Lo fantástico en el cine argentino

Que en el país donde se gestaron La invención de Morel y El eternauta no hayan surgido suficientes (o suficientemente buenas) piezas de cine fantástico resulta significativo. La falta de medios no parece una excusa convincente ante la evidencia de tantas obras maestras del género realizadas con escaso presupuesto, en otras partes del mundo y en distintas épocas.
Lo que sí puede ser un obstáculo es que el público (tanto el de acá como el de afuera) suele esperar del cine argentino historias de otro tipo, suponiéndolo en desventaja respecto a cinematografías como la estadounidense, pródiga desde hace décadas en entretenimientos eficaces –y no tanto– con componentes de fantasía.
¿Ha habido cine de ciencia ficción entre nosotros? ¿Cuántas películas argentinas tocadas por la maravilla y el misterio pueden hallarse? Por encima de numerosos ejercicios de terror clase B más o menos respetables, intentos espiritualoides y propuestas con tópicos del género de resultados desvaídos, se alzan algunos momentos, zonas, destellos. El enrarecimiento de ritos navideños y los merodeos expresionistas (la casa, la música, la actuación de Raúl de Lange) de El crimen de Oribe (1950, Torres Ríos/Torre Nilsson sobre El perjurio de la nieve, de Adolfo Bioy Casares). La atmósfera espesa y el asesino repulsivo de El vampiro negro (1953, Román Viñoly Barreto revisionando de Fritz Lang). El tono turbador de una noche lluviosa y de las sinuosas escaleras de un parque en La muerte camina en la lluvia (1948) y Si muero antes de despertar (1952, esta última con un criminal que, en palabras de Fernando Martín Peña, parece una encarnación del “cuco” en su versión más siniestra). Las presencias fantasmales y casonas con recovecos inquietantes en algunas películas de Torre Nilsson-Beatriz Guido, como La mano en la trampa (1961) y Piedra libre (1975). Los encuadres y movimientos que expresan desesperación y muerte en el comienzo de Los miedos (1980, Alejandro Doria). El universo artificiosamente futurista de los films de Gustavo Mosquera R. Lo que vendrá (1988) y Moebius (1996). El bosque y el perro ligeramente irreales de El aura (2005, Fabián Bielinsky). El abismal salto en el tiempo en la última parte de Jauja (2014, Lisandro Alonso). Los sobresaltos ante posibles presencias sobrenaturales en las películas dirigidas por Lucrecia Martel (cuyo corto Muta es un nítido exponente de cine fantástico).
Menos amenazantes, el Ramtés encarnado por Hugo Soto en Hombre mirando al Sudeste (1987, Eliseo Subiela), los actos de magia de El acto en cuestión (1993, Alejandro Agresti), el diseño visual de La sonámbula (1998, Fernando Spiner) y de La antena (2007, Esteban Sapir), y el roce con lo imposible de Los guantes mágicos (2004, Martín Rejtman) se acercan livianamente al género. Deberían agregarse varias películas cuyos elementos extraordinarios provienen de textos de Miguel Angel Asturias (Soluna), Julio Cortázar (Circe), María Granata (Los viernes de la eternidad), Bioy Casares (Otra esperanza), Silvina Ocampo (El impostor) o Carlos Trillo (Las puertitas del Sr. López). Un inventario aparte merecería lo realizado en el terreno de los cortos y mediometrajes, tanto como en el cine experimental, donde pueden encontrarse variados exponentes del género.
En el cine nacional existen, sin embargo, dos corrientes probablemente únicas de las que no pueden dar cuenta otros países. Una es el despliegue de fantasía a partir de supersticiones y mitos procedentes de la Argentina profunda, tendencia que no respondería exactamente a lo que suele llamarse realismo mágico sino a la consideración por lo maravilloso que anida en antiguas tradiciones pueblerinas y relatos que recorren nuestra cultura. El mejor referente es Nazareno Cruz y el lobo (1975, Leonardo Favio), film cruzado de monstruos vernáculos, transformaciones y desvíos pesadillescos. Hubo otros ejemplos por la misma época: El familiar (1972, Octavio Getino), La hora de María y el pájaro de oro (1975, Rodolfo Kuhn) e incluso Embrujada (1976, Armando Bo).
La otra línea sería la concepción de una Buenos Aires fantasmagórica, gracias a los ardides del cine. Es lo conseguido por Invasión (1969, Hugo Santiago), sobre guión de Borges y –de nuevo– Bioy Casares, en la que calles y lugares emblemáticos aparecen atravesados por misterios que exceden lo lógico, como si se tratara de una reinvención alucinada de la ciudad conocida.
Y habría, tal vez, otro camino a explorar, que pocos han intentado hasta el momento (un caso podría ser Pablo Agüero con Eva no duerme): descubrir los componentes fantásticos que cruzan la historia argentina. Morboso ocultamiento de cadáveres, personajes siniestros, ángeles caídos, mutaciones y delirios varios encontrarían en el cine una valiosa manera de exorcizar oscuras experiencias del pasado.

Por Fernando G. Varea

Texto escrito a pedido de Néstor Leuchenco para su revista en facebook (puede leerse también aquí).
Imagen: fotograma de Nazareno Cruz y el lobo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s