21º BAFICI: En busca de la experiencia del cine

Por encima de los rumores y comentarios que rodearon la última edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, dos cosas parecen indiscutibles.
Por un lado, está claro que el BAFICI ya no es lo que era. Con menos películas, exiguas actividades especiales, sin publicaciones ni invitados internacionales convocantes, el de este año fue un festival visiblemente acotado, no sólo si se lo relaciona con sus primeras ediciones (cuando por su variedad de propuestas y huéspedes ilustres se alzaba como una suerte de inabarcable festín para el cinéfilo) sino incluso con las de los últimos años. “El mercado decidirá” había respondido tiempo atrás un ministro cuando le preguntaron qué pasaría al liberar el precio de los combustibles: está claro que un gobierno que le da esa potestad al mercado difícilmente confíe en un festival creado para promover producciones audiovisuales arriesgadas o menos convencionales que las que aseguran en los shoppings una buena venta de pochoclo. Si es “el encuentro cinematográfico más importante de América Latina”, como lo promocionan sus organizadores, no merecía el evidente recorte que sufrió este año.
Al mismo tiempo, no habría por qué desaprovechar lo que un evento como éste –aún con sus problemas– tiene para ofrecer. La experiencia del espectáculo cinematográfico compartido en una sala sigue siendo única y las oportunidades de ver determinadas películas en condiciones ideales, rodeado de gente interesada, son cada vez más limitadas. Mi paso este año por el BAFICI durante apenas tres días tuvo, precisamente, el incentivo de salir en busca de esas experiencias intensas. Y algunas hubo.
El ciclo destinado a las películas que el director portugués Paulo Rocha (1935/2012) realizó junto a la actriz Isabel Ruth deparó momentos de raro placer. De los varios de sus trabajos exhibidos en 35 mm en la Sala Lugones, pude ver un corto (Pousada das chagas) y el largometraje Vanitas (2004), en torno a los conflictos y personajes que envuelven a una veterana diseñadora de modas, en el marco de la ciudad de Oporto. Abatida y luminosa a la vez, apelando al melodrama pero con la madurez y la calma que suelen caracterizar a cierto cine portugués, Vanitas se nutre de reflexiones dichas sin énfasis, elocuentes canciones y exteriores de una belleza seductoramente antigua. Presente en la sala, Ruth recordó un ya lejano viaje a Brasil junto al director y destacó sus ganas de poder conocer mejor Buenos Aires. Lástima que, al finalizar la función, el presentador que la acompañaba no supo sacar demasiado provecho de su participación (las presentaciones de las películas y debates posteriores dejaron bastante que desear en las funciones del BAFICI de este año).
También en Sala Lugones fue la exhibición de Trailers de medianoche, una selección de trailers de películas italianas y argentinas, policiales y eróticas, sensacionalistas en la mayoría de los casos, de las décadas del ’60, ’70 y ’80, rescatados por el Museo del Cine y exhibidos en 35 mm. Los sonidos del proyector y los colores desteñidos de algunas copias permitían reencontrarse con esas sensaciones casi olvidadas que deparaba la proyección de material fílmico en las salas. La función duró alrededor de una hora, fue divertida y muy celebrada por un público mayoritariamente joven, por lo cual hubiera sido oportuno que en la presentación (a cargo de los periodistas radiales Santiago Calori y Fiorella Sargenti) se brindara información más precisa sobre los films en cuestión: al menos dos de ellos (Las locas y Adiós, Roberto…) merecían comentarios previos. Al reemplazarse las referencias histórico-cinéfilas sólo por chistes, el valor del material exhibido quedó relegado al terreno de lo curioso o lo desatinado.
El regocijo de una sala colmada de público entusiasta –y más aún si no se trata de la fría multisala de un shopping– se repitió en la función en el Gaumont de Método Livingston,de Sofía Mora, quien se mostró algo abrumada por la calurosa recepción de los numerosos espectadores. Las risas y aplausos durante la proyección tenían su explicación: el documental es tan ameno y polifacético como su retratado, el arquitecto Rodolfo Livingston. Apasionantes anécdotas, fragmentos de apariciones televisivas (su filoso diálogo con Bernardo Neustadt en los ’90 fue festejado efusivamente por el público) y perspicaces razonamientos sobre su especialidad pero también sobre otros temas y sobre la vida en general, aparecen enlazados casi sin dar respiro, un poco a la manera de Piazzolla, los años del tiburón (2017, Daniel Rosnefeld), que también le sacaba el jugo a una figura de nuestra cultura muy vital y con una historia personal y profesional llena de pliegues. La sorpresa que despierta en Livingston enterarse del parentesco del camarógrafo Matías Iaccarino con cierta persona que él conoció, y la forma con la que la directora capitaliza la situación, constituye uno de los hallazgos de esta película que ganó el Premio del Público.
Otro tipo de sensaciones provoca el documental The Unicorn (Isabelle Dupuis/Tim Geraghty), premiado como Mejor Película de la Competencia Internacional. El catálogo del festival hace referencia al primer músico de country abiertamente gay, pero ni la música country ni las preferencias sexuales de Peter Grudzien son lo más significativo del film: lo que importa es el movilizador testimonio de una familia de desclasados en pleno corazón de Estados Unidos. Junto al músico, medio ermitaño y de esquivo éxito, asoman una hermana que parece un tragicómico personaje de ficción y un padre anciano, cuyos recuerdos de hace casi un siglo (cuando siendo niño debía trabajar sin que nadie se preocupara demasiado por sus derechos) resultan conmovedores. Vecinos y agentes de Policía son vistos como una amenaza para los tres, que han vivido y resistido como pudieron. El film lleva a conocerlos, a comprenderlos, a encontrar en ellos puntos de identificación, a preguntarse por las condiciones familiares y sociales que los condujeron a vivir de esa manera, incorporando por momentos imágenes registradas por el propio Grudzien con una cámara propia. De vez en cuando éste habla del único disco que llegó a grabar (el que da título al film), como un logro personal al cual aferrarse, en tanto ocasionales textos sobreimpresos proporcionan la información necesaria, sin subrayados sentimentales. Alguien del público les preguntó a los realizadores (ella francesa, él estadounidense) si la música había sido un medio de supervivencia para Grudzien, pero éstos aclararon que logró mantenerse sólo con la ayuda de planes sociales.
Otras películas de la Competencia Internacional depararon efectos más débiles o previsibles. El drama isrealí God of the piano (Itay Tal), sobre una pianista obsesionada en tener un hijo talentoso, luce un poco distante, como contagiado de la gélida tensión con la que su protagonista (Naama Pries) se mueve sigilosa entre ambientes impecables, muebles lustrosos y música clásica. El mejor momento es cuando su instinto la impulsa a espiar de lejos a un grupo de chicos que entran a un aula (no conviene aclarar aquí por qué ni de qué tipo de institución educativa se trata), sutil desvío en su temperamento que más tarde se repite, previo a un expresivo plano final.
La canadiense Ms Slavic 7 (Sofía Bodhanowicz/Deragh Campbell) comienza despertando expectativas que luego se cumplen a medias. La joven protagonista se ocupa de buscar datos sobre la correspondencia que su bisabuela supo mantener con un poeta polaco, en los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, inquietud que provoca alguna discusión familiar y activa interrogantes sobre el pasado. Pero la lectura de cartas en voz alta nunca se ha llevado muy bien con el cine: aquí hay demasiadas palabras dichas o leídas con displicencia y fatigosos planos de la chica en cuestión en la mesa de un bar, hablándose a sí misma o a un interlocutor que no vemos. Las imágenes de la celebración familiar en un salón de fiestas aportan un poco de melancolía, dentro de un film que rastrea cuestiones apasionantes desapasionadamente.
También el sueco Johannes Nyholm desaprovecha, como guionista y director, el material tomado para Koko-di Koko-da. Un cuento infantil es la excusa para que, después de un hecho trágico, se vuelva una y otra vez a un mismo punto (una mujer escuchando el zumbido de un mosquito mientras su marido duerme, en la carpa que comparten en medio de un bosque solitario), generándose diferentes variantes que sugieren crueles pesadillas. Los fragmentos con ingenuas animaciones diluyen el clima inquietante de lo que podría haber sido un buen film de terror.
Por su parte, Ray y Liz, con la que el fotógrafo inglés Richard Billingham recrea hechos de su infancia y la de su hermano junto a padres bastante torpes y negligentes, no llega a transmitir cabalmente la sensación de desprotección de los chicos. En el primer tramo aparecen un par de personajes algo irritantes que se agregan a estos padres desmañados, imponiéndose cierta crueldad bastante habitual en el cine inglés. Sobre el desenlace, cuando se resuelven determinadas situaciones, remonta el interés del film, cuya actriz principal (Ella Smith, la obesa madre que pasa sus horas bordando y fumando) fue premiada en el festival.
Dentro de la Competencia Argentina, dos películas destacables fueron Breve historia del planeta verde (Santiago Loza), que ganó una Mención Especial, y La vida en común (Ezequiel Yanco), premiada por Mejor Montaje. Pronto se publicará en Espacio Cine mi entrevista a Loza en torno a su curioso largometraje, suerte de fábula sobre la fraternidad entre seres diferentes. En cuanto a Yanco, su largometraje echa una mirada serena a costumbres y ritos cotidianos de un pueblo sanluiseño. Casi sin adultos (apenas una que otra maestra y alguna abuela), con voces en off de pibes de distintas edades mientras se trepan por las barandas de la escuela, juegan con sus teléfonos celulares o conversan con frescura asoman referencias a la luz mala, a un puma que ronda por la zona e incluso a la leyenda de Nazareno Cruz y el lobo, representada por algunos de los chicos en una encantadora secuencia (seguramente la primera vez que el cine argentino retoma la leyenda más de cuarenta años después que la abordara Leonardo Favio).
También pude ver The Scoundrels, con la que el muy joven director chino Tzu-hsuan Hung, presente en el festival, expone su destreza para plasmar vertiginosas escenas de acción. El protagonista es un deportista irascible que, por distintas circunstancias, se enfrenta a un matón que puede ser su rival pero también representar su lado oscuro, como se insinúa antes del frenesí de los créditos finales. Exhibida en la sección Late Night, es un pasatiempo aceitado, con escenas de encontronazos y persecuciones bajo la lluvia muy bien resueltas.
Estas últimas –y la mayor parte de las películas programadas– se exhibieron en el Multiplex Belgrano, ya que este año las principales actividades se concentraron en ese barrio. El espacio destinado a la prensa, así como las reuniones del BAL, se situaron en el Museo Enrique Larreta, un sitio ciertamente distinguido y con hermosos jardines pero muy poco práctico (valga un ejemplo: solía haber a mano medialunas para los periodistas, pero se nos avisaba que no teníamos permitido comerlas fuera del reducido ámbito dedicado a la prensa). Se mascullaban quejas por las dificultades que traía el cambio de sede, por el pueril spot promocional del festival o por la organización, durante el primer fin de semana, de una serie de propuestas al aire libre (sobre calle Juramento) bastante ajenas al espíritu de lo que puede entenderse por cine independiente (fotos frente a decorados de Forrest Gump o Titanic, stands para maquillar a los chicos como estrellas de cine, proyecciones de películas como Flashdance y Mamma mía!), y lo cierto es que éstas y otras decisiones hicieron tambalear este año la relevancia del BAFICI.
Una vez más, hay que recordarlo: los festivales de cine tienen valor porque suelen ser lugares de encuentro, de debate, de aprendizaje, permiten la difusión y circulación de muchas producciones audiovisuales e implican una apuesta a la diversidad, la calidad y la novedad. Cuidarlos, fomentarlos y mejorarlos es responsabilidad de sus organizadores y de los dirigentes políticos que nos representan.

Por Fernando G. Varea

Imágenes: fotogramas de Vanitas (izq) y The Unicorn.

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