22º BAFICI: cine argentino, a pesar de todo

La 22ª edición del BAFICI fue extraña y acotada, no sólo por las restricciones que impone la pandemia: entre las ventajas (al menos, para quienes no vivimos en CABA), estuvo la posibilidad de ver el material que formó parte de la programación de manera virtual y gratuita; entre los puntos objetables, cabe señalar la ausencia casi total de publicaciones, charlas, homenajes y retrospectivas, el cambio o eliminación de algunas secciones, y, finalmente, la indiferencia hacia el periodismo especializado (es importante recordar que las acreditaciones, que este año no existieron, no sirven únicamente para ver películas y asistir a funciones de prensa sino también para facilitar entrevistas). Se extraña el BAFICI que alguna vez fue –prodigioso y diverso, en cantidad y calidad de proyecciones y actividades–, aunque hubo películas para disfrutar y discutir, algunas proyectadas incluso al aire libre o en salas porteñas (Gaumont, Lugones). A continuación, nuestra opinión sobre algunas de las producciones argentinas estrenadas en el marco del festival (aquí ya habíamos escrito sobre La casa sin cortinas, de Julián Troksberg, y Concierto para la batalla de El Tala, de Mariano Llinás).

El Gran Premio de la Competencia internacional fue para el corto cordobés Mi última aventura, sobre dos jóvenes aparentemente amigos que se proponen robarle al jefe de uno de ellos (encarnado por el realizador Martín Sappia, quien había estrenado en Mar del Plata el año pasado Un cuerpo estalló en mil pedazos): cuando todo parece haber salido bien, uno de los personajes toma una decisión sorpresiva, que conduce a un final abierto. Dirigido por Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas, con un ocasional relato en off, locaciones bien elegidas y música inconfundiblemente cordobesa, el film es conciso, encontrando en la mirada del actor Ignacio Tamagno y en la dirección de fotografía del propio Sonzini (esa Córdoba nocturna que se percibe melancólica y pegajosa, ese túnel azul casi onírico) los elementos necesarios para elevarse por sobre los tópicos frecuentes en la obra de realizadores jóvenes.

El Gran Premio de la Competencia Argentina fue para Implosión, tercer largometraje como director de Javier Van De Couter (de importante experiencia como actor). Situada en la actualidad, la película acompaña a dos jóvenes en viaje de Carmen de Patagones a La Plata, impulsados por el deseo de hallar al autor de la masacre ocurrida en una escuela secundaria de la ciudad del sur bonaerense en 2004. El propósito del realizador (y autor del guión junto a Anahí Berneri) fue generar una ficción a partir de elementos reales, comenzando por los protagonistas, partícipes directos de aquel trágico episodio, pero su juego se dispersa llevado por cierta improvisación. Cobra interés cuando afloran destellos de verdad: imágenes reales del hecho (enrarecidas, enrojecidas), un accidentado debate en una escuela secundaria actual, el dramático estallido de los recuerdos en determinado momento. El resto se acerca demasiado a las fórmulas de cierto cine celebrado en festivales como el BAFICI, asomando –en medio de puteadas, skates, birra y faso– arrebatos de violencia indicadores de turbias conductas internalizadas, incluyendo la caza de animales. Entre los méritos vale señalar la música de Nahuel Berneri.

El Premio a Mejor Dirección de la Competencia Argentina fue para Jonathan Perel por su documental Responsabilidad empresarial, que parte de una brillante idea: exponer la complicidad del empresariado argentino en la represión a trabajadores durante la última dictadura en Argentina simplemente leyendo textos extraídos del libro Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad (editado en 2015 por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación), mientras una sucesión de plazos fijos muestran los establecimientos industriales de distintas partes del país respectivamente mencionados en esos informes. El film hubiera mejorado con la voz en off a cargo de actores y actrices (que no necesariamente debían cargar de emotividad los datos), ya que una inevitable monotonía termina afectándolo. El hecho de que todos los registros se hayan efectuado, visiblemente, desde el interior de un auto, resulta igualmente discutible. El valor de Perel, en todo caso, más allá de la idea original, está en la sensación de congoja que logra transmitir en cada plano, en la belleza gris que se desprende de las fachadas de esas fábricas (activas algunas, otras abandonadas) con el marco de cielos desapacibles, sumándose circunstancialmente referencias significativas en algún cartel o un mural con dibujos. Desde ya, lo que el propio Perel va leyendo perturba irremediablemente: la encarnizada (y organizada) persecución a gremialistas, los nombres conocidos que aparecen representando a determinadas empresas (Martínez de Hoz, Cavallo, Blaquier, Fortabat, Bunge y Born) o la represión sufrida por periodistas de un diario que todavía existe (La Nueva Provincia), son dolorosas piezas de este mosaico sombrío.

También dentro de la Competencia Argentina se conoció Los visionadores (Néstor Frenkel), que en poco menos de una hora revisa el historial de películas argentinas policiales de dudosa calidad de los últimos sesenta años (deteniéndose especialmente en las vinculadas al consumo de droga y al narcotráfico) con un patrón similar al de ciertos informes televisivos: ironizar a través de la edición con la asistencia de graciosos comentarios en off, aquí a cargo de Damián Dreizik. Un pequeño hallazgo del film es el descubrimiento de un diálogo de Así es la vida (en sus versiones de 1939 y 1977, basadas ambas en la obra teatral homónima de Arnaldo Malfatti y Nicolás de las Llanderas) repetido en la desatinada Delito de corrupción (1991, última película dirigida por Enrique Carreras, director precisamente de la más reciente de aquellas versiones). Trivial y divertido, sin distraerse con acotaciones sobre el contexto político en el que fueron realizadas las respectivas películas o las diferencias entre ellas, no puede negarse el laborioso trabajo de selección y edición detrás de este producto realizado bajo el recuerdo de la época en que era furor alquilar VHS y encerrarse a verlos después.

En la misma sección, al mismo tiempo que en Cine.ar, fue estrenada López, de Ulises Rosell, cineasta especialmente lúcido en la elección de personajes para sus documentales y en la mirada que echa sobre ellos. Ocurría en Bonanza (2001) y en El etnógrafo (2012), y vuelve a suceder aquí, en que el centro de atención es el fotógrafo y artista plástico Marcos López (nacido en Gálvez, pcia. de Santa Fe), a quien se acompaña en diversas actividades con curiosidad y afecto, revelando ante el espectador el mundo de colores que ha creado en torno suyo. Pinturas, fotografías, muebles, ropa: todo es vivaz y luminoso, incluyendo la usina creativa que parece anidar en la cabeza del simpático Marcos. Esto no evita que afloren problemas (separaciones, pérdidas familiares, complicaciones por una mudanza) y que el film deje llevarse, por momentos, por cierta melancolía. Es notable cómo Rosell no convierte este material en un excitado caos, deteniendo su cámara ante detalles, gestos u objetos que le merecen atención, o jugando con la sorpresa, por ejemplo al dejar fuera de campo a López mientras le hablan dos chicas para luego revelar (sin énfasis) que hablaba con su cara oculta tras un jocoso disfraz. Fluyen, asimismo, historias paralelas, que se abren deslizando sensaciones y preguntas, como el pasado familiar de la madre o la vocación artística de especialistas a los que el protagonista recurre por distintas dolencias. Al film de Rosell debe agradecérsele, además, un tono jubiloso y benigno, algo inusual en el cine de estos tiempos.

Chispazos similares, aunque en un terreno más cercano al mundo infantil (acorde con la persona de la que se ocupa), desprende El universo de Clarita, documental de Tomás Lipgot que integró el apartado Baficito. En este caso, el deseo de una niña rosarina por ser astrónoma resulta una invitación a contagiarse de su curiosidad, su entusiasmo y su alegría. Sucesivos viajes de esta afectuosa Mafalda por CABA, La Plata, Chaco y San Juan, permiten sumergirse en un remolino de inquietudes y sorpresas en el que caben estrellas y meteoritos, la cultura de pueblos originarios y el deslumbramiento ante la ciencia, Georges Méliès y Harry Potter. Más allá de unos toques spielbergianos (efectos especiales, ampulosa música) que parecen innecesarios, el film de Lipgot puede verse como modelo posible de un cine argentino familiar o para preadolescentes, con un plus en la visita a un penal juvenil, donde los pibes presos dicen sentirse mejor después de mirar el cielo y exteriorizan, ante una estrella fugaz, un previsible pedido: la libertad.

El BAFICI cerró este año con No va más, film dirigido por Rafael Filippelli junto a Marina Califano y Hernán Hevia, sobre guión de Hevia, David Oubiña y Beatriz Sarlo. El propio Filippelli encarna a un hombre que ocupa su tiempo cumpliendo con poca convicción sencillas rutinas: prepararse un vaso de whisky, hojear un álbum de fotografías, leer algo de un diario (La Nación) o de un libro (de Jean-Paul Sartre), revisar la ropa que tiene en su placard, probarse corbatas. Aunque se lo ve acompañado únicamente por un gato, parece hablarle a alguien y responde raras llamadas telefónicas, insinuándose cierto desvarío dentro de ese encierro solitario en el interior de un departamento elegantemente sobrio y penumbroso. Entre observaciones y manías (“Más que leer, releo”), reflexiones duras sobre la vejez y el miedo a perder la memoria, intertítulos irónicos o estimulantes (“Todos los muertos están borrachos”, “Los que se fueron temprano no nos necesitan”) y ciertos trazos de un humor sesgado (incluyendo probables referencias a la personalidad del propio Filippelli, apreciables por quienes más lo conocen), el film sale de su asfixiante aislamiento cuando, por fin, aparecen bellos y breves planos de la ciudad de noche, desde la ventana. Enemigo de las fórmulas del cine clásico (como lo expresó en una entrevista reciente, en la que recordó a Hugo del Carril como alguien “bruto pero simpático”), director de películas polémicas como El ausente (1989) o Secuestro y muerte (2010, cuyo afiche asoma en una escena de No va más), muy apreciado entre realizadores egresados o docentes de la FUC (el film fue producido por tres de ellos: Mariano Llinás, Rodrigo Moreno y Juan Villegas), Filippelli es autor de documentales y ficciones en los que, como aquí, suelen cruzarse lo delicado y lo equívoco, lo moderno y lo elitista.

Por Fernando G. Varea

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