota: alguien que pensaba el país. Me gusta de Manuel, además, que al hablar con él te hace sentir muy cómodo, como si fueras un par suyo, y a la vez, cuando empieza a contar anécdotas, menciona gente de un pasado muy lejano como contemporáneos. Eso es muy fuerte: te hace sentir contemporáneo de esa gente. Si algo tienen en común Victoria y Adán Buenosayres es lo que me comentó un crítico amigo, Juan Francisco Gacitúa: en ambas hay una especie de rescate de una cultura porteña antigua, sin nostalgia. De alguna manera es la cultura que todavía habitamos, medio perdida u olvidada.
– De todos modos, son diferentes. En Adán Buenosayres intervenís directamente y compartís el proceso de la película, mientras en Victoria no. En ésta hay muchos primeros planos y la cámara sigue todo el tiempo a la cantante, en la otra el ritmo es más sereno, con planos más elaborados. Otros tal vez hubieran hecho los dos documentales de la misma manera.
– A mí me interesa probar distintas cosas. No sé si es bueno para un director, ya que hay una tendencia a encasillar, pero es lo que más disfruto. Seguramente si alguien se pone a mirar mis películas puede encontrar puntos en común, pero son todas distintas. Pienso qué pide cada película. Las entrevistas de Adán Buenosayres me interesaba contarlas así: fue una discusión permanente con los canales de TV que la financian, que querían más ritmo. Pero yo las filmé y las edité con un tiempo no muy distinto al que le daría a una conversación entre dos personajes. Me parece gratuito cortar de un personaje a otro simplemente para tener un plano nuevo, cuando ese plano no me va a decir nada más. Me gustaba filmarlas, más que como entrevistas, como registros de conversaciones.
– En las escenas de ficción de Adán Buenosayres los actores, los lugares, la iluminación, logran captar muy bien algo de la esencia de ese libro enorme (en todo sentido).
– Me alegro, porque era un desafío importante. Algunos espectadores durante el BAFICI, lectores de Adán Buenosyares de hace muchos años, se habían imaginado para esos personajes otro tipo de actores, más grandes. De hecho, Antín cuenta que había pensado en Alfredo Alcón y Pepe Soriano, que a mediados de los ’70 ya no eran chicos de veinte años. Pero en la novela Adán y Samuel tienen veintipico, son unos muchachos bohemios que salen a la aventura de la noche, sueñan con escribir sus libros, usan un lenguaje tal vez más engolado de lo necesario y ya se creen poetas, a pesar de que viven en una pensión y están empezando sus aventuras amorosas y literarias. Me gustaba rescatar eso porque es lo que me generó empatía cuando era muy chico y leí la novela por primera vez. Creo que la adaptación de Manuel iba un poco hacia otro lado. Yo sentí que estaba siendo más honesto trasladando esos personajes al presente, para poder comprenderlos. Ahí hay un cruce con el texto que parece de otra época aunque, en realidad, no sabemos de qué época es. La novela está escrita en los ’40 y recuerda hechos de la del ’20. En algún punto traté de ser fiel a ese artificio.
– ¿Por qué como crítico no tenés problemas en participar en debates y polémicas (en revistas de cine, en las redes sociales) y con tu cine preferís mantenerte al margen de temas controvertidos?
– Adán Buenosayres pensé que podía traer alguna polémica desde lo político, pero ni siquiera molestó. Respecto a lo que decís (piensa)… Me interesa la discusión sobre el cine y sobre el país. En algún momento tuve una participación concreta en una entidad de directores a la que sigo perteneciendo aunque ya alejado de la conducción, y desde ese lugar también he tenido discusiones, dentro del INCAA o con otras entidades. Siento que hay mucha gente que se cuida demasiado en decir lo que piensa, un poco cobardemente, aunque suene duro. Gente que dice cosas en una mesa de café pero no se anima a decirlas públicamente, eso me molesta. Y como me molesta en los demás, trato de no hacerlo. Sé que hay cosas que no se pueden o no se deben decir públicamente, pero hay demasiado miedo a decir lo que uno piensa. Me gusta la gente que dice lo que piensa y discutir con ellos, me interesa más esa gente que los que se callan. La idea de hacer Revista de cine tiene que ver con eso, con crear un espacio más donde decir lo que se piensa sobre cine, con pasión y con ideas. Aunque hay excepciones, es algo que falta. Muchas veces pensé en trasladar eso a mi cine. Lo he hablado alguna vez con mis alumnos en clase, y es un tema que han tratado Roger Koza y Nicolás Prividera: la ausencia de la realidad política en los últimos 15 años del cine argentino. En un ambiente cultural como el de los que hacemos cine, en el que se habla tanto de política, esas discusiones no aparecen. No tiene que ver con lo partidario, sino con esas películas que parecen filmadas en otra ciudad, es muy impresionante eso… En mi caso, si no lo hago no es por miedo a exponerme, porque me expongo desde otro lugar. Tal vez sea un prejuicio, de sentir que la creación artística pura tiene que estar alejada de la discusión política. Sin querer compararme, obviamente, pienso en Borges: es mentira que no haya tenido una participación política en toda su vida (incluso las que más se conocen son las peores, como sus últimas entrevistas), tiene una historia muy grande de activismo político, de escribir manifiestos antifascistas en los ’30 y ’40. Uno pone en las películas el mundo que le interesa, el problema es que a mí me gustaría hacer tres por año: si hiciera más, eso seguramente aparecería. En un documental que estoy preparando puede aparecer un tipo de discusión más política, pero vinculado al cine. La ficción que estoy armando no, es un proyecto muy personal en la que no podría aparecer. Ahí es donde no termino de entender la postura de Prividera cuando dice que toda película que deja afuera la realidad política del país es fallida o no es valorable, como si estuviera hecha fuera de la Historia. La realidad puede ser un rostro, una calle. Cualquier intervención artística tiene un costado político.

Por Fernando G. Varea

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3 pensamientos en “Juan Villegas: “Filmo pensando qué me pide cada película”

  1. “no termino de entender la postura de Prividera cuando dice que toda película que deja afuera la realidad política del país es fallida o no es valorable, como si estuviera hecha fuera de la Historia.”

    Me cansa un poco escuchar repetidamente esa lectura simplista de lo que quiero expresar, Juan, que es precisamente lo que decís una frase después: “Cualquier intervención artística tiene un costado político.” El tema es cuando no se lo asume, sea por comodidad o miedo, como vos mismo señalás antes al hablar de las charlas de café. Los directores generalmente no se hacen cargo, y los críticos apenas un poco más. Me gustaría leer esa discusión en Revista de cine, por ejemplo, pero tampoco aparece… Alguna vez discutimos que no se debía a los gobiernos de turno, y ahora lamentablemente creo que se pobará que tenía razón.

  2. Posiblemente simplifiqué lo que vos solés plantear habitualmente. En una entrevista (en una charla) uno tiene que resumir ideas que son complejas. Pero insisto en mi desacuerdo con el eje desde el cual mirás el cine en general y el cine argentino en particular. Eso no significa que no me parezca interesante ese eje. Al contrario, creo que tus intervenciones son de esas que ayudan al debate, a seguir pensando el cine, a discutir las distintas miradas.

  3. Entiendo que uno deba resumir ideas en una charla, pero a veces el resumen es erróneo y -así como los periodistas pueeen malinterpretar al glosar lo que uno dice- se parece más al prejuicio del que lee que a los problemas del citado, digamos.
    Yo no tengo problerma en discutir el “eje”, empezando por aclarar cual es y por eso lo hago aquí. Pero no espero debatir en los comments de una entrevista, desde ya. Lo hice en las polémicas con vos o Portra Fouz en OtrosCines y volveré hacerlo cuando lo amerite. Pero insisto: no veo intervenciones que discutan ese eje, o que se hagan cargo del problema. Y en eso al menos estamos de acuerdo, así que habría que empezar por ahí… Espero que vengan películas que demuestren lo contrario, así como artículos en Revista de cine donde se profundice lo que señalás en este reportaje.
    Saludos.

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