El que busca, encuentra

¡MUJER, TÚ ERES LA BELLEZA! – INVESTIGACIÓN Y ANÁLISIS DE UNA PELÍCULA (CASI) PERDIDA
(Marcelo Vieguer; Editorial Ciudad Gótica; 2020)

¡Es! le dijo entusiasmado Marcelo Vieguer a Sofía Elizalde cuando, hurgando entre las latas con películas en 35 mm acumuladas por un coleccionista, advirtió que el contenido de una de ellas anticipaba lo que buscaban: fragmentos de ¡Mujer, tú eres la belleza! (1928, Camilo Zaccaría Soprani), el film rosarino con desnudos femeninos que parecía perdido. Siete años después, Vieguer (realizador audiovisual y docente) ofrece en un libro detalles de lo que ocurrió durante y después de ese provechoso hallazgo.
En ¡Mujer, tú eres la belleza! – Investigación y análisis de una película (casi) perdida –eslabón Nº 23 en la Colección Estación Cine, de la editorial local Ciudad Gótica–, el autor describe con apasionamiento lo que exhiben los fotogramas encontrados, los intertítulos, el afiche promocional y parte del guión, además de examinar ciertos films a los que Soprani echó mano para completar u ornamentar el suyo. El estudio incluye algunas conjeturas ante la falta de datos ciertos, analogías con construcciones formales o personajes de recordadas películas de Sergei Eisenstein o Akira Kurosawa, y datos sobre el estreno (en Rosario y Buenos Aires) y el éxito del film. Junto a la información, asoman apreciaciones para aclarar que Soprani no había procurado exponer morbosamente cuerpos desnudos, buscando, como él mismo puntualizaba, “que el realismo no afecte un ápice el pudor ni suscite la sensualidad” (¿se puede separar una cosa de la otra, es decir, mostrar un desnudo excluyendo la posibilidad de que sea objeto de deseo de uno o varios espectadores? ¿por qué eso podría ser un problema? son preguntas que se disparan).
Años de libertad creativa aquéllos del cine mudo, en los que las posibilidades técnicas y comerciales del nuevo medio expresivo eran exploradas por jóvenes animosos como Soprani, italiano que comenzó a vivir en Rosario a los nueve años, y que más tarde dirigió y produjo otras películas, fue cronista teatral y cinematográfico, fundó una revista especializada y publicó varios libros. Leyendo la publicación de Vieguer se impone la sensación de una libertad saludable, no sólo por la falta de censura durante la época. “La última secuencia nuclea la vuelta a lo natural en el momento del baño, donde los cuerpos desnudos se hacen uno con el agua y el mundo, modo de retornar a cierto origen líquido del cual todos venimos”, expresa el autor en determinado momento, trayendo a la memoria películas que mucho tiempo después gestaron Armando Bo (Embrujada y otras tantas) o Leonardo Favio (Nazareno Cruz y el lobo).
Las referencias a los colores a los que viraban las imágenes, a las esculturas griegas y los baños termales de la antigua Roma, a bailes y rituales de Hawái o de India, al valor del deporte y la respiración, invitan a apreciar aún más los matices de aquélla curiosa y lejana experiencia audiovisual.

Por Fernando G. Varea

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