40 años de “Tiempo de revancha”: gestos que hablan

¿De dónde sale tu voz?
¿De tu boca o tu bozal?
(Si me falto de mi, Gabo Ferro)

(Por ALEJANDRO SPINER)
Había que tener valor para escribir este guión en 1981: para decidir que el protagonista fuese dinamitero, es decir, se dedique a colocar explosivos en la piedra para lograr que vuele, y formar así un agujero en la tierra donde antes había una estructura sólida; para hacerle decir a Bengoa  que lleva “cinco años” sin trabajar en una cantera, y que sea ese mismo lustro el tiempo que Federico Luppi había estado prohibido. Para atreverse a mostrar al Golo –excelente Alberto Banegas– poniéndose en contra de sus patrones en el juicio, a sabiendas de que eso podía significar su muerte. Había que tener coraje para mostrar a Golo, finalmente, en plena calle y siendo arrojado desde un Ford Falcon, en medio de una ciudad en ruinas. Podría seguir citando muchas escenas de Tiempo de revancha (1981, Adolfo Aristarain). Lo llamativo del film, sin embargo, es que no logro recordar casi ninguna frase célebre.
Intento recordar alguna (debe haber… el cine argentino está lleno de frases memorables), pero no hay caso, y creo que Aristarain lo hace adrede: es un film que dice lo justo para entender entre líneas, durante 40 minutos; luego, calla y muestra. Igual que Bengoa. Mi cita inicial a Gabo Ferro, entonces, no es casualidad: ¿Cuándo está diciendo más? ¿en los diálogos o en ese silencio en principio optativo y, luego, obligatorio? ¿quién gana la batalla: los empresarios de Tulsaco o ese vasco cabezadura que llega hasta las últimas consecuencias para cambiar la historia? La respuesta es simple: Pedro Bengoa, callado, expresó lo que, tal vez, hubieran querido decir los miles de espectadores que fueron al cine. Ese corte de mangas –gesto y ruido que son formas de hablar sin hablar– es el de todos a la dictadura en franca decadencia. Porque tal vez no sea posible cambiar toda la historia, pero sí una parte de ella; y todo, solamente con gestos: un pedido de silencio con el dedo sobre los labios. Una mirada pícara de Bengoa, mientras le dice a Torrens que “la política es para los políticos”, y que trabaja donde le pagan mejor. El rostro de Pedro (ese rostro que dice sobre el dolor sin decir una palabra) mientras su abogado (Larsen, papel ideal para Julio de Grazia) le tuerce el brazo. Ese gesto es el de la persona que decide no hablar, que conoce el precio del silencio y está dispuesto a pagarlo. Porque vale la pena. Porque hay un amigo de por medio, y es necesario jugársela por él, no cabe otra opción. A fin de cuentas, Tiempo de revancha también es una película sobre la amistad, y seguramente más de un espectador habrá sido capaz de hacer por un amigo lo mismo que Bengoa (Luppi) hizo por Di Toro (Ulises Dumont).
Y hablando de Di Toro, ahora recuerdo una frase de él, que es una lección para Pedro: “Nadie me puede hacer hablar si yo no quiero”, le dice. Y así es, Bengoa: luchar en soledad contra una multinacional es posible; aunque seas uno contra todos, y la posibilidad de triunfar sea casi nula. Aunque te tuerzan el brazo.
Pedro Bengoa, enmudecido, logró ser la voz de muchos que salieron del cine convencidos de que el país estaba repleto de monstruos Tulsaco, lo cual era cierto. Aristarain simboliza, en ese nombre, todo aquello a lo que hay que enfrentar: las empresas, las grandes instituciones, la muerte. Hace cuarenta años un vasco cabezadura le hizo frente a ese Goliat en silencio y logró vencerlo. Con él, ganamos todos nosotros.

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