Las buenas intenciones como escudo

EL ROBO DEL SIGLO
(2010; dir. Ariel Winograd)

Como los personajes de su película, los autores de El robo del siglo también procuraron satisfacer sus intereses y obtener dinero sin dañar a nadie: tanto la historia en la que se basa como la ficción creada a partir de la misma parecen ganadas por las buenas intenciones.
El robo a un banco en Acassuso catorce años atrás no debe haber sido el único caso en la historia en que delincuentes lograron salirse con la suya desorientando a las fuerzas de seguridad y sin provocar demasiados perjuicios, pero es el más cercano y resultó ideal para esbozar esta historia policial con ribetes amables. Coproducida por MarVista Entertainment, AZ Films y Telefé (que asegura una exuberante promoción), y dirigida por Ariel Winograd (Cara de queso, Vino para robar, Mamá se fue de viaje y otras), El robo del siglo es un pasatiempo sencillo, técnicamente pulido y correctamente interpretado por un elenco mayormente masculino. Pueden advertirse algunas decisiones formales antojadizas y canciones que no siempre encajan a la perfección, e incluso una estética cercana al universo televisivo, pero el film divierte, con flashbacks bien encastrados y un cierre ligeramente creativo. Hasta Guillermo Francella (como el líder de la banda) y Luis Luque (como negociador del Grupo Halcón) aparecen contenidos.
No es poca cosa que –a diferencia de lo que suelen prodigar las producciones de Cohn/Duprat– no haya cinismo ni crueldad. El robo es abordado como una aventura en medio de contradicciones morales, sin que falten alusiones a Robin Hood o a una famosa frase de Bertolt Bretch, y aunque se cuele cierta dosis de misoginia, las referencias a la Secretaría de Derechos Humanos como espacio donde poder quejarse por un supuesto maltrato policial (de alguna manera, señal del período de gobierno en el que transcurre la acción) o a políticos como parte de alguna leyenda urbana (chivos expiatorios antes que culpables de todos los males) se agradecen dentro de lo confuso, o abiertamente reaccionario, que suele ser nuestro cine mainstream.
El robo del siglo deja, de todos modos, y a pesar de sus méritos, un par de inquietudes. Por un lado: ¿por qué será que el cine argentino de ficción más exitoso destinado al público adulto, en los últimos años, es tan poco adulto? La caracterización de los personajes, por ejemplo: el de Diego Peretti en este film tiene su encanto, pero no hacía falta convertir su hippón solitario capaz de mirar con interés las estrellas casi en una caricatura, de la misma manera que podían emplearse tópicos del western sin que la música, ocasionalmente, remarcara esa intención. En algún punto, el film de Winograd tiene más del cine de los superagentes que de los policiales de Aristarain; de hecho, al final se expone graciosamente qué ha sido de la vida de cada personaje tal como solían hacerlo aquellas películas que en los ’70 entretenían al público preadolescente, con el Mario de Francella como un equivalente del Mojarrita que interpretaba Julio de Grazia. Asimismo, como en La odisea de los giles (2019, Sebastián Borensztein), no sólo se reprime cualquier atisbo de complejidad, sino que todo conduce a que el final sea, sí o sí, optimista. Un aniñamiento cuyo opuesto no serían producciones más truculentas, como algunas recientes de Pablo Trapero o Luis Ortega, sino, en todo caso, otras como Un oso rojo (2003, Adrián Caetano) y El aura (2005, Fabián Bielinsky).
Y a propósito del film de Borensztein, la otra pregunta sería: ¿por qué nuestro cine de ficción únicamente se interesa por los hechos históricos recientes vinculados a robos y estafas?

Por Fernando G. Varea

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