Mosaico criollo

EL FULGOR
(2022; dir. Martín Farina)

El film más reciente del inquieto Martín Farina (del que ya habíamos escrito algo aquí, después de haberlo visto en la última edición del BAFICI) es una suerte de mosaico, un conjunto de piezas encadenadas no de manera convencional sino como un ida y vuelta permanente, como procurando plasmar ciertos estados del sueño o de la memoria, lo cual no lo convierte en un ejercicio presuntuoso sino en una intensa experiencia para los sentidos.
Si bien hay en El fulgor raptos de violencia (inesperados balazos o empleo de rifles y cuchillos), la atención no está puesta en la matanza de animales sino en ciertos hábitos del trabajo con sus restos, alternándolos con recuerdos o deseos de dos muchachos, uno de los cuales (Vilmar Paiva) participa de esas faenas, mientras que el otro (Franco Heiler) es una presencia elusiva, un ángel o un Adán –tatuado– que descansa, deambula y come una manzana en una especie de paraíso. Las rutinas en el campo abarcan momentos de contemplación de la naturaleza y van virando hacia los ensayos y estallidos de adrenalina de las comparsas del carnaval, donde ambos personajes coinciden en un momento fugaz.
¿Hay una intención de vincular la vida de los animales con la de las personas? Así podrían indicarlo determinados detalles, desde las miradas de vacas o caballos (casi interpelándonos) o las pequeñas arañas que parecen trepar al cielo hasta los bellos planos de aves vislumbradas en medio del follaje, quizás cisnes en los que parecen convertirse los jóvenes cuando se disponen a bailar en las calles. ¿El propósito final es dejarse llevar por la belleza o la seducción que pueden suscitar ciertas imágenes? Es posible, según expresan el paisaje de la carne (el cine afortunadamente priva a los espectadores del tacto y el olor, por lo cual la untuosa manipulación de tripas y huesos sólo se nos ofrece a través de la vista) y el de los movimientos y la tersura de cuerpos jóvenes masculinos (vistiéndose o desvistiéndose, adornándose con perlas, lentejuelas, purpurina y corazones recortados, no feminizándose sino jugando distraídamente con cierto homoerotismo). Al respecto, resulta interesante el uso en muchos tramos del blanco y negro, que estiliza y perturba menos. ¿Farina desperdiga y combina elementos relacionados con nuestra tradición y nuestra cultura, aproximándose a lo mitológico? Es lo que sugieren la figura del joven gaucho de piel curtida inmerso en los quehaceres del campo, calentando sus alpargatas frente al fogón y lanzándose a bailar endiabladamente en medio de las comparsas, o los despojos que se arrastran y se barren, huellas de antiguos progresos, de celebraciones y quehaceres que pasan por la vida y se deslizan por la memoria.
Más que en Lucrecia Martel, El fulgor parece abrevar –conscientemente o no– en Juan Moreira (la música intensa con variaciones, las fogatas al atardecer, el joven gaucho agitándose con su pelo transpirado) y otros films argentinos de los años ’70 (El familiarLa hora de María y el pájaro de oro), e incluso recuerda ciertos rasgos de la obra de Jorge Acha.
Las objeciones posibles (el hecho de tomar material previamente registrado o compartido con el aquí coproductor Marco Berger, el regodeo con la fotogenia de sus actores y no actores, la broma de un chico chistando para acallar el sonido que tal vez provenía de un sueño) son eclipsadas por la atracción que produce el rosario de imágenes y las posibles conexiones entre ellas, y, sobre todo, la excitante banda sonora: susurros, relinchos, aleteos, cacareos, zumbidos o truenos se unen y confrontan con la música (de Jorge Barilari y el propio Farina) creando un fondo sonoro que es también forma, en el que tienen cabida tanto la euforia de una batucada como un conmovedor poema escrito y dicho por El Cuchi Leguizamón.

Por Fernando G. Varea

4 pensamientos en “Mosaico criollo

  1. Estimado Fernando:
    Farina en El Fulgor no toma «prestado material de una película previa del aquí coproductor Marco Berger». Farina y Berger proyectaron desde hace algunos años hacer una película sobre el carnaval de Gualeguaychú, fueron a filmar varias veces el carnaval y ahí conocieron a los protagonistas de la película. Filmaron 40 horas (la cámara la hizo casi enteramente Farina, con la colaboración de Tomás Fernández Juan; incluso la cámara de «Gualeguaychú – El país del carnaval» de Marco Berger la hizo Farina. Durante algún tiempo intentaron hacer una película juntos, hasta que descubrieron que sus ideas sobre el material filmado no conducían a una película sino a dos, la de Berger y la de Farina. A partir de esas 40 hs construyeron dos películas muy distintas: Berger en «Gualeguaychú», incorporó a un actor, Gastón Re, y la estrenó en el Bafici anterior. En cambio, Farina siguió editando su propia película, El Fulgor. De manera que Martín no tomó prestada ninguna imagen de otra película, sino que hizo El fulgor con sus propias imágenes. Fuera de ese error fáctico, tu comentario es muy interesante.

  2. Muchas gracias Oscar por pasar por aquí, leer lo que escribí y dejar un comentario. No sabía con precisión todo lo que me contás y encima el hecho de haber escrito «tomó prestado» sonó muy mal, o injusto con el trabajo de Farina (él mismo leyó el texto y no me señaló nada al respecto), pero ya modifiqué esa frase teniendo en cuenta esos datos que me pasás.
    Un abrazo.

  3. Fernando, gracias. Se todas formas no veo ninguna posibilidad de objetar que Farina use sus propias imágenes a partir del acuerdo con Berger de hacer 2 películas con el mismo material. Al contrario, es muy interesante pensar como a partir de 40 hs filmadas se pueden hacer dos películas tan diferentes. Eso marca la importancia del montaje en las películas que se basan en un registro documental. En cambio, Berger agregó algunas secuencias ficcionalizadas que no entran en el concepto de El Fulgor. Sería objetable que Berger haya hecho el corte final antes y Farina siguiera trabajando con las imágenes que él mismo filmó? Martin no habrá querido aclarar el malentendido por discreción, pero sería interesante que lo entrevistas justamente para reflexionar sobre la importancia del concepto de montaje que resignifica las imágenes. Porque repito,.Farina no tomó imágenes de otra película sino que ambas se hicieron paralelamente y la diferencia es que Berger decidió darla a conocer antes.
    Saludos

  4. Oscar:
    Obviamente que el hecho de que una película recurra a imágenes que también se usan -con otro criterio- para otra, no la hace ni mejor ni peor. Lo que yo planteo como «posible» objeción es que a raíz de eso cueste verla como una obra autónoma: de hecho, en el catálogo del BAFICI escribieron que podría ser “la versión onírica de Gualeguaychú: El país del carnaval”.
    Pero más allá de esta expresión simplista y ciertamente perezosa, personalmente viendo «El fulgor» me pasaba de verlos a Paiva y Heiler casi como desprendidos del film de Berger. ¿El efecto sería distinto si «El fulgor» se hubiera conocido antes? Seguramente. No es, desde ya, un elemento para juzgar el trabajo de Farina, sí el resultado. Insisto con la palabra que utilicé: «posibles» objeciones, es decir, cosas que me generaron algún reparo pero con dudas, teniendo claro que puede ser algo subjetivo, como nos puede pasar con cualquier película. El «chiste» del pibe chistando, por ejemplo, puede ser visto por muchos como un hallazgo mientras que a mí me generó algo de incomodidad por aportar una especie de gag inesperado en el contexto.
    De todos modos, no me gustaría poner tanto énfasis en estos detalles ante una película que me pareció una de las experiencias más estimulantes del cine argentino de los últimos tiempos, como creo haberlo expresado -a mi manera- en mi texto.
    Gracias por el intercambio.

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