Café con scones

CAFÉ SOCIETY
(2016; dir: Woody Allen)

En los ’70 era seguido por jóvenes con ansiedades intelectuales, que encontraban en sus ironías de monologuista inspirado y sus personajes agitados e informales algo del espíritu inconformista de la época, mientras espectadores conservadores lo ojeaban con desconfianza. Curiosamente, tras un período de transición con homenajes y tragicomedias que conservaban todavía algo de filo (ZeligBroadway Danny RoseHannah y sus hermanasCrímenes y pecados), Woody Allen (1935, New York, EEUU) empezó a encontrar su público en quienes antes lo desechaban: desde Match Point (2005) en adelante, sus paseos por Europa y regodeo con ambientes glamorosos fueron convirtiendo a su cine en presa codiciada por buscadores de entretenimientos confortables.
¿Está mal que así sea? ¿Acaso jóvenes freaks que se regocijan con exponentes de cine clase B merecen más respeto que señoras acicaladas que disfrutan de películas sin sobresaltos? Lo que debería importar siempre es la calidad de la obra, más allá de su carácter amable o revulsivo; de hecho, la historia del cine está sembrada de comedias románticas que detrás de su simpleza ofrecen una mirada profunda sobre la vida.
El problema del Allen aburguesado de estos tiempos es que ofrece una suerte de paradoja: sus primeras películas no tienen la solidez formal de las últimas, pero, al mismo tiempo, no había en aquéllas ciertas dosis de solemnidad y prudencia que sobrevuelan ahora.
Café Society transcurre en la ciudad de Los Ángeles en los años ’30 y se interna en el mundo del cine a través de Bobby, joven sobrino de un poderoso productor de Hollywood, a quien le pide trabajo. La película comienza con agilidad, con el gracioso encuentro del muchacho con una prostituta inexperta, sus dificultades para ser tenido en cuenta por el atareado tío y el enamoramiento de la secretaria de éste. Distraídamente se desprenden de los diálogos razonamientos capciosos (“Un amor no correspondido provoca más muertes que algunas enfermedades”, “Hay que vivir cada día como si fuera el último, porque algún día lo será”), en tanto breves secuencias, como las de la playa, revelan la madurez del director para encuadrar y dirigir a los actores, con el marco de los cálidos colores provistos por Vittorio Storaro. Pero pronto el film empieza a tornarse un melodrama inofensivo, con una historia romántica que no depara demasiadas sorpresas, contratiempos por un crimen tomado medio a la ligera y referencias a Hollywood dichas en voz alta y al boleo. Jesse Eisenberg y Kristen Stewart se desenvuelven con vivacidad pero sin dejar de ser un poco ellos mismos con ropas de época: el entusiasmo con el que algunos han visto allí ecos de míticas figuras del cine clásico parece desmedido. El resto desfila como figuritas de un álbum colorido, incluyendo una rubia de madura belleza (Blake Lavely) que inicia con Bobby (Eisenberg) una relación sentimental poco creíble, y estereotipos varios (la grotesca madre judía, el tío mafioso fumando siempre con actitud de bravucón).
Tal vez haya algo del propio Allen en el final –notable, bien resuelto– de Café Society, cuando el protagonista parece extrañar la frescura que alentaba su pasión juvenil, mientras un halo de éxito lo rodea.

Por Fernando G. Varea

http://www.woodyallen.com/

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