Los jóvenes riesgos

LA VIDA ÚTIL
(Revista de cine; autores varios)

No han sido pocas las sorpresas cinéfilas de distinto orden provenientes del territorio cordobés durante la última década (películas, publicaciones y festivales de los que hemos dado cuenta en Espacio Cine), movida que despierta cierta admiración en quienes vivimos en otras provincias. El año pasado se sumó una más: una revista editada en papel acompañada de su correspondiente versión digital, editada por los jóvenes cordobeses Lautaro García Candela, Lucas Granero y Ramiro Sonzini, a quienes se sumó posteriormente Lucía Salas, con la colaboración de colegas porteños.
A medida que se daban a conocer los dos primeros números (en abril y septiembre de 2019 respectivamente), con la ayuda de la difusión en redes sociales de algunos contenidos en la web (incluyendo una larguísima encuesta al finalizar el año), este grupo de cinéfilos entusiastas empezó a ser visto como ejemplo de un saludable recambio en el panorama de la crítica cinematográfica en nuestro país. Motivos no faltaban: revisando esos dos ejemplares de La vida útil se advierte pasión por ver cine y voluntad para analizarlo, además de un gusto por la escritura que ignora hábitos de estos tiempos, como agotar una opinión en una historia de Instagram o en un comentario canchero, entre chiste y chiste, en algún programa de radio. Se evidencia auténtico trabajo, con singularidades propias de la juventud de sus autores –desde la energía y predisposición para salir en busca de lo nuevo hasta el hecho de introducir referencias a Babasónicos o al Lollapalooza en medio de un texto sobre cine– así como también algunas debilidades, que aquí procuraremos señalar.
EXPECTATIVAS. Entre las notas de los dos primeros números de la revista, la que más ruido hizo fue una de García Candela sobre el cine argentino de los últimos doce años, por la agudeza de ciertas reflexiones y la implícita invitación a discutirlas (de hecho, Nicolás Prividera rebatió algunos párrafos en una carta que el equipo de La vida útil no tuvo problemas en publicar). Aunque no fue lo único provechoso: hubo también un merecido homenaje a Jonas Mekas, un análisis de la obra del portugués Paulo Rocha, dudas bien planteadas sobre Lazzaro Felice (2018, Alice Rohrwacher), una crítica muy sensata de Muere monstruo muere (2019, Alejandro Fadel) y un texto de Pablo Martin Weber que inquietaba al deslizar, meses antes de la trágica pandemia que estamos atravesando: “¿Viviremos en un futuro plagado de fríos videos algorítmicamente creados? ¿Serán las máquinas mejores creadoras de climas que Hitchcock? ¿Serán estos videos tan placenteros, tan excitantes que apenas tendremos interés de salir de nuestras casas e interactuar con el resto de los humanos?”. Weber escribió además un lúcido texto sobre Invasión (1969, Hugo Santiago), en el que señala, entre otras cosas, que la invasión ideada por Borges, Bioy y Santiago no parece humana ni extraterrestre sino “de lo no-humano en el terreno de lo humano”.
Otros escritos fueron uno en el que Florencia Romano procuraba de manera algo imprecisa equiparar el lenguaje experimental del Godard de El libro de la imagen (2018) con la poesía y defender el valor político del film, otro de Iván Zgaib sobre High life (2018, Claire Denis) en el que empleaba expresiones ocurrentes pero poco válidas para interpretar la película (como “pornografía sideral”) y uno de García Candela sobre las canciones en el cine argentino, en el que asomaban un par de errores (Luis Romero en vez de Manuel, Gloria Carrá en vez de Raffaella) y algún olvido (después de Sandro hubo unas cuantas películas con cantantes), además de cierta ligereza al resumir los méritos del Hugo del Carril actor en “su capacidad vocal y su carisma”.
Leyéndolos, cabe preguntarse por qué el ímpetu juvenil de La vida útil no alcanza para cuestionar algo de Clint Eastwood y Quentin Tarantino (realizadores de obras más o menos estimables pero con ideas del cine y del mundo con mucha tela para cortar), o por qué, si son capaces de explorar filmografías que exceden largamente las que corresponden a sus años vividos, no evitan caer en la generalizada holgazanería de considerar que la crítica de cine en Argentina comienza con la revista El Amante (bastaría darse una vuelta por AHIRA para encontrar allí los ejemplares completos de revistas mejores, contemporáneas o anteriores, como Tiempo de cine, Cine y medios o Film).
Por otra parte, si bien dar visibilidad a valiosas obras medio escondidas es una de las funciones de la crítica y el interés de La vida útil por destacarlas dentro del fárrago informativo es algo para celebrar, al centrarse tanto en ellas se corre el riesgo del elitismo, distanciando a muchos posibles lectores a los que nombres como los de Ted Fendt o Joseph Kahn pueden no decirles nada. Valga un ejemplo: dedican un frondoso dossier a Wanda (1970, Bárbara Loden), fulgurante película independiente que bien lo vale (notable Lucas Granero cuando asegura que “es un documento de época de un poder inextinguible” o al describir su ”hiperrealismo helado donde lo excepcional se vuelve ausente”), pero quien esto escribe tuvo la oportunidad de verla, precisamente en el Cine Club Hugo del Carril de la ciudad de Córdoba, a principios de febrero (recuerdo que hoy se agiganta ante la imposibilidad de ver cine en salas), es decir, en el ámbito posiblemente ideal para reunir a lectores de la revista, y sin embargo no éramos muchos en esa función. Un modelo de cómo puede difundirse un cine poco atendido por los principales medios de comunicación recurriendo a un estilo ameno puede encontrarse, por momentos, en la propia revista: el “breve itinerario personal en 50 películas” propuesto por el crítico brasileño Victor Guimarães.
Podría sumarse un problema más: transcribiendo detalles de una conversación y cena conjunta (en torno a un posible dossier sobre Kahn, “el que le hace los videos a Taylor Swift”) parecían retomar uno de los rasgos más cuestionables de El Amante. De esa costumbre de ubicar experiencias personales por encima de las películas mismas y de usar la primera persona (del singular o del plural) se desprende cierto engreimiento.
PERSEVERANCIA. El pasado 5 de junio presentaron online el Nº 3, que cuenta con más páginas y una distribución que asegura la llegada a librerías de todo el país.
El mismo comienza con una serie de “Cartas para el comienzo de una década”. La primera, escrita por Sonzini, se detiene a contar los elogios que Roger Koza prodigó a los miembros de la revista en un panel de crítica en la Viennale, sostiene que el lugar que tuvo Cahiers du Cinema lo ocupó en nuestro país El Amante (alabando a quien fue fundador y director de dicha publicación durante largo tiempo) y afirma que “la mejor manera de contar la historia de la década es contando nuestra propia historia”, todo lo cual confirma ciertos discutibles rasgos distintivos, antes señalados. Acierta, en tanto, al indicar que uno de las cosas que aprendió al participar del proyecto fue entender que el valor de una película “no se encuentra en las generalidades, ni en las estructuras, ni en las grandes ideas que la sobrevuelan, sino en los detalles y pequeños gestos que la dotan de personalidad, de alma”.
Granero hace pensar sobre el vértigo actual de enfrentarse diariamente a un uso compulsivo y desordenado de cine, valorando la tarea de quienes suben o comparten material sin esperar recompensa alguna. Salas agrega referencias autobiográficas y pone el dedo en cierta llaga al recordar la importancia de todo medio de poder pagarle a quienes trabajan allí. Finalmente, García Candela apela a cierto vuelo impresionista (“El sol ya bajó y el violeta que se arma en las paredes que rodean mi habitación –mezcla de la luz del velador con la noche que aún no es noche–  me pone sentimental”) y le habla a los lectores como si pudieran responderle (“¿Conocen la Técnica Pomodoro?”).
La revista continúa con una charla brindada por el artista plástico y crítico cinematográfico Manny Farber en 1979 en Nueva York y el prometido dossier “El cine de la década 2010/2019”. Aquí Iván Zgaib reúne recuerdos festivaleros, menciones a figuras políticas de la década, desestima razonablemente a cineastas crueles y prestigiosos (Von Trier, Haneke, Lanthimos, Noé) tanto como a quienes malinterpretan el progresismo como “una moral de leyes sagradas”, relaciona de manera poco convincente dos películas conceptualmente opuestas (Había una vez… en Hollywood y El otro lado de la esperanza) y desliza apuntes atinados sobre el cine de Santiago Mitre, las películas recientes de Szifrón, Cohn, Duprat y Bó (aunque podrían señalarse diferencias entre ellas y la “gravedad” que objeta no sería el principal reparo que se les podría hacer) y  Las hijas del fuego (2018, Albertina Carri), que caratula como “film maldito” (rótulo que no parece adecuado por la buena aceptación crítica, la falta de escándalo y hasta un premio en el BAFICI que acompañaron su presentación en sociedad).
El aporte de José Miccio con un texto sobre Pedro Costa –previo a una entrevista al realizador– es uno de los puntos altos, por su precisión e incluso los interrogantes que despierta. “El cine de Costa tiene la misma materialidad, la misma grandeza y el mismo carácter letánico del poema” expresa en uno de sus párrafos, comparación que podría colisionar con la ya mencionada de Florencia Romano en relación al cine de Godard, tan diferente en casi todo al de Costa.
María Aparicio escribe sobre la exquisita Dawson City: Frozen Time (2017, Bill Morrison), inquietándose ante el hecho de que hoy “generar registros es tan cotidiano como beber agua” mientras las fronteras que separan lo amateur de lo profesional van volviéndose difusas.
Tras un completísimo estudio de Florencia Romano sobre las creaciones de Albert Serra –que no deja de lado sus cortos y libros sobre su obra–, García Candela propone una extraña disputa: David Kohon vs. Rodolfo Kuhn. No está nada mal, para arrojar sobre la mesa un debate novedoso, aunque el título (“Dos fantasmas recorren el cine argentino”) parece exagerado y algunas cuestiones pueden debatirse. En principio, al mencionar a los realizadores de aquella Generación del ‘60 olvida a Simón Feldman e incluso a Fernando Ayala, a quien muchos consideraron impulsor de esa corriente renovadora junto a Leopoldo Torre Nilsson. Es atractivo el análisis que hace de las locaciones utilizadas por Kohon y el destino que le reservaba a sus personajes, tanto como de las preferencias de Kuhn por la ironía y por un cine moderno (si bien esto último puede hallarse igualmente en ciertos momentos de películas de Kohon, como Tres veces Ana). Después señala que la década estuvo marcada por las películas de Mariano Cohn y Gastón Duprat “para bien o para mal”, comentando que las discusiones sobre las mismas respondieron en buena medida a “la grieta ideológica que surgió estos años fogueada por el kirchnerismo pero más aún, en un acto de astucia política, por el macrismo”. Allí surgen al menos un par de preguntas: ¿por qué el crítico no expresa abiertamente si le parece bueno o malo que el cine de Cohn/Duprat haya sido una marca de la época? Y por otra parte ¿no pudo haber discusiones sobre las características estéticas y connotaciones ideológicas de esas películas más allá de esa “grieta”? El intento de vincular El hombre de al lado (2009, Cohn/Duprat) con el cine de Kohon parece antojadizo y al hablar de El ciudadano ilustre (2015, Duprat/Cohn) se pregunta “¿Cuál es nuestro lugar ahí?” Es raro que no advierta el propósito de buscar la identificación del espectador con el protagonista para desacreditar ciertas supuestas costumbres argentinas o que no se anime a desmenuzar la película con la audacia esperable en un crítico joven.
En su nota, García Candela alude después a una posible competencia Campusano-Caetano (preguntándose si dentro de sesenta años alguien hará el mismo juego con ambos directores “como yo hice con Kuhn-Kohon”, ratificando el narcisismo que sobrevuela en la revista) y agrega comentarios sobre Alejo Moguillansky, Matías Piñeiro, Santiago Mitre y Luis Ortega, certeros en líneas generales. Al referirse a Mitre habla de “una generación que vio materializarse algunas políticas progresistas del kirchnerismo gracias a negociaciones espurias o al menos tácticas”, generación que, en sus palabras, celebró “el elogio de la rosca”: suena interesante que no se guarde esos razonamientos pero, al mismo tiempo, vale preguntarse por qué no asoma valoración alguna sobre cualquier aspecto vinculado a los cuatro años del gobierno de Mauricio Macri (salvo la mención a su “astucia política”, antes mencionada). Alguien podría decir ¿acaso hay obligación de escribir algo sobre ese período? Si se está abordando el cine argentino de la última década, creo que sí.
El Nº 3 de La vida útil se completa con una nota de Ramiro Sonzini sobre el cine de Johnny To que no escatima elogios, otra minuciosa y afilada de Nicolás Solarz y Nic Zukerfled sobre Twin Peaks (subrayando que, a diferencia de otras producciones audiovisuales cuyos enigmas son legitimados al depender de relatos más “elevados” como las sagradas escrituras o la mitología griega, en la serie de David Lynch los mismos se rigen por su propia lógica), otra de García Candela sobre el universo Marvel (que empieza diciendo “Quejarse de la importancia de las películas de superhéroes en la taquilla y en la discusión pública ya no tiene sentido”, tras lo cual el lector podría preguntarse quién dictaminó eso), una lista de películas francesas recomendadas por la historiadora y crítica Nicole Brenez (en la que deliberadamente excluye a Godard), una oportuna sección en la que jóvenes críticos latinoamericanos recomiendan films de sus respectivos países, una crónica de Salas de su paso por Portugal, una entrevista a la programadora Agnès Wildenstein y, por último, críticas de un puñado de películas: Parasite (2019, Bong Joon-ho) –perspicaz el comentario de Mariano Morita acerca de que “su primera mitad funciona como un juguete para armar al que se le van sumando piezas”–, Lluvia de jaulas (2020, César González) y El caso de Richard Jewell (2019, Clint Eastwood).
Resta desearle larga vida útil a La vida útil, por su contagiosa excitación cinéfila y para ver si sus impulsores son capaces de ir encauzándola hacia lo que manifiestan como anhelo en el editorial del Nº 2: “que sea una caja de resonancia del mundo sin por eso replicar sus injusticias”.

Por Fernando G. Varea

http://lavidautil.net/

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