Emilio Bellon: «Extraño los cines de barrio como lugares de encuentro»

Después de la provechosa charla que mantuvimos recientemente con Mirko Buchín (que puede leerse aquí), y continuando con una serie de entrevistas a rosarinos cuyos trabajos y logros, vinculados al ámbito audiovisual, llevan a querer profundizar en su trayectoria profesional, hablamos ahora con el crítico y docente Emilio Bellon, quien a pesar de haber dejado algunas de sus actividades habituales por los beneficios de la jubilación, continúa dispuesto a analizar y discutir películas con un apasionamiento juvenil que desmiente sus setenta y pico de años.
Los primeros recuerdos que conservo de Emilio son su voz a través de la radio, a mediados de los ’80 (los jóvenes cinéfilos seguíamos mucho su programa Sábado a la noche, cine) y, por la misma época, su participación en una mesa redonda junto a otros críticos locales en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia (hoy Fontanarrosa). Con el tiempo he sido su alumno (en talleres y seminarios), lector de sus textos (en publicaciones como Risario, El Eclipse, El Amante y Rosario/12) y finalmente colega. Seguramente, conocer algunos vericuetos de su recorrido como docente y periodista interesará a sus alumnos, ex alumnos, lectores y seguidores, que los tiene y son muchos.
– ¿Dónde estudiaste de chico y cómo fue entrando el cine a tu vida?
– Vivía con mis padres y mi hermana en la zona oeste, Urquiza 6168. Iba a la escuela Nº 528, en la calle Marcos Paz. Pero de acuerdo a ciertas conductas rebeldes, 3º y 4º grados los hice en el colegio San José, en carácter de medio pupilo. Fue una experiencia espantosa y punitiva. En lugar de coleccionar fotos de actores o actrices tenía que juntar estampitas, para no ir al infierno. En realidad, el infierno estaba detrás de esas paredes. De todas formas rescato como positivo al maestro de 3º grado, que se llamaba Rosario Retano. Para 5º y 6º grado volví a la escuela del barrio. Fui muy feliz allí, con mis compañeros y maestras muy queridas. Siempre me gustó la vida de barrio. Iba al club de la vecinal, a la vuelta de casa. Papá tenía un taller de cocina y las fiestas de la vecinal se hacían en casa. Se abrían las puertas, los vecinos iban con comida y preparábamos espectáculos. Así casi todos los sábados. Mis abuelos vivían en Castellanos al 300 y ahí nomás estaba el cine Victoria, que tenía techo corredizo. A los 8 años fui acomodador, ya que el jefe de los acomodadores autorizó que mi abuela me hiciera un uniforme azul con los bordes dorados y que los días de vacaciones (cuando el programa era para toda la familia) me desempeñara como acomodador. Me acuerdo que me daban caramelos. A los 11, ya con pantalones largos –era flaco y alto, muy de preguntar, de no quedarme callado– empecé a frecuentar las bibliotecas y los cines. La primera película que fui a ver solo fue Los desconocidos de siempre (1958, Mario Monicelli), cuando se estrenó en 1959, un domingo a la tarde. La escuela secundaria, por capricho de mi padre, comencé a hacerla en la Dante Alighieri. A pesar de que me gustó siempre la cultura italiana, era muy rígido el sistema y terminaba respondiéndole a los profesores prepotentes. Así fue que me llevé muchas materias y terminé en lo que después fue el Liceo Avellaneda, de Córdoba al 600. Lo que más recuerdo de esa etapa son las hermosas chupinas que me hacía con mi amiga Mabel Temporelli, para escaparnos al cine. Una de las materias que me llevé allí era Gimnasia y el profesor era Alfredo Anémola. Tuve que repetir 2º año y me enfermé severamente de los pulmones, así que el año siguiente lo perdí. Entonces empecé a trabajar en una farmacia e hice un curso de dactilógrafo. Después un tío me recomendó para trabajar dentro del correo, que estaba en Mendoza al 6000, y terminé siendo mensajero. A la noche empecé a estudiar en una nocturna, la Estados Unidos del Brasil, en Provincias Unidas y Mendoza, donde llevaba adelante el teatro de la escuela. En 1969 empecé a estudiar Letras en lo que es hoy la Facultad de Humanidades y Artes, recibiéndome en 1974. Recuerdo muy especialmente a mi queridísimo profesor Furio Bruto Lilli. Al mismo tiempo, empecé a trabajar como secretario en una escuela de Pérez. Hasta que a principios de 1975 me echaron de la facultad, donde ya era ayudante de cátedra. Seguí dando clases en un instituto ubicado en Córdoba y Rodríguez, enseñando Comprensión de textos y otras materias. Ahí empecé a dictar cursos de cine los sábados a la tarde. Una de mis primeras alumnas fue Liliana Favari.
– ¿Hacías radio en esa época?
– De 1973 a 1975 hice junto a Beatriz Bou un programa llamado Sábado a la noche, cine, que lo retomé en Radio Nacional en 1984.
– ¿Cómo fueron tus años en España?
– Fui a Barcelona, lamentablemente no a Madrid. Tenía allí gente conocida de la facultad. Llegué el 30 de diciembre de 1978. Fue muy difícil. Yo me pagaba un ático en la calle París 139. Empecé colgando carteles para Felipe González. Recuerdo con mi primera paga haber podido ir a ver la versión completa, de siete horas, de Novecento (1976, Bernardo Bertolucci), en los cines Arcadin 1 y Arcadin 2. También trabajé en una cocina pero era un desastre, parecía un personaje de La fiesta inolvidable (1968, Blake Edwards). Hasta que el 5 de marzo de 1979, después de salir a la una del mediodía de un cine en plaza Catalunya, leo en el diario que una academia buscaba un profesor de Pedagogía y Literatura. Fui, me sometieron a una larga entrevista y después tuve una discusión muy grande porque no querían tomarme por ser sudamericano. Yo les decía: ¿Ustedes están haciendo conmigo lo mismo que el franquismo hizo con Uds?. Entonces alguien me dijo Me gusta porque sabés defender lo tuyo: te tomamos. Iba prácticamente todos los días a la Filmoteca. Me acuerdo de un ciclo de Humphrey Bogart, incluso una función a la que la gente iba vestida como los personajes de Casablanca (1942, Michael Curtiz)… Era la época del destape, que al ser acumulativo terminó siendo aburrido. En España estudié también zapateo americano.
– ¿Cuándo y por qué volviste?
– Estaba harto de tener que ir a la frontera cada tres meses, con el riesgo de que te deportaran. Trabajaba bien en esa academia pero no tenía obra social ni permiso de permanencia. Vivía con lo justo y en distintos lugares. Había gente muy buena entre los gallegos, andaluces y uruguayos, no entre los catalanes. Además ya no soportaba la angustia. Ahorraba para comprar las tarjetas que se necesitaban para llamar desde teléfonos callejeros, y de esa manera comunicarme con mi familia y gente amiga. Me acuerdo que les preguntaba qué daban en los cines (se ríe)… Cuando leí que en Argentina los militares abrían el diálogo político me dieron ganas de estar de vuelta, aunque por supuesto eso fue todo un verso. Apenas llegué empecé a dar talleres y cursos en la Casa de la Cultura de San Nicolás y otros lugares. Al mismo tiempo se abrió el diario Rosario y me invitaron a escribir allí. Mi primera crítica gráfica fue sobre Ensayo de orquesta (1979, Federico Fellini). Hoy la leo y pienso en la paciencia que me tenían, era un alarde de datos… En el diario estuve hasta 1985, cuando entró Bigote Acosta y, no se bien por qué, se fundió. Antes, el año anterior, nos habían llamado de la facultad a todos los profesores expulsados. Sin distinción de partidos políticos, así fue la gestión de Fernando Prieto. Retomé entonces mis clases de Comprensión de textos, profundicé en literatura italiana y después concursé.
– En esos años empezaste a dar clases en lo que hoy es la ENERC.
– Claro. Se habían empezado a hacer en Mar del Plata unos encuentros de cine, ni el diario ni yo estábamos en condiciones de pagar alojamiento y gastos pero un día llamé al Instituto de Cine, me atendió Manuel Antín –encantador– y me pasó con el subdirector Salvador Sammaritano, a quien yo conocía por su programa de TV. Le pregunté cómo hacer para asistir y me invitó a que continuáramos la charla personalmente. Tras esa charla en Buenos Aires me presentó a Roland, el director de la escuela de cine, en el décimo piso… Voy a lagrimear (se emociona), son gente que ya no está… Al final me dijeron que estaba invitado a Mar del Plata, les dije que cualquier hotelito estaría bien pero me alojaron en el Hotel Provincial. Yo no quería… La verdad es que no sabía cómo moverme, no es lo mío. Me acuerdo haber visto allí La historia oficial (1984, Luis Puenzo). Así llegué a ser profesor de Teoría del cine en lo que hoy es la ENERC, en 1985. Un día me avisan que Sammaritano dejaba la docencia por otros compromisos y proponía que lo reemplace yo. Muchos colegas me rechazaban por ser de Rosario, porque siempre fue al revés: que gente de Buenos Aires venga a dar clases acá… Un problema era que no me pagaban el pasaje, hasta que empezó a aplicarse un decreto por el cual al docente que vivía a cierta distancia debían abonarle los viáticos. Finalmente, estuve dando clases allí hasta 2009. Mientras tanto cambiaron varias cosas, hubo una gestión muy oscura durante el menemismo. Después seguí en la UBA. En el jurado para legitimar mi ingreso por concurso ¿sabés quién estaba? Horacio González…
– ¿Y cuál era el problema?
– Quería que ganara otra persona y, mientras yo hablaba, él comía un sandwich de milanesa con huevo y tomate… Me dejó en el último lugar. Y los otros eran advenedizos. Tuve que hacer un juicio. También estaba David Oubiña que quería imponer un espíritu renovador, una especie de guerra del cerdo… Yo no me callaba nada, por algo me pusieron los pantalones largos cuando era tan chico.
– ¿Qué realizadores actuales fueron alumnos tuyos?
– Muchos. Los Stagnaro, los Puenzo, Sebastián Schindler, Nicolás Batlle. ¿Sabés quién? Fabián Bielinsky… También Pablo Rovito, quien me hizo conocer a su madre Bárbara Mujica. Con algunos me llevé muy bien, como Andrea Testa y Francisco Márquez, los directores de La larga noche de Francisco Sanctis (2016); con otros fue más difícil, como Santiago Loza, Lucrecia Martel y Julia Solomonoff.
– En esos años trabajabas mucho en radio.
– Sí, junto a Quique Pesoa, Oscar Bertone, David Feldman –una gran persona–, en LT3 con Mirta Andrín, en Radio 2 con Félix Reinoso, en FM Latina con Pebeto Aramburu, en FM Hollywood con Adriana Churriguera. Últimamente en Radio Clásica, aunque me peleé con Nora Nicotera. Y quiero decirte esto: nunca cobré nada en ninguna radio. Ahora presenté un proyecto para Radio Cristal, para hacer un programa nocturno, pero sé que tendré que pagar el espacio.
– ¿Cómo fue la experiencia de trabajar como crítico en Rosario/12?
– Empecé a principios de los ’90, pero Osvaldo Bazán y yo tuvimos serios problemas con Pablo Feldman. Estaba Daniel Briguet de delegado gremial. Cuando nos echaron, con Julio Cejas tuvimos que hacer juicios. Después nos reincorporaron y pasó a ser Carlos del Frade el delegado. Llevé a trabajar conmigo a Alejandro Hugolini –con quien nunca tuve problemas, podíamos pensar distinto pero lo recuerdo como un discípulo muy bueno– y después Diego Fiorucci –hermosa persona– y Leandro Arteaga. Trabajé allí hasta el día que me jubilé, en abril de 2006. Después no me dejaron escribir una nota más, gratis, por orden del Sindicato de Prensa, porque yo no comulgaba con los K.
– ¿Vos se los pediste o sugeriste?
– De mil maneras. Quería escribir cuando falleció Ettore Scola y lo mismo cuando murió Carlos Perrone, de Videoteca, pero me decían que no se podía porque se sentaban precedentes. Era mentira, porque mucha gente publica sin cobrar. Ahí intervino esa grieta que no nos deja vivir en paz…
– También escribiste para revistas de cine como El Amante y El Eclipse.
– Con la gente de El Eclipse no he tenido problema alguno, al contrario. Les tengo un gran cariño a Fabián Del Pozo, que es tan cálido, y a Gustavo Galuppo, con quien hemos hecho cursos. En El Amante empecé a escribir cuando daba clases en Buenos Aires. No publicaban mucho sobre cine italiano, así que les vine bien. Había gente muy buena, como Eduardo Russo. Los problemas surgieron cuando se estrenó Gatica, “el mono” (1993, Leonardo Favio). A mí me encantan las tres primeras películas de Favio, El dependiente (1969) es una obra maestra…
– Coincido, aunque a mí me gustan también algunas que hizo después.
– A mí no. Un poco Nazareno Cruz y el lobo (1975), como exploración del mito…
– Me gusta mucho Soñar soñar (1976).
– Debería verla nuevamente… Es una temática atípica la que trabaja ahí ¿no?
– ¿Y qué pasó con Gatica “el mono” y la gente de El Amante?
– Después de escribir dos años en la revista, pedí escribir una nota en disidencia con ese culto y adoración que tenían todos con esa película. Tené en cuenta que yo era uno de los mayores del equipo. Y me acuerdo que Quintín me llamó a su despacho y me dijo ¿Cómo te atrevés? Acá nadie va a escribir en contra de Gatica… ¿No te das cuenta que a vos te dimos siempre una página de cine italiano, nada más? Y por disidencias políticas me echó. Me acuerdo que Alejandro Ricagno se quedó helado ese día.
– También has escrito libros. Recuerdo especialmente La realidad obstinada: apuntes sobre el cine italiano (1992, Corregidor) y No fue nada fácil (2005), sobre Peter Sellers. 
– Fueron libros en colaboración, de diferentes etapas de la vida de uno. Tienen que ver con los aprendizajes y con la gente con la que yo colaboraba.
– ¿De qué manera ves películas en la actualidad? ¿Leés críticas?
– A veces veo cosas en Netflix pero, en lo posible, voy al cine. Ayer fui a ver West Side Story (2021, Steven Spielberg), que me encantó. Me gusta mucho ir a ver los clásicos que programa Jorge Debiazzi en Arteón, si fuera por mí viviría allí… No soy muy afecto a los festivales, me molesta que haya lujo y alfombras rojas mientras hay gente que pasa hambre, aunque espero con ansiedad el estreno de la última de Woody Allen, que transcurre en el Festival de San Sebastián. Leo revistas españolas, como Dirigido por… y Caimán, y me gustan algunos críticos de España e Italia. Lamentablemente no tenemos en la Argentina una revista especializada de cine, y yo no me manejo con los blogs y las páginas de internet. Me fatiga mucho la visión. Necesito el papel. Me gusta leer entrevistas, las críticas de cine de ahora son muy breves, como recortes. A François Truffaut siempre le preguntaban algo que está presente en La noche americana (1974), si el cine es superior a la vida: él decía que era como preguntarle a un chico si quería más a su madre o a su padre. En mi caso, la cinefilia y la lectura conforman como mi religión. Desde chico, cuando vi a mis padres (trabajadores de clase media) dialogar sobre una película que salían de ver, me acompaña esa pasión. Extraño los cines de barrio como lugares de encuentro. Alguna vez la crítica tuvo un lugar más relevante dentro de los medios gráficos, hasta que llegaron las estrellitas, las caritas o los ladridos de un perro indicando cómo es el film, y ya no se leía el texto, sólo se veía el puntaje. Pasó a ser el equivalente a un mero comentario. Eso de Decime ¿te gustó o no?, que es algo muy subjetivo. Este tipo de críticas se ha instalado en el discurso mediático. Hay algunas un poco más reflexivas o profundas, en determinados diarios y sitios de internet, pero sólo son consultadas por gente muy apasionada o cinéfila. Ya casi no existe el ritual del cine que implicaba pasar por la boletería, mirar los afiches… ¡Los afiches!… Un personaje de aquélla película de Bertolucci Antes de la revolución (1964) iba gritando por la calle No se puede vivir sin Rossellini. Yo no puedo vivir sin el cine.

Por Fernando G. Varea

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7 pensamientos en “Emilio Bellon: «Extraño los cines de barrio como lugares de encuentro»

  1. Un abrazo enorme para el querido Emilio ! Buena entrevista.

  2. Emilio Bellón es un indispensable, transmitiendo su pasión en el cine y la literatura, un gran maestro que tuve la fortuna de conocer. Hermosa entrevista

  3. Emilio formó parte de la EPCTV por algunos años al inicio. Años más tarde volvió, pero las mismas divergencias políticas lo marginaron. Gente de ideas cortas, necias y creídas. Abrazo a la distancia, querido Emilio!

  4. Emilio también tuvo una experiencia caótica y fallida como realizador. Lamentablemente no pude participar de ese rodaje, pero conozco anécdotas desopilantes, como cuando una ola del Paraná ante su desesperación, se llevó parte de una maqueta que estaba en la orilla a la espera de ser registrada. Qué será de ese material?

  5. Increible nota Fernando, es una nota que deberia estar en todas las escuelas de cine y Emilio como siempre uno de mis amigos favorios,

  6. Compro ese material al precio dolar y que Juan Carlos Moreno lo digitalice. Eso es un premio en Cannes asegurado, me metes algunos testimonios de los tecnicos y listo.
    Yo produje una segunda parte que tambien naufrago como la maqueta.

  7. Pedro, Iván, Ernesto, Javier: le transmití a Emilio sus comentarios dejados aquí. Y lo invité a que les respondiera, ojalá lo haga.
    Saludos.

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