Libertad condicionada

El 4 de enero de 1985 se estrenaba en el cine Mignon de Mar del Plata El imperio de los sentidos (1976, 愛のコリーダ Ai no Korîda), la película de Nagisa Ōshima basada en la historia verídica de una ex prostituta y el propietario del hotel del que es empleada, cuyo vínculo va pasando del placer sexual a un enfermizo encierro y distintas formas de sometimiento y violencia física. Debido a sus escenas de sexo explícito, había sido calificada Sólo apta para mayores de 18 años, de exhibición condicionada, y fue uno de los casos de películas que –por la relevancia de sus realizadores o estar precedidas de exhibiciones en festivales prestigiosos como Cannes– resultó polémica la decisión de confinarlas a salas condicionadas, con las que sólo contaban unas pocas localidades turísticas.
Valga aclarar que desde que el Poder Ejecutivo (apenas asumió Raúl Alfonsín como Presidente en diciembre de 1983) presentó un anteproyecto a las cámaras legislativas para derogar la Ley Nº 18.019 y su Ente de Calificación Cinematográfica (vigente desde 1968), sancionándose una nueva Ley Nº 23.052, existe una Comisión Calificadora que debe definir edades mínimas de acceso a las salas cinematográficas, sin ningún tipo de censura. El 26 de marzo de 1984 comenzó su trabajo dicha comisión, calificando las películas en Apta para todo público, Sólo apta para mayores de 13 años o Sólo apta para mayores de 18 años (en diciembre de 1984 se sumó la categoría intermedia Sólo apta para mayores de 16 años), agregando una breve advertencia o la expresión Con reservas cuando lo consideran oportuno. Como señalaba el crítico Jorge Miguel Couselo, “Los calificadores tienen ‘prohibido prohibir’ y sólo la Justicia, en caso extremo, puede hacer excepciones” (Clarín, 13/4/1986). Pero una categoría resultaría discutible: si una producción era calificada De exhibición condicionada significaba que sólo podía exhibirse en ciudades que tuvieran habilitadas ese tipo de salas, que (por ofrecer básicamente películas pornográficas, término que no implica un juicio de valor sino el dato objetivo de la presentación de sexo no simulado sino explícito), no debían tener marquesinas llamativas ni estar ubicadas cerca de las salas regulares, los colegios o las iglesias de cualquier culto. Aunque el VHS permitía ocasionalmente acceder a este tipo de material, el hecho de que ciudades como Buenos Aires no contaran con salas condicionadas llevaba a la imposibilidad de apreciar ciertas películas valiosas en salas de cine, lo que muchos consideraban una velada formada de censura.
17 películas se calificaron para salas condicionadas en 1984, 53 en 1985 y 54 en 1986. Las distribuidoras que más trabajaban con este tipo de material eran Vanguardia, Hardcore y Cinematográfica Venus. Algunas se recalificaban, por distintos motivos: la producción italiana La llave (1983, La chiave, Tinto Brass, con Stefanía Sandrelli), estrenada en salas condicionadas de Mar del Plata, se presentó a la Comisión Calificadora con cortes y así llegó a las salas comunes del resto del país, Para mayores de 18 años con reservas; lo mismo ocurrió con la francesa Historia de O (1975, Histoire d’O, Just Jaeckin, con Corine Clery y Udo Kier) y con algunas del italiano Ruggero Deodato (Holocausto caníbal, Adiós último hombre, En el infierno caníbal), que entre 1985 y 1986 fueron sometidas a cortes por los distribuidores y de esa manera pasaron de Condicionadas a Para mayores de 18 años. Entre las curiosidades vale recordar que hubo una argentina: Juegos de verano, dirigida por Juan Antonio Serna en 1969, cuya copia en 35 mm fue calificada Para mayores de 18 años en julio de 1984 pero su versión para videocasete (a la que al parecer se le agregaron escenas de sexo gráfico) fue calificada Condicionada dos años después. Es importante señalar también que desde 1984 fueron estrenándose muchas películas que habían estado prohibidas en los años previos (desde La naranja mecánica o Novecento hasta Feos, sucios y malos y La jaula de las locas), así como se reponían en salas las versiones completas de otras que se habían estrenado con cortes durante la dictadura. Hasta el clásico erótico Emmanuelle (1974, Just Kaeckin, con Sylvia Kristel) llegaba tardíamente a los cines, el 7 de enero de 1988, presentado por Transeuropa S.A. Para mayores de 18 con reservas.
El problema eran las películas que, aún incluyendo escenas de sexo explícito, excedían las características del cine porno. La controvertida producción británica-italiana Calígula (1979, Tinto Brass, con Malcolm McDowell, Peter O’Toole y Helen Mirren), que venía dando que hablar por las escenas de sexo y desnudos que había agregado su productor Bob Guccione para su explotación comercial, era muy alquilada en los videoclubes hasta que llegó finalmente a las salas comerciales cortada por la distribuidora el 19 de enero de 1989, Para mayores de 18 años con reservas. Nunca fue exhibida en sala alguna en nuestro país, en cambio, Saló, o los 120 días de Sodoma (1975), relectura del gran Pier Paolo Pasolini (con la colaboración literaria de Sergio Citti) de la novela del Marqués de Sade situándola en la Italia de 1944, con música de Ennio Morricone y fotografía de Tonino Delli Colli. Alarmando sobre el advenimiento de una nueva clase de Estado fascista, significó la despedida de Pasolini del cine y de la vida, ya que murió asesinado pocos meses después de haber finalizado el film. En 1985, un enorme cartel sobre el emblemático bar porteño La Paz (que cerró días atrás) anticipaba el estreno de la película, pero finalmente no se produjo ya que la distribuidora se negó a exhibirla en los circuitos de salas condicionadas. Mientras, en los últimos tiempos, largometrajes de directores como Gaspar Noé o Lars Von Trier –transgresores a años luz de Pasolini– se estrenaron comercialmente sin irritar demasiado, Saló quedó en el camino.
Lo bueno del estreno esta semana en salas “comunes” de Argentina de El imperio de los sentidos es que no se trata de una versión abreviada sino de la original remasterizada de esta película, la más recordada del director japonés Nagisa Ōshima, fallecido en 2013, de quien se estrenaron en nuestro país otras como Furyo (1983, Merry Christmas Mr. Lawrence, con David Bowie, Ryuichi Sakamoto y Takeshi Kitano) y Max, mon amour (1986, con Charlotte Rampling), ambas provocadoras aunque sin la carga de crueldad y sexo explícito de este clásico perturbador. No deja de ser valioso, además, que un film al que fácilmente se puede acceder en copias de mejor o peor calidad en DVD o por internet, pueda ser exhibido (como ha ocurrido recientemente con algunos de Federico Fellini) tal como fue pensado: en una sala de cine.

Por Fernando G. Varea

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