La realidad convertida en fábula

LUNA, UNA FÁBULA SICILIANA
(2017, Sicilian Ghost Story; dir: Fabio Grassadonia/Antonio Piazza)

El punto de partida es el conmocionante caso de Giuseppe Di Matteo, el hijo pre-adolescente de un ex mafioso devenido colaborador de la Justicia italiana, secuestrado en 1996 y, tras un encierro de casi dos años, estrangulado por sus captores que finalmente disolvieron su cuerpo en ácido. Los directores Fabio Grassadonia y Antonio Piazza recrean los sucesos con un tono ostentosamente lírico, poniendo el foco en una compañera de escuela que, enamorada del chico, lucha para encontrarlo.
Desde el comienzo el film invita a una inmersión por sensaciones intensas: el pibe bebiendo agua fresca, las ramas de los árboles sacudiéndose, la calidez del sol y los rumores de la noche crean un clima ligeramente bucólico que responde a lo que viven Giuseppe (Gaetano Fernandez) y Luna (Julia Jedlikowska), envueltos en un deslumbramiento mutuo. Los directores muestran ese estado de manera idílica, en tanto un aire a fábula de la que habla el título va brotando con las apariciones de un perro amenazante, un caballo y un búho que –como el agua misma con la que comienza Luna, una fábula siciliana– parecen representar la convivencia de individuos y elementos integrando naturalmente un mismo universo, hecho de vitalidad y presagios. Mientras tanto, fugaces señales van suscitando alarma.
La historia que cuenta la película es simple pero la estética de Grassadonia-Piazza la conduce a la grandiosidad. La fotografía de Luca Bigazzi y los ambientes (amplios, excesivos) por donde se mueven los personajes tienden al artificio. Esto abarca también ciertas caracterizaciones, como la de la madre de Luna. Hay momentos en que los seres retornan a situaciones ya vividas, se salta en el tiempo atravesando espacios diferentes (agua-aire, realidad-sueño) y tanto la muerte como la vida  se manifiestan a cada paso y de distintas maneras.
“Creemos que cuando uno se enfrenta con historias protagonizadas por chicos debe hallarse una ventana que permita algo de esperanza” han declarado los directores: la decisión es respetable e incluso comprensible, ya que el hecho original es demasiado cruel como para volcarlo de manera realista. El problema es que, en algún momento, comienzan a almibarar demasiado el relato: para las ansiedades de la juvenil pareja, el mundo semimágico condicionado por determinaciones de los adultos parece pertinente (más aún por desarrollarse en Sicilia, tierra recorrida por antiguos mitos y fantasmas), pero en su segunda hora, cuando la historia de Giuseppe va acercándose a la tragedia, los suntuosos movimientos de cámara y la banda sonora resuelta a doblegar emocionalmente al espectador suenan efectistas. Se agregan algunos simplismos para retratar a Luna (su rebeldía está dibujada con trazos gruesos, incluyendo el hecho de que sólo le interesen chicos “raros” y sensibles como ella) y un tramo final que se extiende innecesariamente.
Luna, una fábula siciliana tiene méritos, pero si hablamos de historias de secuestros en el cine italiano vale la pena recordar lo que han sabido hacer, con menos edulcoramiento, directores jovialmente veteranos como Paolo y Vittorio Taviani (en Due secuestrisegundo episodio de Tu ridi, 1998) y Marco Bellocchio (en Buongiorno, notte, 2003).

Por Fernando G. Varea

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