Había una vez un viejo, un pibe y un gallo

CRY MACHO
(2012; dir. Clint Eastwood)

40 largometrajes en 50 años: imposible que no haya altibajos en tan nutrida producción, que tuvo sus picos de calidad en las décadas del ’80 y ’90 (Honkytonk Man, El jinete pálidoBird, Cazador blanco, corazón negroLos imperdonablesLos puentes de MadisonMedianoche en el jardín del bien y del mal) y algunos trabajos controvertidos en el último tiempo (como el irritante El francotirador).
Con envidiable pasión, Eastwood no se detiene y este año dio a conocer Cry Macho, que parte de una novela homónima de N. Richard Nash y está planteada casi como un cuento: con simpleza, candidez, personajes de atributos marcados y momentos de tensión que se suavizan con ternura.
Hay una ex estrella del rodeo que, a pedido de un amigo, debe ir a México a buscar al hijo preadolescente de éste y volver con él; al encontrarlo, se entera que, distanciado de su conflictiva madre, se gana la vida gracias a un gallo de riña. En definitiva: un viejo, un pibe, animales (caballos, gallos), personajes solitarios, pequeños grandes desafíos, viaje y aventura. Con todo ello, Eastwood gestó en pandemia y con 90 años (en mayo último cumplió 91) esta película menor pero con encanto, en la que, como actor y director, transmite la calma que da la experiencia y el hecho de haberse formado trajinando estudios de cine y televisión desde los años ’50. En Cry Macho varias transiciones y resoluciones formales son como suspiros de un cine que ya casi no existe.
Podría decirse, además, que lo simplón se balancea con lo valioso: si la caracterización de la madre del chico (Fernanda Urréjola) es telenovelesca y los comentarios sobre ella dejan un regusto conservador, eso se compensa con el otro personaje femenino importante, una viuda de carácter fuerte y seductora presencia (la actriz mexicana Natalia Traven, que se gana al espectador cada vez que aparece en pantalla). El chico (Eduardo Minett) no es tan salvaje como se anticipa, pero eso ayuda a que el film no centre su interés en lo que sería la difícil domesticación de un rebelde sino en la relación casi filial que entabla con quien podría ser su padre o su abuelo (y que finalmente no reemplaza al padre biológico). La música tiene momentos en los que resulta redundante (subrayando los momentos emotivos) y otros en los que asoma con brillantez, absolutamente integrada al paisaje geográfico y humano, sobre todo durante la primera mitad. Hay diálogos ingenuos entrecruzados por agridulces reflexiones en las que se expone mansamente el aprendizaje que significa aprender a convivir con el recuerdo de seres queridos y desgracias vividas, así como el estereotipado trazo de los policías mexicanos y lo previsible de algunas persecuciones no conducen, afortunadamente, a convencionales balaceras. No queda del todo claro por qué la acción transcurre treinta años atrás, aunque esto último tal vez sirva para justificar ciertas acciones. Los traspiés se equilibran con hermosos segmentos, como el primer encuentro con la mujer en el bar, la comunicación del viejo con una niña con mensajes de señas o su conversación con el pibe en la capilla.
Cry Macho no es una película para aplaudir pero tampoco –salvo que se la vea con sorna o desconfianza– para denostar. Pequeña en ambiciones, ligeramente anacrónica pero noble, afable, placentera sin estridencias, como encontrar refugio una noche de lluvia o escuchar un bolero de Eydie Gormé con el trío Los Panchos.

Por Fernando G. Varea

https://www.crymachofilm.net/

4 pensamientos en “Había una vez un viejo, un pibe y un gallo

  1. Fernando: reproduzco acá un comentario que ya te había dejado en IG: “En la estructura narrativa de sus películas, sobre todo en las que él protagoniza, por lo menos desde Gran Torino, yo encuentro un intento de cerrar las mutaciones del icono que él fue construyendo incluso desde antes de dirigir sus películas, cuando empezó con Sergio Leone y Don Siegel. Creo que es sumamente autoconciente de su lugar en la cultura y la sociedad norteamericana, cada gesto en las ceremonias de la Academia y cada giro de nacionalista duro, guardián del orden patriarcal clásico, impugnador de la modernización de las costumbres, critico del sistema por derecha, como libertario que es, su gestualidad parca que quiere sugerir una ternura escondida, la manera como adminstra su envejecimiento en la imagen cinematográfica, todo eso es su principal creación. Luego los resultados son sumamente irregulares según el guionista con el que trabaje y puede hacer una buena como Jersey Boys o Iwo Jima, o esas cosas tan inexplicables como la vida después de la muerte o directamente propaganda fascista como American Snipper. Ha filmado demasiado y algunas veces muy bien pero otras muy mal. Además, por su predica en favor de la policía de mano dura en plenos años de liberación social como los 70, se inclina ahora a mostrar que finalmente los valores por los que intervino en su sociedad tienen un fondo bondadoso. Más que su presunto clasicismo, Eastwood quiere escribir el epitafio de su icono, con un control de lo que se dice de él que otras stars del mainstream no logran, porque el logró crear una estructura productiva una la vez integrada al sistema. Por cada película que hace como un viejito bueno que enamora a mexicanas sensuales o cultiva flores, nos clava una grosera propaganda belicista o hace campaña por Trump, algo difícil de conciliar con un viejito bueno, si no sos un experto en marketing como él si lo es”. Fin de la cita de mi comentario.
    Vos me decís que no seguís con atención en la vida sociocultural norteamericana y te concentrás en disfrutar sus película como obras autónomas, cosa perfectamente lícita. Con una salvedad: su principal intervención en la vida norteamericana es su obra cinematográfica. Si después hace un gesto durante la entrega de los Oscars o apoya a Trump, podría prescindirse de eso para encontrar igualmente la lógica de su autoría en la construcción de un ícono moralizante. Mi tesis es que el cine de Eastwood es un cine de tesis, que es sumamente conciente de su función política y que a partir de esa conciencia se explican todos los vaivenes de su obra, primero como actor de Leone y Siegel, luego como el ícono que sigue cincelando en sus propias películas. Hay una resistencia de la crítica de asumir la politicidad del cine de Eastwood, tratando de apartar lo que significó Dirty Harry o American Snipper. Yo encuentro que su programa político es el hilo que une todas las mutaciones de su obra, cuando aparece y cuando no aparece en pantalla. Todo, desde el título de esta película hasta el encuadre de los planos y la iluminación a contraluz con que aparece en el comienzo de Cry Macho, responden a una preocupación por la edificación de su ícono, a la vez que a su conciencia del lugar que tiene el cine norteamericano en el nacimiento, consolidación y probable decadencia de una nación imperial. El análisis separado de esta peliculita dice menos que si uno la lee en una secuencia que empieza con el cowboy sin nombre de los spaghetti y el promotor de la policía de mano dura Harry, que desprecia la burocracia jurídica porque le ata las manos a la eficacia policial. Eastwood es un libertario sumamente coherente, que también está preocupado por estetizar esa posición desde los años en los que era disruptivo, cuando en los 70 parecía un fascista anacrónico en medio de una renovación generacional que dudaba del sueño americano hasta hoy, donde la sociedad americana perdió los frenos para mostrarse brutal y llevan a otro personaje de ficción como Donald Trump a la Casa Blanca, con un final de mandato que por supuesto Clint nunca filmará porque no cuadra con su calculado estilo sosegado de su etapa senil. EN esta se muestra como un viejito galante que ha reflexionado sobre el trayecto de su vida y puede erotizar a una “seniorita” mexicana. En Gran Torino era el viejo gruñón que se sacrifica en pos de la coexistencia pacífica de todas las etnias contra la imagen bien ganada de vengador justiciero que él mismo encarnó durante varias décadas. Este sosiego último no le impiden haber apoyado la llegada al gobierno de su propia versión farsesca: Donald Trump. Su imagen de la convivencia entre texanos y mexicanos tiene una función precisa aunque el resultado en pantalla sea pueril: tiene que limpiar al ícono para la posteridad. Tiene que decir que ha filmado en defensa de los buenos viejos valores caballerescos y si a lo largo de su obra ha comentido algunos excesos de apología del punitivismo o de la supremacía blanca, todo lo ha hecho para conservar la nobleza viril de un mundo que se está reblandeciendo. Los años en que Eastwood quiere intervenir directamente en la coyuntura política de su país filma American Snipper o en El caso de Richar Jewell exalta al policía anónimo frenado y maltratado por un sistema jurídico garantista que “está a favor de los delincuentes y no de la gente”; ni siquiera se priva de incluir en el propio plano a los voceros demócratas que representan a esa burocracia estatal que obstruye la justicia de sus “héroes”. A cada movimiento propagandístico de su militancia libertaria le sigue un film donde él mismo aparece como un caballero gentil que entiende que en la vida hay que respetar a las damas y restaurar el antiguo orden vulnerado.
    Fernando, tenés todo el derecho de gozar de cada película prescindiendo de una mirada de conjunto. Después de haber seguido atentamente todos los movimientos de su obra yo tiendo a vincular cada película suya como la construcción de una iconografía que él mismo preside. Supongo que quiere quedarse con la última palabra sobre cómo debe ser visto: como un hombre viril e íntegro al que los pusilánimes desprecian y enamora a las mujeres. En esa lógica Cry Macho sabe agregar otra pieza para rubricar su discurso político ya muy extenso.
    Saludos

  2. Oscar, es muy interesante el planteo que hacés pero vale una aclaración. No es que no siga con atención la vida sociocultural norteamericana, sino los vericuetos de la larga vida pública, artística y política de Eastwood. Por eso leo con atención textos como el tuyo, de los que aprendo. No se trata de indiferencia de mi parte hacia esas zonas de la obra de determinados artistas estadounidenses sino que, a veces, me resulta complejo entender ciertos fenómenos. Ejemplo: cuando se estrenó hace 9 años el Batman de Nolan, escribí (copio): “La violencia se expande más allá de la pantalla, confundiendo realidad y ficción, muerte y espectáculo. En fotos en los diarios puede vérselo a Cristian Bale saludando a los heridos de la masacre desatada por el estudiante James Holmes en el estreno en una sala en Denver, como si fuera el mismo Batman socorriendo a los habitantes de Ciudad Gótica, así como tres años atrás la muerte de Heath Ledger no impidió que su figura formara parte de la glamorosa ceremonia de los Oscar, importando poco la persona triste que se ocultaba tras el disfraz del risueño Guasón. Una suerte de círculo vicioso retroalimenta el morbo, desvelándose por dejar a salvo el show antes que la vida.” …Hay situaciones que se me revelan de manera transparente, otras (tal vez por una formación insuficiente de mi parte) no tanto. El hecho de disfrutar de las películas de Eastwood como obras autónomas, prescindiendo de una mirada de conjunto (que vos me señalás), me hace pensar un poco: tengo claro qué representa, por qué carriles circula su ideología y de qué tipo son sus “héroes” (más aún cuando están interpretados por él), pero pienso si con muchas figuras del cine de Hollywood (del de antes y el de ahora) no ocurre eso de mezclarse la defensa de valores turbios (incluyendo la superioridad cultural y política de EEUU y la nobleza indiscutible de su “ciudadano común”) con lo que ofrecen para el disfrute géneros como el western y el musical.
    Lo de Eastwood haciendo siempre de viejito galante o gruñón, viril y de buenos gestos, está claro que es una imagen icónica que busca imponer. Una de las críticas que creo que podrían hacérsele es no asumir personajes que atraviesen circunstancias propias de gente de su edad: la problemática de los “adultos mayores” está prácticamente ausente en su cine de los últimos 30 años.
    Saludos.

  3. Fernando: lo primero que queda establecido como incuestionable es disfrutar de lo que uno desee. Mis apuntes surgen del interés que me despierta la obra sinuosa de Eastwood a través de las décadas. Sus ambivalencias respecto a la justicia por mano propia y su desprecio del garantismo, sus miradas más “progresistas” según quién sea el guionista y la lenta conversión desde el macho vengador al anciano gruñón pero en el fondo bondadoso y seductor de mexicanas. Nada de esto le impide filmar de vez en cuando alegatos racistas como American Snipper (de 2014, no de la época de Dirty Harry). Está claro que es crítico del orden jurídico norteamericano, pero sus críticas lo colocan la mayor parte de las veces a la derecha de ese sistema: en muchas películas plantea los obstáculos de la burocracia política para que la policía haga justicia más expeditiva, nada que no conozcamos por Argentina. Lo interesante es que esos vaivenes están impresos en sus filmes. Mientras en otros casos es capaz de sacrificarse crísticamente por la convivencia de las etnias, como en Gran Torino. Tantos vaivenes aparentemente contradictorios me llevaron a averiguar un poco más sobre sus intervenciones en la vida civil norteamericana, a las que no habría llegado sin la perplejidad que me produce el moralismo ambivalente de su cine. Lo que averigüé por ese lado no suma mucho a lo que las mismas películas trasmiten: es libertario, militó por Trump, en momentos en que en la Academia se aplaude a alguna star progresista pone el ceño fruncido y cosas así. Lo más importante está en sus películas. Lo notable es que se trata de una filmografía donde hay por lo menos un cuarto de grandes películas, que conviven con otros bodrios que uno se pregunta si fueron hechos por el mismo autor. El disfrute de cada película por separado es una prerrogativa de cada espectador y crítico, pero la mirada más global aporta una comprensión de estos objetos que surgen en un contexto que permite entenderlas mejor. Es decir: no se trata solo de un autor con autonomía estética, sino de un miembro de un dispositivo político industrial como Hollywood. El es uno de los que sostiene su posición política con más autoconciencia y milita desde su cine, aunque no siempre esto se traduzca en la calidad de las películas. Lo interesante de Eastwood es para mí es su complejidad autoral, que se visibiliza como una gran confusión si querés entender su filmografía como un conjunto.
    Por otro lado, encuentro que este objeto de crítica tan interesante es muchas veces despachado por la crítica cinematográfica argentina (no lo digo por vos) con clisés como “el último cineasta clásico”, frase que debe ser la más repetida para comentar cualquier película suya.

  4. Convengamos Oscar que hay ciertos rasgos de clasicismo en sus últimas películas que ya casi no se ven en el cine de EEUU. También los hay (más tímidamente tal vez, o más despojados de la imposición de ciertas fórmulas narrativas) en películas como la reciente FIRST COW, de Kelly Reichardt, pero lo interesante de Eastwood es cómo su obra acumula tantos buenos ejemplos de ese tipo de cine, sin ceder a un frenesí de efectos especiales o una edición videoclipera como le viene pasando al Scorsese de las últimas dos décadas, o sin perder el rumbo e el entusiasmo como parece haberle ocurrido al gran Francis Ford Coppola. Esto, claro, haciendo la salvedad de las incursiones de Eastwood en el belicismo o el patrioterismo más nefasto, como “American Sniper” (El francotirador) que vos bien mencionás: podríamos decir que son distintas facetas de una misma persona o artista, al que podemos admirar o valorar por algunas cosas y no por otras.
    Abrazo.

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