Claroscuros del mundo real

En un video que los organizadores del Doc Buenos Aires compartieron en su cuenta de twitter puede verse a la cronista de espectáculos de un canal de noticias hablando de la programación de la muestra de este año, frente a un periodista que la interrumpe para preguntarle “¿Hay policiales, alguna de tiros?”, para después rogarle que no sean de esos documentales que “están una hora y media mostrando a un tipo en un bote mientras un pájaro vuela”. La anécdota sirve para recordar las resistencias que suele despertar –incluso entre personas formadas y progresistas– el cine documental que se aparta de la urgencia televisiva para estimular pensamientos, removiendo ideas preconcebidas e invitando a ver el mundo de otra(s) manera(s).
Aunque el 20º Doc Buenos Aires se llevó a cabo durante una semana en la que las noticias (lo que los medios de comunicación consideran noticias) fueron muchas y resonantes, se alzó con dignidad fuera de ese corset televisivo ofreciendo documentos audiovisuales de distinto tipo –algunos con inevitables puntos de contacto con esos sucesos apremiantes–, que pudieron verse gratuitamente y de manera virtual. Esto último provocó algunas dificultades propias de la modalidad, pero también, a diferencia de años anteriores, facilitó el acceso a la muestra a quienes no vivimos en la capital argentina. Otros méritos fueron un trato amable con la prensa y la oportunidad de seguir por la web charlas en vivo del programador Roger Koza con algunos de los realizadores. Y aunque ya no estuviera físicamente presente, Marcelo Céspedes (de cuya obra habíamos escrito, tras su fallecimiento, aquí) lo estuvo a través del recuerdo de Carmen Guarini y otros organizadores y participantes, así como de varias de sus producciones, programadas a modo de homenaje.
Para la apertura y el cierre se programaron los dos más recientes eslabones en la obra del prolífico realizador independiente Raúl Perrone, habitualmente interesado en poner su atención en adolescentes del conurbano bonaerense.
4TRO V3INT3 (2020) comienza arrojando imágenes distorsionadas y aceleradas, atravesadas por diversos audios, para referirse al caos derivado de una tormenta en Ituzaingó. Los jóvenes skaters que van asomando después –con sus buzos con capucha, sus gorritas, sus piercings y la compañía de algún perro– parecen sobrevivientes cercados por una húmeda y mortecina atmósfera barrial. En sus conversaciones, interrumpidas por risas y bañadas por el humo de todo lo que fuman, asoman referencias aisladas (al dengue, a la homofobia, a los beneficios del consumo de cannabis) que revelan en este grupo de pibes ciertos conocimientos o interés por determinadas problemáticas sociales; fuera de ello –y de una voz algo solemne diciendo un poema en off– todo es divague, chistes, espontáneos comentarios sobre la saga de Spiderman o sobre la actitud a asumir ante la inestable cámara que va registrando sus gestos. Dejarse llevar por la frescura de esas voces y el clima casi fantasmal (al que contribuyen la música, sobreimpresiones y tomas fuera de foco) puede resultar hipnótico: Perrone vuelve a rendirse ante el encanto del argot juvenil y el paisaje suburbano, sin encontrar allí elementos que parezcan preocuparlo demasiado. En su otro film, 4LGUNXS PIBXS (2020), imágenes registradas en Buenos Aires y Brooklyn, diversas fuentes de sonido, cambios de registro y recursos tendientes a plasmar con lirismo un mundo cruzado por cervezas, graffitis, bicicletas y skates, renuevan su afán por captar sensaciones en medio del vértigo urbano. Aunque incluye audios de Los olvidados, Amor sin barreras y Pixote, la influencia mayor pareciera ser Gus Van Sant.
En un parecido tono de intimidad, de elocuencia sensorial sin palabrerío, se expresa Florencia Colman en la coproducción uruguaya-brasileña-cubana Ese furioso deseo sin nombre (2020), en torno a la maternidad.
Pero entre las producciones latinoamericanas, la que despertó (previsiblemente) más expectativas fue El triunfo de Sodoma (2020) de Goyo Anchou, suerte de brebaje rebosante de ingredientes incitantes procurando un discurso encendido a favor de las libertades, no sólo sexuales. Estimulando permanentemente al espectador (un poco como lo hacía, a su manera y en otros tiempos, La hora de los hornos, cuya música asoma por ahí), lanzando citas y eslogans casi sin respiro, su desprejuicio se materializa con una artillería de recursos audiovisuales (pantalla dividida en mitades y fragmentos, cambios de color, letreros que se superponen, efectos psicodélicos) y de principios declamados, algunos erráticos o confusos: se reivindica “la violencia feminista” al tiempo que se habla de “la opresión de las vacas”, de la “explotación anarco capitalista”, de la necesidad de “reescribir por completo la Constitución”, de heteronormas y bombas molotov. Incluyendo momentos cercanos al porno amateur y el registro de una desmañada reunión de jóvenes de clase media (uno de ellos con una imagen de Néstor Kirchner en la remera) en una terraza con pileta de lona incluida, El triunfo de Sodoma alterna provocaciones y chispazos de libertad creativa con cierto abigarramiento, trayendo a la memoria algo del cine de Jorge Polaco. Podría durar 15 minutos o 5 horas, sin poder evitar cierto humor involuntario e imprecisiones ideológicas.
Aunque la búsqueda emprendida por Refutación de Troya (2020) puede considerarse similar a la de Anchou, el trabajo de Gustavo Galuppo y Carolina Rímini es más maduro, evidenciando objetivos más claros. Apelando una vez más al found footage (como en BinariaPequeño diccionario ilustrado de la electricidad y otros trabajos previos), Galuppo-Rímini inquietan a partir de una idea precisa: el cine como medio de dominación o, como señalan en un momento, “como táctica militar”. La riqueza del material al que han recurrido para ilustrar sus consideraciones y el rigor con el que lo moldean (las imágenes aparecen bellamente rugosas, rayadas, enturbiadas) hacen de Refutación de Troya una experiencia estética e intelectualmente intensa. “Se pueden hacer imágenes o no hacerlas, se pueden hacer queriendo matar o queriendo no matar” se escucha o se lee, mientras el plano es ocupado por fugaces imágenes (de westerns, de videojuegos, de señoras de alguna antigua sociedad de beneficencia arrojando limosna a niños como si fueran palomas, de alguna cruel secuencia de un film del sobrevalorado Tarantino, de héroes y monstruos que el cine ha prodigado “para poder matar”). Ciertas expresiones pueden sonar demasiado terminantes (como alguna referida a Hollywood que irritaría a Ángel Faretta), pero cuando Galuppo-Rímini se preguntan “¿Contra quién?” o “¿Cuántas veces caer en la misma trampa?” intranquilizan saludablemente, sabiendo de qué hablan. El agregado casi final de información sobre manifestaciones de insurgencia en países de América Latina a fines de 2019, más las posteriores imágenes de flores, aire, agua y piel, referencias al valor de la palabra “fragilidad” y al descubrimiento de una civilización antigua no basada en la violencia, la explotación ni la guerra, confirman cuáles son sus preocupaciones, e incluso dónde está puesta su esperanza.
Por la misma dirección lleva la Calle de una sola vía (2020) del isrealí Erez Pery, quien, con el fondo sonoro de La guerra de los mundos (y otros audios), observa desde la ventana de su departamento neoyorquino a transeúntes y vecinos, enrareciendo hechos banales. Algo parecido ocurre en Diario de un organismo (2019), de la alemana Maya Connors, que reúne registros de diversos orígenes para jugar con el rol de los seres humanos en el planeta: “Por favor, pruebe que no es una máquina” es una frase que nos suele aparecer en la web y a la que la realizadora recurre, en un momento, como un chiste o no tanto.
Más tradicional –aunque no por eso menos valioso– es Pan amargo (2019), documental del iraquí Abbas Fadhel sobre refugiados sirios en un campamento situado junto a una ruta, en el Líbano. Chicos con sus miradas chispeantes mirando a cámara y testimonios desprendidos de conversaciones entre hombres y mujeres mientras ejercen sus mal retribuidas tareas o buscan cómo cuidarse de los efectos de la lluvia en el interior de sus carpas, son parte de la trama de resignadas penurias cotidianas (“Dios proveerá” suelen repetir) que registra Fadhel. Los alegres colores de túnicas y camperas engañan: quienes las usan son protagonistas de distintas formas de explotación en un lugar que no es el suyo, donde hasta el agua para el té es difícil de conseguir. Una convicción, o al menos un deseo, los alienta: “Volveremos a casa”.
Finalmente, es para agradecer que el 20º Doc Buenos Aires haya agregado a su grilla dos placenteras invitaciones a escuchar serenas charlas sobre cuestiones simples y profundas, ya que de eso se trata, en definitiva, Nicolas Philibert, azar y necesidad (2020), de Jean-Louis Comolli, y Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías (2019), de Rita Azevedo Gomes, Pierre Léon y Jean-Louis Schefer. La primera se plantea como una amable entrevista de Comolli al gran Philibert en un acogedor jardín. El interés se centra en las reflexiones que va desgranando el realizador de Ser y tener (2002) y Regreso a Normandie (2007) sobre el cine y las problemáticas que ha abordado en su obra: “Filmo lo que quieran darme”, sostiene con humildad, agregando: “Tengo que aprender a resistir el deseo de filmar todo”. Sobre el final ambos coinciden que el cine documental, al requerir menos dinero y menos personal, permite más libertad.
En el segundo caso, el eje está en los conocimientos (sobre las “danzas macabras” que aparecen en viejos grabados del siglo XV, sobre el arte, sobre la muerte) que el teórico y filósofo francés Jean-Louis Schefer vuelca mientras él y sus interlocutores fuman o beben vino alrededor de una mesa, en encuentros plasmados con cierto sentido pictórico. Las agudas observaciones se intercalan con fragmentos de películas de Renoir, Mizoguchi o Buñuel, o con detalles del apacible marco natural que los rodea. En determinado momento asisten a un museo, y al detenerse en la contemplación de una pintura, afirman “No podemos filmar esto”. La gracia de una obra de arte o los conflictos de un grupo humano siempre será mejor verlos de cerca, cara a cara; no obstante, documentales como los reunidos para el 20º Doc Buenos Aires bien pueden ayudarnos a apreciar, comprender y completar, de alguna manera, los regocijos y las zozobras del mundo real.

Por Fernando G. Varea

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