De discusiones y simulacros

EL PRESI
(2021; dir. Gustavo Postiglione)

Dentro de la nutrida producción del rosarino Gustavo Postiglione (que abarca largometrajes de ficción, documentales, trabajos para TV, videoclips, videos institucionales y experiencias en teatro), es posible advertir un marcado interés por registrar conversaciones cruzadas en medio de rituales cotidianos, como queriendo captar la gracia que se desprende de ciertas discusiones inútiles y el rencor larvado que puede aflorar sin sorpresas. Hay también un gusto por crear personajes y jugar con las posibilidades que puede ofrecer el entramado de un guión o las fronteras entre realidad y representación. En algunos casos, se agrega un propósito de desafío u originalidad. Todo esto puede apreciarse en El asadito (2000), El cumple (2002) y la reciente Simulacro (2021) –todas ellas rodadas con limitaciones de espacio y tiempo–, pero también en el episodio de Fontanarrosa, lo que se dice un ídolo (2017). Esas mismas características se repiten en El Presi, grabada en su totalidad con un teléfono celular en el interior de un automóvil.
Desde ya, en cualquier película las audacias técnicas o narrativas tienen sentido cuando están al servicio de la historia que se procura contar o de la búsqueda propuesta: un plano secuencia, por ejemplo (recurso al que Postiglione ha acudido más de una vez, por ejemplo en el comienzo de Brisas heladas), puede ser provechoso o un virtuosismo que encubre pobreza de ideas, como suele apreciarse en el cine de Iñárritu. En El Presi –que tiene previsto su estreno en salas de cine y plataformas digitales en las próximas semanas–, la decisión de filmar de esta manera, como el propio director lo ha declarado, fue “casi como un juego” así como un intento de encontrar nuevas formas de producción “y un trabajo con el tiempo que es totalmente distinto al que se aplica en un rodaje tradicional”. Por eso no cambiaría demasiado que la acción transcurriera en el interior de un despacho oficial o de un bar: el eje es el torbellino de opiniones, reproches e intereses que se mueven en torno al presidente en cuestión (Jorge Ferrucci).
Su asesora de imagen, su ex esposa, su amante, un periodista y el encargado de custodiarlo son algunos personajes que van apareciendo, uno tras otro, aportando comentarios que resultan inquietantes o sarcásticos. Algunos ponen en duda el efecto de expresiones como pueblo o lavarse las manos, otros emprenden intercambios verbales tarantinescos (como las discusiones en torno al cine iraní o a músicos de rock nacional) u ofrecen al espectador posibles acertijos para adivinar si detrás de este presidente de “una realidad alternativa en Argentina” puede identificarse a uno puntual. Ocasionalmente asoman observaciones más ácidas, como cuando alguien dice que “Hoy en día ni siquiera hacen falta armas para matar a un presidente” o lo que le expresa al primer mandatario desde una videollamada su propia hija: “Desearte lo mejor para vos es desearle lo peor al resto” (refutando lugares comunes que varios comunicadores se empeñaban en repetir durante el gobierno anterior, hablando ya no de ficción).
Si no fuera porque en las charlas despuntan nombres propios (Menem, Rucci) y porque no es opulenta en producción y ambiciones, El Presi recuerda a La cordillera (2017, Santiago Mitre), por deslizarse sobre recovecos del poder político sin afán testimonial. Predomina un aliento satírico, aunque el ataque de un joven al vehículo y los incidentes que van precipitándose en el tramo final la acercan al género policial. Ciertas decisiones resultan curiosas, como la de registrar a personajes mirándose a la cara (no a los costados o hacia adelante) mientras conversan en el interior del auto en movimiento, o la de permitir que se escuchen en off los pensamientos de Marcelo (Juan Nemirosky) en determinado momento.
Recorrida por diálogos que algunos de los intérpretes logran expresar con conveniente naturalidad (especialmente María Celia Ferrero, Claudia Shujman y Juan Pablo Yevoli), El Presi es, en definitiva, una suerte de broma que se pone oscura asimilando la política a un terreno resbaladizo.

Por Fernando G. Varea

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