Música alegre, mujer triste

GILDA – NO ME ARREPIENTO DE ESTE AMOR
(2016; dir: Lorena Muñoz)

Antes que la televisión irrumpiera en los hogares argentinos, el cine era popular por derecho propio: por unas monedas, en barrios y pueblos de todo el país gente de distintas edades disfrutaba de comedias, melodramas, policiales y relatos épicos generalmente enérgicos y francos, algunos mejores que otros, pero casi siempre cercanos a sus intereses. Después el cine fue atravesando cambios de distinto tipo, aunque no faltaron intentos de rescatar las historias de cantantes, deportistas o personajes marginales populares, en busca de un público que pudiera verse reflejado en ellos (incluyendo algunos que incursionaron en la política, terminaron ocupando un lugar en la Historia y murieron jóvenes, como Evita o el Che). Los proyectos de ficción más valiosos han sido, seguramente, los realizados por directores con calle, sensibilidad y convicciones para entender los códigos de esas personas que supieron ganarse el cariño de los de abajo porque eran sus iguales: el ejemplo más emblemático es Leonardo Favio (Juan Moreira, Gatica, “el mono”), aunque podrían mencionarse también a Lautaro Murúa (La Raulito) y Adrián Caetano (Crónica de una fuga).
El caso de esta biopic de Gilda, exitosa cantante de cumbia fallecida en un accidente de ruta hace veinte años, escrita por Tamara Viñes y Lorena Muñoz (1972, Buenos Aires), y dirigida por esta última, es curioso: sin la informalidad de homenajes similares (ya hubo una película destinada a Rodrigo, cantante también fallecido en un accidente cuatro años después que Gilda) ni los raptos de arrebatada tragedia y fulgores formales de Favio, Gilda, no me arrepiento de este amor resulta un producto prolijo, decoroso, moderado. De alguna manera, conserva el carácter de Soy del pueblo, el programa de Canal Encuentro que Muñoz lleva adelante desde hace tiempo, reuniendo testimonios e imágenes de archivo para retratar a personalidades de la música y el cine argentinos, aunque, a diferencia de ese ciclo (y de sus largometrajes Yo no sé qué me han hecho tus ojos y Los próximos pasados, el primero codirigido con Sergio Wolf), aquí la vida de una figura de la cultura popular es recreada con actores.
El film comienza con Myriam –todavía no Gilda– como si fuera un personaje de María Luisa Bemberg, o como la protagonista de Rompecabezas (2010, Natalia Smirnoff): ama de casa y maestra jardinera, desea algo más, y debe animarse a dar los pasos necesarios para dejar atrás su rutina familiar. La (anti)heroína del film de Smirnoff encontraba una tabla de salvación en un juego de mesa, Myriam en una guitarra.
Pero así como el film evita caer en la tentación de destacar ciertos elementos (por ejemplo la mistificación de la cantante, evidente en la explicación a una niña que dice haberse curado gracias a ella: “Los médicos son los que te salvaron”), cae en el lugar común hollywoodense de alzar el éxito en el mundo del espectáculo como lo máximo que puede lograrse en la vida. “Quiero que mis hijos se sientan orgullosos de mí” dice Gilda en un momento, y cuando le responden que siendo una buena maestra ya sería suficiente, ella dice: “Aspiro a algo más”. Se supone que hay pasión por la música, el baile y los aplausos, pero eso no se advierte demasiado durante la primera parte de la película, cuando va despertando en esa mujer menuda y algo tímida una vocación semidormida, apenas alentada por idílicos recuerdos junto a su padre.
La secuencia de la llegada a un tugurio en el que se topará con un productor de aspecto temible (Roly Serrano, con el tono justo) despierta la curiosidad y tensión necesarias. Del mismo modo, interesan los momentos en que Myriam-Gilda duda en soledad o ensaya con esfuerzo. Gracias a la eficacia de los actores secundarios (Lautaro Delgado, Susana Pampín, Javier Drolas, Daniel Valenzuela) y la luz mortecina que predomina en los ambientes (buen trabajo de Daniel Ortega), hay verosimilitud en las escenas familiares, aunque el plano secuencia durante un festejo de fin de año no consiga el dramatismo pretendido.
Esto último tal vez responda a un motivo puntual: encarnando a la cantante en cuestión, Natalia Oreiro resulta una presencia carismática pero, a la vez, un problema. Su simpatía y recursos para cantar y bailar están fuera de discusión, pero su lozanía y aniñada sonrisa casi inalterable desdibujan la expresión melancólica que conmovía en la Gilda original. Falta angustia en la voz y el rostro de la actriz, por ejemplo en las discusiones con su pianista-descubridor bajo la lluvia y con su madre en la cocina. En un flashback asoma con fuerza una escena bastante melodramática (cuando alguien muere en un hospital), pero allí Oreiro precisamente no interviene.
La reivindicación de una persona acostumbrada a tratar con hombres y mujeres de los sectores más humildes –incluyendo presos de una cárcel–, aliviando sin paternalismo sus penas, es un mérito de Gilda, no me arrepiento…, tanto como el hecho de no cargar las tintas sobre algunos personajes, o de no almibarar la relación sentimental de la cantante con su manager.
Sin las pretensiones polémicas ni el efectismo que han sabido rodear a las películas argentinas más exitosas de los últimos años, la película de Lorena Muñoz tiene vivacidad y está narrada con transparencia. Fuera de campo quedan los motivos por los que las vidas de Gilda, su familia, sus músicos y sus fans persisten marcadas por el desvelo y las necesidades materiales (hubiera sido oportuna alguna alusión al respecto, sobre todo teniendo en cuenta que esta explosión de la música tropical coincide con las condiciones en que se desarrollaron ciertas políticas en la Argentina de los ’90). Pero eso parece responder al criterio mismo del film, nunca revulsivo aunque cubierto de un manto de leve, resignada tristeza.

Por Fernando Varea

Premiados insensibles

EL CIUDADANO ILUSTRE
(2015; dir: Gastón Duprat-Mariano Cohn)

En algún momento de su película, Gastón Duprat (1969, Bahía Blanca) y Mariano Cohn (1975, Villa Ballester, San Martín, Gran Buenos Aires) –autores también del guión junto a Andrés Duprat, hermano del primero y actual director del Museo Nacional de Bellas Artes de la capital argentina– le hacen aclarar a su protagonista que los personajes de un artista no necesariamente reflejan lo que ese artista piensa. Sin embargo, es curioso cómo la actitud de superioridad del escritor de ficción Daniel Mantovani es similar a la de los realizadores, reconocidos y premiados (volvieron hace unos días del Festival de Venecia con la Copa Volpi obtenida por su protagonista Oscar Martínez) pero poco proclives a analizar con sensibilidad y lucidez la realidad que los circunda.
Impulsores de iniciativas originales en TV, cuando incursionan en cine (El hombre de al lado, Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo) recurren a gestos propios de cierta televisión también: simplismos, porteñismo, burlas disparadas con inmadurez, desdén hacia personajes y situaciones que merecerían ser abordados con mayor profundidad. Ese espíritu, que remite a programas como CQC, asoma nuevamente en este film sin alma, sostenido en las módicas sorpresas que depara su guión y su visión –más previsible que descarnada– de ciertos vicios de la Argentina.
El mencionado Mantovani es el ciudadano ilustre del título, escritor célebre que viaja de España a un pueblo de la provincia de Buenos Aires donde vivió sus años de infancia y adolescencia, para ser allí centro de sencillos homenajes. Individualista e impaciente, se enfrentará a viejos conocidos y pueblerinos fastidiosos, lo que da lugar a ironías sobre corrupción, violencia e ingenuidades varias. El afán provocador de Cohn-Duprat no es desdeñable, pero defrauda lo elemental de sus planteos: cuesta admitir la superficialidad de los conceptos que tienen sobre la literatura, la política, la amistad, la educación, la mujer, la Argentina (el regreso del escritor a nuestro país es visto como un riesgo alejado del más mínimo atractivo) e incluso los premios Nobel (egocentrismo, riqueza económica y pocas luces para reflexionar sobre su especialidad son los rasgos que caracterizan a este imaginario Nobel argentino, a años luz de Leloir, Milstein o Pérez Esquivel, que lo fueron de verdad).
Párrafo aparte merecería la mirada sobre la vida cotidiana en el siempre mal llamado interior. Desde ya, no está mal satirizar elementos del conservadurismo y la hipocresía que suelen anidar en los  pueblos: el problema está en la forma o, más aún, en el lugar desde el cual Cohn-Duprat los destacan sarcásticamente. Manuel Puig describía el mismo ambiente en Boquitas pintadas (que mereció una recordada versión cinematográfica de Torre Nilsson) sin eludir la idea malsana de círculo cerrado, pero descubriendo, al mismo tiempo, corrientes de afecto sincero, intentando comprender a esos seres anónimos. En documentales como El ambulante (2010, De la Serna-Marcheggiano-Yurcovich) las peculiaridades de la vida pueblerina asomaban naturalmente, dejándole al espectador la posibilidad de opinar sobre ellas, mientras que en El ciudadano ilustre las intenciones aparecen subrayadas: hay que reírse de la modesta escultura tallada en un tronco, del muchachón insistente que invita a comer al escritor, del pibe discapacitado que necesita dinero (por más que haya buenas intenciones en todos los casos). Si alguien tiene talento, como el conserje del hotel, será bendecido con un buen trato; si se es ingenuo o torpe, en cambio, no merece atención. Las referencias burlonas a ciertos estandartes del nacionalismo –incluyendo las figuras de Perón y Evita, que asoman en cuadros expuestos en la oficina del intendente–, así como la visión desideologizada que ostenta el inconmovible protagonista, reacio a banderías políticas y religiosas, convierte al film en un referente posible de ciertos valores asumidos por el partido gobernante en la Argentina de 2016.
Sobre el final, después de momentos tensos que parecen desprendidos del film de Vinterberg La cacería, se juega con una vuelta de tuerca que no adelantaremos aquí, pero que no parece suficiente para dejar de ver en todo lo visto hasta ese momento una pintura impiadosa de la vida en un pueblo, ícono de la Argentina más que del mundo todo (los males comienzan a ocurrir apenas Mantovani llega a Ezeiza).
El ciudadano ilustre es, al mismo tiempo, sorprendentemente chata: salvo algunos aislados planos fijos casi documentales de gente en las puertas de sus casas, todo el film es de un estilo bastante opaco. En varias secuencias el ritmo se estanca registrando conversaciones sin gracia que duran más de la cuenta y, una vez finalizada la película, quedan en el recuerdo la eficacia de algunos enredos argumentales y poco más: difícil rescatar un primer plano significativo o una resolución perspicaz.
Entre los actores, sólo Manuel Vicente y Andrea Frigerio imponen algo de dignidad a personajes de una pieza. En Antonio, el viejo amigo dudosamente confiable, cuesta no ver a Dady Brieva (a quien le resulta difícil hacer creíble incluso una borrachera), en tanto Oscar Martínez pone su profesionalismo al servicio de otro de sus seres malhumorados para el cine, en este caso un narrador cuyas triviales cavilaciones sobre el arte y el mundo lo muestran más cercano a un mal profesor de escuela secundaria que a un Nobel capaz de volcar la riqueza del universo en las páginas de sus libros.

Por Fernando G. Varea

Café con scones

CAFÉ SOCIETY
(2016; dir: Woody Allen)

En los ’70 era seguido por jóvenes con ansiedades intelectuales, que encontraban en sus ironías de monologuista inspirado y sus personajes agitados e informales algo del espíritu inconformista de la época, mientras espectadores conservadores lo ojeaban con desconfianza. Curiosamente, tras un período de transición con homenajes y tragicomedias que conservaban todavía algo de filo (ZeligBroadway Danny RoseHannah y sus hermanasCrímenes y pecados), Woody Allen (1935, New York, EEUU) empezó a encontrar su público en quienes antes lo desechaban: desde Match Point (2005) en adelante, sus paseos por Europa y regodeo con ambientes glamorosos fueron convirtiendo a su cine en presa codiciada por buscadores de entretenimientos confortables.
¿Está mal que así sea? ¿Acaso jóvenes freaks que se regocijan con exponentes de cine clase B merecen más respeto que señoras acicaladas que disfrutan de películas sin sobresaltos? Lo que debería importar siempre es la calidad de la obra, más allá de su carácter amable o revulsivo; de hecho, la historia del cine está sembrada de comedias románticas que detrás de su simpleza ofrecen una mirada profunda sobre la vida.
El problema del Allen aburguesado de estos tiempos es que ofrece una suerte de paradoja: sus primeras películas no tienen la solidez formal de las últimas, pero, al mismo tiempo, no había en aquéllas ciertas dosis de solemnidad y prudencia que sobrevuelan ahora.
Café Society transcurre en la ciudad de Los Ángeles en los años ’30 y se interna en el mundo del cine a través de Bobby, joven sobrino de un poderoso productor de Hollywood, a quien le pide trabajo. La película comienza con agilidad, con el gracioso encuentro del muchacho con una prostituta inexperta, sus dificultades para ser tenido en cuenta por el atareado tío y el enamoramiento de la secretaria de éste. Distraídamente se desprenden de los diálogos razonamientos capciosos (“Un amor no correspondido provoca más muertes que algunas enfermedades”, “Hay que vivir cada día como si fuera el último, porque algún día lo será”), en tanto breves secuencias, como las de la playa, revelan la madurez del director para encuadrar y dirigir a los actores, con el marco de los cálidos colores provistos por Vittorio Storaro. Pero pronto el film empieza a tornarse un melodrama inofensivo, con una historia romántica que no depara demasiadas sorpresas, contratiempos por un crimen tomado medio a la ligera y referencias a Hollywood dichas en voz alta y al boleo. Jesse Eisenberg y Kristen Stewart se desenvuelven con vivacidad pero sin dejar de ser un poco ellos mismos con ropas de época: el entusiasmo con el que algunos han visto allí ecos de míticas figuras del cine clásico parece desmedido. El resto desfila como figuritas de un álbum colorido, incluyendo una rubia de madura belleza (Blake Lavely) que inicia con Bobby (Eisenberg) una relación sentimental poco creíble, y estereotipos varios (la grotesca madre judía, el tío mafioso fumando siempre con actitud de bravucón).
Tal vez haya algo del propio Allen en el final –notable, bien resuelto– de Café Society, cuando el protagonista parece extrañar la frescura que alentaba su pasión juvenil, mientras un halo de éxito lo rodea.

Por Fernando G. Varea

http://www.woodyallen.com/