Cuatro años, algunas películas

No hace mucho, el cineasta y ensayista Nicolás Prividera se preguntaba por qué el cine argentino le huye tanto a documentar el presente. Es cierto que las expresiones audiovisuales más encendidas sobre desigualdades y vericuetos políticos suelen aparecer en los márgenes y que, tal vez, esa zona de mordacidad y de crítica la hayan ido ocupando, en los últimos años, memes y videos de los que se agitan en la web (el cine no se salva de la escasez de análisis reflexivos imperante en los medios de comunicación), pero el reclamo es procedente y se me ocurre cruzarlo (no oponerlo) con lo que escribía el crítico y teórico Ángel Faretta en algún momento de los ‘80, al juzgar las películas que había visto en el transcurso del año: “No sabemos si tocaron ‘los grandes problemas de nuestra época’ (porque para el artista el problema es el tiempo y no la época), si denunciaron las grandes calamidades que nos afligen (la denuncia es cosa de delatores; la visión serena, la del creador) o si indagaron en las grandes ‘crisis contemporáneas’ (para un autor su única crisis es el film que está rodando)”, aclarando después que las cualidades que dan valor a una película son la belleza, la iluminación súbita, la impugnación de nuestros lugares comunes mentales y morales, y, en definitiva, la posibilidad de ofrecer “placer, sabiduría y felicidad”.
¿Hasta qué punto lo que expresan estos razonamientos se vio reflejado en el cine argentino de los últimos cuatro años? Teniendo en cuenta los largometrajes que tuvieron alguna forma de estreno comercial y dejando momentáneamente de lado –no porque no importen– los problemas de distinto tipo que asociaciones de trabajadores del medio audiovisual se ocuparon insistentemente de señalar durante este tiempo, va a continuación una somera revisión, destacándose ciertos títulos, fulgores, momentos, particularidades.

  • Un mes antes de asumir Macri como presidente, la voz inquietante de Eva Perón y el rencor que llevó a la manipulación de sus restos parecían agitar las aguas a favor de los discursos y posicionamientos de Cristina Fernández en la despareja y fantasmal Eva no duerme (Pablo Agüero). Semanas antes de cerrar su mandato, el recuerdo de la crisis del 2001 y el miedo a volver a sufrir imprevistas disposiciones que arrasen con los ahorros se impusieron en la cordial, superficial y ligeramente graciosa La odisea de los giles (Sebastián Borensztein sobre historia de Eduardo Sacheri), donde asoman gestos representativos del período (sustracción de nombres propios de nuestra historia política, atribución de la crisis a chivos expiatorios, expresiones inocuas de voluntarismo). El film de Sacheri-Borensztein se agrega, además, a la larga lista de películas nacionales de las últimas décadas en las que representantes de la clase media encuentran la solución a sus problemas no en alguna forma de compromiso social o político, sino en el robo a alguien más poderoso que los ha estafado previamente.
  • Una clara señal de época: la cantidad de películas vinculadas, de distintas maneras, a los progresos en favor de los derechos de las mujeres y los movimientos LGTB. Por sobre los tanteos, más o menos provechosos, de Albertina Carri, Edgardo Castro, Santiago Loza, Santiago Giralt, José Campusano, Marco Berger, Milagros Mumenthaler y otros, perduran en la memoria la voz de Agustina Comedi comentando en off imágenes descubiertas o redescubiertas de su padre en El silencio es un cuerpo que cae, más la vitalidad de los protagonistas de Alanis (Anahí Berneri) y Nadie nos mira (Julia Solomonoff).
  • Visiones analíticas sobre problemas actuales o recientes hubo, efectivamente, pocas, y de la mano de cineastas duchos en esas lides, como Carlos Echeverría (Chubut, libertad y tierra) y Pino Solanas (Viaje a los pueblos fumigados). En torno a incidentes trágicos de los últimos períodos democráticos con responsabilidades del Estado, o sobre sombras del actual gobierno, apenas un puñado de films cercanos al ensayo periodístico (incluyendo El camino de Santiago, de Tristán Bauer), afrontando la repetida dificultad de no poder abarcar otro público que el proveniente de sectores interesados o politizados. También merecía ser más vista y discutida Esto no es un golpe (Sergio Wolf), que fue tras las huellas de la rebelión carapintada de 1987 aunando voces, recuerdos y algunos comentarios en off debatibles, reivindicando de algún modo la figura de Raúl Alfonsín (ponderado precisamente por varios funcionarios de la coalición gobernante, aunque no puede saberse cómo hubiera tomado esos cumplidos el aludido). Se suman los trabajos de debutantes de padres respetados (Toda esta sangre en el monte, de Martín Céspedes; Que sea ley, de Juan Solanas) y dos inquietas reflexiones sobre la mecánica capitalista (Pequeño diccionario ilustrado de la electricidad, Triple crimen).
  • La oscuridad de la última dictadura fue bastante eludida, con aisladas excepciones (Sinfonía para Ana, El padre, El imposible olvido, Fragmentos rebelados, El hermano de Miguel, Murales: el principio de las cosas), más el curioso concepto lúdico y dramático con el que Lola Arias reunió testimonios en torno a la guerra de Malvinas en Teatro de guerra. En el recuerdo persisten la atmósfera pesadillesca, los colores espesos y la sensación de miedo de La larga noche de Francisco Sanctis (Márquez/Testa) y la más discutida Rojo (Benjamín Naishtat), propicios relatos de ficción sobre nuestros años ’70. El film anterior de Naishtat, El movimiento, más sugerente e impreciso, reflexionaba sobre caudillismo y mesianismo durante el siglo XIX. “La historia argentina es apasionante y el cine una gran herramienta para dar cuenta de la misma, de los problemas estructurales que dan forma a este presente tremendo que tenemos”, nos decía su director aquí.
  • Piazzolla: los años del tiburón (Daniel Rosenfeld) y Método Livingston (Sofía Mora) ofrecieron la experiencia de adentrarse en la riqueza de dos vidas intensas, la última con referencias bienvenidas en estos tiempos (como una discusión televisiva en torno a políticas neoliberales que se repiten). Evidentemente, la tarea de reconstruir historias de vida fue llevada adelante con mayor madurez en documentales como esos (o los más pequeños y tristes Entre gatos universalmente pardos y Ausencia de mí) que en las biopics realizadas por Lorena Muñoz El Potro y la exitosa Gilda, no me arrepiento de este amor (sobre la cantante que quedó asociada a los festejos del actual gobierno, desde que Macri bailó sus temas en el balcón de la Casa de Gobierno apenas asumió), o en El Ángel (Luis Ortega), que recurrió a la historia de Carlos Robledo Puch para crear una lustrosa ficción en función del look rocker de su fotogénico protagonista, con más solidez que profundidad: al recrear la indocilidad de sus personajes, Ortega Jr. deja siempre a salvo ciertas zonas que sería deseable pulsar. Algo similar podría decirse de Soledad, híbrido retrato de María Soledad Rosas (la joven argentina que abrazó ardorosamente la causa anarquista en Italia en los ’90) que, a partir de una novela de Martín Caparrós, realizó Agustina Macri (hija del Presidente), sin deslizar crítica alguna a la aprensión de la alianza gobernante hacia ciertas manifestaciones de militancia juvenil o de pronunciamientos contra la espiral capitalista.
  • Con su versión de Zama, Lucrecia Martel logró transmitir la húmeda impresión de transitar la América colonial en medio de privaciones, modales afectados y salvajismo, con un perfeccionismo formal que no excluyó alusiones a diferencias de clase (“Indios nunca van a faltar”) o sutilezas varias, como la posibilidad de alguna forma de cambio o esperanza en un final que podría ser también un comienzo. La repercusión internacional que obtuvo puede emparentarse, en cierta medida, con la del mega-film de Mariano Llinás La flor (del que no podemos opinar aquí porque nunca fue exhibido completo en Rosario). El nuevo proyecto de la realizadora salteña es un documental sobre el asesinato de un dirigente indígena cometido diez años atrás: “Rehúyo los temas que están en el candelero –nos decía aquí–; en el fragor o la efervescencia del momento es muy difícil poder razonar, llegar a alguna idea”.
  • Los resortes de la comedia se tensaron hacia el griterío y la agresividad en películas como El ciudadano ilustre (Cohn/Duprat) y El cuento de las comadrejas (Juan José Campanella), como si, en materia de humor en nuestro cine, el único modelo a seguir fuera Esperando la carroza (1985, Alejandro Doria) –cuyos objetivos, de todos modos, estaban más claros– y nunca El negoción (1959, Simón Feldman) o La herencia (1965, Ricardo Alventosa). Prevaleciendo la estética televisiva al servicio del carisma de populares intérpretes, lo novedoso apenas puede detectarse en varios argumentos con personajes femeninos enérgicos, como los de No soy tu mami, Re-loca, El fútbol o yo Me casé con un boludo (a cuyo estreno asistió Macri con su esposa apenas iniciado su período presidencial), o en el meritorio hecho de poner como centro a personajes de clase media debiendo trabajar más de la cuenta para subsistir en Hijos nuestros (en contraste con abundantes ficciones en las que el protagonismo lo tuvieron familias pudientes, con sus conflictos de clase alta o media-alta en primer plano). Saludable fue el intento –logrado a medias– de ironizar sobre la actualidad en la coproducción uruguayo-argentina El candidato (Daniel Hendler), imaginando la construcción de la campaña para el lanzamiento de un candidato político con escasa formación y dudosas convicciones. “Tenemos que permitirnos hablar y jugar –nos explicaba Hendler aquí–, estamos en democracia y la película creo que hace uso de esa libertad”. Asimismo, aportaron dosis de simpatía algunos documentales (Las cinéphilas, Encandilan luces, ¡Viva el Palindromo!, el más discutible Los ganadores).
  • Dentro de las películas que apelaron a la intriga y al suspenso, no hubo algo que se aproximara al mejor Aristarain o al Bielinsky de El aura (2005), aunque la precisión con la que Adrián Caetano dirigió El otro hermano, por encima de algunos ribetes problemáticos de la historia, volvió a recordar sus aptitudes. El resto se repartió entre relatos ceñidos a la presencia de actores como Darín, Brandoni, Francella o Sbaraglia, con rasgos de profesionalismo en algunos casos (El hijo, Al final del túnel, Los últimos), y dos incursiones en el terror de ambiciones casi opuestas (Muere monstruo muere y Aterrados), de la misma manera que los robos callejeros en centros urbanos fueron abordados de manera muy distinta por la insidiosa 4×4 (Mariano Cohn) y la vital aunque dispar El motoarrebatador (Agustín Toscano), contribuyendo al debate el documental Pibe chorro (Andrea Testa). De La cordillera (Santiago Mitre) se esperaba un thriller pero terminó siendo otra cosa, o ninguna, introduciéndose en el seno del poder –una reunión de presidentes latinoamericanos– sin conducir a ningún debate fértil.
  • En contraposición al cálculo e incluso al cinismo de algunos largometrajes mencionados, merece destacarse la belleza de tres ficciones vivamente coreografiadas: Familia sumergida (María Alché), Malambo, el hombre bueno (Santiago Loza) y La vendedora de fósforos (Alejo Moguillansky), que además supieron poner en valor contratiempos de ciudadanos de a pie. La siesta del tigre (Maximiliano Schonfeld), Las facultades (Eloísa Solaas) y Una ciudad de provincia (Rodrigo Moreno) ayudaron a mirar (y a escuchar) lo que nos rodea. La elegante confección de La luz incidente (Ariel Rotter), la intensidad dramática en algunos momentos de Temporada de caza (Natalia Garagiola), el logrado agobio de La deuda (Gustavo Fontán), la extrañeza de El auge del humano (Eduardo Williams) y la nobleza de los nuevos trabajos de Matías Piñeiro, Pablo Giorgelli, Ulises Rosell, Nicolás Herzog, Hernán Rosselli, Mariano Luque, Iván Fund, Eduardo Crespo y otros, fueron también pequeñas perlas.
    Por más cine, por más miradas fue el lema bajo el cual, hace un año, numerosos profesionales vinculados al medio audiovisual y asociaciones de cine firmaron (firmamos) un documento pidiendo que no se destruya “la multiplicidad y diversidad de la cinematografía independiente”. Había motivos para preocuparse, como puede apreciarse aquí. Sin dudas, la sensibilidad y el talento que hay detrás de muchos directores, productores, guionistas, técnicos, músicos, actores y actrices que dieron forma a las obras más valiosas de estos últimos años, son un capital que todo gobierno debería proteger.

Por Fernando G. Varea

Imagen: fotogramas de La odisea de los giles, El candidato y La vendedora de fósforos.

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