Benjamín Naishtat: “El recorrido internacional de ‘Rojo’ desmiente que el cine independiente no sirve”

En estos días Rojo fue recibida con interés por críticos de medios extranjeros como The New York Times y The Guardian, que encontraron puntos de contacto con otras películas argentinas conocidas fuera del país como Relatos salvajes (“La bronca o la rabia es el estado predominante en Argentina”) o La mujer sin cabeza (“La negación aparece como una forma de vida”), reconocimientos a los que se suman los premios que continúa recibiendo, dentro y fuera del país. Para hablar de esto y de la situación actual del cine argentino, convocamos a Benjamín Naishtat para una entrevista radial que puede escucharse aquí, de la que extraemos a continuación algunos fragmentos relevantes.
– ¿En qué países ha ido estrenándose tu película?
– Se estrenó en julio en Francia, donde lleva 35.000 espectadores. Después en España, donde hizo más de 20.000 y en Brasil, donde no le fue tan bien. Se estrena hoy en Inglaterra y en Irlanda. La semana que viene en Holanda y se va a estrenar también en Chile, en Australia, que me parece increíble, en Italia y en otros países más. Con mis trabajos anteriores jamás lo había logrado, así que estoy muy contento con eso.
– ¿Cómo recibís los comentarios que genera? En nuestro país fue bastante discutida; de hecho, es una película que creo que busca el debate.
– Efectivamente, se mete con una serie de temas que son sujeto de controversia. Durante mucho tiempo fue tabú hablar del terrorismo de estado que había empezado ya a fines de 1974. Además, intenta problematizar el rol de la clase media, y la sociedad civil en general. Eso sigue siendo un tema que incomoda a varios. Incluso incomodó a varios colegas tuyos, que en su momento criticaron la película considerando que acusaba a la sociedad en su conjunto o algo así. Creo que son discusiones y debates que hay que dar, esenciales para cualquier  tipo de avance en materia de memoria histórica. Por otra parte, me pone contento que un trabajo argentino, una película independiente, mediana en su tamaño, que ya tuvo apoyo del exterior para su producción, tenga este recorrido internacional. Es una forma de desmentir lo que sistemáticamente ha dicho el INCAA del gobierno macrista, que el cine independiente es un hobby, que es algo que no sirve.
– Dieron bastante que hablar tus expresiones respecto al INCAA tanto al agradecer el premio ganado en San Sebastián como, recientemente, el Cóndor de Plata en nuestro país. ¿Qué podrías agregar a lo que dijiste?
– Hay gente que no lo sabe: hasta hace poco el INCAA era la envidia de todas las comunidades audiovisuales de Latinoamérica, y más allá también, porque a través de una ley bastante virtuosa que viene de 1994, de fomento al cine, había toda una serie de instrumentos por los cuales era un actor importante de una producción muy importante en términos cuantitativos y cualitativos. Hasta hace poco la industria audiovisual argentina, que hoy está parada, era una de las más importantes del mundo. Teniendo una industria que funcionaba, que estaba bien plantada, llegó un equipo a tomar el INCAA con un director que jamás había trabajado en cine. Es como que pongas en un hospital a alguien que no entiende nada de Medicina. Una de las medidas más terribles que tomó fue la eliminación de los créditos. Las pymes, que son las productoras, no pueden salir a tomar dinero al mercado, por eso los créditos blandos del INCAA eran una forma fundamental para tener andando una industria que genera más de 40.000 puestos de trabajo. Hay oficios muy específicos que necesitan estar ejerciéndose: foquistas, directores de arte, los actores, los músicos… Todo eso se ha visto destruido por esta administración, no sé con qué afán. Es algo parecido a lo que pasa en tantas otras actividades productivas.
– Es interesante que, por un lado, integrás el Colectivo de Cineastas, una manera de no quedarse en el reclamo sino de encontrarle alguna salida a estos problemas agrupándose; y, por otro, lo que sostenés en tus discursos va acompañado por el contenido de películas tuyas como Rojo y El movimiento, que reflexionan sobre la historia y la política.
– Es fundamental estar organizado en este tiempo. Porque, para completar el panorama, está el problema de la exhibición. En Argentina existe una ley de cuota de pantalla, por la cual todas las salas deben pasar una cantidad de cine nacional para estar en regla, y esa ley se incumple totalmente. El órgano fiscalizador que es el INCAA opta por no hacerlo. Todo se resume en una suerte de disputa por la posibilidad de tener una subjetividad o un imaginario propios, en ese sentido están surgiendo alternativas de exhibición alternativa. Y respecto al cine que hago, cada uno se conecta con lo que hace desde un lugar. En mi caso, me interesa mucho la historia argentina, es apasionante. Y el cine es una gran herramienta para dar cuenta de su historia, de los problemas estructurales que dan forma a este presente tremendo que tenemos. Me parece interesante que el cine pueda ayudar a pensar y a debatir.
– ¿Hay algún proyecto nuevo con ese objetivo?
– Estoy trabajando desde hace años en un proyecto de adaptación de Los siete locos, de Roberto Arlt. Me está costando mucho llegar a un guión que me deje satisfecho pero es una novela esencial de la literatura argentina que encierra mucho del ADN nacional y de nuestras contradicciones, aparte de ser una especie de policial de folletín negro como sólo Arlt podía crear. Después de la adaptación fiel que hizo Torre Nilsson en 1973 estoy trabajando en una más adaptada a la época actual.

Por Fernando G. Varea

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