La ciénaga del tiempo

ZAMA
(2017; dir: Lucrecia Martel)

La esperanza ¿es un sentimiento noble o encubre un conformismo humillante? ¿Somos prisioneros de lo que deseamos? ¿Podemos ser plenamente libres? ¿Dependemos siempre de decisiones de los demás? ¿A dónde puede llevarnos la falta de perspectivas? ¿Somos lo que creemos que somos o lo que los demás ven en nosotros? Preguntas como éstas dispara la visión de este esperado regreso de Lucrecia Martel al cine, tras dejar atrás el proyecto de una versión cinematográfica de El Eternauta y complicaciones varias.
La riqueza de Zama la convierte en una pieza perspicaz, surcada de entrelíneas que circulan como pócimas bullendo silenciosamente por vasos comunicantes. El espectador podrá detenerse en la soledad del protagonista Don Diego de Zama, funcionario americano de la Corona española a fines del Siglo XVIII esperando una carta que no llega, lo que lo impulsa finalmente a sumarse a una partida de soldados en busca de un peligroso bandido. O dejarse seducir por el clima misterioso, hecho de figuras elusivas y siluetas que se recortan detrás de puertas o ventanas o que asoman en el fondo del plano. O rendirse ante ese universo rebosante de sensaciones, tensión sexual, opacas rutinas, malestar apenas disimulado, pelucas, orgullo, decadencia y muerte, espacio que –partiendo de datos históricos pero sin sujetarse obsesivamente a ellos– crea el film. Y a propósito: recorriendo más de un siglo de cine argentino, cuesta encontrar otra película que transmita tan vívidamente la vida cotidiana en tiempos del Virreinato, sin que importe el desfile de trajes sino la húmeda impresión de formar parte de aquél tiempo en medio de privaciones, modales afectados y salvajismo a cada paso. Apenas puede encontrarse algo de eso en los dos primeros episodios de De la misteriosa Buenos Aires (1981, Fischerman/Wullicher/Finn).
Este retrato de América colonial envuelto en trastos y temores, diferenciado de tantos lustrosos films de época, es uno de los hallazgos de Zama. La incomodidad se advierte incluso cuando el protagonista habla de la nieve, las pieles y los perfumes de algún lejano país, evidenciando la necesidad de imaginar sitios más acogedores. Por otra parte, la directora salteña ha señalado su intención de alejarse del patrón del cine histórico con héroes viriles de a caballo, y de hecho su Diego de Zama es más un hombre meditabundo, que no sabe qué hacer con la progresiva sensación de fracaso que va cercándolo, que aquél “pacificador de indios con honores del monarca” que sostiene su fama. Mucho de eso está, claro, en la novela original de Antonio Di Benedetto, de cuyo ánimo general Martel supo apropiarse.
Es posible que al espectador habituado a las fórmulas del cine de entretenimiento (que también incluye biopics y films de época) le cueste internarse en el impar estilo del film, con sus planos fijos que a veces se suceden como esclusas con un elaborado movimiento interno, sus momentos de violencia fuera de campo, sus personajes de emociones contenidas, su etérea música incidental. La breve gresca de Zama con Ventura Prieto, por ejemplo, está excelentemente resuelta, pero no de la manera con que lo haría un film clásico de acción. A su vez, el desempeño de los intérpretes (el mexicano Daniel Giménez Cacho, la española Lola Dueñas, el brasileño Matheus Nachtergaele, los argentinos Juan Minujín, Rafael Spregelburd, Manuel Fernández y otros) es de gran precisión, pero sin el énfasis melodramático al que nos tiene acostumbrado cierto cine.
Quienes conocen la obra de Lucrecia Martel, en tanto, así como los cinéfilos o simplemente los espectadores más atentos, disfrutarán de las digresiones (ese acompañante que imprevistamente piensa en voz alta), los arrebatos sombríos (el gobernador manipulando las negruzcas orejas de un muerto), la sinuosa caracterización de personajes (hombres ligeramente afeminados, muchachas no tan frágiles como lo sugiere su apariencia), la atmósfera afiebrada (con los valiosos aportes del portugués Rui Poças en la fotografía y del equipo responsable de cargar el ambiente de sonidos lejanos, zumbidos de insectos y crujidos), las sutiles pinceladas de humor (“Ha comprado su libertad y ahora la pierde” dice una dama de su esclava negra que va a casarse).
Entre las varias lecturas que permite la Zama de Martel, resultan saludables las que propician el análisis de la historia de nuestro país. “No tenemos quien trabaje ahora” es el motivo por el que una mujer lamenta la matanza de indios en la zona, recibiendo como consuelo una frase de Zama: “Indios nunca van a faltar”. Asimismo, la posible publicación de un libro despierta desconfianza en las autoridades y una sensación de redención en su joven autor. Hay allí coordenadas que parecen resonar hasta hoy, como sucede en las películas que recrean el pasado sin congelarlo. Finalmente, los niños que aparecen en la secuencia final –teniendo en cuenta su mirada, su actitud y sus palabras– bien pueden representar la generación, la raza o la clase en la que la esperanza puede cobrar, por fin, algún sentido.

Por Fernando G. Varea

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7 pensamientos en “La ciénaga del tiempo

  1. Zama de Martel ha sabido apropiarse del tono escriturario sutil dibenedettiano de narrar la violencia soterrada en los hechos cotidianos. Aunque, aquí, ese panorama remita al tiempo del virreinato y, específicamente, a los vejámenes tolerados en el régimen de estamentos colonial. Vejámenes que, encubiertos bajo las jerarquías, Martel traspone con perspicacia en la sucesión de escenas destempladas y carentes de toda grandilo-cuencia en el continuum decadente en el cual se abisma Zama. Constante que aleja –como bien advertís- la puesta de Martel respecto de la cadencia estridente y efectista de los films mainstreims, pero, precisamente, adopta, allí, el tono sutil dibenedettiano que construye con sigilo una historia radical acerca de la esterilidad de las acciones. De ahí que, quizás, resulte desafortunado el exotismo con el cual Martel elige caracterizar a los indígenas durante el episodio de la excursión de la partida que integra Zama. Exotismo que no sólo desarmoniza con la diégesis sobria de la puesta, sino que, también, des-atiende la propia poética dibenedettiana, alejada de la exaltación pintoresquita de la ex-travagancia americana que propone el real maravilloso (por cierto, la tendencia narrativa exitosa en el contexto de publicación de Zama que explica la escasa repercusión obteni-da por la novela en aquel momento).
    Sin embargo, esa suerte de defasaje resulta nimia frente al trabajo puntilloso que dejan entrever la disposición y fotografía en cada una de las escenas del film, cuya belleza estética es acompañada con una acertada musicalización que pretende atisbar el estado interior de Zama. En resumidas cuentas, la película de Martel concede al personaje de Di Benedetto, una extraordinaria y soberbia carnadura.

  2. Muchas gracias por tu comentario y tu análisis, Gonzalo.
    Supongo que Martel “traicionó” a Di Benedetto todo lo que quiso o le pareció conveniente. De hecho, aparece en los títulos como “guionista” y se informa aparte que se trata de una adaptación de la novela.
    Un abrazo.

  3. Sí, claramente entiendo que se trata de una trasposición entre dos artes con códigos diferentes, con lo cual no habría “traición” como referís, sino más bien una interpretación de Martel sobre la novela de Di Benedetto. Interpretación que se apropia, como señalo, del tono sutil dibenedettino para plantear historias radicales y descarnadas sin aspavientos. Tono que, por ejemplo, está totalmente ausente en el Aballay de Spiner, debido a la elección de encuadramiento genérico en el western y la consecuente centralización de la trama en la venganza de Julián. Por eso, el hecho de que Martel se apropie de ese tono con la construcción de escenas sin estridencias que dan cuenta de la imposibilidad de Zama de superar la decadencia, me resulta incongruente con la mostración exotista efectuada de los indígenas. Percibo esas secuencias en contra de la propia dinámica narrativa que construye y sostiene la película, no en calidad de perversión del texto de Di Benedetto. Y, por último, insisto en que esa secuencia es un detalle pequeño frente a la brillantez y maestría en la puesta que monta la película, por cierto, esperable de la cinematografía de Martel.
    Saludos.

  4. Excelente crítica Fernando!! Quería solo comentar que, además de tantas cosas, durante la película no pude dejar de encontrar relaciones cinéfilas. Desde el cine de Favio hasta Lisandro Alonso. El John Ford, Herzog y Apocalise Now y/o El corazón de las tinieblas. Y un link a Lynch extra.

  5. Gracias, Cristian! A mí (por suerte, diría) no me ocurrió de ir encontrando citas o referencias cinéfilas mientras la veía. Sólo de vez en cuando recordaba las poquísimas películas argentinas ambientadas en el período que va de la conquista española hasta mediados del siglo XIX con las que podía encontrar algún tipo de relación, por su aliento poético y por alejarse de la recreación didáctica con muebles de museo (apenas “De la misteriosa Bs As”, que menciono en lo que escribí, y “Facundo, la sombra del tigre”, de Sarquís, aún tratándose de un film que se ocupa de una época histórica muy posterior y que tiene esa visión del caudillo o del “prócer” heroico de la que Martel escapa). De todos modos, entiendo que hayas visto algo de los directores y películas que nombrás. Lo interesante es que Martel no busca “parecerse a” sino que es fiel a sí misma; lo suyo es único, más allá de que algunos espectadores se sientan molestos porque en sus películas anteriores había algunos movimientos de cámara y momentos de esos que sirven de descarga o de recreo (llantos, bailes) que en “Zama” casi no hay.
    Una de las cosas valiosas que creo que tiene la película es que obliga a hablar de cine. Incluso para discutirla.
    Un abrazo.

  6. Totalmente Fernando, esta película nos vuelve las ganas de hablar y pensar sobre cine! Quería aclarar que no lo decía con la idea de que Martel quiera “parecerse a”, sino que dialoga y se inscribe en un ideario cinematográfico con estos referentes estéticos y de contenido, elaborando su propia y particular mirada. Un abrazo!

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