Una especie de locura

UNA ESPECIE DE FAMILIA
(2017; dir: Diego Lerman)

El sonido hipnótico del parabrisas en movimiento en el interior de un coche, luces de la calle adoptando formas inasibles, un fondo sonoro de tormenta: el comienzo de este film (sobre una mujer madura que procura adoptar un niño corriéndose de ciertos límites legales) resulta sugestivo, inquietante. Una melodía que a los cinéfilos nos remite inmediatamente a alguno de los primeros films de Leonardo Favio completa el prólogo prometedor.
Lo que sigue mantiene ese clima tenso, si bien los brillos de la realización van imponiéndose por sobre la irregular convicción dramática de la historia: el trabajo del fotógrafo polaco Wojciech Staron es tan exquisito  que, por momentos, atrae tanto o más que las peripecias que esta mujer debe enfrentar para intentar salirse con su objetivo. Cabe señalar que los obstáculos no son únicamente las exigencias de turbios interlocutores (incluyendo un médico dudosamente amigable, encarnado por Daniel Aráoz) o las imprevisibles reacciones de la madre que debe entregarle su bebé, sino también las propias dudas de la protagonista, su inquietud constante, su inestabilidad emocional.
No se sabe bien por qué desestimó las formas lógicas de adopción, pero lo cierto es que el camino elegido la introduce en una cadena de circunstancias arriesgadas que derivan en una suerte de calvario al que contribuyen su desesperación y su capricho. Una rara forma de locura parece interponerse en su conducta, y si es causa o consecuencia de su angustiada travesía es cuestión a ser debatida posteriormente por los espectadores. Precisamente, como en su anterior Refugiado (2014) –y a diferencia de lo que fue su ópera prima Tan de repente (2002), que jugaba más con la provocación e incluso el humor–, el director Diego Lerman parece interesado en poner sobre la mesa un tema de discusión, intención válida pero que fuerza a los personajes a determinadas acciones que parecen pensadas con ese fin.
Los permanentes contratiempos hacen que el melodrama que anida en Una especie de familia se desvíe ocasionalmente hacia el policial, con ciertos dilemas morales latentes. Resulta provechoso que no se desperdiguen datos precisos, indudablemente innecesarios: los lugares donde transcurre la acción, por ejemplo, mutando los cielos húmedos y la tierra roja a áspero territorio montañoso sobre el final. Como espectador, se agradecen varios planos generales admirablemente resueltos (como el utilizado para cerrar el film) y la elusión con la que son trabajadas algunas figuras, recortadas por puertas o intersticios en pasillos, así como la inteligencia con la que se insinúan en un segundo plano circunstancias que sirven para ambientar o completar la historia pero que si cobraran mayor importancia distraerían, como un baile tradicional que la atribulada protagonista no está en condiciones de detenerse a contemplar. Al gato de la mujer, en cambio, cámara y guión le dan una relevancia poco justificable, así como la fugaz invasión de langostas resulta efectista.
Otro logro de Lerman es el rendimiento de sus intérpretes: aunque sin poder acreditar la trayectoria de Bárbara Lennie (la actriz española de La piel que habito, Magical girl y El apóstata), quienes encarnan a la abogada, a la enfermera jubilada, a los policías y al resto de los personajes secundarios lucen provechosamente creíbles. De alguna manera, con su sinceridad opacan los esfuerzos de Lennie, tan efusiva en su sufrimiento, tan representativa de ciertos valores de la clase media acomodada (es digno de análisis la importancia que ocupa en el film su costoso automóvil). De entre todos ellos, se destaca especialmente Yanina Ávila (como la madre que debe entregar a su niño), cuya imagen va creciendo en la película hasta cobrar una fuerza inesperada en una escena de discusión, portando la verdad de su rostro y su capacidad para expresar la angustia ahogada de tantas mujeres de su condición social, obligadas a cumplir casi inexorablemente –tanto en la sociedad como en el cine– un rol secundario.

Por Fernando G. Varea

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Latidos del dinámico corazón audiovisual

SIETE LATIDOS
(2016/2017; dir: Francisco Matiozzi Molinas)

Hablar de cine con cine: esa saludable premisa convierte a Siete latidos en una perla digna de ser rastreada por cinéfilos, estudiantes y docentes de la especialidad. Es que la iniciativa de este programa televisivo de reunir anécdotas y opiniones de quienes generan material audiovisual en el ámbito de nuestra provincia, escapa a la fórmula de la entrevista tradicional y a la tentación de hacer un programa sobre cine que pueda escucharse por radio.
En principio, las figuras y las voces de los convocados en cada emisión para volcar sus experiencias aparecen atravesadas por imágenes (de sus propios trabajos y de películas que han resonado en sus vidas), sin que Siete latidos ceda a la nostalgia haciendo de cada testimonio la reconstrucción de un Cinema Paradiso personal: los recuerdos se alternan con los proyectos recientes y la información se despliega jugando con los modos de comunicación de estos tiempos, como los mensajes por whatsapp, o enfrentando al invitado con sus propias creaciones, como si se viera en las mismas ante un gran espejo.
Los cineastas pueden citar un film conocido de Fernando Birri o de David Lynch pero también obras más secretas y marginales: en todos los casos, asoman tramos de esas piezas para ilustrar el testimonio. Sin dudas, ese encomiable trabajo de búsqueda, investigación y edición es otro mérito de Siete latidos, en un medio como el televisivo que genera diariamente contenidos con holgazanería.
Cada emisión se centra en tres personas de una misma especialidad y la lucidez de las reflexiones depende de lo que cada uno pueda aportar. Es valorable que, transitando ya su segunda temporada, hayan pasado hombres y mujeres de distintas generaciones, formaciones y estilos: los directores Mariana Wenger, Diego Castro, Pablo Romano, Gustavo Postiglione, Jesica Aran, Mario Piazza, Hugo Grosso, Lucrecia Mastrángelo, Rubén Plataneo, Florencia Castagnani, Juan Diego Kantor, Patricio Carroggio, Pablo Testoni, Francisco Zini y Diego Fidalgo; los productores María Langhi, Rocío Luna, Fernanda Taleb, Javier Matteucci, Luciana Lacorazza, Roxana Bordione, Leandro Rovere, Lorena Di Natale y Fernando Gondard; los guionistas Francisco Sanguinetti, Francisco Pavanetto y Romina Tamburello; los directores de fotografía Héctor Molina, Mauro Barreca, Marcos Garfagnoli, Sergio García, Alejandro Pereyra y Fernando Zago; los montajistas Ignacio Rosselló, Verónica Rossi y Martín Pérez; los sonidistas Ernesto Figge, Carlos Rossano y Alexis Kanter; los músicos Alexis Perepelycia, Martín Delgado e Iván Tarabelli; y los directores de arte Oscar Vega, Lucas Comparetto y Guillermo Haddad. Es de desear que la lista se ensanche aún más –modestamente, sugerimos a la gente de Siete latidos bucear en nuestra sección Cine en Santa Fe para tener presentes otros nombres, incluso no estaría mal ir más allá de lo que se hizo y se hace en el ámbito de nuestra provincia– y que los capítulos ya realizados tengan mayor circulación, no sólo en TV sino en aulas, muestras de cine y encuentros de debate de esos que en Rosario escasean bastante.
Con guión, producción ejecutiva y dirección de Francisco Matiozzi Molinas (Murales – El principio de las cosas), acompañado de un nutrido grupo de estudiantes y egresados de la Escuela Provincial de Cine y TV de Rosario (quien esto escribe puede dar fe del entusiasmo y voluntad de trabajo de algunos de ellos, como Matías Atuel Rodríguez, Manuel Pérez Mora, Matías Miele, Pablo Funes, Martín Ybarra, Ramiro Álvarez Antognini, Daniel Do Couto, Miler Blasco, Victoria Cabral y Bianca Motto), esta serie documental que se está emitiendo los miércoles (23 hs.), los sábados (14.30 hs.) y los domingos (20 hs.) por el canal estatal santafesino 5RTV (canal 8 en la grilla de Cablehogar), exhibe una calidad desacostumbrada en nuestra televisión y en cada capítulo permite, entre otras cosas, recordar algunas de las tantas posibilidades que ofrece el cine como oficio, entretenimiento, medio de expresión y herramienta de aprendizaje.

Por Fernando Varea

Historias del cine argentino en Venecia

cine

El desplazamiento de Zama (Lucrecia Martel) de la competencia oficial del Festival Internacional de Cine de Venecia –donde el año pasado fue aceptada e incluso premiada la discutible El ciudadano ilustre– provocó algunas muestras de sorpresa e indignación. La curiosa decisión nos llevó a rastrear las anteriores participaciones de nuestro cine en dicho festival, descubriendo (entre otras cosas) que no han sido muchas.
En tiempos en que no era habitual la participación de películas argentinas en festivales internacionales, obtuvo un Diploma de Honor en Venecia Las aguas bajan turbias (1952, Hugo del Carril), hecho que sirvió para que el director pudiera vender su film a varios países de Europa y Estados Unidos. Hasta entonces sólo habían merecido menciones en el festival un par de largometrajes nacionales (La chismosa, Margarita, Armando y su padre) y un corto (Inmigración, de Fernando Bolín, en 1949).
En 1962 Los inundados (Fernando Birri) llegó al certamen sin demasiado apoyo del INCAA y terminó compartiendo con la estadounidense David y Lisa (Frank Perry) la Medalla de Oro por Mejor Ópera Prima, el mismo año en que ganaban el León de Oro La infancia de Iván (Andrei Tarkovski), el Premio Especial del Jurado Vivir su vida (Jean-Luc Godard) y el premio de la Fipresci El cuchillo bajo el agua (Roman Polanski). El año anterior, Piel de verano (Leopoldo Torre Nilsson) era distinguida como mejor película de una muestra paralela.
Después de una década accidentada, en 1979 el festival reanudó su actividad aunque sin jurados ni premios. De dicha muestra participaron El poder de las tinieblas (Mario Sábato), el mediometraje Nunca dejes de empujar, Antonio (Eduardo Calcagno) y Org, que el santafesino Fernando Birri había filmado en Roma. En 1980 el festival volvió a ser competitivo.
En 1985 (un año después que fuera exhibida fuera de concurso Los chicos de la guerra, de Bebe Kamín), compitió El exilio de Gardel (Fernando Pino Solanas). El jurado, presidido por Kryzstoff Zanussi e integrado entre otros por Frank Capra, Kon Ichikawa, Elem Klimov y John Schlesinger, la recompensó con el Gran Premio Especial del Jurado, a lo que se agregó un reconocimiento del Sindicato Nacional de Periodistas Cinematográficos de Italia. El León de Oro a Mejor Película fue en esa ocasión para Sin techo y sin ley (Agnés Vardá). Solanas fue parte del jurado al año siguiente, en que La película del rey (Carlos Sorín) consiguió el León de Plata, escoltando a El rayo verde (Eric Rohmer), que mereció el León de Oro. Antes de alzarse con el premio, el film de Sorín había sido muy aplaudido y Ulises Dumont, actor del mismo, contaba cómo Peter Ustinov (miembro del jurado) se había acercado para felicitarlo calurosamente. La lectura que hacía el director del INCAA Manuel Antín del premio a La película del rey era particularmente polémica: “En estos tres años de democracia hemos hecho ya nuestro examen de conciencia y hemos realizado nuestro documental sobre nuestro pasado inmediato –sentenciaba, en declaraciones a Tiempo Argentino–, ahora tenemos derecho a ocuparnos de nuestra alma. El cine de 1986 está reivindicando ese derecho”. En esa edición hubo también un premio de los Autores para Miss Mary (María Luisa Bemberg) compartido con Acta general de Chile (Miguel Littín), que se habían presentado fuera de concurso.
No era mucho lo que nuestro cine podía ofrecer para competir en la década del ’90, en la que el festival reconocía obras de Jane Campion, Zhang Yi-Mou, Tsai Ming-liang, Takeshi Kitano, Emir Kusturica o Abbas Kiarostami, y actuaciones como las de River Phoenix en Mi mundo privado, Juliette Binoche en Trois Coulers: Blue o Isabelle Huppert y Sandrine Bonnaire en La ceremonia. Sólo María Luisa Bemberg y Pino Solanas representaban a la Argentina: la primera exhibió Yo, la peor de todas fuera de concurso en 1990 y De eso no se habla en competencia en 1993, en tanto Solanas concursó con La nube en 1998, conquistando el Premio Osella de Oro por mejor música original, más distinciones de la UNESCO y el Jurado Joven. Junto a ellos, pasaban algunas películas filmadas total o parcialmente en nuestro país por directores extranjeros, como Grito de piedra (Werner Herzog) y La lección de tango (Sally Potter). En 1995 fue exhibida también, fuera de concurso, Caballos salvajes (Marcelo Piñeyro).
Con la participación en 1999 de Mundo grúa (Pablo Trapero) en la sección Semana Internacional de la Crítica puede decirse que la nueva generación de cineastas argentinos comenzaba a hacer acto de presencia en Venecia. La repercusión conseguida por el film de Trapero llevó a agregar funciones; finalmente, ganó el Premio Nacional de la Crítica y otro del Jurado de la Fipresci. El entonces veinteañero Trapero declaraba al periodismo (según podía leerse en Clarín) que “la falta de trabajo es una realidad muy fuerte en Argentina, pero a mí no me interesa el cine realista como imagen costumbrista de la realidad, no creo que el realismo sea privativo de lo que pasa en el mundo; lo que me gusta del realismo en Argentina es lo que tiene de absurdo.”
En 2000 se vieron Plata quemada (Piñeyro) en la sección Noches venecianas, Esperando al Mesías (Burman) en Cinema del Presente, Felicidades (Bender) en Semana de la Crítica, e Invocación (Faver/Guzmán) en Nuovi Territori. Al año siguiente, Figli/Hijos (Bechis) y Sábado (Villegas) se exhibían en Cinema del Presente –obteniendo el film de Bechis un premio por su composición sonora–, Vagón fumador (Chen) en la Semana de la Crítica y Los porfiados (Torres Manzur) en Nuevos Territorios, en tanto El descanso (Moreno/Rosell) fue presentada en una función especial organizada por Italia Cinema. En 2004 Una de dos (Sisniega) fue a Semana de la Crítica y en otras secciones paralelas fueron exhibidas El amor (primera parte) (Mitre/Fadel), Familia rodante (Trapero), Un mundo menos peor (Agresti) y Parapalos (Poliak).
A partir de 2007 el festival sumó un nuevo premio: el Queer Lion, para la “mejor película de temática y cultura homosexuales”; tres años después lo ganaba la argentina En el futuro (Mauro Andrizzi). En 2011 otra película de Andrizzi, Accidentes gloriosos (codirigida con Marcus Lindeen), integró la sección Horizontes, mientras Nocturnos (Edgardo Cozarinsky) formaba parte de la Semana de la Crítica y otras como El campo (Hernán Belón) llegaban a distintas muestras paralelas.
El cine argentino volvió a participar fuera de competencia en 2013: Algunas chicas (Palavecino) estuvo en la sección Orizzonti y La reconstrucción (Taratuto) en Días de los Autores, mientras las directoras Celina Murga (que en ediciones anteriores había exhibido Ana y los otros  en la Semana Internacional de la Crítica y Una semana solos en Días de los Autores) y Jazmín López (cuya ópera prima Leones había pasado por Horizontes) eran invitadas a la sección Venezia 70/Future ReloadedEn 2014 un documental dirigido por el italiano Iván Gergolet y protagonizado por la coreógrafa argentina María Fux era seleccionado para la Semana Internacional de la Crítica, y un año después El clan (Trapero) encontraba en el festival italiano un espacio oportuno para su premiere internacional.
En 2016 el jurado presidido por Sam Mendes premió a Osvaldo Martínez por su actuación en El ciudadano ilustre (Cohn/Duprat), en tanto que en la sección Orizzonti se exhibía Kékszakállú (Solnicki) y en Cinema Nel Giardino Inseparables (Marcos Carnevale). Este año, Lucrecia Martel (quien en 2008 había integrado el jurado del festival junto a Win Wenders, Johnnie To, Douglas Gordon, Yuri Arabov y Valeria Golino) debió conformarse con la presentación de Zama fuera de competencia, al igual que Invisible (Pablo Giorgelli), exhibida en Orizzonti, y Temporada de caza (Natalia Garagiola), en Semana de la Crítica.

Por Fernando G. Varea