Gracias por el fuego

Si hubiera que pensar en el director argentino que mejor documentó los problemas políticos, económicos y sociales que atravesó nuestro país durante las décadas del ’80 y ’90, seguramente ese cineasta sería el rosarino Marcelo Céspedes, lamentablemente fallecido ayer en Buenos Aires.
Céspedes se había abocado al cine apenas finalizados sus estudios secundarios, asistiendo interesado a las funciones del Cine Club Rosario y luego estudiando en la Escuela Panamericana de Arte de Buenos Aires. Sus primeros cortos fueron Fin (1975, con guión y cámara a cargo del también rosarino Pascual Massarelli, integrando ambos un grupo llamado XP) y Luján (1980). Tenía 26 años cuando se convirtió en uno de los fundadores de la productora Cine Testimonio, junto a Tristán Bauer, Silvia Chanvillard, Alberto Giudici, Víctor Benítez, Mabel Galante y Laura Búa, a quienes luego se sumaron Daniel Matz y Mario Piazza. Como parte de esa agrupación, Céspedes realizó los mediometrajes en 16 mm Los Totos (1982, sobre la realidad cotidiana de chicos habitantes de villas miseria en los alrededores de la capital argentina) y Por una tierra nuestra (1983, sobre la toma de tierras y asentamiento de una comunidad quilmeña durante la última dictadura, premiado en los festivales de Leipzig, Alemania, y de Cine de Arquitectura de Lausana, Suiza). El primero –en el que trabajó como responsable del sonido directo Juan José Campanella, con quien Céspedes colaboró ese mismo año para un film en super 8 llamado Victoria 392– se dio a conocer en septiembre de 1983, junto a cortos de Giudici, Bauer y Chanvillard, en el porteño cine Arte; el segundo integró (con trabajos de los tres realizadores recién mencionados, más otro escrito y dirigido por Víctor Benítez) De este pueblo, que tuvo su estreno formal el 28 de noviembre de 1985 también en el Arte (hoy Bama) y luego en otras salas del país, como el extinguido microcine rosarino Colonial. El crítico Jorge Abel Martín destacaba del corto de Céspedes en Tiempo Argentino “el tono mesurado de la narración, la cuidada selección de los testimonios, el manejo de la cámara, los encuadres y la funcionalidad de la música”, en tanto Fernando Chao escribió en La Capital de Rosario que “en esta fusión de documento y testimonio trabajada por la agrupación productora, Por una tierra nuestra ofrece, sobre todo en su segunda mitad, una prueba de tal intento”, elogiando la “progresiva intensidad a través de un cada vez más medido ritmo narrativo” al exaltar el espíritu de colaboración de la construcción del barrio en cuestión.
Debe recordarse que en esos tiempos era dificultosa la realización y exhibición de cortos, mediometrajes e incluso largometrajes documentales, más aún si señalaban desigualdades sociales o ponían su mirada en sectores de la sociedad que los medios de comunicación y el cine de ficción ignoraban bastante. De alguna forma, Cine Testimonio parecía tomar la posta de lo que anteriormente habían hecho otros como Fernando Birri, Raymundo Gleyzer, el grupo Cine Liberación o el documentalista y antropólogo Jorge Prelorán, después del forzoso silenciamiento impuesto por la dictadura a producciones audiovisuales de este tipo.
En 1986, tras una investigación de un año, realizó Hospital Borda, un llamado a la razón, con la colaboración de Carmen Guarini –de aquí en adelante su compañera en muchos proyectos– y el apoyo de la Fundación Banco Provincia de Buenos Aires, el INC y el Colegio de Graduados de Antropología. El documental, de 70 minutos, se estrenó en el Instituto Goethe en julio de ese año, después de haber participado en el Foro del Cine Joven del Festival de Berlín y en el Festival du Cinèma du Réel de París, Francia. El fuerte, desolador, aunque nunca morboso registro de las rutinas dentro de la conocida institución psiquiátrica para hombres, fue reconocido por la crítica: Jorge Miguel Couselo, en Clarín, la definía como “un acto de valentía de muchos” y agregaba: “No es un alegato ni una denuncia. O lo es de todos contra todos. Está allí para mostrarnos el grado de culpabilidad que a cada uno nos corresponde”. Víctor Hugo Ghitta en La Nación hacía referencia a la “crudeza conmovodera” de sus imágenes y afirmaba que, para los espectadores, después de ver la película “La ciudad ya no será la misma”.
Devenido Cine Testimonio en la productora Cine Ojo, junto a Guarini, realizaron juntos los documentales A los compañeros la libertad (1987, en torno al recorrido que periódicamente hacen la madre y el hijo de una detenida política hasta la cárcel de Ezeiza hasta que, finalmente, la mujer y otros detenidos por la dictadura son liberados), premiado en Oberhausen (Alemania) y Bahía (Brasil), y Buenos Aires, Crónicas villeras (1988, sobre lo ocurrido con miles de pobladores de zonas marginales de la capital argentina cuando fueron expulsados por la fuerza de sus viviendas durante la intendencia del militar Osvaldo Cacciatore).
La noche eterna (1991, acerca de la dura realidad del trabajo de los mineros de Río Turbio), Jaime de Nevares, último viaje (1995, centrado en los últimos tramos de la vida del obispo neuquino, ejemplar defensor de los derechos humanos) y Tinta roja (1997, incursión en el agitado trabajo de los periodistas de la sección Policiales del diario Crónica) bastarían para conocer o recordar lo que fue la Argentina durante el menemismo, sin desestimar en el afán testimonial cierto lirismo, frescura y sincera admiración por las personas que brindan sus testimonios. La noche eterna se conoció en agosto de 1991, año en que hubo sólo diecisiete estrenos nacionales, ninguno exitoso. Jaime de Nevares, último viaje (que ganó la Paloma de Oro al mejor documental en el Festival de Leipzig, Alemania) tuvo su pre-estreno en Neuquén, y el periodista Diego Lerer, presente en el evento, describía en su posterior crónica para Clarín, el 26 de septiembre de 1995: “Sólo una figura como la de Jaime de Nevares podría ser capaz de reunir en un mismo lugar a señoras de mediana edad, jóvenes militantes, aborígenes, monjas y representantes del poder político y religioso de la provincia”, mencionando la presencia de la titular de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, y de Osvaldo Bayer, guionista (“Mi aporte en la película es solo un granito de arena”, decía Bayer). Entre los varios momentos de la vida de monseñor De Nevares que se registran en la película, merece recordarse el que lo muestra renunciando a su cargo como convencional constituyente por el Frepaso, desilusionado por la forma en que estaba planteada la reforma de la Constitución. En Tinta roja podía verse cómo mucha gente se acercaba a contar sus problemas a la redacción de Crónica, que, de esa manera, recogía todo el tiempo dramas individuales y sociales. “Acá vemos cómo se rompe todo” dice la veterana periodista Martha Ferro en un momento del film, del que Luciano Monteagudo señaló en Página/12, cuando fue estrenado (en los cines Cosmos y Tita Merello), que no abordaba el tema “con una tesis que necesita ser confirmada”, y estimando “su disposición a ver y a escuchar, su voluntad de acercarse a una realidad desconocida para tratar de captar algunos de sus momentos más reveladores, un poco a la manera del modelo que estableció en Francia el cine de Raymond Depardon”.
Ya para entonces el panorama del cine documental en Argentina estaba cambiando y Céspedes –al tiempo que siguió realizando trabajos propios, como La voz de los pañuelos, Historias de amores semanales, Ilusiones perdidas o HIJOS, el alma en dos– comenzó a producir films de Sergio Wolf, Lorena Muñoz, Andrés Di Tella, Alejandro Fernández Mouján, Edgardo Cozarinsky, Cristian Pauls y otros. También se abocó al DocBuenosAires, foro de formación y coproducción que pronto se convirtió en una muestra pensada para exhibir películas documentales de distintos estilos y procedencias.
Quienes lo trataron en los últimos años destacan su pasión por la pintura y el arte latinoamericano (gestó incluso un proyecto interdisciplinario denominado La ballena va llena, del que se desprendió la película homónima): prueba de ello es que sus últimos posteos en facebook son pinturas de Chagall, Picasso, Goya y otros, extraídos de una página especializada de la web, incluyendo una de Diego Velázquez –que compartió precisamente el 1º de mayo– que iba acompañada de una declaración de principios del artista español: “Prefiero ser el pintor número uno de las cosas comunes, que el segundo del arte más elevado”.

Por Fernando Varea

Imagen: Marcelo Céspedes (de pie, con su cámara al hombro), en tiempos del grupo Cine Testimonio. 

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